
Entré a esta página porque necesito sacar esto de mi sistema y dejarlo escrito en algún lugar donde no pueda ser borrado. No busco lástima, solo poner en orden los hechos de lo que pasó cuando tenía nuev3 años.
A esa edad, mi cuerpo ya no era el de una niñ4 pequeña. Tenía la cintura marcada y las caderas empezaban a ensancharse, lo que me hacía ver más desarrollada que otras niñ4s de mi clase. Mis pechos eran pequeños, apenas un relieve, pero eran muy sensibles; cualquier roce me hacía saltar.
Mis piernas eran blancas y suaves, con muslos gorditos y firmes. Lo que más resaltaba eran mis nalgas: eran redondas, prominentes y blancas. Tenía la cara de una niñ4, con ojos grandes y labios carnosos, pero el cuerpo ya estaba empezando a cambiar.
Todo empezó cuando Diego llegó a vivir al condominio. Él tenía 19 años y se mudó a un departamento del tercer piso porque no tenía mucho dinero, ya que los alquileres ahí eran baratos. Recuerdo perfectamente el día que llegó; yo estaba en casa con mi mamá, Fernanda.
Mi mamá es muy sociable y siempre está haciendo amigos, así que se quedó hablando largo rato con la vecina en el marco de la puerta.
Yo vi a Diego mientras él subía las escaleras cargando sus cosas, incluyendo un comedor pequeño. Cuando llegó donde estaba mi mamá, él se presentó y saludó. Recuerdo que Diego se quedó mirándome fijamente.
Yo salí a saludar a mi mamá y a él; yo era una niñ4 blanca, de pelo castaño claro y cara inocente. Llevaba puesta una licra blanca muy corta que dejaba ver mis piernas, que ya eran gruesas, y una blusa que me llegaba arriba del ombligo. Noté que él no dejaba de mirarme el cuerpo, especialmente mis nalgas.
La vecina le preguntó a mi mamá cuántos años tenía yo, mi mamá le respondió que nueve. Vi que Diego se quedó sorprendido, como si no pudiera creer que tuviera ese cuerpo a los nueve años. Él se veía nervioso, como si estuviera ocultando algo debajo de su ropa, y se despidió rápido. En ese momento, yo no sabía qué significaba esa mirada, solo sabía que aquel chico nuevo me prestaba mucha atención.
Habían pasado tres días desde que Diego se instaló en el edificio. Ya se había acomodado en su departamento y todo parecía estar en orden. Yo acababa de llegar del colegio, eran las doce del mediodía, y mientras subía las escaleras me encontré con él justo cuando salía de su puerta.
Me sorprendió verlo ahí, ya que no habíamos hablado en unos días.
Yo todavía llevaba el uniforme: la falda corta que me llegaba a mitad del muslo y las medias blancas que me apretaban justo debajo de la rodilla. Diego me saludó con una sonrisa y empezó a hacerme preguntas: a dónde iba, qué iba a hacer, por qué no me había cambiado la ropa todavía. Me hablaba con un tono amable, contándome algunos chistes cortos que me hacían reír. Me sentía especial porque un adulto me prestaba tanta atención y me trataba con cariño.
Le conté que mi mamá no estaba en casa porque había ido a hacer unas compras y que tardaría un poco. Le mencioné que solo estaban mis hermanos menores, a quienes él ya conocía y consideraba distraídos.
Entonces él me preguntó qué hacía ahí y yo le dije que subía a su departamento porque su mamá me había llamado para comer algo. Él me dijo "subamos" y yo asentí con una sonrisa, siguiendo sus pasos hacia arriba.
Subí los escaleras despacio, sin darme cuenta de que Diego se había agachado detrás de mí. Yo solo pensaba en lo amable que era él conmigo.
Mientras subía cada escalón, mi falda se levantaba un poco más, dejando al aire mis piernas blancas y gorditas. Yo seguía caminando con total inocencia, sintiendo el aire en mis muslos, sin saber que él estaba ahí abajo, mirando fijamente cómo se movía mi cuerpo.
Él podía ver con atención de eda posición, cómo el movimiento de mis pasos hacía que mis nalgas se balancearan de un lado a otro.
Mi calzoncito de flores, que era blanco y pequeño, se me había metido profundamente en la ranura de mis nalgas, marcando perfectamente la forma redondeada y blanca de mi trasero, como si fuera un corazón.
