Día 21. Viernes.
Me desperté ligeramente aturdida, adolorida y bastante satisfecha. A mi mente comenzaron a llegar imágenes de sexo. De sexo con Dilan, lo había disfrutado mucho. Por un momento pensé que lo había soñado, pero pronto comencé a recordar. Mi primo pequeño me había regalado una cogida como ninguno de los que había echado con Jesús. No solo era su juvenil fogosidad, también era su espectacular miembro viril y su tremenda experiencia a pesar de sus escasos 20 años. No pude evitar sonreír rememorando alguno de los pasajes del maravilloso encuentro de la pasada noche.
Pero poco me duró la alegría. En seguida fui consciente de que en tan solo unas horas llegaría mi marido, el hombre al que amaba y al que, por segunda vez, le había sido infiel. Además, le había puesto los cuernos con un escuincle, que encima era mi primo. De repente me invadió un tremendo malestar y deseé dar por concluidas las vacaciones que comenzaban a convertirse en una auténtica pesadilla. Y eso pensaba hacer en cuanto llegara Jesús. Lo peor era que aún debía pasar casi todo el viernes.
Estaba en la cama que compartia con mi esposo, recién cogida con mi primo a mi lado con su vergón aún de fuera flácido abrazándome la cama con restos de nuestros fluidos pero ya ni que decir le había dado las nalgas a mi primo y al parecer ambos lo disfrutamos bastante.
Tal y como solía hacer el peque cuando quería faltar a la escuela, fingí encontrarme mal como excusa para no salir de mi habitación en todo el día. Esa misma mentira me serviría para convencer a mi esposo de que nos fuéramos del apartamento antes de tiempo. Me sentí orgullosa de mi estratagema.
Mis primos me atendieron como a una reina. No era para menos, pues gracias a mí se iban a llevar un inolvidable recuerdo de sin duda las mejores vacaciones de sus cortas vidas. Al mediodía, Jorge me trajo la comida a la cama y me hizo gracia ver que, para disimular la mordedura que le había dado, llevaba puesta la muñequera que le compramos a Ale en el mercado.
—Se la he pedido al peque —confesó al ver que me fijaba.
—Supongo que eso significa pacto de silencio —le interrogué con total seriedad.
—Siempre le puedo decir que ha sido una que me cogí anoche y que disfrutó más de lo que la muy puta se podía imaginar que me mordió cuando se corrió y me venía dentro de ella, se movía delicioso y ese culito tan apretado—me vaciló.
Guardé silencio, avergonzada de lo que había pasado.
Lo peor de estar en la habitación sin hacer nada es que no paraba de pensar. Intenté leer, pero no me concentraba y acabé practicando en mi cabeza todas las posibles conversaciones con Jesús que se me ocurrían. Tras pasar por multitud de estados de ánimo, mi marido llegó al fin.
—¿Cómo estás? Ya me han dicho los chicos que llevas todo el día en la cama.
—Mejor —forcé una sonrisa—. Pero aún no me encuentro muy bien.
Procuré hacerle ver que estaba lo suficientemente mal como para querer irme, pero sin pasarme demasiado pues no tenía nada y tampoco podía acabar alarmándole como para que decidiera ir de urgencias al hospital.
—Esto no tendrá nada que ver con tus primos, ¿no? —me sorprendió.
—¿Por? —pregunté cautelosamente.
—Por lo que me contaste la semana pasada. ¿Han estado muy pesados esta semana o qué?
—La verdad es que un poco sí —afirmé sin querer dar muchas más explicaciones, pensando que podía ser una buena excusa para que Jesús aceptara que nos marcháramos.
—Vaya… ¿qué ha ocurrido?
Mi marido parecía más que interesado, lo que hizo que me arrepintiera aún más de todo lo que había pasado.
—Nada. Tampoco tiene mayor importancia —mentí.
—Vamos, cariño, ¿por qué no me lo cuentas? —insistió, descolocándome ligeramente.
—Pero ¿por qué tanto interés?
—Te lo digo, pero…
—Pero, ¿qué? —me estaba poniendo de los nervios.
—Pues… me pone un poco la situación —sonrió con cierto rubor.
