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La puta del centro de acogida

El sol de Málaga pegaba fuerte esa tarde de julio. Rebecca salió del centro de acogida con la camiseta pegada al cuerpo y el pelo recogido en una coleta alta. Llevaba pantalones cortos y unas sandalias gastadas. Había pasado cuatro horas ayudando a traducir documentos, repartir ropa y explicar a un grupo de recién llegados cómo conseguir una cita en extranjería. Su árabe no era perfecto, pero bastaba.
Mientras caminaba hacia la parada del autobús, sintió la mirada.
Un hombre alto, piel oscura, hombros anchos, estaba apoyado contra la pared del edificio. Llevaba una camiseta negra ceñida y vaqueros. Cuando ella pasó a su lado, él habló en un árabe suave, con acento marroquí:
—Shukran… por lo de hoy. Ayudaste a mi hermano. Él no habla nada de español.
Rebecca se detuvo y se giró. Sonrió con esa sonrisa fácil que siempre le salía.
—No hay de qué. Si necesitáis algo más, volved mañana. Estamos aquí para eso.
El hombre la miró de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos se detuvieron un segundo en el escote de la camiseta, luego en sus piernas.
—Te llamas Rebecca, ¿verdad? Te oí hablar con la trabajadora social.
—Sí.
—Yo soy Karim. —Se acercó un paso. Olía a colonia barata y a sol—. ¿Vives cerca?
Rebecca sintió un calor raro en el bajo vientre. No era la primera vez que un chico del centro la miraba así, pero este tenía algo distinto. Una seguridad tranquila. Una presencia.
—Vivo en El Palo —respondió—. Con mi novio.
Karim asintió despacio, como si esa información no le importara demasiado.
—Tu novio… ¿él también ayuda?
Ella soltó una risa corta.
—No. Él prefiere quedarse en casa jugando a la Play. Dice que “eso de los inmigrantes” no es cosa suya.
Karim sonrió apenas, mostrando dientes blancos.
—Entonces es un idiota.
Rebecca abrió la boca para defenderlo por instinto… y no salió nada. Solo se le quedó mirando. Karim dio otro paso. Ahora estaban muy cerca. Ella notó la diferencia de altura, la anchura de su pecho, el olor a hombre.
—Tú no eres como él —dijo él en voz baja—. Tú tienes fuego. Se te nota.
Rebecca tragó saliva. El autobús pasó de largo y ninguno de los dos lo miró.
—Tengo que irme —murmuró ella, pero no se movió.
Karim inclinó la cabeza.
—¿Y si no te vas? ¿Y si vienes conmigo un rato? Hay un parque detrás del centro. Nadie va a esa hora.
El corazón de Rebecca latía fuerte. Pensó en Pablo, su novio de tres años, que ahora mismo estaría en el sofá con el mando en la mano. Pensó en lo aburrido que se había vuelto el sexo. En cómo ella siempre acababa terminándose con los dedos en el baño después de que él se corriera en dos minutos.
Miró a Karim a los ojos.
—Solo un rato —dijo.
El parque estaba vacío. Karim la llevó detrás de unos árboles frondosos. En cuanto estuvieron a solas, la empujó suavemente contra el tronco de un pino. Su mano grande subió por el muslo de Rebecca hasta meterse bajo el pantalón corto.
—Hostia… —susurró él al tocarle la braga ya húmeda—. Estás empapada, española.
Rebecca jadeó cuando dos dedos gruesos se abrieron paso entre sus labios y se hundieron dentro de ella de un solo movimiento.
—Joder… —gimió, agarrándose a sus hombros.
Karim la folló con los dedos sin piedad, rápido y profundo, mientras con la otra mano le bajaba el pantalón corto y la braga hasta las rodillas. Se arrodilló delante de ella, le separó las piernas y le pasó la lengua entera por el coño.
—Qué rico estás… —murmuró contra su carne—. Tu novio no te come así, ¿verdad?
—No… joder, no…
Él se puso de pie, se bajó la cremallera y sacó una polla gruesa, oscura, venosa, mucho más grande de lo que Rebecca había tenido nunca. La frotó contra su clítoris, dejándola temblando.
—Dime que la quieres —ordenó.
Rebecca lo miró a los ojos, con las mejillas rojas y la respiración entrecortada.
—La quiero… métela. Por favor.
Karim la levantó como si no pesara nada, le abrió las piernas alrededor de su cintura y se enterró de un solo empujón hasta el fondo. Rebecca gritó contra su hombro. El dolor y el placer se mezclaron. Él empezó a follarla contra el árbol con embestidas profundas y pesadas, agarrándole el culo con ambas manos.
—Toma, blanca… toma esta polla de verdad —gruñía al oído—. Tu novio no te llena así, ¿eh? Dilo.
—No… no me llena… joder, qué grande…
Cada embestida hacía que el árbol temblara. Rebecca se corrió primero, apretando las piernas alrededor de él, mojándole la polla y los huevos. Karim no paró. La siguió follando hasta que ella tuvo un segundo orgasmo, más fuerte, casi llorando de placer. Solo entonces se corrió dentro, profundo, llenándola a chorros mientras gruñía en árabe.
