Era un sábado a la tarde y yo estaba completamente al pedo en casa. Agus se había ido a entrenar y yo me había quedado tirado en el sillón del living, boludeando con el celular. Empecé a pasar videos porno, uno tras otro, buscando algo que me picara fuerte. En un momento saltó un video de footjob y fetiche con botas que me voló la cabeza: la mina aplastaba y frotaba la verga del tipo con el cuero brillante de una bota alta, usándolo como un juguete.
La sangre me bajó de golpe a la entrepierna. Ya no podía concentrarme en la pantalla; la imagen mental de Agus con sus botas de salir se me apoderó del cerebro.
Me levanté del sillón con la verga latiéndome adentro del pantalón y me fui directo al vestidor. Fui al fondo del placard, donde ella guarda sus botas de cuero. Busqué sus botas negras de caña alta, de cuero rígido, bien brillante y con esos tacos aguja letales.
Las saqué con cuidado. El olor a cuero fino y a su propio perfume impregnado en la caña me hizo perder el control. Me saqué el pantalón, me tiré de espaldas en la alfombra del vestidor y me puse una de sus botas entre los muslos. Empecé a pasarme el cuero por la cabeza de la pija, frotándome con desesperación mientras olía el interior de la otra caña.
Estaba tan metido en mi viaje, con los ojos cerrados, la respiración cortada y la pija empapada de líquido preseminal frotándose contra el cuero, que no escuché que la puerta de casa se abría.
—¿Se puede saber qué carajo hacés con mis botas, Fede? —resonó su voz desde el marco de la puerta, seca, firme y cortando el aire como un látigo.
Abrí los ojos de golpe, helado. Agus estaba parada ahí, con la ropa del gimnasio todavía puesta: una calza ajustada que le marcaba el lomo, las zapatillas y los brazos cruzados. Tenía esa sonrisa de medio lado, dominadora, disfrutando el estado de shock en el que me había atrapado.
Traté de balbucear una excusa y de taparme con la mano, pero Agus dio dos pasos hacia adelante con una autoridad que me congeló contra la alfombra.
—Ni se te ocurra moverte ni taparte —me ordenó, señalándome con el dedo—. Miren al pervertido... Te dejé solo dos horas y te encuentro tirado en el piso pajeandote con mis botas! Sos insaciable.
Se acercó despacio. Se desató las zapatillas deportivas, las tiró a un costado y, sin sacarse la calza del gimnasio, agarró el par de botas de cuero negro de caña alta que yo tenía en la mano. Se las puso ahí mismo, subiendo los cierres lentamente. El sonido del cierre recorriendo su pantorrilla sonó a sentencia.
Se paró directamente sobre mí. La altura que le daban los tacos aguja la hacía ver imponente desde mi posición en el suelo. Me miró desde arriba, le echó un vistazo a mi pija que seguía parada y dura por la vergüenza y el morbo, y me tiró con una voz perversa:
—Ya que estabas tan apurado por sentir mi cuero, te vas a quedar ahí quietito. Hoy la paja no te la hacés vos... te la hago yo con la bota.
El contraste era brutal: yo tirado en la alfombra del vestidor, desnudo de la cintura para abajo, y ella parada imponente sobre mi, con la calza deportiva marcándole el muslo tenso de gimnasio y rematada en esas dos torres de cuero negro resplandeciente. El olor a cuero nuevo, fino mezclado con el vapor de su sudor del entrenamiento inundó la pieza, pegándoseme en la garganta.
Agus no se apuró. Sabiendo el poder que tenía sobre mi cabeza, apoyó primero la punta del taco aguja al lado de mi testículo derecho, sintiendo cómo yo contenía el aliento para no moverme un solo milímetro.
—Mirá cómo tiembla esta pija... —dijo en un susurro bajo, casi para ella misma, paseando la mirada desde mis ojos desencajados hasta la punta de mi verga, que chorreaba una gota transparente de líquido preseminal.
Lentamente, deslizó el taco hacia arriba y usó el talón de la bota para empujar mi miembro contra el pubis. Luego, acomodó la caña de cuero negro directamente sobre mi pija. El cuero estaba helado, suave y completamente rígido.
Con un movimiento calculado de la pierna, empezó a hacer rodar el lateral de la bota sobre la carne caliente de mi verga. El roce del cuero firme contra la piel sensible producía un sonido seco y rasposo: shhhk, shhhk, shhhk. Cada pasada arrastraba el líquido preseminal sobre la superficie lisa de la bota, creando un surco brillante y viscoso que se esparcía por el cuero negro.
