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La maestra rural del corregimiento

La finca llevaba tres meses sin que yo pudiera darme una vuelta larga. Solo visitas rápidas, un fin de semana aquí, dos días allá. Pero ese agosto me tomé dos semanas completas. Necesitaba desconectarme, respirar, caminar entre el ganado sin pensar en nada más.

El corregimiento quedaba a veinte minutos de la finca por carretera destapada. Unas doscientas familias, una cancha, una tienda, una iglesia y una escuela pequeña que atendía desde primero hasta quinto. Yo había pasado por ahí cien veces sin prestarle mucha atención.

Hasta que una tarde fui a la tienda a comprar hielo y la vi.

Estaba sentada en el andén de la escuela, al frente de la tienda, con unos papeles en las rodillas y un lapicero en la boca. Tendría unos 38, tal vez 40. Difícil saberlo con certeza porque era de esas mujeres que no se ven ni jóvenes ni viejas, sino simplemente bien. Morena oscura, cabello negro liso recogido en un moño bajo, con algunos mechones sueltos pegados al cuello por el sudor. Usaba una blusa de flores manga corta y una falda hasta la rodilla, de tela liviana que el viento movía apenas. Tenía las piernas cruzadas y los pies metidos en unas sandalias planas de cuero, con los talones asomando, oscuros y agrietados por el trabajo de caminar campo todos los días.

No era una mujer de revista. Era mejor que eso. Era una mujer real, de esas que huelen a jabón y a sol y a algo más que no se compra en ningún lado.

El dueño de la tienda me vio mirándola.

—Esa es la profesora nueva. Llegó en mayo. Es de Sahagún.

—¿Vive sola?

—En la casita que le presta el municipio, al lado de la escuela. —Me dio el hielo y sonrió—. Buena gente. Seria, eso sí.

Salí. Ella levantó los ojos cuando pasé y me miró un segundo. No sonrió ni apartó la mirada rápido. Solo miró, con esa calma de quien no le debe nada a nadie, y volvió a sus papeles.

Me fui a la finca pensando en esa mirada.

---

Me las arreglé para volver al corregimiento dos días después. Esta vez con una excusa concreta: necesitaba hablar con el presidente de la junta comunal sobre un lindero. Mentira a medias, porque el asunto existía, pero podía esperar.

La vi de nuevo. Estaba en el patio de la escuela con los niños, dirigiendo algo que parecía un juego. Tenía los zapatos quitados, los pies descalzos sobre la tierra, y se movía entre los niños con una agilidad despreocupada. La falda le llegaba a media pierna y cuando se agachaba a hablarle a algún niño se le marcaba la forma del cuerpo de una manera que no parecía intencional pero tampoco dejaba de verse.

Terminé el asunto de la junta rápido y me quedé por ahí, tomando agua en la tienda. Cuando los niños salieron y el patio quedó vacío, ella entró a recoger sus cosas. La vi ponerse las sandalias sentada en un escritorio, doblando la espalda, con el pelo cayéndole hacia adelante.

Crucé la calle.

—Buenas tardes.

Levantó los ojos. Me reconoció, aunque no nos habíamos presentado.

—Buenas —dijo, sin exceso.

—Andrés. Tengo la finca allá arriba, la del ganado Brahman.

—Lucía. —No extendió la mano, solo asintió—. Sé cuál es. Los niños hablan de su finca seguido.

—¿Bien o mal?

Algo en su cara se movió. No llegó a ser sonrisa pero estuvo cerca.

—Bien. Dicen que el señor de la finca deja pasar a ver los terneros.

—Cuando quieran. Y usted también, si le interesa traerlos algún día.

Me miró un segundo, evaluando si había doble intención en la oferta. No respondió de inmediato. Agarró sus papeles, los metió en una mochila de tela y se puso de pie.

—Lo tendré en cuenta —dijo, y salió del salón.

La vi alejarse por el andén, descalza todavía, con las sandalias en la mano, caminando sobre el cemento caliente con una naturalidad que me dejó mirándola hasta que dobló en la esquina.

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La visita de los niños a la finca fue el viernes siguiente. Doce pelados entre seis y diez años, todos alborotados, y Lucía detrás, con un morral, una libreta y esa misma calma de siempre.

Yo los recibí en el portón. Les mostré el corral, los terneros, la ordeñadora. Los niños preguntaban todo al tiempo y ella los organizaba con una autoridad tranquila, sin gritar, sin amenazar. Solo hablaba y los pelaos obedecían. Eso me pareció más interesante que cualquier otra cosa.