—Que te pone… ¿el qué, que los chicos se me insinúen? —me extrañé.
—Sí. No sé… imaginarme que los tienes todo el día detrás de ti, cachondos perdidos y que sólo puedes ser mía…
No me lo podía creer. Por un lado esa confesión me quitó parte del peso que tenía encima por lo ocurrido, pero por otro lado no me gustó que a mi pareja le diera morbo ese tipo de cosas. Era como descubrir una parte desconocida del hombre con el que llevaba años compartiendo mi vida y que le excitara que me morbosearan y se me insinuaran.
—Oye —prosiguió—, ¿a ti te importaría…? —Le miré con el ceño fruncido—. ¿Qué te parece si fuerzas un poco la situación con los chicos? —me propuso con un entusiasmo más desmedido del que me habría esperado, los calientas un poco y ya sólo como jugo.
No supe cómo reaccionar. Si mi marido supiera todo lo que había pasado con mis primos…
—¿Pero qué dices, Jesús? —me hice finalmente la ofendida.
—No te digo que los vayas a desvirgar, mujer —sonrió nerviosamente—, pero un poco de tonteo, insinuarte un poquito… ¡No sabes lo que me pone!
—Estás fatal hacer eso…
—Ann, creo que esto le puede venir muy bien a nuestra vida sexual… obviamente no te van a coger sólo algo inofensivo
A la mía sobre todo, pensé con cierta malicia. Decidí no darle más vueltas. A pesar de que mi libido había desaparecido completamente después de la sesión multiorgásmica que me regaló Jorge la noche anterior, mi marido me estaba poniendo en bandeja la posibilidad de seguir divirtiéndome con mis primos, así que no me hice más la estrecha. Acepté.
—Pero que conste que esto lo hago por ti —me puse digna.
—Muchas gracias, cariño. Y, por favor, procura que no se enteren de que está todo premeditado —sonrió—. Me gusta la idea de que los mocosos se piensen que pueden ser capaces de llegar a atraer a toda una mujer como tú —concluyó, sonriente, antes de besarme y dirigirse al cuarto de baño—. Ingenuos…
—Son capaces, lo son —afirmé por lo bajo, cuando ya no podía escucharme.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Estaba intranquila por el acuerdo al que había llegado con Jesús y todo lo que le rodeaba. En primer lugar me desconcertaba descubrir a estas alturas ciertos gustos de mi pareja, sobre todo si era algo tan significante como para provocarle morbo. Aunque, por otro lado, me reconfortaba la remota posibilidad de que tal vez no le molestara tanto si alguna vez llegaba a enterarse de lo que había hecho con mis primos. Por último, me preocupaba si realmente iba a disfrutar tonteando con los chicos. No solo ya no me sentía necesitada sexualmente hablando, sino que además una cosa era lo que había pasado los días anteriores de forma natural y otra muy distinta el forzar la situación haciendo ver que mi marido no era consciente de nada. No tenía del todo claro si me gustaba lo que había aceptado.
Día 22. Sábado.
Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de mi esposo, que estaba despierto, acostado a mi lado.
—¿Cómo te encuentras? —me sonrió, aparentemente entusiasmado.
—Bien —respondí un tanto desconcertada.
—Perfecto —se alzó—. He pensado que mientras el peque hace los deberes en el salón, yo puedo irme a la piscina con los otros dos —me miró y sonrió—. Tú te quedarás a solas con él.
Estaba alucinando con Jesús. Para nada me esperaba que reaccionara como lo estaba haciendo. Aunque le quería justo por tal y como era, a veces le había echado en falta el punto de maldad que ahora estaba demostrando al maquinar tal fechoría con total serenidad.
—¿Y qué quieres que haga exactamente? —pregunté, imaginándome que, después de haberle hecho una paja al chico, poco le iba a impresionar.
—No sé. Estará haciendo cosas del cole. Dale una lección que jamás olvidará —rio, alejándose hacia el lavabo, totalmente ilusionado.
La mañana transcurrió tal y como mi esposo había organizado. Él estaba en la piscina con Ale y Jorge mientras yo ayudaba a Raúl con unos ejercicios en el salón.
