Les cuento algo que escribi hace unos dias. Es sobre una anecdota de cuando me anime a algo y no me salio.
Se llamaba lobo_del_tuyu. Bueno, no se llamaba. Lo conocí en un foro, de esos que ya no existen, y después pasamos a un chat. Tenía cincuenta y algo, decía. Escribía sin apuro y con todos los acentos, y yo tenía veintidós años y un mes sin hablar con nadie que no me preguntara cómo estaba. Fueron cinco semanas. Todas las noches, a veces a la tarde también. Nunca una foto suya, nunca una voz. Yo le mandé dos fotos sin cara, las primeras que mandé en mi vida. Él me dijo "bien" y yo me pasé el día siguiente con esa palabra en el pecho, como quien se ganó algo.
Lo que me prometía no era amor, ni era un novio, ni era nada que se pudiera contar. Era muy concreto. Eso fue lo que me agarró. Los otros tipos del foro escribían como en una película mala. Él escribía como quien te explica un trámite.
Me dijo cómo iba a ser. Yo iba a dejar la puerta sin llave. Iba a estar en mi cuarto, de rodillas al lado de la cama, en bolas, mirando la pared, con la luz apagada y el velador prendido. No me iba a dar vuelta cuando lo escuchara entrar. No iba a decir una palabra, ni hola, ni mi nombre. Él no iba a preguntarme nada. Iba a entrar, me iba a agarrar del pelo, y me iba a usar. Esa palabra, usar, y me explicó cómo, por dónde, en qué orden, sin apuro, hasta que yo no tuviera nada que decidir. Iba a ser fuerte. Me dijo que me iba a doler y que yo se lo iba a agradecer. Que me iba a dejar marcas donde nadie las viera y que se iban a ir en una semana. Me dijo que si quería parar tenía que golpear dos veces la mesa de luz, y que iba a parar, y que se iba a ir, y que nunca más le iba a volver a escribir. Y que cuando terminara se iba a ir sin decir nada, y yo me iba a quedar ahí, y que no íbamos a volver a hablar de eso.
Eso último me parecía lo mejor de todo. Que se fuera. Que alguien me hiciera eso y que después no hubiera que hablar.
Se lo leí tantas veces que me lo sabía. Lo repetía en el colectivo. Me acuerdo de estar en una clase de Comportamiento del Consumidor con la cara de estar tomando apuntes y las piernas apretadas.
Ese sábado la casa quedaba vacía hasta el domingo a la noche. Se lo dije a las cuatro de la tarde. Le escribí: "Estoy sola." Tardó once minutos. "Dirección." Sin signo de pregunta.
Me quedé mirando esa palabra un rato largo. Sabía lo que era. No era boluda. Había leído las mismas noticias que todo el mundo. Tenía una lista en la cabeza, porque ya tenía listas: no lo conozco, no sé cómo se llama, no sé si es uno, no sé si vienen dos. Nadie sabe dónde estoy, y estoy en mi casa. Si me pasa algo me encuentran el domingo. Lo pensé así, con esas palabras, y sentí que se me aflojaba todo de abajo, y escribí calle, número, piso, y le di enter.
Me contestó: "A la una."
Lo que hice después es lo que nunca le conté a nadie, y es tan ridículo que me da más vergüenza que el resto. Me preparé. Soy así, ya era así. Me depilé con un cuidado de cirujana. Cambié las sábanas, puse las buenas. Saqué de la vista las fotos del cuarto, y las guardé en un cajón con la cara para abajo. Limpié el baño, por si quería usarlo. El baño. Puse una caja de forros en la mesa de luz, la saqué, la volví a poner. Comí media tostada. Escondí la tarjeta de débito abajo del colchón, y el celular viejo, y dejé la plata del mes en un sobre arriba de la cómoda, para que si venía a robar se llevara eso y se fuera. Dejé un sobre con plata para un tipo al que le había pedido que entrara. Nunca supe bien qué estaba esperando. Después ya no pensé más.