En algún momento quedamos lado a lado, viendo a los niños darle panela a una vaca por encima de la cerca.

—Gracias por esto —dijo, sin mirarme—. Para ellos es importante ver el campo de cerca.

—Para mí también es bueno tener gente por aquí. La finca se siente sola cuando no hay movimiento.

Me miró de reojo.

—¿Usted vive solo aquí?

—Cuando vengo, sí.

Silencio breve. Uno de esos silencios que no incomodan sino que pesan de otra manera.

Los niños se fueron en la camioneta de la junta a las cinco. Ella se quedó un momento recogiendo lo que habían dejado regado por el patio. Yo la ayudé sin que me lo pidiera.

—¿Quiere algo frío antes de irse? —le ofrecí—. Hay jugo de corozo en la nevera.

Dudó un segundo. Ese segundo me dijo más que un sí inmediato.

—Bueno.

Entramos a la casa. Se sentó en una silla de la cocina, dejó el morral en el piso y se quitó las sandalias debajo de la mesa sin pensarlo, como si fuera un hábito. Los pies en el piso fresco de la cocina, los dedos moviéndose solos. Le serví el jugo y me senté al frente.

Hablamos. Del corregimiento, de Sahagún, de por qué había aceptado ese puesto tan lejos de todo. Me dijo que necesitaba el cambio, que venía de una situación complicada que no detalló y que yo no pregunté. Hablaba mirando a los ojos, sin adornos, con esa franqueza de la gente que ya pasó por suficiente como para no perder tiempo en rodeos.

Cuando se levantó a irse ya eran casi las seis y media. La acompañé al portón. El sol estaba cayendo y el cielo sobre la finca tenía ese color naranja espeso que solo se ve en el Sinú.

—Gracias por el jugo —dijo.

—Cuando quiera volver, la puerta está abierta.

Me miró. Esta vez sí fue una sonrisa, pequeña, controlada, pero real.

—Lo sé —dijo, y se fue por la carretera destapada con las sandalias en la mano y los pies descalzos sobre la tierra.

---

Volvió el miércoles siguiente. Sola.

Eran las cuatro de la tarde cuando escuché el portón. La vi venir caminando desde la carretera, con una bolsa de tela en la mano y esa misma falda liviana de la primera vez.

—Vine a devolver el recipiente del jugo —dijo cuando llegó, levantando la bolsa.

El recipiente era un tarro plástico que no valía nada y los dos lo sabíamos.

—Pase —le dije.

Entró. Esta vez se sentó en el corredor de atrás, que da al potrero. Yo saqué dos cervezas sin preguntar y ella aceptó la suya sin comentar. El personal de la finca ya se había ido. Solo quedaba don Evaristo, el cuidandero, en su cuarto al fondo, probablemente dormido a esa hora como era su costumbre.

Hablamos de nuevo, pero diferente. Más cerca, más despacio. En algún momento ella se quitó las sandalias y puso los pies en el borde de la baranda del corredor, cruzando los tobillos. Yo los miraba sin disimulo y ella lo sabía y no los bajó.

—Usted me mira los pies seguido —dijo, sin acusación, con curiosidad.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me gustan. Los suyos especialmente.

Se quedó mirando sus propios pies un momento, como si los evaluara por primera vez.

—Están feos. De caminar tanto en este calor.

—No están feos.

Me levanté, me senté en el borde de la baranda frente a ella y le tomé un pie con las dos manos. No lo pensé mucho. Ella no lo retiró. Solo me miró con esa expresión que no era susto sino algo parecido a la curiosidad mezclada con otra cosa.

Le pasé el pulgar por la planta, despacio. Tenía la piel gruesa en el talón, suave en el arco, con los dedos bien formados y las uñas cortas sin pintar. Olían a tierra y a sudor seco y a esa crema barata que usan las mujeres del campo, y ese olor me llegó directo al estómago.

—Andrés —dijo, bajito.

—¿Quiere que pare?

No respondió. Eso era suficiente. Le pasé la lengua por el talón y ella contuvo el aire. Le besé el arco del pie, le metí el dedo gordo en la boca y lo chupé despacio, mirándola. Ella abrió los labios pero no dijo nada. Tenía la mano apretada sobre la baranda.

—Nadie me había hecho eso —dijo con la voz diferente.

—¿Le gusta?

Tardó en responder.