—Espero que las mujeres se te den mejor que la escuela —le chinché, intentando encauzar el tema y sintiéndome ligeramente fuera de lugar.
—No sé. Eso dímelo tú —puso una cara divertida, haciéndome reír como siempre.
—A ver, tampoco te vengas arriba porque que yo recuerde el día que te duché te daba vergüenza enseñarme tu cosita —sonreí con malicia—. Y la primera vez que me viste desnuda casi te desmayas —me burlé—. Y las veces que me has metido mano en la piscina y la playa, lo hiciste a traición —gesticulé con el brazo como si le estuviera regañando—. Y la noche de la paja… —bajé el tono de voz— no es que me duraras demasiado eh.
—¡Jo! —puso cara de pena, volviendo a hacerme reír.
—Pero no te preocupes, son cosas de la edad. Ya irás aprendiendo y después aguantas más.
—¿Y por qué no me enseñas tú?
Ya lo tenía justo dónde quería.
—¿Qué quieres saber? —cerré el cuadernillo del colegio.
—No —sonrió—. Necesito clases prácticas.
¡Chin! El niño no se cortaba ni un pelo y eso que mi marido estaba tan solo a unos metros, al otro lado de la puerta corredera de cristal.
—Vale —acepté—. ¿Qué tal si empezamos con un beso?
Mi primo no contestó, solo me demostró su entusiasmo con una exagerada mueca de alegría. Su actitud me divertida, haciendo que empezara a disfrutar de la situación.
—Pero lo hacemos con cuidado —le advertí—, que como nos vea el primo Jesús se va a enojar.
—Sí, sí, tú vigilas, ¿vale? —parecía ansioso.
Me acerqué al rostro del mocoso, juntando su boca con la mía para darle un pico, pero el niño se apartó antes de que hubiera ningún tipo de contacto.
—¿Qué pasa? —pregunté extrañada.
—Es raro —puso una mueca de desconcierto.
—Si no te gusta lo dejamos.
—No, no. Es que… es como si me hiciera cosquillas —me hizo reír.
—Eso es mi aliento —mantuve la sonrisa—. Anda, saca la lengua y no la escondas —le ordené.
El peque me hizo caso. Volví a acercarme a su cara, observando cómo cerraba los ojos. Abrí la boca y le chupé la lengua. Sentí el leve gemido de mi primo y eso me animó a seguir, ahora lamiéndosela.
—¡Las manos quietas! —le recriminé al ver que comenzaba a sobarse el paquete—. ¿Te ha gustado?
—Sí —sonrió con cara de tonto, consiguiendo que me sintiera bien.
—Vale. Pues ahora vamos a hacer lo mismo, pero quiero que cuando te esté chupando la lengua, abras la boca.
—Vale.
Repetimos la secuencia pero ahora me subí en el, quedando sentada sobre el, tomé sus manos y las puse en mis pompis y le dije mientras me besas acariciame. Se notaba la inexperiencia del crío, pero lo suplía con total entusiasmo. Mi primo pequeño me comió los labios como si no hubiera mañana y aoreta a mis pompis con mucha fuerza.
—¿Qué hacen? —nos sorprendió Alejandro.
Yo me aparté de Raúl de inmediato, completamente alterada por la sorpresa. Me había metido completamente en el papel y mi corazón palpitaba a mil por hora cuando recordé que había sido todo una estratagema por parte de mi propio esposo. Me calmé, no así mi entrepierna, que comenzaba a humedecerse.
—Nada, ya hemos acabado. ¿Verdad, peque? Tira para la piscina —le animé.
El chico se marchó corriendo, supuse que asustado por si Jesús había visto algo y ligeramente encorvado para disimular la empalmada. Mi pareja y yo nos miramos y no pudimos evitar reír.
—Cariño, no sabes cómo me has puesto… —confesó.
—¿Pero lo has visto?
—Solo los he visto ahora, besándose. ¡Madres, vamos a la cama!
—Espera un poco, torete —bromeé—. Mejor lo hacemos esta noche, que aún te queda mucho por disfrutar, ¿no crees?
