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De Buena novia a novia puta p2

—Uf… no debí tomarme esos últimos caballitos de tequila —murmuró para sí misma, con la voz rasposa.
​Al intentar girarse, un dolor agudo se le instaló en la parte baja del vientre, acompañado de una rigidez en las piernas que le hacía sentir el cuerpo como de plomo. Las sábanas a su lado estaban frías, revueltas y vacías.
​Sintió la humedad pegajosa entre los muslos. Con torpeza, apoyó los pies en el suelo helado y caminó con la luz del día encima hacia el baño. Encendió el foco para iluminar directamente el espejo.
​Frente al reflejo, se quedó inmóvil. Pasó la mirada por el enrojecimiento en sus pechos, las marcas de dedos en sus caderas y la piel lastimada de sus brazos. Se apoyó con ambas manos en el lavabo, miró su propio reflejo a los ojos y dijo en voz baja:
​—Era mi cumpleaños, Debía divertirme…
 
Días después en el gimnasio
Daniela terminó su última serie en la cinta de correr, respirando con agitación mientras el sudor le bajaba por la frente. Apoyó las manos en las caderas, tomando aire profundamente mientras caminaba hacia la zona de pesas para recoger sus cosas. En ese momento se topó de frente con Valeria, quien terminaba de guardar una botella en su maleta.
​—¡No me digas que tú también vienes aquí! —dijo Valeria, saludándola con una sonrisa casual—. Vi una promoción de tres meses en internet y me inscribí, me queda de paso.
​—Es bastante tranquilo a esta hora —respondió Daniela, devolviéndole el saludo con amabilidad.
​Mientras intercambiaban un par de frases breves sobre la rutina, Valeria mantuvo una atención fija e involuntaria en los movimientos de Daniela. Observó el brillo del sudor en su cuello, la forma en que su pecho se elevaba con fuerza buscando aire y el ligero temblor de sus muslos tras el esfuerzo. Al hablar, la mirada de Valeria bajaba de forma sutil hacia sus labios húmedos antes de volver a sus ojos. Se despidieron con un gesto rápido y cada una siguió con su entrenamiento.

Días después me dieron el alta definitiva. Sin la bota ortopédica y con el tendón sano, por fin recuperé la movilidad. Fueron casi tres semanas encerrado en casa de mis padres, lidiando con la frustración y una calentura acumulada que me tenía al límite. Cada intentona de buscar alivio por mi cuenta resultaba torpe y molesta; cualquier movimiento en la cama me tensaba la pierna y el tirón en el Aquiles me cortaba el impulso con un punzazo de dolor. En medio de ese encierro y el malestar, la cabeza no me dejaba en paz y empecé a imaginarme escenarios absurdos, ideas raras sobre Daniela que solo la rabia de estar incapacitado me hacía darles vueltas.
​Por eso, el primer día que pude caminar con normalidad la busqué en su departamento. Cuando me abrió la puerta, me pareció verla más radiante que nunca. Llevaba un vestido ligero que le marcaba la cintura y dejaba al descubierto sus piernas; el movimiento de sus pechos al caminar y la curva suave de sus caderas mientras terminaba de preparar una comida sencilla me nublaron la vista. Se veía hermosa, con una frescura que me devolvió de golpe todo el deseo retenido.
​No aguantamos ni a terminar de comer. La calentura me desató por completo ahí mismo en la mesa del comedor.
​Para mí fue un reencuentro eufórico. Daniela solía ser más pasiva; normalmente dejaba que yo llevara todo el ritmo. Esa noche fue totalmente distinto: tomó la iniciativa, me montó, se movía sin parar y se esmeró en cada detalle con una energía que me tomó por sorpresa. Me inflaba el orgullo verla así; estaba convencido de que mi ausencia la tenía desatada y que me había extrañado horrores todas esas semanas.
​Me dormí abrazándola con una sensación de triunfo total, sintiendo que la relación estaba en su mejor momento.