—Sí —dijo, casi en secreto, como si admitirlo le costara algo.

Le trabajé los dos pies así, lamiéndole entre los dedos, saboreando esa piel oscura y salada, mientras ella se recostaba despacio contra el espaldar de la silla con los ojos entrecerrados. Desde el fondo de la finca se escuchaba a don Evaristo toser en su cuarto. Eso nos devolvió a los dos a la realidad por un segundo.

—¿Está dormido? —preguntó ella, con la voz baja.

—Casi siempre a esta hora.

—¿Casi?

La miré.

—¿Quiere entrar adentro?

Pensó. Esa pausa me pareció eterna.

—Sí —dijo.

---

Entramos a la habitación del fondo, la que queda lejos del cuarto de don Evaristo. Cerré la puerta pero no con llave, porque el pestillo hacía ruido. Eso quedó flotando entre los dos como un detalle que ninguno mencionó pero que a los dos nos aceleró algo.

La habitación tenía una cama doble, un ventilador de pie y una ventana con la persiana a medio bajar. Por las rendijas entraba la última luz de la tarde y el sonido del campo: los pájaros, una vaca a lo lejos, el viento entre los árboles.

Nos quedamos parados frente a frente. Ella tenía las sandalias en la mano todavía. Se las quitó y las dejó en el piso con una calma que me gustó, ese gesto de quien decide sin hacer teatro.

Me acerqué y la besé. Sus labios eran gruesos y tibios y respondieron despacio al principio, como quien recuerda cómo se hace algo que lleva tiempo sin hacer. Le puse las manos en la cintura y la sentí tensa, no de miedo sino de contención, de años de guardarse.

Le desabotoné la blusa despacio. Debajo traía un brasier de algodón blanco, sencillo, de esos que no son para que los vean sino para usarlos. Eso me gustó más que cualquier encaje. Se lo desabroché por atrás y cuando cayó vi sus tetas: grandes, pesadas, con los pezones muy oscuros y anchos, el tipo de tetas que se forman con los años y la vida. Me las llevé a la boca y ella metió los dedos en mi pelo con una fuerza que me dijo que llevaba mucho tiempo sin que nadie la tocara así.

—Ay, Dios —murmuró, apretándome contra su pecho.

Le bajé la falda. Traía unos panties de algodón beige, pegados, y cuando le puse la mano entre las piernas por encima de la tela la sentí húmeda, caliente, empapada de una manera que me paró en seco.

—Lucía —le dije bajito.

—¿Qué —respondió, con la voz ronca.

—Está muy mojada.

Se le fue el color a la cara, o lo que se podía ver del color en esa piel oscura. Se le notó en los ojos.

—Es que hace mucho tiempo —dijo, sin terminar la frase.

No pregunté cuánto. Me arrodillé, le bajé los panties despacio. Lo que apareció me dejó quieto un momento: su sexo era oscuro, de labios llenos y carnosos, con un vello natural espeso y negro que lo cubría casi todo, ese vello que ya casi no se ve porque todo el mundo se depila, y que a mí me pareció lo más honesto y lo más excitante que había visto en mucho tiempo. El olor que subió desde ahí era intenso, espeso, dulce y ácido al mismo tiempo, cargado de deseo acumulado. Me quedé respirándolo con los ojos cerrados.

—¿Qué haces? —preguntó, mirándome desde arriba con algo de pena.

—Oliéndote. —La miré—. Hueles increíble.

—Eso es sucio, Andrés.

—No. Es usted.

La acosté en la cama. Le abrí las piernas con cuidado y le pasé la lengua por primera vez. Ella pegó un brinco, agarró la sábana con las dos manos.

—Espera —dijo.

Me detuve.

—¿Qué?

—Es que... —bajó la voz hasta casi nada— ...don Evaristo.

Los dos nos quedamos quietos, escuchando. Silencio. Solo el ventilador y los pájaros afuera.

—Está dormido —le dije.

—¿Y si se despierta?

—Entonces tenemos que ser callados.

Me miró. En sus ojos había miedo y adrenalina en proporciones iguales y esa mezcla le brillaba de una manera que no tenía precio.

—Bueno —dijo, en un susurro.

Bajé de nuevo. Esta vez más despacio, separando cada pliegue con la lengua, metiéndome entre ese vello espeso que olía a mujer real, sin perfumes ni depilaciones ni artificios. Le chupé el clítoris, que era grande y respondía a todo, y ella se tapó la boca con la mano para no hacer ruido. Ese gesto, esa mano apretada contra sus propios labios para callarse mientras yo la comía, me pareció lo más erótico que había visto en mucho tiempo.

