Relato: “La noche del vestido y el desconocido”
La vi salir del baño con la toalla todavía en el pelo y las gotas de agua resbalándole por las tetas. Esa imagen siempre me pone al palo. Flor tiene 35 años, cuerpo de puta hermosa: curvas generosas, tetas grandes y pesadas con pezones rosados y grandes, culo redondo y parado que se mueve solo cuando camina. El tatuaje del corazón en el hombro derecho y el as de picas negro dibujado justo arriba del surco de las nalgas.
Esa noche se puso un vestido corto, negro, de tela fina que se le pegaba al cuerpo. Escote pronunciado que dejaba ver casi todo el escote, y tan corto que apenas le cubría el arranque de las nalgas. Sin tanga. Sin corpiño. Solo el plug de rubí que le abría el culo y le hacía marcar el agujero cada vez que se inclinaba.
—¿Así estoy bien, cornudito? —me preguntó dándose media vuelta y levantando un poco el vestido por detrás para que se notara el brillo del plug.
—Estás de puta, mi amor —le respondí mientras me agarraba la pija por arriba del pantalón.
Nos fuimos al club. En nuestra ciudad no hay grandes lugares swinger, pero hay uno discreto, con barra alta, luces bajas y gente que entiende. Flor se sacó el sobretodo apenas entramos y se quedó en el vestido. Todos la miraron. Yo también. Me gusta que la miren.
Pedimos tragos y nos quedamos un rato en la barra. Ella se sentó en una banqueta alta, abrió las piernas y me dejó meter la mano. Estaba empapada. El plug le hacía la concha más caliente todavía.
Había un flaco solo, más joven, mirándola sin disimulo. Yo le hice un gesto con la cabeza. Él se acercó, le puso las manos en la cintura y le habló al oído. Flor se rio, me miró un segundo con esa sonrisa de yegua y me dijo:
—Voy un momento al baño… no tardo.
Se fue con él. Desaparecieron entre la gente.
Pasaron casi veinte minutos. Empecé a buscarla. Caminé hacia el fondo, donde había un pasillo más oscuro que llevaba a los baños y a unas sillitas semiocultas. Y ahí la encontré.
Flor estaba acuclillada frente a él, el vestido subido hasta la cintura, el culo al aire, el plug brillando entre las nalgas. Tenía la pija del flaco enterrada hasta el fondo de la garganta. Lo chupaba con ganas, babosa, haciendo ruido, mirándolo a los ojos de vez en cuando. Él le tenía las manos en la cabeza y le movía la boca a su ritmo.
Me quedé parado a unos metros, con la pija dura como una piedra, mirando.
Ella me vio. No se detuvo. Al contrario: se sacó la pija de la boca, me miró con la saliva colgándole del mentón y me dijo, con voz ronca:
—Mirá, cornudo… mirá cómo se la chupo.
Volvió a engullirla. Esta vez más profundo. El flaco gemía. Yo me acerqué, me saqué la pija y me empecé a pajear mirándolos.
Al rato el tipo no aguantó más. Sacó la pija de la boca de Flor, se la agarró y se corrió. Primero le llenó la lengua y los labios. Después le apuntó a las tetas y le disparó varios chorros gruesos sobre el escote y los pezones. Flor se quedó acuclillada, con la boca abierta, recibiendo todo, y cuando terminó se pasó los dedos por las tetas, recogió un poco de leche y se la metió en la boca, tragando.
—Qué rica… —murmuró, mirándome.
El flaco se acomodó, le dio un beso en la frente y se fue sin decir casi nada. Flor se quedó ahí, todavía acuclillada, el vestido subido, las tetas brillando de semen, el plug todavía puesto y la concha chorreando.
Me acerqué. Ella se levantó despacio, me agarró de la camisa y me besó con la boca llena del gusto del otro. Me pasó la lengua y me dejó probarlo.
—Vamos a casa —me susurró—. Quiero que me la metas vos ahora. Quiero que sientas cómo me quedó.
En el auto me la chupó otra vez, esta vez más lenta, con restos de semen todavía en las tetas. Cuando llegamos, entró a la casa, se sacó el vestido de un tirón y se quedó desnuda, con la leche del desconocido secándosele en el pecho y el plug todavía adentro.
Se apoyó contra la mesada de la cocina, me ofreció el culo y me dijo:
—Sacámelo y metémela. Quiero que me uses ahora.
Se lo saqué despacio. El agujero quedó abierto un segundo. Después le metí la pija de una, hasta el fondo. Estaba más caliente y más floja de lo normal. La cogí duro, agarrándola de las caderas, mirando el tatuaje del as de picas y las tetas todavía manchadas.
—Contame —le ordené.
—Me la chupé toda… me la metió hasta la garganta… me acabó en la boca y en las tetas… y yo pensaba en vos encontrándome así…
Acabé adentro. Profundo. Ella se corrió otra vez apretándome. Nos quedamos así un rato, yo todavía adentro, ella con la cara apoyada en la mesada y la sonrisa de puta satisfecha.
Después nos fuimos a la cama. Le chupé las tetas todavía saladas, le limpié la concha usada y el culo abierto, y volví a cogérmela más lento, mirándola a los ojos.
—Te amo, puta —le dije.
—Y yo a vos, cornudo —me contestó, besándome con la boca que todavía sabía a otro.
Esa noche dormimos abrazados, ella con la leche del desconocido todavía marcada en el cuerpo y yo con la certeza de que, cada vez que la veo así, más la quiero.