​Cerca de las dos de la mañana me desperté para ir al baño. En la penumbra de la habitación, la pantalla del teléfono de Daniela no paraba de encenderse en silencio sobre la mesa de noche. Me acerqué por pura curiosidad y solo alcancé a ver el aviso flotante de Instagram: “A 27 personas les gustó tu foto”.
​No le di la mayor importancia ni me puse a revisar quiénes eran. Daniela era una mujer hermosa y yo estaba más que acostumbrado a que sus publicaciones se llenaran de interacciones; para mí solo era la confirmación habitual del mujerón que tenía a mi lado.
​Bloqueé la pantalla, sonreí con la suficiencia del que se sabe dueño del premio y regresé a la cama a descansar a su lado.

Llegamos a la fiesta cerca de las diez y media. El lugar ya olía a una mezcla densa de alcohol, vapeadores y perfume caro. Ellos tres —Fernando, Santi y Mateo— llevaban bastante ventaja; habían empezado desde temprano con shots de tequila para entonarse mientras ponían la música.
​Cuando cruzamos la puerta, la atención se la llevó por completo el grupo. Las dos amigas de Daniela venían con el clásico disfraz de conejitas Playboy, y Valeria lucía espectacular como Harley Quinn, un atuendo arriesgado con el que no dejaba de rozar el hombro de Daniela cada vez que se reían. Pero fue Daniela la que paralizó la estancia. El pantalón de látex negro se le ajustaba a las piernas y al trasero con una precisión impresionante, y el top corto remataba esa imagen de Gatúbela que la hacía ver imponente.
​Durante las primeras canciones, el ambiente fluyó con normalidad. Estábamos cerca de la pista, platicando entre tragos, bailando en grupo y riéndonos de los disfraces. Santi, caracterizado como Wolverine, andaba en su papel pesado y ruidoso, repartiendo vasos. Mateo, con el disfraz de Deadpool pero con la máscara arriba para poder tomar, se mantenía un paso atrás, apoyado en la barra. No necesitaba hacer escándalo; le bastaba sostener la copa y recorrer a Daniela con la mirada cada vez que ella se movía al ritmo de la música.
​Conforme los vasos de vodka y tequila se acumulaban, el filtro de Fernando se fue desintegrando. Él iba de Batman y, al principio, las coincidencias eran bromas sueltas hacia el grupo general:
—Miren nada más, no me dijeron que la fiesta en Gotham era hoy —dijo soltando una risa corta al vernos llegar.
​Sin embargo, pasadas unas seis o siete canciones, la música subió de volumen y el espacio se redujo. Fernando empezó a acortar la distancia. Cada que terminaba un tema, buscaba quedar parado cerca de Daniela. Primero fue un roce “sin querer” en el brazo para pedir paso hacia la barra; luego, al momento de brindar, buscaba chocar su vaso directamente con el de ella, mirándola a los ojos un segundo más de lo necesario.
​—Te queda cabrón ese traje, Dani —le dijo de pronto, inclinándose un poco para que el sonido de las bocinas no se comiera su voz—. En serio, Batman se queda pendejo al lado.
​Daniela solo le regaló una sonrisa de compromiso, dando un paso sutil hacia atrás para buscar mi costado. Yo estaba a un metro de ellos, platicando con Santi, pero tenía la vista clavada en la escena. Una punzada helada me recorrió el estómago, aunque no de rabia. Era esa sensación extraña, esa corriente eléctrica de ver a mi amigo mirando a mi novia con un hambre que ya ni intentaba disimular.
​Poco después puso una canción de reguetón más lenta. Fernando no perdió el tiempo; se acercó a Daniela mientras ella platicaba con Valeria y la tomó suavemente del brazo.
​—Vente, vamos a bailar esta. Venimos combinados, la gente está pidiendo la foto de la pareja oficial —soltó en tono de broma, pero sin soltarle el brazo.
​—Ay, Fer, no, ahorita estoy platicando con Vale —respondió ella, tratando de aligerar la tensión con una risa nerviosa y volteando a buscarme con la mirada, esperando claramente que yo interviniera y le pusiera un alto.