Le metí dos dedos. Estaba tan húmeda que entraron sin ninguna resistencia, y adentro la sentí caliente y apretada y palpitante. La moví despacio mientras le chupaba, y ella empujaba las caderas hacia arriba, buscando más, controlándose para no gemir.

De afuera llegó un ruido. Una puerta.

Los dos nos congelamos.

Pasos en el corredor. Lentos, los pasos de don Evaristo yendo al baño como hacía todas las noches a esa hora. Se escuchó el agua correr. Luego los pasos de vuelta. La puerta de su cuarto cerrándose.

Silencio de nuevo.

Lucía tenía los ojos abiertos como platos, la mano todavía en la boca, los dedos míos todavía adentro de ella. Nos miramos. Y entonces pasó algo que no esperaba: se rió. Una risa chiquita, ahogada, de nervios y de adrenalina, tapándose la boca con las dos manos para que no se escuchara.

Yo también me reí, bajito, contra su muslo.

—Casi —susurró.

—Casi —confirme.

Eso nos relajó y nos calentó al mismo tiempo. Ella me jaló hacia arriba, me besó con más hambre que antes, como si el susto le hubiera quitado los últimos frenos.

—Mételo —me dijo al oído, tan bajito que casi no lo escuché—. Ya.

Me puse encima de ella. Entré despacio, sintiendo cómo se abría, cómo ese calor húmedo me recibía centímetro a centímetro. Ella arqueó la espalda y enterró la cara en mi cuello para no hacer ruido. La sentía apretada, densa, con esa consistencia que tiene la mujer que lleva tiempo sin abrirse para nadie.

—Ay —dijo contra mi cuello, casi sin voz.

Me moví despacio. No por romantismo sino por necesidad: cualquier movimiento brusco hacía crujir la cama y los dos lo sabíamos. Eso nos obligó a un ritmo lento, profundo, que resultó ser lo mejor que podría haber pasado. Cada embestida llegaba al fondo y ella la recibía con un temblor que le recorría todo el cuerpo.

Me apoyé en los antebrazos y la miré. Tenía los ojos cerrados, los labios apretados, una vena en el cuello que se marcaba con cada jadeo que se tragaba. Era hermosa de esa manera que no tiene nada que ver con la edad ni con la moda, sino con la vida acumulada en el cuerpo.

—Mírame —le dije, bajito.

Abrió los ojos. Me miró. Y algo en esa mirada directa, en esa mujer seria y contenida que ahora estaba completamente abierta debajo de mí, me terminó de enloquecer.

Le levanté las piernas sobre mis hombros y empujé más profundo. Ella volvió a taparse la boca, esta vez con la almohada. La cama crujió una vez y los dos nos detuvimos, escuchando. Nada.

Seguimos. Más rápido ahora, con más cuidado al mismo tiempo, esa combinación absurda y perfecta de querer más y tener que contenerse. Ella movía las caderas al ritmo mío, empujando hacia arriba, buscando el fondo con una necesidad que no tenía nada de timidez.

Bajé una mano y la toqué en el clítoris mientras me movía. Ella abrió la boca pero no salió ningún sonido. Solo el cuerpo entero tensándose, las piernas apretándome, los dedos clavándose en mi espalda.

Se vino así, en silencio absoluto, que es la forma más intensa de venirse. Solo un temblor largo y profundo, la espalda arqueada, los ojos cerrados con fuerza, y ese temblor transmitiéndose desde ella hasta mí.

Me vine poco después, hundido en su cuello, apretando sus caderas con las manos, derramándome adentro de ella con un jadeo que enterré en su pelo.

Quedamos quietos. El ventilador. Los pájaros. Don Evaristo roncando al fondo, suave, constante.

---

Nos quedamos en la cama un rato largo sin decir nada. Ella tenía una pierna sobre la mía y miraba el techo. Yo le acariciaba el pie que había quedado cerca de mi mano, ese pie oscuro y trabajado que había sido el principio de todo.

—Hace cuánto no —le pregunté, sin terminar.

—Dos años —dijo.

No dije nada más. Le besé el tobillo.

Después de un rato se sentó, buscó su ropa en silencio y se vistió con esa misma calma que tenía para todo. Yo me puse el pantalón y la acompañé al corredor. La noche ya había caído y el corregimiento estaba quieto. Las luces de las casas parpadeaban a lo lejos.

