El calor de agosto olía a sal, crema solar y helado de limón derretido sobre el asfalto. Clara llegó al pueblo costero huyendo de una rutina gris, con una maleta pequeña y la idea firme de no mirar a nadie a los ojos.Pero los planes de julio rara vez sobreviven a agosto.Lo conoció una tarde en el murete del puerto, mientras intentaba descifrar un mapa desplegado que el viento de levante quería arrebatarle de las manos. Él —Mateo, con los rizos dorados por el sol y media sonrisa de despistado— sujetó una esquina del papel antes de que volara hacia el agua.—Si sigues ese mapa al revés, vas a acabar nadando hacia Argelia —bromeó él.No hablaban de sus vidas de invierno. No importaba en qué trabajaban, ni qué exámenes tenían pendientes, ni los alquileres caros que les esperaban de vuelta en la ciudad. El tiempo, durante quince días, se midió en helados compartidos, en carreras hacia la orilla cuando el sol empezaba a dorar el horizonte y en canciones escuchadas con unos auriculares enredados en la misma arena.Fue un amor sin pasado y sin futuro, de esos que caben enteros en la memoria de una postal.El último día no hubo dramas ni promesas imposibles. Se sentaron en el espigón a ver cómo la última barca de los pescadores apagaba su motor. Mateo le regaló una concha lisa, color nácar; Clara le dejó dibujado un número de teléfono en la palma de la mano que sabía que el agua del mar borraría antes de subir al autobús.El autobús arrancó a las siete de la mañana. Clara miró por la ventana empañada y vio la silueta solitaria en el andén. Volvió a la rutina, al abrigo grueso, a las tazas de café humeantes y a la ciudad de siempre. A veces, cuando abre un cajón y sus dedos rozan una pequeña piedra blanca, sonríe: sabe que hay amores que no están hechos para durar toda la vida, sino para salvarte de la prisa justo cuando más lo necesitas
1 comentarios - Un verano lleno de amor