Laura tenía dieciocho años recién cumplidos. Delgadita, casi frágil, con esa silueta de chica que todavía no ha terminado de redondearse del todo. Tetas pequeñas y redondas, perfectas, como dos flanes firmes que cabían enteras en una mano. Pezones rosados y siempre un poco duros, con un piercing de plata en el izquierdo que brillaba cuando se movía. Ombligo también perforado, un arosito fino que se marcaba sobre la piel lisa del vientre. Pelo castaño claro hasta los hombros, ojos grandes y una sonrisa que parecía inocente hasta que se quitaba la ropa.
Álvaro, su novio, también tenía dieciocho. Cuerpo normal de chico de su edad: delgado, un poco torpe todavía, hombros estrechos, pecho plano, brazos sin definir del todo. Polla de tamaño medio, nada espectacular. Vivía con su padre en un chalet discreto a las afueras.
Esa tarde habían quedado para ver una película. La madre de Álvaro estaba de viaje y el padre no debía llegar hasta más tarde. Subieron al salón, apagaron las luces, pusieron una comedia cualquiera en la tele y se tumbaron en el sofá grande. Empezaron a besarse a los diez minutos. Las manos de Álvaro subieron bajo la camiseta de Laura, tocándole las tetas pequeñas, jugando con el piercing del pezón. Ella gimió bajito y se subió a horcajadas sobre él.
En menos de media hora ya estaban medio desnudos. Laura se había quitado la camiseta y el sujetador. Las tetitas redondas al aire, el piercing brillando. Se arrodilló entre las piernas de Álvaro, le bajó el chándal y le sacó la polla. Estaba dura, aunque no demasiado gruesa. Ella la miró un segundo, sonrió y se la metió en la boca.
Se puso a cuatro patas en el sofá, el culo en alto, la espalda arqueada, y empezó a chupar con ganas. La cabeza subía y bajaba, el piercing del ombligo rozando el muslo de Álvaro cada vez que bajaba más. Él tenía la cabeza echada hacia atrás, gemiendo, una mano en el pelo de ella.
No oyeron la puerta.
El padre de Álvaro, Marcos, había llegado antes de lo previsto. Cuarenta y dos años. Mucho más alto que el hijo, hombros anchos, pecho marcado, abdomen duro, brazos fuertes. Pelo oscuro con algunas canas en las sienes, mandíbula cuadrada, ojos grises. Llevaba vaqueros y una camisa negra arremangada. Dejó las llaves en silencio al ver la luz del salón apagada y la tele encendida. Se acercó despacio.
Vio la escena desde el umbral: su hijo sentado en el sofá, la polla en la boca de la novia, y ella a cuatro patas, el culo en alto, el coño apenas cubierto por un tanga de hilo que se le había quedado a un lado. Las tetitas pequeñas colgando, el piercing del pezón brillando con cada movimiento de la cabeza.
Marcos no dijo nada. Se acercó por detrás, sin hacer ruido. Se bajó la bragueta. La polla le salió ya dura, mucho más gruesa y larga que la del hijo. Se colocó detrás de Laura, le bajó el tanga de un tirón y, sin avisar, le apoyó la cabeza de la polla en la entrada del coño.
Laura sintió el contacto extraño, más grueso, más caliente. Intentó girar la cabeza, pero Álvaro le sujetó el pelo sin darse cuenta de nada. Marcos empujó. Entró de un solo golpe, profundo, llenándola por completo.
Laura soltó un gemido ahogado alrededor de la polla de Álvaro. Los ojos se le abrieron de golpe. Giró la cabeza todo lo que pudo y vio al padre de su novio detrás de ella, las manos grandes agarrándole las caderas, la polla gruesa enterrada hasta el fondo.
Marcos sonrió con calma y empezó a moverse.
—Así se trata a una mujer como esta —dijo en voz baja, profunda—. No con esa pollita de niño.
Laura no dijo que no. No se apartó. Solo miró a Marcos un segundo más, sintiendo cómo la llenaba de una forma que Álvaro nunca había conseguido, y volvió a chupar con más ganas. El piercing del pezón rozaba el muslo de Álvaro cada vez que el padre la empujaba hacia delante con las embestidas.
