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Soy la esposa puta del pastor 3

Soy la esposa puta del pastor 3

Yo sirviendo en la iglesia
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Soy Raissa. Tengo 27 años, soy la esposa del pastor Adrián. Para todos en la iglesia soy la mujer perfecta: sonriente, de vestidos modestos, siempre dispuesta a ayudar. Por dentro, sin embargo, ya no soy la misma desde que Eugenio y Salvador me usaron en el baño de la iglesia. El deseo se me metió bajo la piel y no se va.
Hace unos días mi amiga Laura me pidió un favor. Ella y su esposo se iban una semana de crucero a celebrar su aniversario de bodas. Su hijo, David, acababa de cumplir dieciocho años y no querían dejarlo solo. Adrián aceptó de inmediato. “Es un buen muchacho del grupo juvenil”, dijo. “Que se quede con nosotros”.
David llegó el domingo por la tarde con una mochila y esa sonrisa tímida de quien todavía no sabe bien qué hacer con su cuerpo. Es alto, de hombros anchos, piel clara y ojos oscuros. Lo instalamos en el cuarto de huéspedes, al final del pasillo.
El lunes por la mañana Adrián salió temprano a una reunión. Yo estaba recogiendo ropa de la secadora cuando escuché la ducha del baño de visitas. Esperé un rato y después, sin pensar demasiado, abrí la puerta del cuarto de David para dejarle toallas limpias. No toqué. Entraré solo un segundo.
David estaba de pie junto a la cama, completamente desnudo, secándose el cabello con una toalla. Se giró al oírme y se quedó paralizado. Yo también. Su pene colgaba pesado entre las piernas, todavía medio hinchado por el calor del agua. Era notablemente más grueso y más largo que el de Adrián. Se me secó la boca.

—¡Señora Raissa! —exclamó, cubriéndose a medias con la toalla, rojo hasta las orejas.
—Perdón… —logré decir—. Traía toallas.

Dejé las toallas sobre la cama sin mirarlo otra vez y salí cerrando la puerta. Me apoyé contra la pared del pasillo con el corazón latiéndome en la garganta. Esa imagen se me quedó grabada. Durante el resto del día no pude dejar de pensar en él. Cada vez que cerraba los ojos lo veía desnudo, con esa verga gruesa y rosada. Me mojé varias veces solo de recordarlo. Por la noche, mientras Adrián dormía a mi lado, metí la mano bajo la sábana y me toqué pensando en David, imaginando cómo se sentiría dentro de mí.
Los días siguientes fueron un tormento delicioso. David evitaba mirarme a los ojos. Yo, en cambio, lo buscaba. Pasaba frente a su puerta en camisón corto. Me quedaba en la cocina cuando él entraba sin camisa después de hacer ejercicio. Sentía cómo se ponía nervioso, cómo se le marcaba la entrepierna cuando me veía de cerca. Yo disfrutaba de su incomodidad.
El miércoles Adrián tenía una reunión de ancianos que se alargaría hasta tarde. Después de la cena me quedé sola con David en la cocina. Él secaba los platos en silencio, con las orejas rojas.

—David —dije de pronto.
Se tensó.
—Sí, señora Raissa.
—Ya no me digas señora. Y deja de fingir que no me viste esa mañana. Yo también te vi. Todo.
Él tragó saliva. La toalla que tenía en la mano se le cayó al piso.
—Yo… no sabía qué hacer.
Me acerqué hasta quedar casi pegada a él. El olor a jabón y a piel limpia me subió a la cabeza.
—¿Quieres saber qué he estado haciendo desde esa mañana? —le susurré—. Me he tocado pensando en tu verga. En lo gruesa que se veía. En lo mucho que me gustaría sentirla entre mis tetas y después dentro de mí.
David se quedó sin aire. Sus manos temblaban.
—Es… es mi primera vez —confesó en voz baja, casi avergonzado—. Nunca he… con nadie.
Sonreí. Esa confesión me excitó todavía más.
—Entonces voy a enseñarte. Ven.