A las doce me bañé. Temblaba debajo del agua caliente. Me sequé, no me puse nada. A las doce y media bajé y le saqué la llave a la puerta. La giré despacio, para que no sonara, aunque no había nadie en el mundo a quien le pudiera sonar. Es el ruido más fuerte que escuché en mi vida. Puse Persiana Americana bajito, en la compu, en loop, porque si escuchaba el ascensor me iba a morir. Apagué la luz. Prendí el velador. Me arrodillé al lado de la cama, mirando la pared, con las manos en los muslos. Tenía la piel de gallina y la boca seca, y estaba tan mojada que me daba vergüenza. Me acuerdo de la pared. Tenía una mancha chiquita con forma de Chile.
A la una no vino nadie.
Me quedé. Era parte del trato, no me iba a dar vuelta. El ascensor sonó dos veces, y las dos veces se me paró todo, y las dos veces siguió de largo. A la una y media me dolían las rodillas. A las dos se me durmió un pie. Pensé que estaba en la vereda, mirando la ventana. Pensé que estaba probándome. Eso pensé durante mucho tiempo: es una prueba, si me levanto pierdo. Tengo veintidós años, estoy arrodillada en bolas frente a una mancha con forma de Chile, y estoy tratando de aprobar.
En algún momento se me pasó la calentura y quedó solo el frío. A las tres me subí a la cama, en el borde, y me tapé con la colcha, sin dejar de mirar la puerta. Ya no quería que viniera. Y quería. Abrí el chat. "¿Venís?" Lo escribí y no lo mandé. Después lo mandé. No hubo nada. Tampoco hubo nada a las tres y media, ni nunca. A los dos días la cuenta ya no estaba.
A las cuatro me levanté y cerré con llave. Dos vueltas. Guardé la plata. Saqué las sábanas buenas, sin usar, y las puse a lavar igual. Volví a poner las fotos.
Después lloré, pero de bronca. Eso es lo que no me perdono yo. Le di mi casa a un desconocido y no me pasó nada, y estuve meses sintiendo que me habían rechazado.
No sé si él vino hasta la puerta. No sé si existía.
Se llamaba lobo_del_tuyu. Bueno, no se llamaba. Lo conocí en un foro, de esos que ya no existen, y después pasamos a un chat. Tenía cincuenta y algo, decía. Escribía sin apuro y con todos los acentos, y yo tenía veintidós años y un mes sin hablar con nadie que no me preguntara cómo estaba. Fueron cinco semanas. Todas las noches, a veces a la tarde también. Nunca una foto suya, nunca una voz. Yo le mandé dos fotos sin cara, las primeras que mandé en mi vida. Él me dijo "bien" y yo me pasé el día siguiente con esa palabra en el pecho, como quien se ganó algo.
Lo que me prometía no era amor, ni era un novio, ni era nada que se pudiera contar. Era muy concreto. Eso fue lo que me agarró. Los otros tipos del foro escribían como en una película mala. Él escribía como quien te explica un trámite.
Me dijo cómo iba a ser. Yo iba a dejar la puerta sin llave. Iba a estar en mi cuarto, de rodillas al lado de la cama, en bolas, mirando la pared, con la luz apagada y el velador prendido. No me iba a dar vuelta cuando lo escuchara entrar. No iba a decir una palabra, ni hola, ni mi nombre. Él no iba a preguntarme nada. Iba a entrar, me iba a agarrar del pelo, y me iba a usar. Esa palabra, usar, y me explicó cómo, por dónde, en qué orden, sin apuro, hasta que yo no tuviera nada que decidir. Iba a ser fuerte. Me dijo que me iba a doler y que yo se lo iba a agradecer. Que me iba a dejar marcas donde nadie las viera y que se iban a ir en una semana. Me dijo que si quería parar tenía que golpear dos veces la mesa de luz, y que iba a parar, y que se iba a ir, y que nunca más le iba a volver a escribir. Y que cuando terminara se iba a ir sin decir nada, y yo me iba a quedar ahí, y que no íbamos a volver a hablar de eso.