​Fernando no se dio por vencido. Se pegó un poco más a ella, mostrándose insistente bajo el pretexto del alcohol y la fiesta:
—Dale, Dani, no seas aburrida, es solo una rola. Mira nomás la combinación, parece que lo planeamos.
​Daniela me miró directamente, pidiéndome auxilio en silencio para zafarse de la situación. Yo sentía el calor de la bebida en la cara y esa extraña fijación paralizándome. En lugar de ponerme firme o encarar a Fernando, la confusión y esa chispa absurda de morbo me ganaron la partida. Sonreí de lado y solté el comentario para salir del paso:
​—Ya, Dani, baila una canción con él para que deje de estar dando lata.
Daniela se quedó rígida un segundo. Sus ojos, abiertos con una mezcla de incredulidad y reproche, se clavaron directo en los míos. Que yo le soltara ese permiso a Fernando para llevársela a la pista la dejó descolocada; esperaba que pusiera un alto a los comentarios con doble sentido, no que la entregara de esa manera.
​Sin embargo, al ver mi sonrisa floja y la falta de reacción en mi postura, apretó los labios. Fernando la tomó de la mano para guiarla. Él iba adelante, abriéndose paso entusiasmado entre la gente, mientras Daniela caminaba un par de pasos atrás. Antes de llegar al centro del salón, ella volvió el rostro hacia mí por encima del hombro, evaluándome a la distancia, analizando mi cara y tratando de procesar qué demonios me estaba pasando por la cabeza para dejarla ir así.
​En ese momento, las luces del salón bajaron de intensidad y los cañones del techo empezaron a soltar una ráfaga densa de espuma sobre la pista. La multitud soltó un grito colectivo de euforia, desatando el descontrol. La espuma cayó sobre ellos, humedeciendo la piel y haciendo que el látex negro de Gatúbela brillara aún más bajo las luces reflectantes.
​Fernando usó el ambiente a su favor. Le dio la vuelta a Daniela para colocarse justo detrás de ella. Con los filtros completamente destrozados por el alcohol y dejando al descubierto el deseo que traía acumulado, la tomó firmemente de la cintura con ambas manos y la atrajo hacia sí con fuerza, recargando su paquete de lleno contra la parte posterior de ella. Se quedó ahí unos momentos, haciendo presión constante contra el látex húmedo, para luego soltarla un milímetro y volverla a atraer hacia su cuerpo de la misma manera firme, extendiendo esa posición mientras la música retumbaba. Se inclinó sobre su oído, respirando pesado por la bebida, y le soltó:
​—Mira nada más cómo me tienes, Dani…
​La primera reacción de Daniela fue un brinco interno de pura sorpresa, seguido por una ola instintiva de molestia ante semejante atrevimiento. Pero conforme los segundos se estiraban y sentía la solidez impecable de Fernando presionando contra ella, la indignación empezó a mutar. Sentir a un hombre atlético completamente deshecho y sobrepasado por el deseo hacia ella le tocó una fibra distinta; una punzada de halago le recorrió la espalda al saberse el objeto de semejante fijación, dando paso a un calor sutil y una confusa corriente de excitación que amenazaba con erizarle la piel bajo el disfraz.

En cuanto retumbó el primer acorde de esa canción de reguetón viejo —una de esas rolas clásicas que Daniela se sabía de memoria—, la pista entera pareció contagiarse de un impulso colectivo. El ritmo pesado golpeó las bocinas del salón y Daniela soltó una risa ligera, dejando que el efecto de las copas acumuladas y la vibración de la música terminaran de aflojarle la guardia.
​Con el ambiente a tope y el cuerpo aún tibio por los roces anteriores, se soltó a bailar con más ganas, marcando el compás con un movimiento cadencioso. El alcohol le había bajado el volumen a la duda y le había encendido una audacia distinta; ya no estaba a la defensiva, sino disfrutando el protagonismo de la pista.