Álvaro abrió los ojos, confundido por el ritmo nuevo. Bajó la vista y vio a su padre follándose a su novia por detrás mientras ella le seguía mamando. Se quedó paralizado un segundo.
—Papá… ¿qué…?
—Cállate y disfruta —contestó Marcos sin dejar de embestir—. Ella no se está quejando.
Y era verdad. Laura gemía alrededor de la polla de Álvaro, el culo empujando hacia atrás para recibir más profundo al padre. Las tetitas pequeñas rebotaban con cada golpe. El piercing del ombligo brillaba. Tenía la cara sonrojada, los ojos nublados de placer. No había miedo. Solo hambre.
Marcos la follaba con fuerza, profundo, controlado. Cada embestida hacía que Laura se atragantara un poco más con la polla del hijo. Álvaro, todavía en shock, empezó a mover las caderas casi sin querer, follándole la boca al mismo ritmo que su padre le follaba el coño.
Los minutos se alargaron. El salón solo se oía el sonido húmedo de la polla de Marcos entrando y saliendo, los gemidos de Laura y la respiración agitada de los dos hombres. Ella se corrió primero, el cuerpo temblando a cuatro patas, el coño apretándose alrededor de la polla gruesa del padre. Marcos aceleró. Álvaro también.
Marcos se sacó de golpe, se colocó al lado de su hijo y se masturbó rápido, mirando la cara de Laura. Álvaro hizo lo mismo. Laura se quedó arrodillada, la boca abierta, la lengua fuera, los ojos mirando a los dos. Las tetitas pequeñas subiendo y bajando con la respiración, el piercing del pezón brillando, el del ombligo también.
Marcos se corrió primero. Chorros espesos y calientes salpicaron la cara de Laura, los labios, las mejillas, el pelo. Álvaro le siguió segundos después, menos cantidad pero igual de blanco, mezclándose con el de su padre. Laura cerró los ojos y dejó que le cayera todo, tragando lo que le entró en la boca, sintiendo el semen caliente resbalarle por el cuello hasta las tetas pequeñas.
Se quedaron los tres en silencio unos segundos. Solo se oía la respiración.
Laura se pasó una lengua por los labios, recogiendo semen de los dos, y miró a Marcos con una sonrisa lenta, satisfecha, el piercing del pezón todavía brillando bajo la luz de la tele.
—La próxima vez… avísame antes de llegar —susurró.
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Álvaro, su novio, también tenía dieciocho. Cuerpo normal de chico de su edad: delgado, un poco torpe todavía, hombros estrechos, pecho plano, brazos sin definir del todo. Polla de tamaño medio, nada espectacular. Vivía con su padre en un chalet discreto a las afueras.
Esa tarde habían quedado para ver una película. La madre de Álvaro estaba de viaje y el padre no debía llegar hasta más tarde. Subieron al salón, apagaron las luces, pusieron una comedia cualquiera en la tele y se tumbaron en el sofá grande. Empezaron a besarse a los diez minutos. Las manos de Álvaro subieron bajo la camiseta de Laura, tocándole las tetas pequeñas, jugando con el piercing del pezón. Ella gimió bajito y se subió a horcajadas sobre él.
En menos de media hora ya estaban medio desnudos. Laura se había quitado la camiseta y el sujetador. Las tetitas redondas al aire, el piercing brillando. Se arrodilló entre las piernas de Álvaro, le bajó el chándal y le sacó la polla. Estaba dura, aunque no demasiado gruesa. Ella la miró un segundo, sonrió y se la metió en la boca.
Se puso a cuatro patas en el sofá, el culo en alto, la espalda arqueada, y empezó a chupar con ganas. La cabeza subía y bajaba, el piercing del ombligo rozando el muslo de Álvaro cada vez que bajaba más. Él tenía la cabeza echada hacia atrás, gemiendo, una mano en el pelo de ella.
No oyeron la puerta.
El padre de Álvaro, Marcos, había llegado antes de lo previsto. Cuarenta y dos años. Mucho más alto que el hijo, hombros anchos, pecho marcado, abdomen duro, brazos fuertes. Pelo oscuro con algunas canas en las sienes, mandíbula cuadrada, ojos grises. Llevaba vaqueros y una camisa negra arremangada. Dejó las llaves en silencio al ver la luz del salón apagada y la tele encendida. Se acercó despacio.