—¿Va a ir caminando? —le pregunté.

—Son diez minutos.

—La llevo.

—No. —Me miró—. Si me lleva van a hablar.

Tenía razón. La gente en los corregimientos no necesita mucho para armar una historia.

Se puso las sandalias en el corredor, agarró su bolsa de tela y se volteó a mirarme.

—Andrés.

—¿Qué.

—Gracias.

No por el sexo. Eso lo entendí de inmediato. Por los dos años. Por la calma. Por no haberle pedido explicaciones ni promesas.

—Cuando quiera volver —le dije—, la puerta está abierta.

Sonrió. La misma sonrisa pequeña y controlada de la primera tarde, pero esta vez con algo adentro que antes no tenía.

La vi alejarse por la carretera destapada, con las sandalias sonando suave sobre la tierra y el cuerpo entero moviéndose con esa dignidad tranquila que era completamente suya.

Don Evaristo tosió en su cuarto.

Me senté en el corredor con una cerveza fría y me quedé mirando la oscuridad de la finca, con el olor de Lucía todavía en las manos y la certeza de que el miércoles siguiente iba a necesitar comprar más hielo en la tienda del corregimiento...

Volvió el miércoles siguiente. Y el viernes. Y el miércoles después de ese.

No hubo conversación sobre lo que éramos ni lo que estábamos haciendo. Ella llegaba a las cuatro, a veces con alguna excusa y a veces sin ninguna, y yo tenía siempre algo frío en la nevera y la puerta sin seguro. Eso era suficiente para los dos.

Lo que me fue atrapando de Lucía no fue solo el cuerpo, aunque el cuerpo era una cosa aparte. Fue la forma en que existía. Cómo dejaba los zapatos en la entrada sin pensarlo, como si la finca fuera suya. Cómo se sentaba en el corredor con una cerveza y se quedaba mirando el potrero en silencio durante minutos enteros sin sentir la necesidad de llenar el aire con palabras. Cómo cuando hablaba lo hacía en serio, sin rodeos, sin ese hábito que tienen algunas personas de decir lo que creen que uno quiere escuchar.

Una tarde llegó con una bolsa de plástico.

—Traje patacones y suero —dijo, dejándola en la mesa de la cocina como si fuera lo más normal del mundo.

Comimos en el corredor viendo caer el sol. Ella descalza, con los pies sobre la baranda, yo en la silla de al lado. No había nada urgente ni ansioso en el ambiente. Solo ese silencio bueno que se forma entre dos personas que ya se conocen de una manera que no necesita explicación.

Cuando terminamos recogió los envases, los lavó en la poceta de la cocina, y yo me quedé mirándola desde la puerta. Tenía el pelo suelto esa tarde, algo que no le había visto antes. Le caía hasta los hombros, negro y liso, con algunas canas en las sienes que ella no disimulaba. Llevaba una falda verde oscura y una blusa sin mangas que le dejaba los brazos al aire, esos brazos morenos y firmes de mujer que ha trabajado toda la vida.

Se secó las manos con un trapo y me encontró mirándola.

—¿Qué —dijo, sin incomodarse.

—Nada. Que le queda bien el pelo suelto.

Se lo tocó sin querer, un gesto pequeño e involuntario que me dijo que no estaba acostumbrada a que le dijeran esas cosas.

—No me lo suelto casi —dijo, volteándose de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque uno no anda con el pelo suelto frente a los niños. Se ve poco serio.

Me acerqué por detrás. Le aparté el pelo del cuello y le puse los labios ahí, en esa curva donde el cuello se junta con el hombro. Ella soltó el trapo en la poceta y se quedó quieta, con las manos apoyadas en el borde.

—Andrés —dijo bajito.

—¿Qué.

—Don Evaristo está en el corral.

—Lo sé.

—¿Y?

—Y nada. El corral queda lejos.

Sentí cómo su respiración cambiaba. Le pasé los labios por la nuca, por detrás de la oreja, y mis manos fueron a su cintura, bajando despacio por las caderas. Ella inclinó la cabeza hacia un lado, dándome más cuello, y ese gesto silencioso de entrega me llegó más profundo que cualquier palabra.

Le subí la falda despacio, con las palmas sobre sus muslos, sintiendo la piel tibia y suave. Por debajo traía unos panties de algodón blanco, sencillos, y cuando le pasé los dedos por encima de la tela la sentí húmeda ya, como si llevara rato esperando esto sin decirlo.