​Fernando vio la oportunidad perfecta. Con los sentidos enturbiados por la bebida pero con el objetivo clarísimo, se metió de lleno en el espacio que ella le dejaba. No necesitó pedir permiso. Se le colocó nuevamente por la espalda, acortando cualquier luz entre los dos hasta que la tela mojada de su disfraz se pegó por completo al vinil de Daniela.
​Al sentirlo pegado a su espalda, esa chispa de curiosidad y la euforia del alcohol terminaron de romper su reserva: en lugar de frenarse, Daniela comenzó a perrearle despacio, echando la cadera hacia atrás y marcando el ritmo directamente contra él.
​Ese movimiento terminó de desatar a Fernando. Rodeándole el cuerpo desde atrás, le pasó las manos por los costados y apoyó las palmas con firmeza cerca de sus caderas, inclinando los dedos hacia el frente, rozándole la parte baja del vientre. Desde esa posición, sosteniéndola de frente para tener pleno control de sus movimientos, la atrajo contra su ingle, acoplándose al vaivén de Daniela mientras ella no dejaba de moverse.
​Buscando más contacto, Daniela inclinó el torso un poco hacia adelante, acentuando la curva de su espalda. Ese gesto dejó su cadera aún más expuesta y le dio a Fernando el ángulo perfecto para recargarse de lleno. Comenzó a mover las nalgas en círculos lentos y pausados, moliendo su cadera contra la rigidez de él a través del látex mojado. La sensación de esa solidez impecable siguiéndole el ritmo le mandaba descargas eléctricas directo al vientre, haciendo que su respiración se volviera corta.
​Para Fernando, la experiencia fue un trago de agua helada en medio de la borrachera. Sentir cómo Daniela inclinaba el cuerpo y le frotaba las nalgas en círculos le provocó un pico de éxtasis tan brutal que la neblina del alcohol se le despejó de golpe, reemplazada por un estado de alerta y fijación absoluta.
​Sin embargo, al recuperar esa sobriedad producida por el disparo de dopamina y adrenalina, la mente de Fernando registró un chispazo de cautela. Aunque por dentro estaba hirviendo por la situación, empezó a medir su distancia, dando un paso sutil hacia atrás para no cruzar la línea del acoso ni verse demasiado descarado.
​Daniela notó de inmediato la pérdida de contacto. Ese leve espacio que Fernando intentó marcar produjo en ella el efecto contrario: lejos de sentirse aliviada, sintió una punzada de necesidad, un deseo instintivo de no perder el calor ni la firmeza que la estaba rodeando. Sin pensarlo dos veces, Daniela dio el paso hacia él, buscándolo activamente para pegar de nuevo su cuerpo al suyo y sentirlo lo más cerca posible.
​Al ver esa reacción y percatarse de que ella era quien lo buscaba, los frenos de Fernando se terminaron de romper. Estando ya frente a frente, pasó las manos por detrás de su cintura y se las afianzó en la espalda baja, justo un poco arriba de las nalgas. La jaló hacia sí sin contemplaciones, pegando su pubis directamente contra el de ella.
​El baile cambió por completo de naturaleza. Ya no era un simple bamboleo al ritmo del reguetón; era un roce constante, tenso y frenético, una embestida rítmica donde ambos cuerpos se enfrentaban e impactaban el uno sobre el otro al compás de la música, borrando cualquier rastro de timidez mientras la neblina de la espuma caía a su alrededor.
El contacto de frente se volvió implacable. Cada movimiento de cadera era un roce directo y firme donde Daniela, a través del látex ajustado, podía sentir con total claridad la cabeza marcada y prominente del pene de Fernando presionando justo contra su entrepierna. La solidez de esa forma contra su zona sensible le sacaba pequeños jadeos ahogados que se perdían entre el retumbo del bajo. Su cuerpo cedía por completo a la inercia, ajustándose a cada empuje de él. Entre el calor, la espuma y la fricción constante, ambos se sostuvieron la mirada fijamente: los ojos de Fernando encendidos por una fijación absoluta y los de Daniela entornados, brillando con una mezcla de sorpresa y rendición. El salón, la gente y la presencia de los demás parecieron desvanecerse; solo existía esa fuerza restregándose contra ella.