La vi salir del baño con la toalla todavía en el pelo y las gotas de agua resbalándole por las tetas. Esa imagen siempre me pone al palo. Flor tiene 35 años, cuerpo de puta hermosa: curvas generosas, tetas grandes y pesadas con pezones rosados y grandes, culo redondo y parado que se mueve solo cuando camina. El tatuaje del corazón en el hombro derecho y el as de picas negro dibujado justo arriba del surco de las nalgas.
Esa noche se puso un vestido corto, negro, de tela fina que se le pegaba al cuerpo. Escote pronunciado que dejaba ver casi todo el escote, y tan corto que apenas le cubría el arranque de las nalgas. Sin tanga. Sin corpiño. Solo el plug de rubí que le abría el culo y le hacía marcar el agujero cada vez que se inclinaba.
—¿Así estoy bien, cornudito? —me preguntó dándose media vuelta y levantando un poco el vestido por detrás para que se notara el brillo del plug.
—Estás de puta, mi amor —le respondí mientras me agarraba la pija por arriba del pantalón.
Nos fuimos al club. En nuestra ciudad no hay grandes lugares swinger, pero hay uno discreto, con barra alta, luces bajas y gente que entiende. Flor se sacó el sobretodo apenas entramos y se quedó en el vestido. Todos la miraron. Yo también. Me gusta que la miren.
Pedimos tragos y nos quedamos un rato en la barra. Ella se sentó en una banqueta alta, abrió las piernas y me dejó meter la mano. Estaba empapada. El plug le hacía la concha más caliente todavía.
Había un flaco solo, más joven, mirándola sin disimulo. Yo le hice un gesto con la cabeza. Él se acercó, le puso las manos en la cintura y le habló al oído. Flor se rio, me miró un segundo con esa sonrisa de yegua y me dijo:
—Voy un momento al baño… no tardo.
Se fue con él. Desaparecieron entre la gente.
Pasaron casi veinte minutos. Empecé a buscarla. Caminé hacia el fondo, donde había un pasillo más oscuro que llevaba a los baños y a unas sillitas semiocultas. Y ahí la encontré.
Flor estaba acuclillada frente a él, el vestido subido hasta la cintura, el culo al aire, el plug brillando entre las nalgas. Tenía la pija del flaco enterrada hasta el fondo de la garganta. Lo chupaba con ganas, babosa, haciendo ruido, mirándolo a los ojos de vez en cuando. Él le tenía las manos en la cabeza y le movía la boca a su ritmo.
Me quedé parado a unos metros, con la pija dura como una piedra, mirando.
Ella me vio. No se detuvo. Al contrario: se sacó la pija de la boca, me miró con la saliva colgándole del mentón y me dijo, con voz ronca:
—Mirá, cornudo… mirá cómo se la chupo.
Volvió a engullirla. Esta vez más profundo. El flaco gemía. Yo me acerqué, me saqué la pija y me empecé a pajear mirándolos.
Al rato el tipo no aguantó más. Sacó la pija de la boca de Flor, se la agarró y se corrió. Primero le llenó la lengua y los labios. Después le apuntó a las tetas y le disparó varios chorros gruesos sobre el escote y los pezones. Flor se quedó acuclillada, con la boca abierta, recibiendo todo, y cuando terminó se pasó los dedos por las tetas, recogió un poco de leche y se la metió en la boca, tragando.
—Qué rica… —murmuró, mirándome.
El flaco se acomodó, le dio un beso en la frente y se fue sin decir casi nada. Flor se quedó ahí, todavía acuclillada, el vestido subido, las tetas brillando de semen, el plug todavía puesto y la concha chorreando.
Me acerqué. Ella se levantó despacio, me agarró de la camisa y me besó con la boca llena del gusto del otro. Me pasó la lengua y me dejó probarlo.
—Vamos a casa —me susurró—. Quiero que me la metas vos ahora. Quiero que sientas cómo me quedó.
En el auto me la chupó otra vez, esta vez más lenta, con restos de semen todavía en las tetas. Cuando llegamos, entró a la casa, se sacó el vestido de un tirón y se quedó desnuda, con la leche del desconocido secándosele en el pecho y el plug todavía adentro.
Se apoyó contra la mesada de la cocina, me ofreció el culo y me dijo:
—Sacámelo y metémela. Quiero que me uses ahora.
Se lo saqué despacio. El agujero quedó abierto un segundo. Después le metí la pija de una, hasta el fondo. Estaba más caliente y más floja de lo normal. La cogí duro, agarrándola de las caderas, mirando el tatuaje del as de picas y las tetas todavía manchadas.
—Contame —le ordené.
—Me la chupé toda… me la metió hasta la garganta… me acabó en la boca y en las tetas… y yo pensaba en vos encontrándome así…
Acabé adentro. Profundo. Ella se corrió otra vez apretándome. Nos quedamos así un rato, yo todavía adentro, ella con la cara apoyada en la mesada y la sonrisa de puta satisfecha.
Después nos fuimos a la cama. Le chupé las tetas todavía saladas, le limpié la concha usada y el culo abierto, y volví a cogérmela más lento, mirándola a los ojos.
—Te amo, puta —le dije.
—Y yo a vos, cornudo —me contestó, besándome con la boca que todavía sabía a otro.
Esa noche dormimos abrazados, ella con la leche del desconocido todavía marcada en el cuerpo y yo con la certeza de que, cada vez que la veo así, más la quiero.
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