—Siempre así de mojada cuando llega —le dije al oído.

Ella no respondió pero apretó los dedos contra el borde de la poceta.

Le bajé los panties hasta las rodillas. Su cuerpo desde atrás era una cosa seria: las caderas anchas, los glúteos llenos y firmes, esa espalda morena que se estrechaba en la cintura y luego se abría de nuevo. Le pasé las manos por todo eso despacio, aprendiendo de nuevo lo que ya conocía.

Me agaché y le separé las nalgas con cuidado. Su sexo desde atrás era carnoso y oscuro, brillante de humedad, con ese vello negro y espeso que a esta altura ya me parecía parte de ella tanto como su voz o su silencio. Me hundí ahí con la boca sin aviso y ella soltó un sonido corto, agudo, y se tapó la boca con la mano de inmediato.

La comí así, parado detrás de ella, con la cara enterrada entre sus piernas, saboreando ese olor denso y dulce que tenía su cuerpo en ese punto. Ella se doblaba hacia adelante sobre la poceta, temblando, mordiéndose el puño para no hacer ruido.

Desde el corral se escuchó la voz de don Evaristo hablándole a las vacas. Ese sonido lejano y cotidiano en medio de lo que estábamos haciendo era una cosa absurda y perfecta al mismo tiempo.

Ella me escuchó también. Se tensó.

—Está cerca —susurró.

—Está en el corral, Lucía. Relájese.

—Y si viene a buscar algo a la cocina.

—Entonces tenemos que terminar antes de que venga.

Un silencio. Luego, bajito:

—Entonces no pierdas tiempo.

Me levanté, me bajé el pantalón y entré en ella de una sola vez, despacio pero hasta el fondo. Ella dobló la espalda y hundió la cabeza entre los brazos, apoyada en la poceta, y el sonido que soltó fue tan pequeño y tan cargado que me recorrió la columna entera.

Desde ese ángulo la sentía diferente: más profunda, más apretada, con esa calidez densa que tenía adentro envolviéndome completo. Me quedé así un momento, sin moverme, solo sintiéndola.

—Muévete —dijo, sin levantar la cabeza.

Empecé a moverme. Despacio, con profundidad, sin golpear la poceta. Ella empujaba hacia atrás a cada embestida, buscándome, con ese ritmo silencioso que habíamos aprendido juntos en las semanas anteriores. Sus glúteos contra mis caderas hacían un sonido suave y húmedo que llenaba la cocina.

Le puse una mano en la cadera y con la otra le llegué por delante, buscándola entre las piernas. Cuando la encontré ella arqueó la espalda de golpe y se mordió el brazo.

—No hagas eso —susurró, desesperada.

—¿Por qué.

—Porque me va a hacer gritar.

—Entonces no grites.

—Andrés —dijo, mitad advertencia, mitad súplica.

La toqué de todas formas. Ella hundió la cara en el hueco del codo y el sonido que salió fue ahogado y largo y lleno de una necesidad que llevaba años guardada. Sus caderas perdieron el ritmo, moviéndose solas, buscando más presión, más profundidad, más todo.

La voz de don Evaristo volvió a escucharse. Más cerca esta vez. Hablando solo, como era su costumbre, comentándole a las gallinas o a las vacas algún asunto importante.

Lucía levantó la cabeza, escuchando, con los ojos abiertos.

—Ya viene —dijo.

—Todavía no.

—Andrés.

—Todavía. No.

Me moví más rápido. Ella volvió a hundir la cara, apretando los dientes, con el cuerpo entero temblando entre mis manos. Los pasos de don Evaristo sonaban en el patio exterior, acercándose al corredor.

Se vino exactamente en ese momento. Sin gritar, sin moverse demasiado, solo ese temblor profundo y silencioso que le recorría todo el cuerpo mientras yo seguía moviéndome adentro de ella, sintiéndola contraerse con una fuerza que me apretaba los dedos.

Me vine diez segundos después, hundido en ella, con la frente contra su espalda y los dientes apretados.

Los pasos de don Evaristo pasaron por el corredor. Se escuchó la nevera del cuarto de herramientas abriéndose y cerrándose. Luego los pasos alejándose de nuevo hacia el corral.

Quedamos quietos, los dos, respirando.

Lucía levantó la cabeza despacio. Se miró las manos apoyadas en la poceta. Luego soltó una risa chiquita, de esas que nacen del susto y del alivio mezclados.

—Nos iba a pescar —dijo.