​De pronto, un nuevo cambio de ritmo retumbó en las bocinas, soltando otra bomba de reguetón pesado que terminó de encender la pista. Ese impacto sonoro actuó como un detonante en Daniela. Llevada por la adrenalina del momento, ella misma tomó a Fernando de los brazos, giró sobre su propio eje y se colocó de espaldas a él, recargando de lleno la firmeza de sus nalgas contra el paquete de Fernando.
​Sin soltar los brazos de él, Daniela afianzó el agarre sobre sus manos y las jaló con fuerza hacia adelante, alrededor de su propio vientre. Ese tirón obligó a Fernando a pegarse aún más, cancelando cualquier espacio y haciendo que le arrimara por completo todo el paquete, que a esas alturas ya estaba duro a más no poder, marcándose como una barra ardiente sobre la curva de su glúteo mientras ella le perreaba con ganas.
El control de la escena se volvió absoluto. Con Daniela sosteniéndole los brazos alrededor del vientre, Fernando sintió la libertad de tomar la iniciativa. Consciente de cada movimiento y midiendo el terreno paso a paso, empezó a deslizar las palmas de sus manos lentamente hacia arriba, subiendo por el abdomen ajustado de Daniela.
​Sus dedos ascendieron despacio sobre el látex negro del top de Gatúbela, una prenda que enmarcaba sus pechos de una forma tentadora e imposible de ignorar. Fernando exploraba la zona con cuidado, esperando una reacción, una resistencia o un gesto de freno de Daniela. Pero ella no se movió para detenerlo; mantuvo el ritmo, cediéndole el espacio.
​Al notar la total ausencia de rechazo, Fernando se animó. Deslizó una de sus manos con decisión sobre el top y le sujetó firme un pecho por encima de la tela mojada mientras continuaban bailando. Mantuvo la mano ahí durante unos treinta segundos, sintiendo la firmeza y el calor de Daniela, atento a si ella decía algo o mostraba incomodidad. Al no recibir ningún reproche, soltó el pecho despacio, dejando la mano en pausa por un instante para medir su respuesta. Daniela siguió sin reclamar.
​Lejos de frenarse, Daniela le puso aún más empeño al baile. Concentró toda su energía en perrearle con ganas, acentuando el movimiento de sus nalgas y moldeando su cadera contra la rigidez de Fernando. Se sentía profundamente halagada y encendida por la prominente forma de la cabeza de su pene hundiéndose y marcándose entre sus glúteos en cada embestida.
​Al ver esa entrega total y el movimiento continuo de sus caderas, Fernando se inclinó sobre ella. Pegó los labios a su oído mientras la música retumbaba y, con una voz ronca y seductora cargada de intención, le murmuró:
​—Qué rico te mueves…


Daniela sonrió bajo la luz tenue. Lejos de intimidarse por el susurro, se acopló al piropo aumentando la provocación: comenzó a mover el culo de lado a lado con ritmo cadencioso, restregando cada curva contra la rigidez de Fernando. Luego, giró levemente el rostro hacia su oído y, con un tono bajito y cargado de coquetería, le respondió:
​—¿Te gusta?...
​El baile no perdió ni un segundo de intensidad. Cada movimiento era una fricción directa que los mantenía encendidos. Sin embargo, Fernando, empujado por la adrenalina y el deseo de no quedarse solo en un baile en medio de la multitud, quiso llevar la interacción un paso más lejos. La agarró con firmeza y, con el pretexto de ir por más cerveza, la guió fuera de la pista.