—¡Uf! —resopló—. No sé si podré aguantarlo. Cuéntame lo que ha pasado…
Me desperté ligeramente aturdida, adolorida y bastante satisfecha. A mi mente comenzaron a llegar imágenes de sexo. De sexo con Dilan, lo había disfrutado mucho. Por un momento pensé que lo había soñado, pero pronto comencé a recordar. Mi primo pequeño me había regalado una cogida como ninguno de los que había echado con Jesús. No solo era su juvenil fogosidad, también era su espectacular miembro viril y su tremenda experiencia a pesar de sus escasos 20 años. No pude evitar sonreír rememorando alguno de los pasajes del maravilloso encuentro de la pasada noche.
Pero poco me duró la alegría. En seguida fui consciente de que en tan solo unas horas llegaría mi marido, el hombre al que amaba y al que, por segunda vez, le había sido infiel. Además, le había puesto los cuernos con un escuincle, que encima era mi primo. De repente me invadió un tremendo malestar y deseé dar por concluidas las vacaciones que comenzaban a convertirse en una auténtica pesadilla. Y eso pensaba hacer en cuanto llegara Jesús. Lo peor era que aún debía pasar casi todo el viernes.
Estaba en la cama que compartia con mi esposo, recién cogida con mi primo a mi lado con su vergón aún de fuera flácido abrazándome la cama con restos de nuestros fluidos pero ya ni que decir le había dado las nalgas a mi primo y al parecer ambos lo disfrutamos bastante.
Tal y como solía hacer el peque cuando quería faltar a la escuela, fingí encontrarme mal como excusa para no salir de mi habitación en todo el día. Esa misma mentira me serviría para convencer a mi esposo de que nos fuéramos del apartamento antes de tiempo. Me sentí orgullosa de mi estratagema.
Mis primos me atendieron como a una reina. No era para menos, pues gracias a mí se iban a llevar un inolvidable recuerdo de sin duda las mejores vacaciones de sus cortas vidas. Al mediodía, Jorge me trajo la comida a la cama y me hizo gracia ver que, para disimular la mordedura que le había dado, llevaba puesta la muñequera que le compramos a Ale en el mercado.
—Se la he pedido al peque —confesó al ver que me fijaba.
—Supongo que eso significa pacto de silencio —le interrogué con total seriedad.
—Siempre le puedo decir que ha sido una que me cogí anoche y que disfrutó más de lo que la muy puta se podía imaginar que me mordió cuando se corrió y me venía dentro de ella, se movía delicioso y ese culito tan apretado—me vaciló.
Guardé silencio, avergonzada de lo que había pasado.
Lo peor de estar en la habitación sin hacer nada es que no paraba de pensar. Intenté leer, pero no me concentraba y acabé practicando en mi cabeza todas las posibles conversaciones con Jesús que se me ocurrían. Tras pasar por multitud de estados de ánimo, mi marido llegó al fin.
—¿Cómo estás? Ya me han dicho los chicos que llevas todo el día en la cama.
—Mejor —forcé una sonrisa—. Pero aún no me encuentro muy bien.
Procuré hacerle ver que estaba lo suficientemente mal como para querer irme, pero sin pasarme demasiado pues no tenía nada y tampoco podía acabar alarmándole como para que decidiera ir de urgencias al hospital.
—Esto no tendrá nada que ver con tus primos, ¿no? —me sorprendió.
—¿Por? —pregunté cautelosamente.
—Por lo que me contaste la semana pasada. ¿Han estado muy pesados esta semana o qué?
—La verdad es que un poco sí —afirmé sin querer dar muchas más explicaciones, pensando que podía ser una buena excusa para que Jesús aceptara que nos marcháramos.
—Vaya… ¿qué ha ocurrido?
Mi marido parecía más que interesado, lo que hizo que me arrepintiera aún más de todo lo que había pasado.
—Nada. Tampoco tiene mayor importancia —mentí.
—Vamos, cariño, ¿por qué no me lo cuentas? —insistió, descolocándome ligeramente.
—Pero ¿por qué tanto interés?
—Te lo digo, pero…
—Pero, ¿qué? —me estaba poniendo de los nervios.
—Pues… me pone un poco la situación —sonrió con cierto rubor.
—Que te pone… ¿el qué, que los chicos se me insinúen? —me extrañé.