Lo tomé de la muñeca y lo llevé al cuarto de huéspedes. Cerré la puerta con llave. Me quité el vestido de un tirón. Debajo solo llevaba un sostén negro que apenas contenía mis pechos. Me lo desabroché y los dejé caer libres, pesados, con los pezones ya duros.
David me miraba con la boca entreabierta, la respiración agitada, un bulto enorme marcándose en el pantalón.

—Quítate la ropa —ordené.

Obedeció torpemente. Cuando su pene saltó libre, grueso y ya completamente duro, se me hizo agua la boca. Era incluso más impresionante de cerca. Me arrodillé frente a él.

—Primero vas a follarme las tetas —le dije sin rodeos—. Quiero sentirla caliente entre ellas.

Apliqué saliva en el canal de mis grandes pechos y los junté alrededor de su verga. Él soltó un gemido ahogado apenas lo envolvieron. Empecé a moverme arriba y abajo, apretando fuerte, dejando que la cabeza rosada asomara entre mis senos en cada embestida. David tenía las manos en el aire, sin saber dónde ponerlas, temblando de nervios y de placer.

—Tócamelas —le ordené—. Aplástalas. Úsame.

Sus manos grandes se cerraron sobre mis pechos. Empezó a empujar con las caderas, todavía torpe, pero cada vez más decidido. El roce de su verga caliente entre mis tetas me tenía empapada. Babeaba sobre la cabeza de su pene cada vez que salía, lamiéndola, chupándola un segundo antes de volver a meterla entre mis senos.

—Ay, … señora… Raissa… —gemía él, la voz quebrada—. Se siente… demasiado bueno.
—Dime que te gusta follarme las tetas —le exigí, mirándolo desde abajo.
—Me gusta… me gusta mucho… no voy a aguantar…

Lo solté antes de que se corriera. Me levanté, lo empujé hacia la cama y me subí encima de él. Tomé su verga con una mano, la froté contra mi vagina empapada y me la fui bajando despacio. David arqueó la espalda y soltó un quejido largo cuando sentí cómo me abría. Era gruesa. Más gruesa que cualquiera que hubiera tenido. Me dolió un poco al principio, pero seguí bajando hasta sentármela completa.

—Mírame —le dije, empezando a moverme—. Estás dentro de la esposa del pastor. Y te estoy follando porque quiero tu verga joven y grande.

Él me miraba como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Sus manos se aferraron a mis caderas. Empecé a subirme y bajarme con más fuerza, dejando que el sonido húmedo de mi vagina llenara el cuarto. Cada vez que me sentaba hasta el fondo él gemía y apretaba los ojos.

—Más rápido —suplicó, casi sin voz—. Por favor…

Aceleré. Mis pechos rebotaban frente a su cara. Él levantó la cabeza y chupó un pezón con desesperación. Yo gemía bajito, mordiendo el labio para no gritar. Sentía cómo su verga latía dentro de mí, cómo se ponía todavía más dura.

—Voy a correrme… —avisó, con pánico en la voz—. No sé… no sé si…
—Adentro —le ordené—. Lléname. Quiero sentir cómo te corres dentro de mí en tu primera vez.

Eso lo terminó. David se arqueó, apretó mis caderas con fuerza y se vació en oleadas calientes, profundo, temblando debajo de mí. Seguí moviéndome unos segundos más, frotándome contra él hasta que yo también terminé, contrayéndome alrededor de su verga todavía latiente.

Cuando por fin me detuve, él estaba jadeando, con los ojos húmedos y la expresión de alguien que acaba de cruzar una línea de la que no se vuelve.
Me bajé despacio. Su semen me escurrió por el muslo. Me vestí en silencio mientras él seguía tirado en la cama, mirando el techo, todavía procesando lo que había pasado.

Antes de salir del cuarto me giré hacia él.

—Esto no se lo cuentas a nadie. Ni a tus padres. Ni a Adrián. Nadie.

Él asintió:
—No lo diré… nunca.


Salí al pasillo. La casa seguía en silencio. Fui al baño, me limpié entre las piernas y me miré al espejo. Tenía las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y una sonrisa sucia que no lograba borrar.
David se queda con nosotros cuatro días más.
Y yo ya sé que voy a volver a entrar a ese cuarto.

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