—Pero no nos pescó.

Se volteó para mirarme. Tenía el pelo enredado, los labios hinchados de habérselos mordido, la blusa arrugada. Hermosa de esa manera desordenada que no se puede fingir.

Le acomodé un mechón de pelo detrás de la oreja, despacio. Ella me dejó, sin moverse.

—¿Sabes lo que me gusta de usted, Lucía?

—¿Qué.

—Que nunca pregunta cosas que no quiere saber la respuesta.

Me miró un momento. Luego apartó los ojos hacia la ventana de la cocina, hacia el patio donde las gallinas andaban tranquilas como si nada hubiera pasado.

—¿Y sabes lo que me gusta a mí de esto? —dijo, en voz baja.

—¿Qué.

—Que cuando estoy aquí no pienso en nada más. —Hizo una pausa—. Hace mucho tiempo que no me pasaba eso.

No respondí. Le puse la mano en la espalda, sobre la tela de la blusa, y la dejé ahí quieta. Ella no se alejó.

Afuera don Evaristo le habló a una vaca. La vaca no respondió. El sol caía sobre el patio y las gallinas andaban en sus asuntos y la finca entera seguía igual que siempre, sin saber nada de lo que acababa de pasar en la cocina.

Lucía se acomodó la ropa en silencio. Se recogió el pelo de nuevo, con esos movimientos rápidos y precisos de quien lleva años haciéndolo. Cuando terminó era otra vez la profesora del corregimiento, seria y ordenada, con toda la dignidad intacta.

Excepto por ese brillo en los ojos que no se le iba.

—Mañana tengo que calificar cuadernos —dijo, agarrando su bolsa.

—Claro.

—Pero el viernes no tengo nada.

Me miró de reojo, de pasada, sin detenerse.

—El viernes tengo jugo de corozo —le dije.

Sonrió. Esa sonrisa chiquita y controlada que a estas alturas me sabía de memoria y que seguía siendo, cada vez que aparecía, mejor que cualquier otra cosa.

Salió por el corredor. La vi cruzar el patio, saludar a don Evaristo con una inclinación de cabeza perfectamente normal, y perderse por el portón hacia la carretera destapada.

Don Evaristo se me acercó con una mata de hierba en la mano.

—Buena gente esa profesora —dijo, sin mirarme.

—Sí —dije yo—. Muy buena gente.

Asintió, satisfecho con eso, y siguió su camino hacia el corral.

Yo me quedé en el corredor con una cerveza tibia y el olor de Lucía todavía en las manos, mirando la carretera por donde ella había desaparecido, pensando que el viernes me iba a parecer muy lejos...

Llegó a las cuatro en punto, como siempre, pero diferente desde el primer paso. Traía el pelo suelto.

No dijo nada al respecto. Solo entró, dejó la bolsa en la silla, se quitó las sandalias en la entrada y me miró.

—¿Ese jugo de corozo existe o era un cuento?

—Existe.

—Entonces después.

Se acercó y me besó ella primero, algo que no había hecho antes. Sin rodeos, con las manos en mi cara, con esa boca gruesa y tibia que sabía exactamente lo que quería. La abracé por la cintura y la pegué contra mí y ella soltó un sonido bajito contra mis labios que me dijo que venía pensando en esto desde el miércoles.

La llevé al cuarto sin prisa. Esta vez no había don Evaristo. Le había dado el día libre desde la mañana, algo que Lucía no sabía todavía.

Se lo dije cuando cerré la puerta.

Me miró.

—¿Estamos solos?

—Completamente solos.

Procesó eso un segundo. Y entonces pasó algo que no había visto antes: se relajó de verdad. Los hombros, la mandíbula, esa tensión contenida que siempre cargaba y que yo ya ni notaba porque era parte de ella. Todo eso cedió de golpe.

—Bien —dijo, y se quitó la blusa ella sola.

Me senté en el borde de la cama a mirarla. Se desabrochó el brasier sin afán, dejando caer esas tetas grandes y pesadas con los pezones oscuros que se endurecieron apenas tocó el aire del ventilador. Se bajó la falda. Los panties de algodón blanco. Y se quedó parada frente a mí sin cubrirse, dejándome verla entera, con esa dignidad tranquila que tenía para todo.

—¿Qué miras tanto? —dijo.

—Todo.

Le tomé un pie, lo subí a mis rodillas y empecé a besarlo despacio, por el talón, por el arco, entre los dedos. Ella no se tapó la boca esta vez. Dejó salir el sonido completo, largo y ronco, con la cabeza echada hacia atrás y el pelo negro cayéndole por la espalda.

