⚠️ Aviso / Disclaimer
Esta obra es completamente ficticia y ha sido creada únicamente con fines narrativos y de entretenimiento.
Todos los personajes que aparecen o son mencionados en esta historia son personajes ficticios y mayores de 18 años, independientemente de cualquier descripción, contexto o situación presentada durante el relato.
Los nombres, personajes, lugares, acontecimientos y situaciones descritos son producto de la ficción. Cualquier parecido o coincidencia con personas reales, vivas o fallecidas, o con acontecimientos reales es pura casualidad y no intencionado.
Las opiniones, comportamientos y acciones de los personajes forman parte exclusivamente de la ficción y no representan necesariamente las opiniones, valores o experiencias de la autora.
Esta obra puede contener temáticas para público adulto, lenguaje explícito o situaciones sensibles, por lo que está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Las imágenes o elementos visuales que acompañen al relato tienen una finalidad exclusivamente ilustrativa y forman parte de la representación ficticia de la obra.
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CAPITULO 2
La miré. Ella me miró. El mar siguió moviéndose a nuestro alrededor como si no hubiera oído nada.
**Yo** —reí, o algo parecido a una risa, un sonido áspero y seco que salió de la garganta como un eructo—. Joder, bueno, pues mea, hija. Yo que te voy a decir.
**Lucía** —asintió, pero no se movió. Se quedó mirando la punta del barco, luego el mar, luego sus propias manos como si ninguna de esas cosas fuera de utilidad—. Gracias.
Un silencio. El tipo de silencio que se instala entre dos personas que comparten un espacio demasiado pequeño y un problema demasiado embarazoso.
**Lucía** —Dijo después, con los ojos todavía en la proa—. ¿Pero cómo coño se mea en un barco?
La pregunta me pilló desprevenido. No por lagunta en sí, sino por lo evidente que era que nunca había tenido que pensarlo. Yo tampoco. No con una chica de dieciocho años inclinándose sobre el borde de un casco que se mecía con cada ola. Miré el mar, miré la caja, miré cualquier cosa que no fuera su cara.
**Yo** —No tengo ni idea —dije, y era verdad. Había reparado motores, había construido muros, había levantado techos con mis propias manos, pero esto estaba fuera de mi experiencia—. Ponte como tengas que ponerte y mea en la punta del barco.
**Lucía** —Se encogió de hombros, pero había algo en su postura que no coincidía con el gesto—. Para un hombre es muy fácil, ¿no? Simplemente sacas la chorra y apuntas para fuera.
La palabra chorra. Dichada con esa naturalidad vulgar que tienen las chicas de su edad cuando quieren demostrar que no tienen vergüenza de nada. No sé por qué me afectó. No fue el vocabulario, ni el tema, ni siquiera la situation en sí. Fue algo en la forma en que lo dijo, esa mezcla de descaro y vulnerabilidad disfrazada de normalidad, como si estuviera probando hasta dónde podía llegar antes de que algo dentro de mí se rompiera. Ignoré la sensación. La metí en algún cajón mental junto a todo lo demás que no sabía gestionar.
**Lucía** —Se puso de pie tambaleándose, agarrándose al toldo roto para no caerse—. Madre mía, esto es una situación mierda. Estamos perdidos, he perdido el teléfono, no hay comida, no hay agua limpia, y ahora resulta que tengo que aprender a mear en un estúpido barco que no para de moverse.
Se fue caminando hacia la proa con los puños cerrados, dando pasos cortos y equilibrándose con los brazos abiertos como un funambulista borracho. El casco se inclinó hacia la izquierda justo cuando ella daba un paso, y tuve que contenerme para no levantarme. Pero se agarró al borde a tiempo. Se quedó ahí, de pie, mirando el agua con una expresión que mezclaba dignidad herida con la pura desesperación de alguien que no tiene otra opción. El viento le movió la camisa mía que le quedaba como una tienda de campaña, y por un segundo vi la silueta delgada contra el horizonte gris, una figura diminuta luchando contra algo mucho más grande que ella. Me giré. Le di espacio. Porque eso era lo que hacía yo mejor: mirar hacia otro lado cuando las cosas se ponían demasiado cerca.
**Lucía** —dijo desde la proa, sin girarse—. Puedes sentarte y mirar para atrás? No quiero que mi padre me vea mear, gracias.
**Yo** —respondí al instante, levantando las manos como si me estuvieran señalando con un arma—. Por supuesto.
Me senté en la cubierta trasera, la espalda contra el asiento del piloto, los ojos fijos en el horizonte opuesto donde el mar se confundía con el cielo en una línea gris que no terminaba nunca. Escuché los sonidos detrás de mí: el roce de la tela contra la piel, el pullido delástico, el chapoteo suave de unos pantalones cayendo hasta los tobillos. Lucía esperó. No sé cuántos segundos, tal vez diez, comprobando que miraba en la dirección correcta y no había trampa posible en mis ojos. Después escuché cómo se agarraba a la barandilla de seguridad con ambas manos, el crujido del metal viejo bajo sus dedos, y un suspiro largo y profundo que el viento se llevó antes de que llegara a mí.
