Me llamo Ro.
Ingeniera, morocha, casada. mi esposo: morocho como yo tb. Soy de las chicas que todos veían seria, tranquila, de camisa blanca y pantalones discretos. Aquella que bajaba a planta solo cuando hacía falta y volvía arriba como si nada.


Pero yo tenía una debilidad. Era muy sumisa a mi amante del laburo...—Ro, quítate esa pollera...—NO!—Si no lo haces, no hay pija hoy...



Terminaba accediendo a sus pedidos...
—Ro, quiero verte en tanga con las tetas al aire—Si, amor.


—Ahora ... Muestrame ese ano—Así, mi amor?



Me encanta obedecer a sus pedidos...Me hace sentir suya ❤️
Y mi otro secreto...Una que nunca había dicho en voz alta.
Me vuelven locos los chicos blancos.
Esa piel clara, casi transparente, que se ponía rosada con el calor. Esas venas que se marcaban en los brazos. Y, sobre todo… esa pija rosada.
No la oscura, no la tostada. La rosada. Es decir, todo lo contrario a mi esposo morocho de orígenes jujeños.
La que se pone roja en la punta cuando está dura. La que parece casi inocente hasta que la tenés enfrente y te das cuenta de que no tiene nada de inocente.
Él era así. Mi compañero de planta. Blanco, directo, algo torpe pero muy cariñoso conmigo. Cuando se bajaba el pantalón en su depto, la primera vez que lo vi completo, me quedé mirando.
—¿Qué mirás? —me preguntó, sonriendo.
—Tu pija —contesté, sin vergüenza—. Es… rosada.
Se rió.
—¿Te gusta?
Asentí.


Me arrodillé frente a él sin que me lo pidiera. Le saqué el boxer con las dos manos y la solté. Estaba dura, gruesa, con esa cabeza rosada que brillaba un poco. La tomé con las dos manos y la acerqué a la cara. Olía a perfume barato y a él.
La lamí despacio, desde abajo hasta la punta. Sentí cómo se tensaba contra mi lengua. Después la metí entera en la boca, despacio, saboreándola. Esa pija blanca y rosada llenándome la garganta. Me gustaba el contraste: mi boca morocha, mis labios oscuros, y esa carne clara entrando y saliendo.
Él me agarró el pelo.
—Mirá cómo te queda…


Chupar los testiculos también es algo que me encanta hacerle...pero solo con él, no me nace hacerlo con otra persona.

Seguí chupando. Más fuerte. Más profundo. Quería que se viniera en mi boca solo para sentir ese sabor distinto, más suave, más… blanco. Cuando lo hizo, me tragué todo. Me limpié la comisura de los labios con el dedo y lo miré desde abajo.
—Otra vez —le dije.
Esa noche no usamos forro.




Me puso de cuatro sobre el sillón y me entró de una. Su pija rosada desapareciendo entre mis nalgas morochas. Me miraba el orto mientras me la metía y me decía cosas sucias:
—Qué contraste, Ro… tu culo oscuro y mi pija blanca adentro…

—Te gusta, ¿no? Te gusta que te llene de leche clara…
Sí. Me gustaba.
Me gustaba demasiado.
Cada embestida me hacía gemir más fuerte. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba el útero, cómo esa pija rosada me golpeaba el fondo. Cuando se vino adentro, me dejó quieta un rato, con la pija todavía latente dentro mío. Después se retiró despacio y vi cómo salía de mí ese líquido blanco, espeso, bajándome por el muslo.

Me di vuelta. Me senté en el piso, frente a él, y le chupé la pija sucia. Todavía sabía a mí y a él mezclados.
—Sos la putita de la planta —me dijo, acariciándome la cabeza.
No lo negué.Porque era verdad.
Desde ese día, cada vez que lo veía en la planta, con la bata blanca pegada al cuerpo, con esa piel clara que se transparentaba un poco con el sudor, yo ya sabía lo que quería. Quería esa pija rosada otra vez. Quería verla entrar en mi boca, en mi concha, en mi orto. Dentro mío. Quería que me dejara llena de esa leche clara que contrastaba tanto con mi piel.
Y él lo sabía.
Porque cada vez que me alcanzaba en el auto, cada vez que me llevaba a su depto, cada vez que me ponía de rodillas… con los ojos, yo se la pedía:
—Sacála.

Quiero verla rosada otra vez.
Y él se reía, se bajaba el pantalón, y me la daba.
Como siempre.Después de coger, me duché, nos vestimos

y me llevó a las Galerías Pacífico, para ayudarme a comprar un regalo para mi esposo...


