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La caída de mi novia

Mi novia se llama Laura.
Mide 1.54, pelo negro ondulado y abundante, que le cae hasta la mitad de la espalda, ojos grandes, labios carnosos, piel morena clara, cuerpo curvy: tetas pesadas, cintura marcada y un culo grande, redondo, de esos que se marcan incluso con pantalones holgados.
Llevábamos dos años juntos.
Hasta hace poco ella era completamente fiel. Me lo demostraba todos los días. Me despertaba con mamadas lentas, me dejaba follarla cuando yo quería, y siempre me decía lo mismo mientras se corría:
—Solo tú, amor… solo tu polla me gusta.
Yo me lo creía. Porque era verdad.
Todo empezó cuando se apuntó al gimnasio del barrio. Quería “tonificar el culo y las piernas”. Yo la animé. Incluso le pagué el primer mes. El entrenador se llamaba Marcos. Alto, piel oscura, brazos gruesos, voz grave. Al principio Laura apenas le miraba. Volvía a casa sudada, se duchaba y se metía en la cama conmigo como siempre. Me dejaba agarrarle el culo con las dos manos mientras la follaba de cucharita y me susurraba que era mía.

Pero poco a poco empecé a notar cambios pequeños.
Primero fue la forma en que hablaba de él.
—Hoy Marcos me corrigió la postura en las sentadillas… tiene las manos muy firmes.
Lo decía sin malicia, casi inocente. Pero yo notaba que se le humedecía un poco la mirada.
Después empezó a quedarse más tiempo.
—Me quedo media hora más a hacer técnica, ¿sí?
Yo aceptaba. Qué cabrón más confiado.
Una tarde volvió con el pelo todavía húmedo y olor a colonia masculina mezclada con su sudor. Me besó en la boca y yo no sospeché nada. Esa misma noche me chupó la polla con más ganas de lo normal. Se arrodilló entre mis piernas, se sujetó el pelo con una mano y me la metió hasta el fondo, haciendo esos ruidos húmedos que me volvían loco. Cuando me corrí en su garganta tragó todo y se lamió los labios mirándome.
—Me encanta tu sabor… —susurró.
Yo pensé que era solo porque me quería.

Semanas después el cambio se hizo más evidente. Empezó a vestirse diferente para ir al gym: leggins más ajustados, tops que le dejaban las tetas casi a la vista, el culo marcado de forma obscena. Un día me mandó una foto desde el vestuario: estaba de espaldas, mirando por encima del hombro, el leggin negro subido entre las nalgas. Debajo del mensaje solo puso:
“¿Te gusta cómo me queda?”
Me puse duro al instante. Le respondí que sí, que estaba para comérsela. Ella contestó con un emoji de carita sonriente.
Lo que yo no sabía es que esa misma tarde Marcos la había corregido de nuevo en las sentadillas. Que le había puesto las manos en la cintura “para guiarla” y que sus dedos se habían quedado un segundo de más apretándole la carne blanda del culo. Que Laura había sentido la polla de él rozarle la nalga a través del pantalón y que, por primera vez, no se había apartado de inmediato.
Esa noche, mientras yo la follaba de perrito, ella enterró la cara en la almohada y se corrió más fuerte de lo habitual. Yo creí que era por mí.
Ella estaba pensando en las manos de Marcos.

Hasta que un viernes por la tarde ella me dijo, con esa voz dulce de siempre:
—Marcos me ofreció una sesión privada de glúteos… dice que así avanzo más rápido. ¿Te molesta si me quedo una hora más?
Yo, idiota, le dije que no. Que se quedara. Que yo la esperaba en casa.
Ella sonrió, me dio un beso en los labios y salió por la puerta con el bolso del gym al hombro.
No sabía que esa iba a ser la primera vez que se arrodillaría entre las piernas de otro hombre.