Yo volteé hacia él, y lo vi agachado viéndome, el sonrió y yo por igual, le dije que estaba haciendo, él solo dijo que estaba amarrando los pasadores de sus zapatos. Pero cuando se incorporó, vi como él apretaba sus manos por encima de la tela de su pantalón, creo yo, luchando para que no se le viera el bulto que tenia ahí.
Habían pasado una hora, mi mamá aún no llegaba.
Estaba ahí sentada en la sala, jugando con las muñecas junto a la hermana de Diego.
Él me miraba desde el sofá, pero yo no le daba importancia, pensaba que era un hermano mayor más. En un momento me levanté para ir al baño; sentía que él seguía ahí, clavándome la vista, pero como estábamos todos en la sala, no pasó nada.
Horas más tarde, Diego seguía tirado en el mueble. Yo estaba distraída, moviéndome por el piso, y mi falda se empezaba a subir sola mientras jugaba. Sin querer queriendo la falda de se me subía, y se me asomaba la piel de mis muslos y el borde de mi calzoncito blanco.
De repente, la hermana de Diego me gritó que me acomodara la falda. Me ajusté la ropa rápidamente, sin saber que él estaba ahí, deseando seguir viendo mi rajita.
Cuando llegó mi mamá, la hermana de Diego me avisó que ya estaba aquí. Al levantarme del suelo, mi calzoncito se había hundido y dejaba ver la forma de mi vagina pequeña y tierna. Tenía un poquito de polvo en el muslo por haber estado sentada en el piso.
No pude evitar notar que Diego me miraba fijamente el área genital, y yo tenía una manchita de orine en el calzón que se marcaba a través de la tela. Él se veía tenso.
Después de aquel día, Diego empezó a cambiar la forma en que se relacionaba conmigo. Se convirtió en alguien que siempre tenía un detalle conmigo.
Empezó con cosas pequeñas: un dulce que sacaba de su bolsillo cuando me veía bajar las escaleras, o un juguete barato que decía haber encontrado.
Esas cosas, aunque sencillas, me hacían sentir importante. Para una niñ4 de nuev3 años, que un adulto te trate con esa atención exclusiva es algo muy fuerte.
Él sabía exactamente qué decir para hacerme sentir segura. Cuando mi mamá estaba distraída con sus amantes o discutiendo por teléfono, Diego aparecía con una sonrisa y me decía que yo era "una niñ4 muy inteligente". Esos cumplidos me hacían sentir que él era la única persona que realmente me veía y me comprendía.
Yo empecé a asociar su presencia con una sensación de bienestar; estar cerca de él era como recibir un premio.
Diego me regalaba golosinas que mi mamá no me dejaba comer y me contaba historias sobre el mundo exterior, cosas que me fascinaban.
Cada caramelo y cada palabra dulce eran como hilos que me amarraban a él. Yo no sospechaba nada; simplemente pensaba que Diego era la persona más buena del mundo.
Un martes por la tarde, Diego me invitó a pasar a su departamento. Mi mamá estaba dormida en la sala, recuperándose de una noche de
fiesta, así que subí las escaleras sin hacer ruido.
Al entrar, solo esyaba el, ya aue su hermana y su Mamá habían salido. Él me llevó hasta el sofá, donde me sentó a su lado y me dio un chocolate para que me callara.
Mientras yo comía, él empezó a acariciar mi cabello, pero luego bajó la mano hacia mi muslo.
Sentí un escalofrío cuando sus dedos apretaron la carne de mi pierna. No era un abrazo ni un juego normal; era una presión diferente, lenta.
Él deslizó la mano hacia arriba, levantando la tela de mi falda, y sus dedos tocaron el borde de mi calzón. Me quedé helada, con la boca abierta y el chocolate a medio tragar. Sentí una confusión muy profunda en el estómago; no sabía si debía moverme o gritar, pero al mismo tiempo sentía una curiosidad extraña que me dejaba paralizada.
Entonces él se acercó a mi oído y me susurró que esto era un "juego de adultos", algo secreto que solo nosotros dos sabíamos hacer.
Me dijo que si me portaba bien y dejaba que él "explorara", me daría más dulces. Sus dedos empezaron a meterse debajo de la tela blanca, tocando mi vagina pequeña y húmeda.
