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Obra en construcción

Obra en construcción
Estaba pasando por una obra en construcción, de esas a medio hacer, con andamios de metal, bolsas de cemento apiladas, carretillas y polvo de obra por todos lados. Yo iba con shorts cortísimos y una remera ajustada, el culo marcándose a propósito. Tres albaniles estaban trabajando arriba de un andamio. Uno más grandote con el martillo en la mano, otro flaco y tatuado cargando una bolsa de cemento, y el tercero con la cuchara de albanil y el nivel. Me vieron pasar y el grandote silbó fuerte, dejando el martillo a un lado.
—Ey, putita, ¿a dónde vas con ese culo? Subí un toque.
Me acerqué y el grandote bajó, me agarró del brazo con la mano sucia de cemento y me subió en una pila de bolsas de cemento sin preguntarme nada. El flaco tiró la bolsa de cemento al piso y me empujó contra ella. El canchero dejó la cuchara a un lado y me dijo:
—Hoy te vamos a usar los tres, zorra. Acá no hay nadie más.
Me bajaron los shorts y la tanga de un tirón. El flaco me escupió en el culo, me abrió las nalgas y me metió dos dedos de una, moviéndolos bruto. El canchero se sacó la pija gruesa y me la puso en la boca mientras me sujetaba con un guante de obra todavía puesto.
—Chupá, putita. Y abrí el orto para nosotros.
Me agaché sobre las bolsas de cemento, el grandote se plantó atrás y me clavó la pija en el culo de un solo empujón violento. Solté un grito cuando me la metió hasta el fondo. Empezó a garcharme fuerte, con golpes secos, usando el ritmo como si estuviera clavando un ladrillo, mientras el flaco me tiraba del pelo y me obligaba a chupar la pija del canchero. Me usaban como si fuera otro material de la obra.
—Qué apretado tenés el culo, puta de mierda… te lo estamos rompiendo entre los tres y ni te quejás de verdad —me gritaba el grandote mientras me la hundía, apoyando una mano sucia en mi espalda y la otra en el andamio para no caerse.
Me cambiaron de posición. Me tiraron en 4 sobre las bolsas de cemento, el flaco me la metió en el culo, el canchero en la boca y el grandote me agarraba las tetas con las manos llenas de polvo. Me golpeaban las nalgas con la mano abierta, a veces con el guante, me escupían, me insultaban y me decían que era una zorra barata que se había metido en una obra para que tres albañiles le destrozaran el orto entre el cemento y los andamios.
Uno me levantó un poco y me apoyó contra el andamio de metal, el frío del fierro contra las tetas, mientras el otro me la clavaba más profundo y el tercero me obligaba a chupar. Después el grandote miró la carretilla que estaba cerca, llena de restos de mezcla y polvo, y dijo:
—Subila a la carretilla. Ahora la vamos a garchar ahí.
Me agarraron entre los tres, me levantaron como si fuera un saco de cemento y me sentaron en el borde de la carretilla, con el metal duro y frío contra el culo abierto. Me abrieron las piernas a la fuerza, el flaco me sujetó las muñecas contra el mango de la carretilla y el canchero me empujó el torso hacia atrás. El grandote se plantó entre mis piernas, me abrió las nalgas con las manos sucias y me clavó la pija de nuevo en el culo, de un solo golpe, más profundo todavía porque yo estaba colgando medio desbalanceada. Empezó a garcharme con fuerza, cada embestida hacía que la carretilla se moviera un poco sobre las ruedas, el metal golpeándome el culo y las nalgas. El flaco me metió los dedos en la boca para que no gritara y el canchero me manoseaba las tetas mientras me escupía en la cara.
—Mirá cómo te movés en la carretilla, putita de mierda… te estamos usando como herramienta de la obra —me gritaba el grandote mientras me la hundía hasta las bolas, agarrándome de las caderas para no dejarme caer.
Me cogieron así un rato largo, cambiando de turno: uno me la metía en el culo mientras los otros dos me sujetaban para que no me resbale de la carretilla. A veces me daban vuelta, me ponían de pecho sobre el borde y me la clavaban desde atrás, el metal frío rozándome las tetas. Al final los tres se vinieron: uno adentro del culo mientras yo seguía sentada en la carretilla, otro en la boca y el tercero me lo tiró en la cara y en las nalgas, mezclado con el polvo de cemento.
El grandote me dio una palmada fuerte en el culo, me bajó de la carretilla como si fuera un material más y me tiró los shorts encima.
—Listo, putita. Ahora andate con el culo destrozado y lleno de leche de albañil. La próxima vez que pases por la obra te volvemos a usar, y esta vez te atamos al andamio.

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