—Apretá los dientes y no te toques, Fede. Si rozás con un dedo te la saco y te dejo con la calentura atrancada hasta mañana —me advirtió, clavándome esa mirada de ojos claros que me congelaba el pecho.
Aumentó la presión. Apoyó el peso de su pierna derecha sobre mi verga, atrapándola entre la dureza de la alfombra y la rigidez de la caña. Sentí cómo la masa de cuero me aplastaba la pija contra el vientre, exprimiéndome los jugos. Agus empezó a mover el pie hacia adelante y hacia atrás con un ritmo cansino, usando la costura lateral de la bota —donde el cuero se vuelve más duro y rugoso— para rasparme directamente el frenillo y la corona del glande.
—¡Uff, Agus... la puta madre, me vas a hacer saltar la leche así! —grité en un gemido ahogado, arqueando la espalda mientras mis manos se aferraban con desesperación a los bordes de la alfombra.
—Callate y disfrutá del cuero que fuiste a buscar, pervertido —me interrumpió con frialdad, disfrutando el sonido del raspado—. Mirá cómo la tenés de roja... Te encanta que te pise con la bota, ¿no?
Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las dos manos en sus muslos para volcar más peso sobre el pie que me aplastaba. El cierre de metal de la bota, helado y filoso, me rozó la base de los testículos, sacándome un chispazo de electricidad por toda la columna.
Para aumentar el morbo, Agus levantó un poco la otra pierna y acomodó las dos botas en pinza: enganchó mi verga entre las dos cañas de cuero negro, aprisionándola en un sándwich de cuero rígido. Empezó a frotar ambos pies en sentidos opuestos, masajeándome la pija con el cuero de los dos lados mientras el olor y la fricción del material me volaban la cabeza.
La verga me latía descontrolada, a punto de reventar. La cabeza se me ponía violeta de la sangre acumulada y cada movimiento de sus piernas me estiraba la piel del pene hasta el límite.
Me quedé congelado bajo la planta de su bota, con la cabeza del pene aplastada contra mi propio vientre y la pija latiéndome a mil por hora, al borde mismo de la explosión. Levanté la mirada como pude, respirando agitado, sintiendo el peso de su cuerpo afirmado sobre las dos columnas de cuero negro.
—Por favor, Agus... dejame acabar, no doy más —le supliqué con la voz quebrada por el trance—. Dejame llenarte la bota...
Agus me sostuvo la mirada unos segundos en silencio. Le gustaba saborear ese momento en el que me tenía completamente rendido a sus pies. Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en sus muslos para mirarme bien de cerca desde arriba, con un brillo perverso en los ojos y una sonrisa lenta, dominadora, que me heló la sangre.
—Vas a acabar, sí... pero escuchame bien, Fede —me dijo con una voz baja, pausada y filosa, que me retumbó directo en el pecho—. Te vas a venir sobre el cuero y después me la vas a limpiar toda con la lengua, hasta que la bota quede impecable. Y andá acostumbrándote al gusto... porque la próxima vez, la leche que me vas a tener que limpiar de las botas no va a ser la tuya, va a ser la de otro.
Esa sola frase fue un latigazo mental implacable. La imagen de Agus llegando de la calle con las botas salpicadas por otro hombre y obligándome a arrodillarme a limpiárselas me destruyó la última barrera de control. La cabeza me explotó en mil pedazos.
—¡Aaaah, la puta madre, Agus! —grité fuera de mí, clavando los dedos en la alfombra mientras los abdominales se me contraían en un espasmo violento.
La primera descarga salió disparada con una fuerza brutal, pegando de lleno contra el cuero negro brillante de su bota derecha. Agus ni se inmutó: mantuvo la pierna firme, viéndome colapsar mientras el segundo y el tercer chorro de leche caliente desparramaban un rastro espeso y blanco que chorreaba por la superficie de la caña.
Me quedé jadeando, destruido en el piso, con la pija temblando de puro agotamiento y la mente en blanco.
Agus levantó despacio el pie manchado, apreciando cómo la leche resbalaba sobre el negro impecable del cuero. Luego, apoyó la punta del taco aguja suavemente sobre mi mentón, obligándome a levantar la cabeza para mirarla.
—Hermoso... —susurró con una frialdad que me encendió por dentro—. Ahora empezá a limpiar, pervertido. Y andá preparándote, porque este es solo el entrenamiento para cuando te traiga a alguien a casa.