​Al acercarse a la barra y a la mesa del grupo, notaron que Mateo ya no estaba por ahí. Yo, en cambio, seguía sentado en el mismo lugar. En cuanto los vi salir de la pista acalorados y pegados, disimulé de inmediato. Fijé la mirada en mi vaso y fingí estar completamente distraído con el ambiente, haciéndoles creer que no me había percatado de nada.
​Tomaron un par de cervezas frías y, sin perder tiempo, se volvieron a meter a la pista, perdiéndose rápidamente entre la multitud y el humo de la espuma. Esta vez, Fernando la guió hacia el extremo opuesto del salón, una zona más alejada del centro y sumergida en la penumbra.
​Avanzaron un poco más hacia el área que conectaba con el jardín exterior. Ahí, entre la sombra que proyectaban unos árboles frondosos y la iluminación tenue del pasillo, el ruido de la música se escuchaba envuelto, creando una atmósfera mucho más íntima.
​Fernando, respirando un poco agitado y sintiendo el peso del alcohol y el cansancio acumulado, le dio un trago largo a su cerveza y le dijo sonriendo:
​—Uf, Dani... dame un segundo, necesito sentarme un poco.
​Sin pensarlo mucho, Fernando se dejó caer de espaldas contra la pared baja de una jardinera y se sentó directamente en el piso, descansando los brazos sobre sus rodillas.
​Daniela, aún acelerada por el ritmo del reguetón y la sensación de tener el cuerpo tibio, lo miró desde arriba, le dio un trago a su bebida y le dijo en tono de juego:
​—Ay, no seas flojo... yo quería seguir bailando, la estaba pasando muy bien.
​Fernando entendió de inmediato el mensaje implícito. Con una sonrisa astuta y la mirada encendida por la penumbra, la contempló un segundo antes de responder:
​—Pues ven... vamos a bailar aquí abajo.
​Daniela se le quedó viendo fijamente, entornando los ojos sin terminar de entender a qué se refería, sorprendida por la sugerencia. Antes de que pudiera procesarlo o decir algo, Fernando estiró el brazo, la tomó con firmeza de la mano y la jaló hacia él con fuerza medida.
​El tirón hizo que Daniela perdiera el equilibrio de forma calculada. Al ceder al impulso, abrió las piernas de manera instintiva para no caer torpemente y terminó aterrizando acomodada directamente sobre el lapso de Fernando. Quedó totalmente sentada encima de su entrepierna, sintiendo de golpe la firmeza de sus muslos y el relieve duro que descansaba debajo del látex de su disfraz.
​Fernando la rodeó de inmediato por la cintura, pegándola a su pecho mientras se recargaba bien contra la pared. Se inclinó sutilmente hacia el rostro de ella, respirándole cerca de los labios, y le murmuró en voz baja:
​—Ahora sí... báilame.

Fernando afianzó las manos alrededor de las nalgas de Daniela, ajustando las palmas con fuerza sobre el vinil negro del disfraz. Abrió ligeramente sus dedos, amoldando la carne y empujándola con firmeza hacia abajo contra su entrepierna, dictando los primeros compases del movimiento. Era él quien llevaba el control: la alzaba un par de centímetros y la volvía a ajustar contra su ingle, obligándola a restregarse directamente sobre la barra ardiente que descansaba bajo sus pantalones.
​Los primeros rocíos de la fricción hicieron que Daniela soltara un suspiro caliente cerca del oído de Fernando. Tras un par de empujes guiados, él decidió soltarla. Retiró las manos despacio de sus glúteos y las apoyó a los lados, sobre el piso, recargando la espalda contra la pared para quedar como un espectador en primera fila. Quería ver si ella continuaba por cuenta propia.
​Daniela no dudó un solo segundo. Lejos de detenerse al sentir la falta de guía, afianzó los brazos alrededor de la nuca de Fernando. Entrelazó los dedos tras su cuello, inclinó levemente el torso hacia adelante y comenzó a moverse en un vaivén por completo suyo.