Era una sensación invasiva, pero como él me hablaba con suavidad, acepté que así funcionaban los juegos de los grandes. Me quedé quieta, respirando agitada, mientras él seguía tocándome, convencida de que ese secreto nos hacía especiales.
A partir de ese día, las visitas al departamento de Diego se volvieron una rutina. Yo ya no preguntaba qué íbamos a hacer; simplemente esperaba a que mi mamá se quedara dormida o saliera con alguno de sus amantes, y tambien cuando diego estaba solo, para así subir corriendo.
El departamento de Diego se convirtió en mi refugio secreto, el único lugar donde no había gritos ni desorden.
Los tocamientos se volvieron frecuentes. Ya no era solo un roce rápido; Diego pasaba mucho tiempo explorando mi cuerpo.
Me pedía que me quitara la ropa y yo lo hacía sin protestar, acostumbrándome a la sensación del aire frío en mi piel y a la presión de sus dedos sobre mis pechos sensibles. Él me decía que tenía un cuerpo hermoso para mi edad, y yo me sentía orgullosa de eso, aunque no entendía por qué me hacía sentirme sucia después de que terminábamos.
Empecé a sentir que mi cuerpo no me pertenecía del todo, sino que era algo que Diego tenía derecho a usar. Me acostumbré a quedar tendida en el sofá mientras él movía sus manos por mis muslos y mi entrepierna.
Para mí, el hecho de que él quisiera tocarme era una prueba de que yo era importante para él. La normalización fue rápida: el contacto físico inapropiado se volvió tan cotidiano como cepillarse los dientes.
Pero con el tiempo, esa sensación de ser "especial" empezó a transformarse en algo más pesado. Noté que Diego ya no era siempre el chico amable y atento. Si yo le decía que no quería hacer algo, o si me sentía cansada y prefería jugar con mis muñecas, su actitud cambiaba drásticamente.
Dejaba de sonreír, se volvía frío y distante, y me hacía sentir que yo estaba rompiendo la amistad con él.
Ese silencio suyo me aterraba más que cualquier grito. Me hacía sentir que, si no accedía a sus juegos, él dejaría de quererme o, peor aún, me dejaría de hablar.
Empecé a aceptar cosas que no me gustaban, no porque me dieran placer, sino por el miedo a que él se aburriera de mí o se enfadara. Aceptaba sus manos en mis pechos o sus dedos en mi vagina aunque yo no tuviera ganas, solo para mantener esa sonrisa suya que me hacía sentir segura.
Diego empezó a hablarme del "vínculo secreto". Me decía que lo que pasaba en su sala era algo sagrado, una conexión que solo nosotros dos entendíamos y que los adultos, especialmente mi mamá, jamás comprenderían.
Me advertía que si yo decía una sola palabra, la magia se rompería y él tendría que alejarse de mí para siempre. Me decía que decirles a los adultos no era contar un secreto, sino "traicionar" la confianza que él había puesto en mí.
Esa idea de traicionarlo me pesaba en el pecho; yo quería ser una niñ4 buena y leal, así que me tragué las palabras y acepté que nuestro mundo se limitara a esas cuatro paredes y al silencio absoluto.
A veces, mientras Diego me tocaba, pasaba algo muy raro en mi cuerpo. Había momentos en los que sus dedos se movían de una forma que me hacía sentir una especie de electricidad, un cosquilleo fuerte que subía por mis piernas y se instalaba en mi vientre.
Era una sensación intensa, casi como un hormigueo que me hacía arquear la espalda sin querer, y en ese instante mi cuerpo parecía decirme que eso estaba bien, que incluso se sentía bien.
Pero al mismo tiempo, mi cabeza gritaba que aquello no estaba bien. Mientras sentía ese placer físico, sentía un rechazo profundo, una náusea que me subía por la garganta.
Me sentía sucia, como si algo se estuviera rompiendo dentro de mí. Era aterrador sentir que mi cuerpo reaccionaba positivamente a algo que mi mente sabía que era equivocado.
Me quedaba ahí, temblando, confundida entre el calor de ese roce y el frío del miedo, sin saber si debía llorar o quedarme callada esperando que terminara.
Esa mezcla de sensaciones me dejaba desorientada. No entendía cómo podía sentir placer y asco al mismo tiempo.
