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Alabanza y Sumisión - Capítulo 2: La Primera Prueba

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Alabanza y Sumisión - Capítulo 2: La Primera Prueba

El aire del templo vibraba con la energía de treinta almas unidas en oración. Me senté en el último banco de madera, observando cómo María Elena ocupaba su lugar habitual en el frente, junto al grupo de alabanza. Llevaba un vestido verde oscuro esta vez, tan modesto como el azul del día anterior, pero que resaltaba la calidez de su piel canela y el brillo de su cabello oscuro recogido en un moño bajo.
La hermana Hortensia, su madre, estaba a mi izquierda, dos filas adelante, cantando con los ojos cerrados y las manos levantadas, completamente entregada al éxtasis espiritual. Reconocí a los mellizos, Lucía y Mateo, sentados juntos, aburridos pero educados, mientras Sebastián, el mayor, mantenía los ojos fijos en su teléfono celular, probablemente intercambiando mensajes con esa novia que tanto preocupaba a su madre.
El pastor Ramiro, un hombre de complexión robusta y voz potente que había llegado al pueblo hace tres años desde la capital, dirigía el servicio con una mezcla de carisma y autoridad que mantenía a la congregación hipnotizada.
"Hermanos y hermanas," proclamó, levantando las manos. "Hoy quiero hablar de las pruebas. Porque el Señor nos prueba para fortalecernos, para purificarnos, para asegurarse de que nuestra fe es genuina. Pero el enemigo también pone pruebas, tentaciones que parecen oportunidades, que brillan como oro pero que al tacto revelan su verdadera naturaleza: plomo, plomo pesado que nos hunde en el pecado."
Mientras hablaba, sus ojos se desviaron brevemente hacia mí. El recién llegado. El extraño. Sabía que me estaban observando, analizando. María Elena me había advertido sin palabras: aquí no se entra por curiosidad.
La música comenzó a sonar, un ritmo pentecostal contagioso que hizo que todos se pusieran de pie. María Elena tomó el micrófono, y su voz —esa voz que había imaginado susurrando mi nombre— llenó el templo:
"Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso
Que era, que es y que ha de venir
Y todos los ángeles se postran ante Él
Adorando, adorando, adorando..."
Cantaba con los ojos cerrados, las manos levantadas, completamente entregada a la alabanza. Observé cómo su cuello se alargaba, cómo una gota de sudor descendía por su clavícula y desaparecía bajo el escote modesto de su vestido. Imaginé cómo sería besarla allí, en ese lugar sagrado, mientras todos cantaban y nadie nos veía.
Cuando terminó el coro, abrió los ojos y sus miradas se cruzaron con las mías. Por un instante, vi algo más que devoción en su expresión. Vi conflicto. Vi deseo. Vi miedo.
El servicio continuó con testimonios de hermanas que habían sido sanadas de dolencias, de un hermano que había encontrado trabajo después de meses de oración. Cada historia reforzaba la fe de la congregación, pero a mí me parecía un teatro de la esperanza donde todos los actores conocían sus papeles.
Finalmente llegó el momento de la oración final. El pastor invitó a quienes tenían cargas en sus corazones a pasar al frente. Varios hermanos y hermanas avanzaron, arrodillándose en el altar improvisado. María Elena permaneció en su lugar, pero vi cómo sus manos se entrelazaban con fuerza, cómo sus labios se movían en oración silenciosa.
No pude resistirme. Me levanté y caminé hacia el frente, no hacia el altar, sino hacia donde ella estaba. Me arrodillé a su lado, dejando una respetuosa distancia entre nosotros, pero lo suficiente para que ella sintiera mi presencia.
"Hermano," susurró sin mirarme. "No es lugar para usted."
"Estoy buscando," respondí con voz baja. "Buscando lo mismo que todos ustedes."
Ella no respondió, pero vi cómo sus hombros se tensaban. Cerré los ojos y comencé a orar, no a Dios, sino a ella. Oré para que sintiera mi deseo, para que reconociera que la atracción que sentíamos no era obra del enemigo, sino una fuerza natural, tan divina como cualquier otra creación del Señor.
