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Juego psicológico

La luz tenue del restaurante iluminaba la mesa reservada junto al ventanal. Julián miró el reloj por tercera vez en la noche. Había planeado esa cena durante semanas para celebrar su aniversario de novios con Sofía. Sin embargo, en la mesa no estaban solos. A la izquierda de Sofía, pegado a su muslo y compartiendo su misma copa de vino, estaba Camilo.
Camilo no era una amenaza abierta; era peor. Era el amigo de la infancia de Sofía, un tipo relajado, de risa fácil y actitud desenfadada que parecía adueñarse de cada espacio de la vida de ella.
Sofía: —Pruébalo, Cami... te va a encantar cómo sabe.
Sofía tomó un bocado de su plato con el tenedor y se lo llevó directamente a los labios a Camilo. Camilo sonrió con malicia, le tomó la muñeca a Sofía para guiarse y masticó despacio, manteniendo una mirada fija y directa en los ojos de ella mientras le rozaba la pierna por debajo del mantel.
Julián: —Oigan, recuerden que la reserva la hice para los dos... por nuestro aniversario.
Sofía: —Ay, mi amor, no seas tan amargado. Cami estaba solo hoy y tú sabes que él es parte de mi vida. Además, a ti no te quita nada que él esté aquí.
Sofía no soltó el brazo de Camilo; al contrario, deslizó sus dedos por el antebrazo del amigo y le acomodó el cuello de la camisa, dejándole la mano apoyada sobre el pecho.
En ese momento, el mesero se acercó a la mesa para retirar los platos. Al ver a Sofía entreabrir los labios con un suspiro ahogado, recostada abiertamente sobre el hombro de Camilo mientras este le pasaba la mano por la cintura con total descaro, el empleado sonrió con complicidad.
Mesero: —Qué bonita pareja hacen, de verdad. Da gusto ver a dos personas que se quieren y se entienden con tanta pasión.
Sofía soltó una risita picante, ajustó su escote despacio frente a los dos hombres y, volteando a ver a Julián con los ojos brillantes y una sonrisa llena de falso afecto, respondió con tono coqueto:
Sofía: —Ay, no, muchas gracias, pero se equivoca... Él es solo mi amigo consentido de toda la vida. Mi novio es él... Él es mi novio lindo, el hombre con el que salgo.
El mesero se quedó rígido. La sonrisa del empleado se desvaneció en un instante, reemplazada por una mueca de evidente incomodidad al ver a Julián sentado al otro extremo de la mesa, masticando la rabia en silencio.
Mesero: —Ah... disculpe, señor. Con permiso...
El mesero recogió las copas a toda prisa. Julián lo siguió con la mirada mientras se alejaba. A solo tres metros, cerca de la barra, escuchó el murmullo de burla del mesero hablándole al barman:
Mesero: —Ve, tan raro... Yo pensé que el macho de la vieja era el otro. El novio de verdad parece un adorno, mero pendejo.
Las palabras resonaron en la mente de Julián como un látigo. La sangre le hirvió. Pero lo peor vino cuando Sofía echó la cabeza hacia atrás para reírse de un chiste sucio que Camilo le susurró al oído: justo debajo de la oreja, en la piel tierna del cuello, Julián vio una marca violeta y húmeda, un morado fresco e innegable.
Julián: —Sofía, nos vamos ya. Pide la cuenta.
Sofía: —¿Pero qué te pasa, Julián? No hemos pedido ni el licor ni el postre. No seas canzón.
Julián: —Dije que nos vamos YA.
El trayecto en el carro hacia el apartamento fue un infierno de silencio. Camilo se había despedido en la puerta del restaurante agarrando a Sofía por la cadera y dándole un beso en la comisura de los labios que duró varios segundos más de lo normal, dejando a Sofía agitada.
En cuanto cerraron la puerta del apartamento, Julián explotó.
Julián: —¡Es una humillación asquerosa! ¡Todo el restaurante viéndote encima de él como si fuera tu dueño! ¡Hasta el mesero se me burló en la cara! ¿Y esa marca en el cuello qué putas es, Sofía? ¡Dímelo en la cara!
Sofía ni se inmutó. Caminó hacia el espejo del pasillo, se bajó el tirante del vestido para dejar ver mejor la marca y se pasó la yema del dedo por el morado, mirándose con absoluta soltura.
Sofía: —Ay, Julián, no seas tan ridículo y dramatico que Ese morado me lo hizo Camilo esta tarde. Estábamos molestando y jugando en su sofá y me apretó duro el cuello sin querer. Fue jugando, ¿ya?
Julián apretó los puños, sintiendo que la cabeza le iba a estallar.
Julián: —¡¿Jugando?! ¡Tienes la marca de los labios o de los dedos de otro hombre en el cuello el día de nuestro aniversario! ¡Y te la pasaste manoseándolo toda la noche!
Sofía caminó hacia él lentamente, moviendo las caderas con sensualidad. Le puso las manos directamente en el pecho y lo miró fijamente a los ojos, combinando una dulzura manipuladora con un reproche frío.
Sofía: —¿Tú te estás escuchando lo patético que te oyes? En la cara del mesero y de todos dije bien claro que tú eres mi novio lindo. No te negué. Pero si tú eres tan acomplejado, tan misogueno e inseguro que no puedes tolerar que Camilo es mi amigo y que entre él y yo hay confianza y cariño físico, el del problema mental eres tú. Me tienes cansada con tus celos de enfermo.
La seguridad sin vergüenza con la que ella hablaba dejó a Julián desarmado. Antes de que él pudiera articular otra palabra, Sofía le agarró el nuca con fuerza, pegó su cuerpo al de él y le plantó un beso húmedo, salvaje y dominante, metiéndole la lengua hasta el fondo para hacerle tragar el reclamo.
Juego psicológico

Le tomó las manos, se las llevó a sus pechos por encima de la tela y lo arrastró hacia la habitación.

Durante la hora siguiente, Sofía se empleó a fondo en la cama con una devoción casi perversa. Se desnudó despacio frente a él, tocándose el cuerpo mientras lo miraba con fuego en los ojos. Se le montó encima, tomándolo con fuerza y moviéndose con un ritmo frenético y húmedo, haciéndolo gemir mientras le susurraba obscenidades y cariño falso al oído:
Novio pendejo

Sofía: —Eso... tómame así... Eres mi novio lindo, ... Mira cómo me pones de caliente... Di que soy tuya... compláceme como a ti te gusta...
Julián se perdió por completo en el calor, los sonidos de la piel chocando
PLAC , PLAC , PLAC , PLAC
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, el olor a perfume mezclado con sudor y la entrega total que ella aparentaba. El placer de tenerla encima devorándolo le borró el juicio, haciéndole creer que una mujer que se entregaba así no podía estar engañándolo.
Cuando los dos quedaron agotados y sudorosos sobre las cobijas, Julián la abrazó con desesperación, pegando su cara a su pecho. Sofía le acariciaba la cabeza con suavidad, dándole besitos en la frente.
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Sofía: —¿Ves que tú eres mi novio lindo? No dejes que tus celos estúpidos arruinen lo bonito que te hago sentir...
Julián: —Perdóname, mi amor... tienes razón, fui un celoso...
Mientras Julián cerraba los ojos sumiso y convencido de que todo había sido una paranoia suya, Sofía sonreía en la penumbra. Con una mano le acariciaba la espalda a su novio, mientras con la otra se tocaba el morado del cuello, recordando exactamente cómo Camilo se lo había hecho horas antes sobre el sofá y saboreando el encuentro que ya tenía pactado con él para la tarde siguiente.

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