Me preguntaba si yo era una niñ4 mala por sentir ese cosquilleo, o si Diego era realmente malo por provocarlo. Me sentía como si estuviera dividida en dos personas: la niñ4 que quería jugar con sus muñecas y la niñ4 que estaba ahí, sometida a esos tocamientos que me hacían vibrar la piel pero me apagaban el alma.
Con el tiempo, la dulzura de Diego se volvió una máscara que ya no se esforzaba en mantener. Los dulces y los halagos empezaron a desaparecer, reemplazados por una exigencia fría y directa. Los "juegos" dejaron de ser algo que yo aceptaba por curiosidad o por miedo a su silencio; ahora eran órdenes.
Si yo intentaba retroceder o le decía que no quería, él ya no se ponía triste ni se alejaba. Ahora se enfadaba.
Recuerdo la primera vez que sentí su fuerza contra mi cuerpo. Estábamos en el sofá y yo intenté apartar su mano de mi entrepierna porque me sentía cansada.
En lugar de detenerse, Diego me sujetó las muñecas con una presión que me dejó sin aliento, clavando mis brazos contra el respaldo del mueble. Sus dedos se hundieron en mi piel con una fuerza que me asustó; sentí cómo sus uñas se enterraban en mis muñecas, dejándome marcas rojas.
Me mantuvo ahí, inmovilizada, mientras me decía con una voz ronca que yo no era quien decidía cuándo terminaba el juego.
Esa tarde comprendí que mi voluntad ya no contaba.
Él empezó a usar su peso para aplastarme contra la cama o el sofá, haciendo que mis piernas quedaran abiertas a la fuerza. Si yo intentaba cerrar los muslos para protegerme, él los apartaba con un tirón brusco que me hacía doler las articulaciones.
Ya no había caricias suaves; ahora había agarres fuertes, sacudidas y una presión constante que me dejaba sin aire.
Sus manos, que antes me daban caramelos, ahora se cerraban como pinzas sobre mis brazos y mis caderas, apretándome la carne hasta dejarme moretones que yo tenía que esconder bajo la ropa.
Lo más aterrador era que ya no necesitaba convencerme con mentiras.
El miedo físico se volvió la herramienta principal. Si yo lloraba o intentaba zafarme, él simplemente apretaba más fuerte el agarre en mi cuello o en mis brazos, recordándome que él era el fuerte y yo era pequeña.
Me sentía como un juguete roto que alguien obligaba a funcionar. Me quedaba quieta, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta, aceptando los golpes y los apretones, entendiendo que en ese departamento, Diego era el dueño de mi cuerpo y yo solo una cosa que él podía manipular a su antojo.
Llegó el día en que el juego se convirtió en algo distinto, algo definitivo.
Diego me llevó hacia la parte trasera de su departamento, donde había un pequeño cuarto de lavado que casi no tenía ventilación y las paredes eran gruesas, lejos de la puerta principal.
Me empujó hacia adentro y escuché el sonido seco del cerrojo cerrándose. En ese instante, el silencio del cuarto se sintió como una sentencia; sabía que aunque gritara con todas mis fuerzas, el ruido del condominio y la distancia harían que nadie me escuchara.
Estaba completamente aislada, atrapada en un espacio pequeño que olía a humedad y a detergente barato.
En cuanto la puerta quedó sellada, el pánico me golpeó el pecho como un martillo. Vi la cara de Diego y ya no reconocí al chico que me daba dulces; sus ojos estaban oscuros, cargados de una urgencia agresiva que me dio náuseas.
Cuando intentó agarrarme la cintura, algo en mí reaccionó.
Empecé a luchar, moviendo los brazos frenéticamente para apartarlo, golpeando su pecho con mis puños pequeños. "¡No quiero! ¡Déjame salir!", grité, pero mi voz sonaba pequeña y rota en ese cuarto cerrado.
Fue entonces cuando entendí que Diego ya no era mi amigo. No era el hermano mayor protector ni la persona que me hacía sentir especial.
Era un extraño que usaba su fuerza para aplastarme.
Cuando me sujetó las muñecas y me lanzó contra la pared, el impacto me sacó el aire y sentí el frío del concreto en mi espalda.
Sus manos ya no buscaban acariciarme, sino dominarme, y el terror me paralizó mientras comprendía que no había salida posible de ese cuarto.
