
Iba de pie en el vagón abarrotado, sujetándome a la barra superior mientras el tren avanzaba con sacudidas constantes. Era hora pico y los cuerpos se apretaban unos contra otros sin remedio.
Me llamo Carlos tengo cincuenta y cuatro años y ya estaba resignado al incómodo trayecto.
Como siempre,el tren estaba lleno de gente,era incomodo viajar.
De pronto, una chica joven se colocó justo delante de mí. No tendría más de 17 años.
piel clara, con cabello lacio y oscuro que enmarca su rostro. Tiene ojos tiernos.
Lleva un buzo con capucha amarilla inspirado en Pikachu, lo que le da un aspecto aun mas tierno. Su expresión es suave.

Al principio pensé que era solo la multitud, pero pronto me di cuenta de que sus movimientos eran demasiado intencionados.
Su mano se posó sobre mi entrepierna “por accidente” varias veces, hasta que se detuvo allí.
Su olor era exitante y muy dulce,como la de un angel.
Sentí cómo sus dedos presionaban con suavidad el cierre de mi pantalon, explorando.
Mi respiración se aceleró. Intenté apartarme un poco, pero no había espacio.
Ella aprovechó cada balanceo del tren para frotarme con más decisión.
No podia mirarla a los ojos,estaba demaciado nervioso.
Entonces ella se dio la vuelta con discreción, quedando de espaldas a mí.
Se dejó apoyar contra mi cuerpo, presionando su trasero redondito y algo pequeño justo contra mi entrepierna.
Cada vez que el tren se movía, ella frotaba sus nalgas contra mí con suavidad, en círculos lentos y deliberados.


Ese roce, combinado con su olor dulce, me excitaba de una forma insoportable.
Disimuladamente, metí la mano entre nosotros y saqué mi pene, ya medio flácido, con sus pelos blancos y de tamaño normal.

Lo presioné contra su trasero cubierto por los pantalones.
Nadie podía vernos; el vagón estaba demasiado lleno y todos miraban hacia otro lado o se perdían en sus teléfonos.
Empecé a refregárselo despacio entre las nalgas, sintiendo la suavidad de su ropa y el calor de su cuerpo.


Ella, sin girarse, bajó la mano hacia atrás y comenzó a tocarme.
Sus dedos suaves envolvieron mi pene flácido, manoseándolo con movimientos ricos y expertos: primero lo apretó con ternura, luego lo acarició de arriba abajo con lentitud, masajeando la cabeza con el pulgar en círculos húmedos.

Lo estiraba suavemente, lo soltaba y volvía a agarrarlo, despertándolo por completo.
Sus caricias eran lentas pero constantes, perfectas.
Yo agarré discretamente su cintura con una mano, sujetándola con firmeza mientras disfrutaba de aquella paja increíble.
El placer fue creciendo rápido. Sus dedos seguían trabajando con maestría, acelerando un poco el ritmo, apretando justo donde más lo necesitaba.

Cuando ya no pude contenerme, me corrí con fuerza entre sus dedos, mordiéndome el interior de la mejilla para no hacer ruido. Oleadas intensas me sacudieron mientras ella seguía acariciándome suavemente, recogiendo hasta la última gota.


En la siguiente estación, algunas personas bajaron. Ella retiró la mano con calma, se limpió discretamente y cerró mi cremallera. Luego me miró un instante con una sonrisa traviesa y se bajó del tren sin decir nada.
Me quedé allí, jadeando, con el pantalón manchado de semen y la mente en blanco. El olor de mi propia corrida impregnaba la tela y el recuerdo de sus manos aún palpitaba en mi piel.
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