You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Mi novia se obsesiona con la pija de mi amigo 8

La luz de la mañana filtrada a través de las persianas me despertó, cortante y blanca, quemando mis párpados. El sofá de cuero se sentía pegajoso y frío contra mi piel desnuda. Me moví y sentí la rigidez del semen seco tirando de mi piel, una máscara de humillación que me recordaba exactamente dónde había terminado la noche. Mi mano derecha aún olía a sal y a sexo, y mi boca tenía un regusto metálico. Me froté la cara, desprendiendo escamas de fluidos secos, y sin pensarlo dos veces, mi mano bajó hacia mi entrepierna. La verga me dolía, sensible y abultada por las horas de erección frustrada. Comencé a tocarme, lento al principio, luego con más urgencia, apretando la carne hinchada mientras recordaba los gemidos de Sofía y las órdenes sádicas de Marcos. El ruido de la puerta del dormitorio abriéndose me heló la sangre, pero no pude detenerme; el movimiento de mi mano se volvió frenético, un acto automático de vergüenza y deseo.

Los pasos de Marcos resonaron en el parqué, pesados y seguros. Me quedé congelado, con la mano agarrada a mi miembro, midiendo su silueta en el marco de la puerta. Llevaba puesto solo esos pantalones ajustados que le marcaban cada músculo de las piernas, y el bulto frontal era impresionante incluso en estado de reposo. Su pecho desnudo, brillando ligeramente por el sudor de la noche, se elevaba y bajaba con calma. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, pasando por mi mano moviéndose en mi verga y deteniéndose en mi cara, donde restos visibles de su propia leche de la noche anterior se mezclaban con mi sudor.

—Sigues con la mano, ¿eh? —dijo su voz, ronca por la mañana, pero no con burla, sino con un tono extrañamente grave.

Miré hacia abajo y vi lo que me estaba mirando. El tejido de sus pantalones comenzó a ceder, tensándose peligrosamente sobre su ingle. Su verga, esa bestia enorme y gruesa, estaba despertando, hinchándose visiblemente, empujando la tela hacia adelante hasta formar una tienda perfecta y obscena. Se acercó al sofá, su sombra cayendo sobre mí, y el aroma a su cuerpo, a macho y a sexo usado, invadió mi espacio personal. Se detuvo justo al lado de mi cabeza, su bulto a la altura de mis ojos.

—Dale amigo, no seas egoísta —gruñó, bajando la cremallera con un sonido metálico que resonó en la sala. Sacó su miembro, que ya estaba semi-erguido, pesado, y lo dejó caer sobre mi hombro con un golpe húmedo y caliente. —Toca la mía también. Ya sabes cómo hacerlo.

Sin soltar mi propia verga, levanté mi mano libre y la envolví alrededor de la suya. La diferencia era brutal; mi mano apenas podía cerrarse alrededor de su grosor, mientras que la mía se perdía en mi puño. Comencé a moverme, una mano subiendo y bajando por mi carne y la otra trabajando la suya con furia, tratando de igualar el ritmo. La piel de Marcos era más suave, más caliente, y sentí el pulso en su glande golpeándome el cuello mientras nos masturbaba a ambos frente a frente. Él no apartó la mirada, clavando sus ojos en los míos mientras mi respiración se aceleraba y mis caderas comenzaban a empujar hacia arriba, buscando mi propio alivio. Casi que me daban ganas de chupárselo...

El calor en mi entrepierna se volvió insoportable. Mis testículos se apretaron contra mi cuerpo y una oleada de electricidad recorrió mi columna vertebral. Con un gemido ahogado, me vine, disparando chorros de semen caliente sobre mi propio estómago y llenando mi palma. El fluido era espeso y abundante, cubriéndome los dedos. Sin detener el movimiento en la verga de Marcos, levanté mi mano chorreante y la llevé directamente a su miembro erecto. Usé mi propia leche como lubricante, deslizando mis dedos resbaladizos por su eje, mezclando nuestros fluidos. La sensación de mi semen caliente sobre su piel endurecida pareció excitarlo aún más; su verga palpitó con fuerza en mi mano, hinchándose hasta un tamaño que parecía imposible.

—Sí... usá tu leche para mí —siseó Marcos, inclinándose ligeramente hacia adelante, apoyando una mano en el respaldo del sofá para dominarme desde arriba.

Aceleré el ritmo, apretando fuerte con cada movimiento ascendente, frotando el glande húmedo con mi pulgar. Sus piernas se tensaron, los músculos de sus abdominales se marcaron bajo la piel y su respiración se convirtió en un rugido gutural. Mantuve la mirada fija en la punta de su verga, viendo el orificio dilatarse.

—¡Ah, coño! —gritó.

El primer choro fue violento, un proyectil caliente y espeso que me dio de lleno en la mejilla izquierda, cruzando mi nariz. El segundo y el tercer choro siguieron de inmediato, cubriendo mi frente, mis párpados y cayendo en mis labios abiertos. Me sentí marcado, poseído por su esencia, mientras su verga seguía disparando más y más leche sobre mi cara ya sucia. El olor era intenso, a cloro y a virilidad pura.

Cuando los espasmos de él cesaron, abrí los ojos, parpadeando para limpiar el semen que me caía en las pestañas. Miré mi mano derecha, la que estaba cubierta con mi propia eyaculación, y luego mi cara, brillante con la de él. Con un movimiento lento y deliberado, pasé mis dedos por mi mejilla, recogiendo su leche y mezclándola con la mía en mi palma. Llevé la mano a la boca y, mirándolo fijamente a los ojos, me la tragué todo. El sabor salado y amargo llenó mi garganta, y sorbí mis dedos limpiándolos uno por uno, sin perder de vista su expresión de aprobación arrogante.

—Bien amigoo —murmuró Marcos, su voz recuperando el control total. —Pero te dejaste algo.

Su verga seguía allí, frente a mi cara, goteando el último resto de semen, brillante y roja por la fricción de mi mano. Un hilo blanco colgaba de la punta, amenazando con caer sobre la alfombra.

—Limpiamela con la boca. Ahora —ordenó, empujando su cadera hacia adelante.

Me incliné y abrí la boca, tomando su glande hinchado entre mis labios. Sabía a sal, a mí mismo y a él. Pasé la lengua por el surco inferior, recogiendo cada rastro de fluido, chupando suavemente para extraer todo lo que quedaba dentro de la uretra. Sentí su mano en la parte posterior de mi cabeza, empujándome más profundo, obligándome a tomar más de su longitud. Pero, en lugar de ablandarse después del orgasmo, sentí algo increíble. Su verga, en lugar de flacidecer, comenzó a latir de nuevo, endureciéndose dentro de mi boca, creciendo y empujando contra mi paladar hasta casi hacerme gag.

La sorpresa me hizo detenerme un segundo, pero él no soltó mi cabeza. Seguí chupándolo, sintiendo cómo la carne se volvía de nuevo como piedra, lista para otra ronda. Levanté la vista hacia él, con su verga aún en mi boca, y sentí una sonrisa pícara curvarse en mis labios alrededor de su miembro. Mis ojos brillaron con una nueva intención. Si él pensaba que esto era solo una limpieza, estaba muy equivocado. Tenía planes para esa erección recién nacida, y por primera vez, sentí que yo tenía el control de lo que vendría después.

1 comentarios - Mi novia se obsesiona con la pija de mi amigo 8