Diego no esperó a que yo dejara de llorar. Me giró el cuerpo con un movimiento brusco y me empujó contra la pared, abriendo mis piernas a la fuerza.
Sentí sus dedos húmedos y toscos hurgando en mi trasero, buscando la entrada, mientras yo pataleaba intentando escapar de ese rincón asfixiante. Entonces, sin previo aviso, empujó todo su peso hacia adentro.
Sentí un desgarro agudo, como si un cuchillo caliente estuviera abriendo mi cuerpo por la mitad. El dolor fue un grito eléctrico que me recorrió toda la columna; sentí cómo la piel de mi ano se rendía, lacerándose bajo la presión de su miembro. No era un juego, era una ruptura física.
Cada embestida era un golpe seco que me hacía sentir que mis órganos se aplastaban y que mi cuerpo se rompía en pedazos, dejando un rastro de fuego y sangre en esa zona que nunca había sido tocada.
Para no volverme loca con el dolor, dejé de luchar. Cerré los ojos un segundo y, de repente, sentí que me elevaba.
Me imaginé que ya no estaba en ese cuarto sucio, sino que estaba flotando debajo del techo, mirando hacia abajo a esa niñ4 pequeña que Diego estaba destrozando.
Veía mis piernas blancas temblando y escuchaba los jadeos pesados de él en mi oído, pero ya no sentía que fuera yo quien sufría.
"Esto no me está pasando a mí", me repetía una y otra vez, mientras mi cuerpo físico se convertía en un objeto vacío que él usaba para descargar su deseo.
Cuando Diego finalmente me soltó, me sentía rota. Me puse la ropa con manos temblorosas, tratando de ignorar la sensación pegajosa y el ardor insoportable que tenía entre las piernas.
Al salir de su departamento, cada paso que daba era una tortura; sentía que el agujero que él había hecho en mí seguía abierto, goteando algo caliente y espeso.
Caminaba raro, encorvada, arrastrando los pies para que el roce de la ropa no me quemara la piel. Cuando llegué a casa y mi mamá me preguntó por qué caminaba así, le mentí con la voz quebrada, diciéndole que me había caído en las escaleras.
Ella ni siquiera me miró a los ojos; estaba demasiado ocupada con el teléfono, así que me dejé caer en mi cama, deseando que el mundo desapareciera.
Pasé la noche en un estado de semi-consciencia, sintiendo cómo el dolor se transformaba en una pulsación sorda. Pero en la madrugada, el dolor se volvió insoportable, un pinchazo agudo que me hizo saltar de la cama con un grito.
Al intentar moverme, sentí que algo húmedo empapaba mis muslos. Me bajé el calzón y vi que las sábanas blancas estaban manchadas de rojo oscuro. El pánico me invadió; sentía que me estaba muriendo por dentro.
No pude más y empecé a llorar con un llanto desesperado, un aullido que venía desde lo más profundo de mi estómago, llamando a mi mamá con todas mis fuerzas.
Mamá entró al cuarto asustada, pero el llanto se detuvo cuando vio las sábanas. No hubo necesidad de explicar mucho; la sangre y mi rostro desencajado contaron la historia.
Cuando le confesé entre sollozos que Diego me había "roto", el silencio que siguió fue aterrador. Vi cómo la cara de mi madre cambiaba; sus ojos se abrieron desmesuradamente y el shock inicial se transformó rápidamente en una furia ciega que nunca le había visto.
No hubo preguntas suaves ni consuelos lentos. Se levantó de la cama como un animal herido y gritó el nombre de Diego con una rabia que hizo vibrar las paredes del departamento.
El secreto que Diego me había obligado a guardar se rompió en un segundo, y el grito de mi madre fue el primer paso para salir de esa oscuridad.
El silencio del pasillo se rompió con el estruendo de la puerta de Diego abriéndose de un golpe seco. Mi mamá no caminaba, avanzaba como una tormenta, gritando palabras que yo no entendía del todo pero que sonaban a guerra.
"¡Hijo de puta! ¡Mira lo que le hiciste a mi hija!", bramaba Fernanda, su voz rebotando en las paredes estrechas del condominio. El eco de sus gritos atrajo a los vecinos, que asomaban la cabeza por sus puertas, mirando con curiosidad y horror la escena.
a la madre de Diego, una mujer que apareció confundida en la puerta, mi mamá le escupió la verdad en la cara. No hubo sutilezas. Fernanda gritó a los cuatro vientos que Diego me había roto, que yo estaba sangrando, que ese animal me había violado.