​El baile se convirtió de inmediato en un frenesí denso y cargado de sensualidad. Daniela comenzó a moler la cadera en círculos apretados, levantándose ligeramente sobre los muslos de él para luego dejarse caer con todo su peso, restregando el centro de su pelvis contra la rigidez de Fernando. La mirada de Daniela, entrecerrada por la marea de las copas y el calor del momento, se mantuvo clavada en los ojos de él. Sus labios, apenas entreabiertos, dejaban escapar respiraciones cortas y rítmicas que le rozaban el rostro. Fernando, con las pupilas dilatadas y la mandíbula tensa, no le quitaba los ojos de encima, fascinado por la audacia con la que ella modelaba su cuerpo sobre el suyo, devolviéndole cada mirada con un brillo de complacencia pura.
​La combinación del látex mojado, el calor del pasillo en penumbra y el movimiento incesante de Daniela terminó por romper los últimos vestigios de moderación en Fernando. La sensación de sentirla cabalgar despacio sobre su regazo lo desbordó por completo. Cediendo de lleno al impulso y superado por la carga erótica de la escena, Fernando levantó los brazos para sujetarla de la espalda y, sin pensarlo más, hundió la cara con fuerza directo entre los pechos de Daniela, respirando agitado sobre la tela mojada de su top mientras ella continuaba moviéndose sobre él.

El peso de la tela mojada y el roce incesante hicieron que la abultada figura entre las piernas de Fernando se marcara de un modo casi exagerado. La curvatura particular de su anatomía, en lugar de ser un obstáculo, generaba una protuberancia rígida que se acomodaba con una presión desmedida contra el pubis de Daniela. En ese punto, con la cara de Fernando hundida entre sus pechos y los movimientos de cadera marcados en círculos cortos y profundos, la escena había dejado de parecer un simple baile en la penumbra del jardín: la cadencia, los suspiros y el choque constante de sus cuerpos tenían toda la intensidad de un encuentro íntimo a mitad de la noche, apenas protegidos por la sombra de los árboles.
​Fernando separó despacio la cara de su escote, respirando con dificultad, con las mejillas encendidas y los ojos clavados en los de ella. La excitación y el alcohol terminaron de soltarle la lengua, volviéndolo descarado y directo.
​—Ay, Dani… qué rica estás, en serio —le soltó sin rodeos, con la voz pastosa pero cargada de intención, mientras sus manos volvían a aferrarse a sus caderas para no perder el compás—. No te imaginas las ganas que te traía. Desde el día de tu cumpleaños, cuando te vi con esa minifalda… te veías riquísima, de verdad. Me quedé con las ganas de agarrarte a bailar desde esa noche.
​Daniela no frenó el movimiento. Al contrario, llevada por la marea de la coquetería, la sensación de tenerlo completamente dominado y el calor que le recorría el vientre, inclinó levemente la cabeza y le sonrió con malicia entre la penumbra, respondiéndole en un murmullo juguetón:
​—¿Ah, sí?... ¿Y por qué no me dijiste nada en ese momento?
​Aunque en el fondo su fijación inicial había estado en Mateo, la atención sin filtros de Fernando y la solidez que sentía moliéndose debajo de ella le alimentaban el ego de una forma arrolladora. Fernando dejó escapar una risa corta, fascinado por la apertura de Daniela, y aprovechó para llevar la plática a un terreno todavía más morboso. Pegó los labios a su cuello, sintiendo el aroma del sudor y la espuma, y le murmuró al oído mientras le volvía a empujar la cadera hacia arriba:
​—Porque no sabía cómo ibas a reaccionar, pero la verdad es que te traigo entre ojos desde hace mucho… Es más, te lo juro que se me antoja ese culo desde que vi la foto que traía tu novio en el celular. Tenía unas ganas brutales de sentirte así, exactamente como estás ahorita. Te veías tan culona tan rica.

Daniela se le acercó al oído con una sonrisa inclinada, desafiándolo con la mirada mientras los dos mantenían el contacto visual en medio de la penumbra del jardín:
​—¿Y para qué me querrías tener encerrada contigo?