Se quedó parada sobre mí, esperando firme mientras yo bajaba la cabeza hacia el cuero, sabiendo que la puerta a una nueva fantasía acababa de abrirse para siempre.
La sangre me bajó de golpe a la entrepierna. Ya no podía concentrarme en la pantalla; la imagen mental de Agus con sus botas de salir se me apoderó del cerebro.
Me levanté del sillón con la verga latiéndome adentro del pantalón y me fui directo al vestidor. Fui al fondo del placard, donde ella guarda sus botas de cuero. Busqué sus botas negras de caña alta, de cuero rígido, bien brillante y con esos tacos aguja letales.
Las saqué con cuidado. El olor a cuero fino y a su propio perfume impregnado en la caña me hizo perder el control. Me saqué el pantalón, me tiré de espaldas en la alfombra del vestidor y me puse una de sus botas entre los muslos. Empecé a pasarme el cuero por la cabeza de la pija, frotándome con desesperación mientras olía el interior de la otra caña.
Estaba tan metido en mi viaje, con los ojos cerrados, la respiración cortada y la pija empapada de líquido preseminal frotándose contra el cuero, que no escuché que la puerta de casa se abría.
—¿Se puede saber qué carajo hacés con mis botas, Fede? —resonó su voz desde el marco de la puerta, seca, firme y cortando el aire como un látigo.
Abrí los ojos de golpe, helado. Agus estaba parada ahí, con la ropa del gimnasio todavía puesta: una calza ajustada que le marcaba el lomo, las zapatillas y los brazos cruzados. Tenía esa sonrisa de medio lado, dominadora, disfrutando el estado de shock en el que me había atrapado.
Traté de balbucear una excusa y de taparme con la mano, pero Agus dio dos pasos hacia adelante con una autoridad que me congeló contra la alfombra.
—Ni se te ocurra moverte ni taparte —me ordenó, señalándome con el dedo—. Miren al pervertido... Te dejé solo dos horas y te encuentro tirado en el piso pajeandote con mis botas! Sos insaciable.
Se acercó despacio. Se desató las zapatillas deportivas, las tiró a un costado y, sin sacarse la calza del gimnasio, agarró el par de botas de cuero negro de caña alta que yo tenía en la mano. Se las puso ahí mismo, subiendo los cierres lentamente. El sonido del cierre recorriendo su pantorrilla sonó a sentencia.
Se paró directamente sobre mí. La altura que le daban los tacos aguja la hacía ver imponente desde mi posición en el suelo. Me miró desde arriba, le echó un vistazo a mi pija que seguía parada y dura por la vergüenza y el morbo, y me tiró con una voz perversa:
—Ya que estabas tan apurado por sentir mi cuero, te vas a quedar ahí quietito. Hoy la paja no te la hacés vos... te la hago yo con la bota.
El contraste era brutal: yo tirado en la alfombra del vestidor, desnudo de la cintura para abajo, y ella parada imponente sobre mi, con la calza deportiva marcándole el muslo tenso de gimnasio y rematada en esas dos torres de cuero negro resplandeciente. El olor a cuero nuevo, fino mezclado con el vapor de su sudor del entrenamiento inundó la pieza, pegándoseme en la garganta.
Agus no se apuró. Sabiendo el poder que tenía sobre mi cabeza, apoyó primero la punta del taco aguja al lado de mi testículo derecho, sintiendo cómo yo contenía el aliento para no moverme un solo milímetro.
—Mirá cómo tiembla esta pija... —dijo en un susurro bajo, casi para ella misma, paseando la mirada desde mis ojos desencajados hasta la punta de mi verga, que chorreaba una gota transparente de líquido preseminal.
Lentamente, deslizó el taco hacia arriba y usó el talón de la bota para empujar mi miembro contra el pubis. Luego, acomodó la caña de cuero negro directamente sobre mi pija. El cuero estaba helado, suave y completamente rígido.
Con un movimiento calculado de la pierna, empezó a hacer rodar el lateral de la bota sobre la carne caliente de mi verga. El roce del cuero firme contra la piel sensible producía un sonido seco y rasposo: shhhk, shhhk, shhhk. Cada pasada arrastraba el líquido preseminal sobre la superficie lisa de la bota, creando un surco brillante y viscoso que se esparcía por el cuero negro.
—Apretá los dientes y no te toques, Fede. Si rozás con un dedo te la saco y te dejo con la calentura atrancada hasta mañana —me advirtió, clavándome esa mirada de ojos claros que me congelaba el pecho.