Vio la escena desde el umbral: su hijo sentado en el sofá, la polla en la boca de la novia, y ella a cuatro patas, el culo en alto, el coño apenas cubierto por un tanga de hilo que se le había quedado a un lado. Las tetitas pequeñas colgando, el piercing del pezón brillando con cada movimiento de la cabeza.
Marcos no dijo nada. Se acercó por detrás, sin hacer ruido. Se bajó la bragueta. La polla le salió ya dura, mucho más gruesa y larga que la del hijo. Se colocó detrás de Laura, le bajó el tanga de un tirón y, sin avisar, le apoyó la cabeza de la polla en la entrada del coño.
Laura sintió el contacto extraño, más grueso, más caliente. Intentó girar la cabeza, pero Álvaro le sujetó el pelo sin darse cuenta de nada. Marcos empujó. Entró de un solo golpe, profundo, llenándola por completo.
Laura soltó un gemido ahogado alrededor de la polla de Álvaro. Los ojos se le abrieron de golpe. Giró la cabeza todo lo que pudo y vio al padre de su novio detrás de ella, las manos grandes agarrándole las caderas, la polla gruesa enterrada hasta el fondo.
Marcos sonrió con calma y empezó a moverse.
—Así se trata a una mujer como esta —dijo en voz baja, profunda—. No con esa pollita de niño.
Laura no dijo que no. No se apartó. Solo miró a Marcos un segundo más, sintiendo cómo la llenaba de una forma que Álvaro nunca había conseguido, y volvió a chupar con más ganas. El piercing del pezón rozaba el muslo de Álvaro cada vez que el padre la empujaba hacia delante con las embestidas.
Álvaro abrió los ojos, confundido por el ritmo nuevo. Bajó la vista y vio a su padre follándose a su novia por detrás mientras ella le seguía mamando. Se quedó paralizado un segundo.
—Papá… ¿qué…?
—Cállate y disfruta —contestó Marcos sin dejar de embestir—. Ella no se está quejando.
Y era verdad. Laura gemía alrededor de la polla de Álvaro, el culo empujando hacia atrás para recibir más profundo al padre. Las tetitas pequeñas rebotaban con cada golpe. El piercing del ombligo brillaba. Tenía la cara sonrojada, los ojos nublados de placer. No había miedo. Solo hambre.
Marcos la follaba con fuerza, profundo, controlado. Cada embestida hacía que Laura se atragantara un poco más con la polla del hijo. Álvaro, todavía en shock, empezó a mover las caderas casi sin querer, follándole la boca al mismo ritmo que su padre le follaba el coño.
Los minutos se alargaron. El salón solo se oía el sonido húmedo de la polla de Marcos entrando y saliendo, los gemidos de Laura y la respiración agitada de los dos hombres. Ella se corrió primero, el cuerpo temblando a cuatro patas, el coño apretándose alrededor de la polla gruesa del padre. Marcos aceleró. Álvaro también.
Marcos se sacó de golpe, se colocó al lado de su hijo y se masturbó rápido, mirando la cara de Laura. Álvaro hizo lo mismo. Laura se quedó arrodillada, la boca abierta, la lengua fuera, los ojos mirando a los dos. Las tetitas pequeñas subiendo y bajando con la respiración, el piercing del pezón brillando, el del ombligo también.
Marcos se corrió primero. Chorros espesos y calientes salpicaron la cara de Laura, los labios, las mejillas, el pelo. Álvaro le siguió segundos después, menos cantidad pero igual de blanco, mezclándose con el de su padre. Laura cerró los ojos y dejó que le cayera todo, tragando lo que le entró en la boca, sintiendo el semen caliente resbalarle por el cuello hasta las tetas pequeñas.
Se quedaron los tres en silencio unos segundos. Solo se oía la respiración.
Laura se pasó una lengua por los labios, recogiendo semen de los dos, y miró a Marcos con una sonrisa lenta, satisfecha, el piercing del pezón todavía brillando bajo la luz de la tele.
—La próxima vez… avísame antes de llegar —susurró.
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0 comentarios - película en casa de el sin imaginar como acabará todo