—Andrés —dijo, con una voz que no tenía nada de la profesora seria del corregimiento.

—¿Qué.

—Acuéstate.

Me acosté. Ella se montó encima con una seguridad que me dejó sin palabras, guiándome con la mano, abriéndose despacio sobre mí hasta que me tuvo adentro completo. Cerró los ojos. Soltó un gemido largo y limpio que llenó el cuarto entero y rebotó en las paredes y salió por la ventana hacia el patio vacío y a los dos nos importó absolutamente nada.

—Dios mío —murmuró, sin moverse todavía, solo sintiéndome adentro.

Empezó a moverse. Despacio al principio, con las manos en mi pecho, encontrando el ritmo, y luego más profundo, más seguido, con esas caderas anchas marcando un compás que me tenía agarrado de las sábanas. La miraba desde abajo y no podía decidir qué era mejor: si su cara con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, o sus tetas moviéndose con cada embestida, o esa cintura que le agarré con las dos manos para sentirla más.

Gemía sin controlarse. Gemidos reales, de los que salen del fondo, que subían de volumen cada vez que yo empujaba las caderas hacia arriba para encontrarla.

—Así —decía—. Así, no pares.

La volteé sin salirme. La puse de espaldas, le levanté las piernas sobre mis hombros y entré profundo. Ella gritó. No un grito de susto sino de esos que arranca el cuerpo cuando algo llega exactamente donde necesitaba llegar. Lo dejó salir completo, sin mano en la boca, sin almohada, sin ningún esfuerzo por callarse, y ese sonido en el cuarto vacío y silencioso de la finca fue la cosa más libre que había escuchado en mucho tiempo.

Le bajé los pies a mi cintura y me incliné sobre ella. Quedamos frente a frente, cerca, respirándonos.

—¿Sabe cuánto tiempo llevaba sin gritar? —me dijo, con los ojos brillantes.

—¿Cuánto.

—Mucho —dijo, y me jaló hacia abajo para besarme.

Me moví adentro de ella sin separarme del beso. Profundo y despacio, sintiéndola entera, ese calor denso que tenía adentro apretándome con cada movimiento. Ella me rodeó con las piernas, pegándome más, buscando más profundidad, más peso, más presencia.

Le besé el cuello, la clavícula, los pezones. Le pasé la lengua por cada uno y ella arqueó la espalda y me clavó las uñas y gimió mi nombre de una manera que me llegó directo al pecho.

Cuando se vino lo hizo con todo. Las piernas apretándome, las manos en mi espalda, la cabeza echada hacia atrás, un gemido largo que empezó alto y fue bajando mientras el cuerpo le temblaba debajo de mí en oleadas lentas y profundas.

Me vine con ella, adentro, con la frente contra su hombro y sus piernas todavía envolviéndome, sintiendo cómo nos encontrábamos en ese temblor compartido que duró más de lo normal y que cuando terminó nos dejó a los dos sin habla y sin fuerzas.

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Quedamos enredados un rato largo. Ella con la cabeza en mi pecho, yo con la mano en su pelo suelto. El ventilador. Los pájaros. La finca entera para nosotros solos.

—El jugo de corozo —dijo después de un rato.

—¿Qué.

—Que dijiste que había jugo de corozo.

Me reí.

—Ya te lo traigo.

—No te muevas todavía —dijo, apretando el brazo que le cruzaba la espalda.

No me moví. Nos quedamos así otro rato, sin decir nada, escuchando la tarde caer sobre la finca. Ella tenía un pie enredado en el mío y lo movía despacio, distraída, sin darse cuenta.

Afuera el sol empezaba a bajar y el cielo sobre el Sinú se ponía de ese color naranja espeso que solo existe aquí. Por la ventana entraba un aire tibio que olía a tierra mojada y a pasto y a esa cosa indefinible que huele el campo al final del día.

Lucía levantó la cabeza y me miró.

—Andrés.

—¿Qué.

—Nada —dijo—. Solo quería decir tu nombre así, sin que hubiera nadie escuchando.

No supe qué responder. Le aparté un mechón de pelo de la cara y ella cerró los ojos un momento, como quien recibe algo que llevaba tiempo sin recibir.

—El jugo de corozo —repitió, más bajito.

—Ya voy —dije, sin moverme.

Y no me moví en un buen rato más...

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