Aumentó la presión. Apoyó el peso de su pierna derecha sobre mi verga, atrapándola entre la dureza de la alfombra y la rigidez de la caña. Sentí cómo la masa de cuero me aplastaba la pija contra el vientre, exprimiéndome los jugos. Agus empezó a mover el pie hacia adelante y hacia atrás con un ritmo cansino, usando la costura lateral de la bota —donde el cuero se vuelve más duro y rugoso— para rasparme directamente el frenillo y la corona del glande.
—¡Uff, Agus... la puta madre, me vas a hacer saltar la leche así! —grité en un gemido ahogado, arqueando la espalda mientras mis manos se aferraban con desesperación a los bordes de la alfombra.
—Callate y disfrutá del cuero que fuiste a buscar, pervertido —me interrumpió con frialdad, disfrutando el sonido del raspado—. Mirá cómo la tenés de roja... Te encanta que te pise con la bota, ¿no?
Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las dos manos en sus muslos para volcar más peso sobre el pie que me aplastaba. El cierre de metal de la bota, helado y filoso, me rozó la base de los testículos, sacándome un chispazo de electricidad por toda la columna.
Para aumentar el morbo, Agus levantó un poco la otra pierna y acomodó las dos botas en pinza: enganchó mi verga entre las dos cañas de cuero negro, aprisionándola en un sándwich de cuero rígido. Empezó a frotar ambos pies en sentidos opuestos, masajeándome la pija con el cuero de los dos lados mientras el olor y la fricción del material me volaban la cabeza.
La verga me latía descontrolada, a punto de reventar. La cabeza se me ponía violeta de la sangre acumulada y cada movimiento de sus piernas me estiraba la piel del pene hasta el límite.
Me quedé congelado bajo la planta de su bota, con la cabeza del pene aplastada contra mi propio vientre y la pija latiéndome a mil por hora, al borde mismo de la explosión. Levanté la mirada como pude, respirando agitado, sintiendo el peso de su cuerpo afirmado sobre las dos columnas de cuero negro.
—Por favor, Agus... dejame acabar, no doy más —le supliqué con la voz quebrada por el trance—. Dejame llenarte la bota...
Agus me sostuvo la mirada unos segundos en silencio. Le gustaba saborear ese momento en el que me tenía completamente rendido a sus pies. Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos en sus muslos para mirarme bien de cerca desde arriba, con un brillo perverso en los ojos y una sonrisa lenta, dominadora, que me heló la sangre.
—Vas a acabar, sí... pero escuchame bien, Fede —me dijo con una voz baja, pausada y filosa, que me retumbó directo en el pecho—. Te vas a venir sobre el cuero y después me la vas a limpiar toda con la lengua, hasta que la bota quede impecable. Y andá acostumbrándote al gusto... porque la próxima vez, la leche que me vas a tener que limpiar de las botas no va a ser la tuya, va a ser la de otro.
Esa sola frase fue un latigazo mental implacable. La imagen de Agus llegando de la calle con las botas salpicadas por otro hombre y obligándome a arrodillarme a limpiárselas me destruyó la última barrera de control. La cabeza me explotó en mil pedazos.
—¡Aaaah, la puta madre, Agus! —grité fuera de mí, clavando los dedos en la alfombra mientras los abdominales se me contraían en un espasmo violento.
La primera descarga salió disparada con una fuerza brutal, pegando de lleno contra el cuero negro brillante de su bota derecha. Agus ni se inmutó: mantuvo la pierna firme, viéndome colapsar mientras el segundo y el tercer chorro de leche caliente desparramaban un rastro espeso y blanco que chorreaba por la superficie de la caña.
Me quedé jadeando, destruido en el piso, con la pija temblando de puro agotamiento y la mente en blanco.
Agus levantó despacio el pie manchado, apreciando cómo la leche resbalaba sobre el negro impecable del cuero. Luego, apoyó la punta del taco aguja suavemente sobre mi mentón, obligándome a levantar la cabeza para mirarla.
—Hermoso... —susurró con una frialdad que me encendió por dentro—. Ahora empezá a limpiar, pervertido. Y andá preparándote, porque este es solo el entrenamiento para cuando te traiga a alguien a casa.
Se quedó parada sobre mí, esperando firme mientras yo bajaba la cabeza hacia el cuero, sabiendo que la puerta a una nueva fantasía acababa de abrirse para siempre.
1 comentarios - La promesa sobre el cuero de las botas