Llegó al gimnasio con el corazón latiéndole más fuerte de lo normal.
Todavía me había besado en la puerta de casa con esa sonrisa dulce de siempre. Todavía me había dicho “te espero en la cama”. Pero apenas cruzó la puerta del local, algo dentro de ella ya estaba traicionándome.
Marcos la estaba esperando en el fondo, donde estaba el área de peso libre. Solo ellos dos. El resto del gym casi vacío a esa hora. Él la miró de arriba abajo sin disimulo: el leggin negro que le marcaba el culo redondo, el top corto que le dejaba ver la curva baja de las tetas, el pelo negro ondulado recogido en una coleta alta.
—Hoy vamos a trabajar glúteos de verdad —dijo con esa voz grave—. Ven.
La llevó hasta una de las bancas. Le indicó que se pusiera de rodillas sobre ella, de espaldas a él, y que bajara el torso. Laura obedeció. Sintió cómo Marcos se colocaba detrás y le ponía las manos grandes en las caderas “para corregir la postura”. Los dedos se le hundieron en la carne blanda. No era necesario que apretara tanto. Ella lo sabía. Él también.
—Más abajo… así. Siente cómo se activa el músculo.
Cada vez que ella bajaba el culo, la entrepierna de Marcos rozaba sus nalgas. Al principio fue un roce leve. Después ya no. Laura notó la dureza a través del pantalón de deporte. Se le secó la boca. Quiso decir algo, pero no salió ninguna palabra.
Marcos se inclinó sobre su espalda y le habló al oído:
—Estás muy tensa hoy… ¿pasa algo en casa?
Ella negó con la cabeza, todavía mirando al suelo. Él soltó una risa baja y le pasó una mano por el costado, subiendo despacio hasta rozarle el borde del top. Los dedos rozaron la piel caliente debajo del pecho. Laura soltó un suspiro tembloroso.
—Relájate —susurró él—. Nadie nos ve.
Esa fue la primera vez que ella no se apartó.
Marcos la hizo ponerse de pie y la guió hacia el pequeño cuarto del fondo que usaban para masajes y estiramientos. Había una camilla estrecha cubierta con una sábana limpia. Cerró la puerta con llave. El clic sonó demasiado fuerte.
Laura se quedó de pie, respirando agitadamente. Marcos se quitó la camiseta. El pecho ancho, la piel oscura, los abdominales marcados. Después se bajó un poco el pantalón y sacó la polla. Gruesa, pesada, más grande y oscura que la mía, con las venas hinchadas y la cabeza ya brillante. Laura la miró fijamente. Nunca había visto una así de cerca que no fuera la mía.
—Se sento sobre la camilla y le ordenó a ella que se arrodillara
Ella obedeció. Marcos, le agarró el pelo con una mano y le acercó la polla a la boca.
—Solo un poco… para que veas cómo se siente.
Laura abrió los labios. La punta caliente rozó su lengua. El sabor era distinto: más fuerte, más salado. Dudó un segundo. Pensó en mí. En la promesa que me había hecho tantas veces. Después cerró los ojos y envolvió la cabeza con la boca.
Marcos soltó un gemido grave.
—Joder… así.
Empezó despacio. Subía y bajaba la cabeza, succionando, dejando que la saliva le chorreara por la comisura de los labios y le cayera sobre la camiseta. Cada vez que bajaba más profundo se atragantaba un poco y soltaba ese sonido húmedo y asqueroso que a Marcos le sacaba gruñidos. Él le acariciaba el pelo, empujándola un poco más abajo cada vez.
—Mírala cómo te la comes… qué putita tan obediente.
Laura no respondía. Solo chupaba. Los ojos semi cerrados, las pestañas temblando, la cara sonrojada. Se le había mojado el coño de forma obscena. Podía sentirlo empapándole el leggin. En un momento levantó la mirada hacia Marcos mientras tenía la polla enterrada hasta casi la garganta, exactamente como en la imagen: labios estirados alrededor de esa verga oscura, expresión concentrada, sumisa.
Marcos no aguantó mucho. Le agarró el pelo con las dos manos y empezó a follarle la boca de verdad, empujando las caderas hacia arriba. Laura se dejó hacer, manteniendo la posición, gimiendo alrededor de la polla, la saliva espesa cayéndole por la barbilla. Cuando él se corrió, lo hizo profundo. Chorros calientes y densos llenándole la garganta. Ella tragó todo lo que pudo. Parte se le escapó por los labios y le bajó hasta el cuello.
Después sacó la polla todavía palpitante y lamió los restos que le quedaban en la cabeza, limpia, como si fuera lo más natural del mundo.
Marcos le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—La próxima vez te la dejo en la cara… para que se la huelas a tu novio cuando llegues a casa.
Laura se quedó arrodillada entre sus piernas unos segundos más, respirando agitadamente, con el sabor ajeno todavía en la lengua. Después se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se arregló el pelo.
Salió del gimnasio como si nada.
Cuando llegó a casa yo la estaba esperando en el sofá. Me sonrió con esa sonrisa dulce de siempre, se acercó y me dio un beso largo en la boca. Yo noté un sabor extraño, pero lo atribuí al chicle de menta que siempre masticaba después del gym.
—¿Cómo te fue con la sesión privada? —le pregunté, acariciándole el culo por encima del leggin.
Ella se apretó contra mí y susurró contra mis labios:
—Bien… me dejó reventada.
Yo me reí, creyendo que hablaba de los ejercicios.
Ella se metió a la ducha.
Y yo seguí sin enterarme de nada.

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