Ingeniera, morocha, casada. mi esposo: morocho como yo tb. Soy de las chicas que todos veían seria, tranquila, de camisa blanca y pantalones discretos. Aquella que bajaba a planta solo cuando hacía falta y volvía arriba como si nada.


Pero yo tenía una debilidad. Era muy sumisa a mi amante del laburo...—Ro, quítate esa pollera...—NO!—Si no lo haces, no hay pija hoy...



Terminaba accediendo a sus pedidos...
—Ro, quiero verte en tanga con las tetas al aire—Si, amor.


—Ahora ... Muestrame ese ano—Así, mi amor?



Me encanta obedecer a sus pedidos...Me hace sentir suya ❤️
Y mi otro secreto...Una que nunca había dicho en voz alta.
Me vuelven locos los chicos blancos.
Esa piel clara, casi transparente, que se ponía rosada con el calor. Esas venas que se marcaban en los brazos. Y, sobre todo… esa pija rosada.
No la oscura, no la tostada. La rosada. Es decir, todo lo contrario a mi esposo morocho de orígenes jujeños.
La que se pone roja en la punta cuando está dura. La que parece casi inocente hasta que la tenés enfrente y te das cuenta de que no tiene nada de inocente.
Él era así. Mi compañero de planta. Blanco, directo, algo torpe pero muy cariñoso conmigo. Cuando se bajaba el pantalón en su depto, la primera vez que lo vi completo, me quedé mirando.
—¿Qué mirás? —me preguntó, sonriendo.
—Tu pija —contesté, sin vergüenza—. Es… rosada.
Se rió.
—¿Te gusta?
Asentí.


Me arrodillé frente a él sin que me lo pidiera. Le saqué el boxer con las dos manos y la solté. Estaba dura, gruesa, con esa cabeza rosada que brillaba un poco. La tomé con las dos manos y la acerqué a la cara. Olía a perfume barato y a él.
La lamí despacio, desde abajo hasta la punta. Sentí cómo se tensaba contra mi lengua. Después la metí entera en la boca, despacio, saboreándola. Esa pija blanca y rosada llenándome la garganta. Me gustaba el contraste: mi boca morocha, mis labios oscuros, y esa carne clara entrando y saliendo.
Él me agarró el pelo.
—Mirá cómo te queda…


Chupar los testiculos también es algo que me encanta hacerle...pero solo con él, no me nace hacerlo con otra persona.

Seguí chupando. Más fuerte. Más profundo. Quería que se viniera en mi boca solo para sentir ese sabor distinto, más suave, más… blanco. Cuando lo hizo, me tragué todo. Me limpié la comisura de los labios con el dedo y lo miré desde abajo.
—Otra vez —le dije.
Esa noche no usamos forro.




Me puso de cuatro sobre el sillón y me entró de una. Su pija rosada desapareciendo entre mis nalgas morochas. Me miraba el orto mientras me la metía y me decía cosas sucias:
—Qué contraste, Ro… tu culo oscuro y mi pija blanca adentro…

—Te gusta, ¿no? Te gusta que te llene de leche clara…
Sí. Me gustaba.
Me gustaba demasiado.
Cada embestida me hacía gemir más fuerte. Sentía cómo me estiraba, cómo me llenaba el útero, cómo esa pija rosada me golpeaba el fondo. Cuando se vino adentro, me dejó quieta un rato, con la pija todavía latente dentro mío. Después se retiró despacio y vi cómo salía de mí ese líquido blanco, espeso, bajándome por el muslo.

Me di vuelta. Me senté en el piso, frente a él, y le chupé la pija sucia. Todavía sabía a mí y a él mezclados.
—Sos la putita de la planta —me dijo, acariciándome la cabeza.
No lo negué.Porque era verdad.
Desde ese día, cada vez que lo veía en la planta, con la bata blanca pegada al cuerpo, con esa piel clara que se transparentaba un poco con el sudor, yo ya sabía lo que quería. Quería esa pija rosada otra vez. Quería verla entrar en mi boca, en mi concha, en mi orto. Dentro mío. Quería que me dejara llena de esa leche clara que contrastaba tanto con mi piel.
Y él lo sabía.
Porque cada vez que me alcanzaba en el auto, cada vez que me llevaba a su depto, cada vez que me ponía de rodillas… con los ojos, yo se la pedía:
—Sacála.

Quiero verla rosada otra vez.
Y él se reía, se bajaba el pantalón, y me la daba.
Como siempre.Después de coger, me duché, nos vestimos

y me llevó a las Galerías Pacífico, para ayudarme a comprar un regalo para mi esposo...


10 comentarios - Confesión: Sumisa y Viciosa de la rosada
Acá tenés una pija de verdad