Cuando levanté la vista, sus ojos me miraban. Había lágrimas en ellos, pero no eran lágrimas de arrepentimiento. Eran lágrimas de confusión.
El servicio terminó y la gente comenzó a salir. María Elena se apresuró a reunirse con su familia, evitando mirarme. Pero su madre, la hermana Hortensia, se acercó a mí con una sonrisa amable.
"Hijo, es bueno ver a un joven buscando el camino del Señor. ¿Eres nuevo en el pueblo?"
"Sí, hermana. Llegué hace unos meses, trabajando en la instalación de internet."
"Ah, el progreso," suspiró, y vi cómo su expresión se mezclaba entre gratitud y recelo. "Mi hija me ha hablado de usted. Dice que compra ropa en su tienda."
"María Elena tiene un buen ojo para los negocios," respondí, y vi cómo sus ojos se iluminaban con orgullo materno.
"Es una buena hija. Una mujer de fe, a pesar de... dificultades." Su voz se bajó un tono, confidencial. "Su marido la abandonó hace seis años, dejándola con tres niños y una tienda a punto de quiebra. Pero el Señor la sostuvo. La sostiene cada día."
Asentí, procesando esta nueva información. No solo era una mujer de fe, sino una mujer herida, traicionada. Eso explicaba su cautela, su necesidad de aferrarse a la religión como ancla en medio de la tormenta.
"El Señor siempre provee, hermana," respondí, usando sus propias palabras. "A veces a través de personas inesperadas."
Sus ojos me examinaron con interés. María Elena se acercó entonces, su expresión tensa.
"Mamá, ya es tarde. Los niños necesitan cenar."
"Sí, hija, vamos." La hermana Hortensia tomó mi mano. "Nos vemos el domingo, hijo. Que Dios te bendiga."
"Que Dios los bendiga a ustedes también," respondí, y mis ojos se encontraron con los de María Elena. "Nos vemos pronto, hermana María."
Ella pestañeó, como si la forma en que había pronunciado su nombre la hubiera sorprendido. "Hermano," respondió casi inaudiblemente, y se dio vuelta para seguir a su madre.
La observé alejarse, su figura delineada bajo la luz de la calle principal. Noté cómo se ajustaba el vestido, cómo se pasaba una mano por el cabello en un gesto nervioso. Sabía que estaba pensando en mí, en mis palabras, en mi oración fingida.
En mi pensamiento, la imagen de María Elena se transformó. Ya no la veía como la hermana María, la mujer piadosa del pueblo. La veía como la mujer que podría ser si se permitiera soltar las riendas de su fe, si explorara el placer que su cuerpo era capaz de sentir.
Imaginé el día siguiente, entrando en su tienda no como cliente, sino como hombre. Imaginé cómo sería cerrar la puerta, bajar la cortina de la tienda Bendiciones , y llevarla hacia el área de peluquería, donde los espejos reflejarían cada momento de nuestra entrega.
Imaginé cómo sería desabrochar ese vestido verde oscuro, descubrir la piel que la modestia ocultaba. Cómo sería besarla, no como una hermana en Cristo, sino como la mujer que despertaba en mí un deseo que se parecía mucho a la adoración.
Esa noche, mientras María Elena rezaba en su cama, pidiendo fuerzas para resistir la tentación que representaba mi presencia en el pueblo, yo me acosté en mi habitación de la pensión con una certeza creciente: la primera prueba había pasado. Y aunque ella creía haberla superado, sabía que en su corazón había sembrado una semilla de duda que, con el cuidado adecuado, crecería hasta convertirse en el árbol frondoso del deseo.
El juego continuaba. Y cada día que pasaba, María Elena se acercaba un paso más a la rendición. No a Dios, sino a sí misma. Y yo sería el guía en ese viaje de auto descubrimiento, el que le mostraría que el placer no era pecado, sino una forma de oración, una manera de conectar con lo divino a través de lo carnal.
Me dormí con la sonrisa en los labios, soñando con la próxima vez que la vería, con la próxima oportunidad de acercarme a ella 


continuara...

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