​La respiración de Fernando se cortó un segundo antes de responder en un tono rasposo, sin despegar los ojos de los suyos:
​—¿Quieres que te muestre?
​Daniela guardó silencio. No hubo un “no” ni un intento de alejarse, solo una mirada fija que sostenía la tensión del aire. Con un movimiento deliberado, bajó la mano hacia abajo de su pantalón metiendo la mano por debajo tomó la verga de Fernando de la base y la apretó Fue un gesto silencioso, una especie de luz verde implícita que redujo a cero la poca distancia que les quedaba.
​Fernando registró el mensaje de inmediato. La tensión entre ambos se volvió densa, casi palpable. Daniela retiró la mano despacio y se la llevó a la nariz y la boca dejando escapar un suspiro pausado, cargado de sugerencia:
​—Uf… qué rico…
​El comentario terminó por romper cualquier margen de maniobra. Fernando la sujetó del cuello con suavidad pero con firmeza, atrayéndola hacia sí para cerrar el espacio entre sus labios en un beso prolongado y hambriento, perdiéndose por completo en la sombra de los árboles mientras la música del salón seguía sonando a lo lejos.

Raúl recorrió la pista con la mirada, intentando filtrar la luz estroboscópica y el humo denso de la espuma. Había pasado cerca de una hora desde que perdió de vista a Daniela y a Fernando. Avanzó entre la multitud hasta encontrarse con Valeria, quien estaba bailando con un desconocido cerca de las bocinas. Al acercarse y preguntarle si había visto a su novia, Valeria lo observó un segundo con una mezcla de fastidio y condescendencia, elevando la voz sobre el ruido de la música:
​—No la he visto desde hace rato, Raúl. Pero si tú mismo la dejaste bailando pegada con Fernando… no sé qué esperas que pase.
​El comentario de Valeria resonó en la cabeza de Raúl mientras ella se daba la vuelta para seguir bailando. La mezcla de la incertidumbre, la música retumbando en sus oídos y el estallido de ideas sobre lo que podía estar sucediendo comenzó a generarle una reacción física involuntaria. Sintió una firmeza repentina en la entrepierna, una erección que no supo cómo justificar: intentó atribuirla al nerviosismo o a la adrenalina de la búsqueda, pero en el fondo, una corriente de pensamientos cargados de morbo comenzaba a abrirse paso en su mente.
​Mientras tanto, Fernando guiaba a Daniela hacia la esquina del jardín donde la construcción de los baños formaba una especie de ángulo en L. En esa apertura quedaba un pasillo estrecho y sombrío, apartado del tránsito de la gente. Daniela se dejaba llevar, mostrando una falsa ingenuidad mientras soltaba risas cortas y le preguntaba a dónde iban, aunque entendía perfectamente el aislamiento del lugar.
​Al internarse por el pasillo Fernando iba metiendo su mano en la ranura de sus nalgas metiéndole un poco hacia su conchita lo hacía con un frenesí lento y constante
Fernando la pegó contra el muro y cortó cualquier distancia entre ellos.
Comenzaron en un beso apasionado muy largo mientras con una mano Fernando tenía sujetada a Daniela de la concha mientras seguía moviendo sus dedos sintiendo la temperatura y la humedad en el pantalón de Daniela mientras Fernando se restregaba en ella la besaba por el cuello y agarraba las nalgas la pegaba hacia él
​Llevada por la adrenalina y una audacia que sobrepasaba el efecto del alcohol, Daniela tomó la iniciativa de agacharse frente a él.
​Al tener la anatomía de Fernando expuesta a corta distancia, Daniela no pudo evitar fijar la mirada, impresionada por el volumen y la forma peculiar de su miembro. Fernando la observaba desde arriba con la respiración agitada mientras ella rompía el silencio:
​—Está enorme, Fernando… qué barbaridad, mira esa cabeza que forma tiene mmmmmm que rica se ha de sentir —murmuró Daniela con la voz rasposa, dejando entrever la fascinación que le provocaba la situación.

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