Cuando la bajó al suelo, el semen le resbalaba por el muslo interno. Rebecca temblaba. Karim le subió la braga y el pantalón con una calma insultante, le dio un beso en la frente y le susurró:
—Mañana vuelvo al centro. Y tú también vas a volver. Porque ahora ya sabes lo que te hacía falta.
Rebecca no respondió. Solo asintió, con las piernas flojas y el coño palpitándole.
Esa noche, cuando llegó a casa, Pablo estaba en el sofá exactamente donde ella había imaginado.
—Hola, guapa. ¿Cómo te fue con los moros?
Rebecca sonrió, se sentó a su lado y le dio un beso suave en la mejilla. Todavía sentía el semen caliente entre las piernas.
—Bien —dijo con voz tranquila—. Muy bien.
La puta del centro de acogida

A la mañana siguiente Rebecca se despertó antes que Pablo. Se metió en la ducha y, mientras el agua caliente le caía por la espalda, se tocó el coño todavía sensible. Estaba hinchado. Al separarse los labios con los dedos, un hilo espeso de semen de Karim resbaló por su muslo. Se lo miró un segundo y se lo metió otra vez dentro, empujándolo con dos dedos.
—Joder… —susurró para sí misma.
Cuando salió, Pablo seguía roncando. Ella se vistió con un vestido corto blanco, sin bragas, y se fue al centro de acogida una hora antes de lo normal.
Karim ya estaba allí. Estaba ayudando a descargar cajas de ropa. En cuanto la vio entrar, dejó lo que estaba haciendo y se acercó.
—Pensé que a lo mejor no vendrías —dijo en voz baja.
Rebecca le miró a los ojos sin pestañear.
—Vine. Y no llevo nada debajo.
Karim apretó la mandíbula. La agarró del brazo y la llevó al cuarto de almacén del fondo, donde guardaban los colchones. Cerró la puerta con llave. En menos de diez segundos tenía a Rebecca sentada sobre una pila de mantas, con el vestido subido hasta la cintura y su cara enterrada entre sus piernas.
—Qué coño más rico… —murmuraba mientras la lamía con la lengua ancha y lenta—. Todavía tienes mi leche dentro. Me encanta.
Rebecca se agarró a su pelo corto y le empujó la cabeza más fuerte contra su coño.
—Cómeme… así… joder, sí…
Karim la chupó hasta que ella se corrió en su boca, temblando y mojándole la barbilla. Después se puso de pie, se bajó los pantalones y le puso la polla dura contra los labios.
—Ábrela.
Rebecca abrió la boca y se la metió entera de un golpe, hasta que la punta le rozó la garganta. Karim la agarró del pelo y empezó a follarle la boca con embestidas cortas y profundas.
—Mírate… la española de bien, de rodillas chupándole la polla a un moro. ¿Y tu novio? ¿Qué diría si te viera así?
Ella solo pudo hacer un sonido ahogado alrededor de su verga. Cuando Karim se retiró, un hilo de saliva le unía la boca a la polla.
—Dilo —ordenó él—. Dime lo que eres.
Rebecca lo miró desde abajo, con los ojos brillantes y la respiración agitada.
—Soy una puta… una puta que se deja follar por ti mientras su novio se pajea en casa.
Karim sonrió, la levantó, la puso a cuatro patas sobre las mantas y se la embistió de un solo empujón. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenó el cuarto. Cada vez que le daba fuerte, el culo de Rebecca temblaba.
—Aprieta… así… joder, qué estrecha estás todavía.
Rebecca gritaba contra la manta, mordiéndola para no hacer demasiado ruido. Se corrió otra vez, y después otra, hasta que las piernas le fallaron. Karim la agarró de las caderas y la usó hasta corrérsele dentro por segunda vez en menos de veinticuatro horas.
Cuando terminó, le dio una palmada seca en un culo y le susurró al oído:
—Esta noche, cuando estés con él, quiero que le hagas una foto a tu coño lleno de mi leche y me la mandes. ¿Entendido?
Rebecca asintió, todavía jadeando.
—Sí…
Esa noche, en la cama, Pablo intentó tocarle la teta con su torpeza habitual. Ella le apartó la mano con suavidad.
—Hoy no, cielo. Estoy cansada.
Él se encogió de hombros y se puso a ver el móvil. Rebecca se giró de lado, levantó el vestido hasta la cintura y se hizo una foto del coño abierto, con el semen de Karim todavía saliendo de ella. Se la mandó.
Diez segundos después vibró el móvil.
Karim: Buena puta. Mañana te espero en el mismo sitio. Y esta vez vas a pedirme que te folle el culo.
Rebecca sonrió en la oscuridad, con el coño todavía palpitándole, y escribió:
Rebecca: Lo pediré. De rodillas.
Apagó el móvil, se acurrucó contra la espalda de Pablo y cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completamente dueña de su cuerpo.
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