—Sí. No sé… imaginarme que los tienes todo el día detrás de ti, cachondos perdidos y que sólo puedes ser mía…
No me lo podía creer. Por un lado esa confesión me quitó parte del peso que tenía encima por lo ocurrido, pero por otro lado no me gustó que a mi pareja le diera morbo ese tipo de cosas. Era como descubrir una parte desconocida del hombre con el que llevaba años compartiendo mi vida y que le excitara que me morbosearan y se me insinuaran.
—Oye —prosiguió—, ¿a ti te importaría…? —Le miré con el ceño fruncido—. ¿Qué te parece si fuerzas un poco la situación con los chicos? —me propuso con un entusiasmo más desmedido del que me habría esperado, los calientas un poco y ya sólo como jugo.
No supe cómo reaccionar. Si mi marido supiera todo lo que había pasado con mis primos…
—¿Pero qué dices, Jesús? —me hice finalmente la ofendida.
—No te digo que los vayas a desvirgar, mujer —sonrió nerviosamente—, pero un poco de tonteo, insinuarte un poquito… ¡No sabes lo que me pone!
—Estás fatal hacer eso…
—Ann, creo que esto le puede venir muy bien a nuestra vida sexual… obviamente no te van a coger sólo algo inofensivo
A la mía sobre todo, pensé con cierta malicia. Decidí no darle más vueltas. A pesar de que mi libido había desaparecido completamente después de la sesión multiorgásmica que me regaló Jorge la noche anterior, mi marido me estaba poniendo en bandeja la posibilidad de seguir divirtiéndome con mis primos, así que no me hice más la estrecha. Acepté.
—Pero que conste que esto lo hago por ti —me puse digna.
—Muchas gracias, cariño. Y, por favor, procura que no se enteren de que está todo premeditado —sonrió—. Me gusta la idea de que los mocosos se piensen que pueden ser capaces de llegar a atraer a toda una mujer como tú —concluyó, sonriente, antes de besarme y dirigirse al cuarto de baño—. Ingenuos…
—Son capaces, lo son —afirmé por lo bajo, cuando ya no podía escucharme.
Esa noche me costó conciliar el sueño. Estaba intranquila por el acuerdo al que había llegado con Jesús y todo lo que le rodeaba. En primer lugar me desconcertaba descubrir a estas alturas ciertos gustos de mi pareja, sobre todo si era algo tan significante como para provocarle morbo. Aunque, por otro lado, me reconfortaba la remota posibilidad de que tal vez no le molestara tanto si alguna vez llegaba a enterarse de lo que había hecho con mis primos. Por último, me preocupaba si realmente iba a disfrutar tonteando con los chicos. No solo ya no me sentía necesitada sexualmente hablando, sino que además una cosa era lo que había pasado los días anteriores de forma natural y otra muy distinta el forzar la situación haciendo ver que mi marido no era consciente de nada. No tenía del todo claro si me gustaba lo que había aceptado.
Día 22. Sábado.
Abrí los ojos para encontrarme con la mirada de mi esposo, que estaba despierto, acostado a mi lado.
—¿Cómo te encuentras? —me sonrió, aparentemente entusiasmado.
—Bien —respondí un tanto desconcertada.
—Perfecto —se alzó—. He pensado que mientras el peque hace los deberes en el salón, yo puedo irme a la piscina con los otros dos —me miró y sonrió—. Tú te quedarás a solas con él.
Estaba alucinando con Jesús. Para nada me esperaba que reaccionara como lo estaba haciendo. Aunque le quería justo por tal y como era, a veces le había echado en falta el punto de maldad que ahora estaba demostrando al maquinar tal fechoría con total serenidad.
—¿Y qué quieres que haga exactamente? —pregunté, imaginándome que, después de haberle hecho una paja al chico, poco le iba a impresionar.
—No sé. Estará haciendo cosas del cole. Dale una lección que jamás olvidará —rio, alejándose hacia el lavabo, totalmente ilusionado.
La mañana transcurrió tal y como mi esposo había organizado. Él estaba en la piscina con Ale y Jorge mientras yo ayudaba a Raúl con unos ejercicios en el salón.