Escuchar los detalles de lo que pasó en ese cuarto de lavado, ahora gritados a todo volumen frente a todo el edificio, me hizo sentir que me desnudaban de nuevo. Sentía una humillación asfixiante, como si el aire se hubiera vuelto espeso y sucio.
Mientras ellos se gritaban y se lanzaban acusaciones violentas, yo me quedé encogida en el sofá, tratando de hacerme invisible.
Cada vez que mi mamá gritaba "sangre" o "violación", yo sentía un pinchazo agudo y caliente en mi ano, un recordatorio físico de que seguía rota.
Me encogí sobre mí misma, abrazando mis rodillas, sintiendo cómo el dolor punzante me recordaba que, aunque los adultos pelearan, el agujero que Diego había hecho en mí seguía ahí, quemando y doliendo.
El ruido de los gritos llegó a un punto insoportable, y por un momento creí que mi mamá iba a saltar sobre Diego para arrancarle la piel.
Ella estaba hablando de llamar a la policía, de que él terminaría en una celda por lo que me había hecho. Yo sentía que el corazón se me salía del pecho, esperando que alguien con un uniforme llegara a rescatarme, a decirme que todo estaba bien y que ese monstruo se iría lejos.
Pero entonces, Diego cambió. Soltó una carcajada seca y le gritó a mi mamá que pensara bien antes de llamar a la policía.
Le recordó, delante de todos, que él sabía exactamente qué guardaba ella en el baño, que conocía el olor a marihuana que impregnaba su ropa y que sabía que su vida era un desastre de mentiras y vicios.
Le dijo que si la policía llegaba, no solo lo investigarían a él, sino que descubrirían todo el caos en el que ella vivía, y que probablemente se llevarían a María porque no tenía quién la cuidara mientras ella se drogaba.
El silencio que siguió fue el más aterrador de todos. Vi cómo la furia de mi mamá se apagaba, siendo reemplazada por un miedo egoísta.
Sus hombros cayeron y su mirada se volvió vacía. El chantaje de Diego había funcionado. Mi madre, la persona que debía protegerme, se quedó callada, procesando que su propia vulnerabilidad era el precio de mi silencio.
En ese instante, entendí que la justicia no era algo real para alguien como yo.
El silencio que dejó el chantaje de Diego fue roto por un grito visceral de mi mamá. No fue un grito de protección, sino de rabia y desesperación. Escuché cómo le decía a Diego, y a quien sea que estuviera mirando en el pasillo, que se fueran todos a la verga.
Sus palabras eran como látigos, descargando toda su frustración.
En un arranque de furia, le lanzó una amenaza a Diego: le dijo que si se volvía a acercar a mí, ella misma se encargaría de matarlo.
Fue la única vez que sentí que alguien peleaba por mí, pero era una pelea llena de odio, no de amor.
Cuando ella entró al cuarto y me vio, su mirada no era la de una madre consoladora. Me miró con una mezcla de asco y lástima.
Me dio una pastilla para el dolor y me llevó al baño, donde me lavó el cuerpo con brusquedad, frotando mi piel como si quisiera borrar el rastro de Diego de mi cuerpo. Mientras me limpiaba, empezó a hablarme con una voz fría, diciéndome que yo había sido una tonta.
Me preguntó por qué me había dejado hacer eso, lanzándome la culpa a mí, a una niñ4 que ni siquiera sabía qué era el sexo o por qué su cuerpo sentía ese cosquilleo eléctrico.
Yo no entendía nada; solo sabía que me dolía el trasero y que mi mamá estaba enojada conmigo por algo que yo no podía controlar.
Pasaron los días envuelta en esa confusión. Un día, simplemente dejé de ver a Diego en el pasillo. Me enteré de que él y su familia se habían mudado del condominio.
El monstruo se había ido, pero el sentimiento de suciedad y la voz de mi madre diciéndome que yo era la culpable se quedaron grabados en mí, marcando el final de mi inocencia.
(Perdoné si es largo la historia, pero llavaba tiempo escribiendo eso, para que no se me quede alguno detalle por ahí). ,
1 comentarios - Vivencia 1: confesión de mi vida. A los Nuev3 años (vecino).