Eso último me parecía lo mejor de todo. Que se fuera. Que alguien me hiciera eso y que después no hubiera que hablar.
Se lo leí tantas veces que me lo sabía. Lo repetía en el colectivo. Me acuerdo de estar en una clase de Comportamiento del Consumidor con la cara de estar tomando apuntes y las piernas apretadas.
Ese sábado la casa quedaba vacía hasta el domingo a la noche. Se lo dije a las cuatro de la tarde. Le escribí: "Estoy sola." Tardó once minutos. "Dirección." Sin signo de pregunta.
Me quedé mirando esa palabra un rato largo. Sabía lo que era. No era boluda. Había leído las mismas noticias que todo el mundo. Tenía una lista en la cabeza, porque ya tenía listas: no lo conozco, no sé cómo se llama, no sé si es uno, no sé si vienen dos. Nadie sabe dónde estoy, y estoy en mi casa. Si me pasa algo me encuentran el domingo. Lo pensé así, con esas palabras, y sentí que se me aflojaba todo de abajo, y escribí calle, número, piso, y le di enter.
Me contestó: "A la una."
Lo que hice después es lo que nunca le conté a nadie, y es tan ridículo que me da más vergüenza que el resto. Me preparé. Soy así, ya era así. Me depilé con un cuidado de cirujana. Cambié las sábanas, puse las buenas. Saqué de la vista las fotos del cuarto, y las guardé en un cajón con la cara para abajo. Limpié el baño, por si quería usarlo. El baño. Puse una caja de forros en la mesa de luz, la saqué, la volví a poner. Comí media tostada. Escondí la tarjeta de débito abajo del colchón, y el celular viejo, y dejé la plata del mes en un sobre arriba de la cómoda, para que si venía a robar se llevara eso y se fuera. Dejé un sobre con plata para un tipo al que le había pedido que entrara. Nunca supe bien qué estaba esperando. Después ya no pensé más.
A las doce me bañé. Temblaba debajo del agua caliente. Me sequé, no me puse nada. A las doce y media bajé y le saqué la llave a la puerta. La giré despacio, para que no sonara, aunque no había nadie en el mundo a quien le pudiera sonar. Es el ruido más fuerte que escuché en mi vida. Puse Persiana Americana bajito, en la compu, en loop, porque si escuchaba el ascensor me iba a morir. Apagué la luz. Prendí el velador. Me arrodillé al lado de la cama, mirando la pared, con las manos en los muslos. Tenía la piel de gallina y la boca seca, y estaba tan mojada que me daba vergüenza. Me acuerdo de la pared. Tenía una mancha chiquita con forma de Chile.
A la una no vino nadie.
Me quedé. Era parte del trato, no me iba a dar vuelta. El ascensor sonó dos veces, y las dos veces se me paró todo, y las dos veces siguió de largo. A la una y media me dolían las rodillas. A las dos se me durmió un pie. Pensé que estaba en la vereda, mirando la ventana. Pensé que estaba probándome. Eso pensé durante mucho tiempo: es una prueba, si me levanto pierdo. Tengo veintidós años, estoy arrodillada en bolas frente a una mancha con forma de Chile, y estoy tratando de aprobar.
En algún momento se me pasó la calentura y quedó solo el frío. A las tres me subí a la cama, en el borde, y me tapé con la colcha, sin dejar de mirar la puerta. Ya no quería que viniera. Y quería. Abrí el chat. "¿Venís?" Lo escribí y no lo mandé. Después lo mandé. No hubo nada. Tampoco hubo nada a las tres y media, ni nunca. A los dos días la cuenta ya no estaba.
A las cuatro me levanté y cerré con llave. Dos vueltas. Guardé la plata. Saqué las sábanas buenas, sin usar, y las puse a lavar igual. Volví a poner las fotos.
Después lloré, pero de bronca. Eso es lo que no me perdono yo. Le di mi casa a un desconocido y no me pasó nada, y estuve meses sintiendo que me habían rechazado.
No sé si él vino hasta la puerta. No sé si existía.
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