—Espero que las mujeres se te den mejor que la escuela —le chinché, intentando encauzar el tema y sintiéndome ligeramente fuera de lugar.
—No sé. Eso dímelo tú —puso una cara divertida, haciéndome reír como siempre.
—A ver, tampoco te vengas arriba porque que yo recuerde el día que te duché te daba vergüenza enseñarme tu cosita —sonreí con malicia—. Y la primera vez que me viste desnuda casi te desmayas —me burlé—. Y las veces que me has metido mano en la piscina y la playa, lo hiciste a traición —gesticulé con el brazo como si le estuviera regañando—. Y la noche de la paja… —bajé el tono de voz— no es que me duraras demasiado eh.
—¡Jo! —puso cara de pena, volviendo a hacerme reír.
—Pero no te preocupes, son cosas de la edad. Ya irás aprendiendo y después aguantas más.
—¿Y por qué no me enseñas tú?
Ya lo tenía justo dónde quería.
—¿Qué quieres saber? —cerré el cuadernillo del colegio.
—No —sonrió—. Necesito clases prácticas.
¡Chin! El niño no se cortaba ni un pelo y eso que mi marido estaba tan solo a unos metros, al otro lado de la puerta corredera de cristal.
—Vale —acepté—. ¿Qué tal si empezamos con un beso?
Mi primo no contestó, solo me demostró su entusiasmo con una exagerada mueca de alegría. Su actitud me divertida, haciendo que empezara a disfrutar de la situación.
—Pero lo hacemos con cuidado —le advertí—, que como nos vea el primo Jesús se va a enojar.
—Sí, sí, tú vigilas, ¿vale? —parecía ansioso.
Me acerqué al rostro del mocoso, juntando su boca con la mía para darle un pico, pero el niño se apartó antes de que hubiera ningún tipo de contacto.
—¿Qué pasa? —pregunté extrañada.
—Es raro —puso una mueca de desconcierto.
—Si no te gusta lo dejamos.
—No, no. Es que… es como si me hiciera cosquillas —me hizo reír.
—Eso es mi aliento —mantuve la sonrisa—. Anda, saca la lengua y no la escondas —le ordené.
El peque me hizo caso. Volví a acercarme a su cara, observando cómo cerraba los ojos. Abrí la boca y le chupé la lengua. Sentí el leve gemido de mi primo y eso me animó a seguir, ahora lamiéndosela.
—¡Las manos quietas! —le recriminé al ver que comenzaba a sobarse el paquete—. ¿Te ha gustado?
—Sí —sonrió con cara de tonto, consiguiendo que me sintiera bien.
—Vale. Pues ahora vamos a hacer lo mismo, pero quiero que cuando te esté chupando la lengua, abras la boca.
—Vale.
Repetimos la secuencia pero ahora me subí en el, quedando sentada sobre el, tomé sus manos y las puse en mis pompis y le dije mientras me besas acariciame. Se notaba la inexperiencia del crío, pero lo suplía con total entusiasmo. Mi primo pequeño me comió los labios como si no hubiera mañana y aoreta a mis pompis con mucha fuerza.
—¿Qué hacen? —nos sorprendió Alejandro.
Yo me aparté de Raúl de inmediato, completamente alterada por la sorpresa. Me había metido completamente en el papel y mi corazón palpitaba a mil por hora cuando recordé que había sido todo una estratagema por parte de mi propio esposo. Me calmé, no así mi entrepierna, que comenzaba a humedecerse.
—Nada, ya hemos acabado. ¿Verdad, peque? Tira para la piscina —le animé.
El chico se marchó corriendo, supuse que asustado por si Jesús había visto algo y ligeramente encorvado para disimular la empalmada. Mi pareja y yo nos miramos y no pudimos evitar reír.
—Cariño, no sabes cómo me has puesto… —confesó.
—¿Pero lo has visto?
—Solo los he visto ahora, besándose. ¡Madres, vamos a la cama!
—Espera un poco, torete —bromeé—. Mejor lo hacemos esta noche, que aún te queda mucho por disfrutar, ¿no crees?
—¡Uf! —resopló—. No sé si podré aguantarlo. Cuéntame lo que ha pasado…
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