Yo no me moví. Mis ojos estaban clavados en el horizonte con la determinación de alguien que ha decidido que lo que hay detrás de él no existe. Pero el oído es un traidor. Escuché el chapoteo del agua contra el casco, el viento siseando entre los hierros, y después otro sonido más bajo, más íntimo, que se mezcló con el ruido del mar como si fuera parte de él. Lucía se quejó en voz baja, un gruñido frustrado que subió por la garganta y se quedó atorado.
**Lucía** —murmuró, y su voz llegó desde muy lejos, desde otro planeta—. No sale... el maldito barco no para de moverse y no puedo... joder.
No dije nada. ¿Qué se le dice a una hija que está intentando orinar en la proa de un barco a la deriva? ¿Hay un protocolo para esto? ¿Una guía del padre superviviente que no encontré en ninguna parte? Me quedé mirando el mar y contuve la respiración, esperando. Después escuché un alivio contenido, un sonido que se disolvió en las olas, y el cuerpo de Lucía relajándose contra la barandilla con un suspiro que era más alivio que vergüenza. Sentí un nudo extraño en la garganta. No de asco, no de incomodidad, sino de algo que no supe nombrar: la sensación de estar siendo testigo de algo que un padre no debería presenciar pero que la circunstancia había convertido en lo más normal del mundo. El mar no tiene etiqueta. El hambre no tiene etiqueta. Y el cuerpo, cuando se le exige que sobreviva, tampoco.
Fue entonces cuando mi mirada, buscando algo que no fuera el horizonte infinito, cayó por accidente sobre la superficie metálica del panel de instrumentos. Estaba mojada, cubierta de gotas de lluvia que habían caído horas antes, y esas gotas habían creado una superficie imperfecta pero reflectante. No quería mirar. Lo juro ante todo lo que soy, no quería mirar. Pero los ojos tienen su propia voluntad, y el ángulo era el que era, y en esa superficie

distorsionada, borrosa, cubierta de sal y óxido, vi algo que no debía haber visto. Una silueta delgada, las nalgas pequeñas y pálidas al aire, la camisa subida hasta la cintura, los pantalones y el bañador caídos a los tobillos, agarrada a la barandilla como si la barandilla fuera lo único que la conectaba a la realidad. La imagen era imperfecta, fragmentada por las gotas y el óxido, pero era suficiente. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro: un tirón en el estómago, un calor involuntario que me subió por el pecho y me golpeó en la nuca con la fuerza de un puñetazo. Giré la cabeza con violencia hacia el mar. Los nudillos se me pusieron blancos sobre mis rodillas. Cerré los ojos tan fuerte que vi estrellas negras detrás de los párpados.
Pensé en su madre. En la mujer que me dejó hace seis años, no con la muerte sino con la enfermedad que la fue borrando poco a poco hasta que no quedaba nada que reconocer. Pensé en esas manos que ya no existían, en esa voz que ya no existía, en la única mujer que había compartido mi cama sin que me pudiera destrozar por dentro. Y luego pensé en Lucía, mi hija, la persona que juré proteger, y sentí algo se rompiendo dentro de mí no como un hueso sino como una línea que nunca debí cruzar. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Conté hasta diez. Después hasta veinte. Después hasta cien. El mar continuó su movimiento indiferente a mi tormento, y detrás de mí escuché a Lucía remangándose la camisa y subiéndose los pantalones con un tironcito seco, ajena por completo al terremoto que acababa de ocurrir dentro de mi cabeza.
Volví hacia ella con la toalla extendida. Lucía estaba de pie en la proa, con la camisa pegada a los muslos y las piernas brillando bajo el sol. Se había empapado con su propio pis por culpa del viento que soplaba justo en la dirección equivocada.
**Lucía** —dijo, arrugando la nariz con una expresión de asco puro—. ¡Puto asco de todo! ¡El puto viento me ha mojado las piernas con mi propio pis! ¡Esto es lo peor que me ha pasado en la vida!
Le alcancé la toalla sin commentar. Agarró la tela y se secó los muslos con agresividad, frotando como si pudiera borrar la experiencia de la piel.
Las horas se arrastraron después de eso. No había nada que hacer. El barco seguía a la deriva, el sol subía y bajaba sin prisa, y nosotros dos éramos exactamente lo que éramos: dos personas perdidas en medio del mar sin ningún plan. Me tumbé en la cubierta con la nuca apoyada en la caja estanca y empecé a hablar. No porque tuviera ganas, sino porque el silencio era peor. Le conté cosas de cuando era joven. De cómo aprendí a soldar a los catorce años porque mi padre me puso una antorcha en la mano y me dijo que si no aprendía me moriría de hambre. De cómo una vez arreglé un motor entero solo con un destornillador y una lata de aceite porque no tenía dinero para comprar piezas nuevas. De cómo conocí a su madre en una obra, ella pasando con una cesta de mimbre y yo con las manos llenas de cemento.
Lucía escuchaba sin comentar, tumbada a mi lado con los ojos en el cielo. No le importaban mis historias. Lo sabía. Pero seguía hablando porque el sonido de mi voz llenaba el espacio que el miedo iba dejando. A veces ella decía algo, un "vaya" corto o un suspiro, y yo seguía. Era como lanzar piedras al agua y ver si alguna salta dos veces.
Fue entonces cuando lo sentí. Una presión baja en el vientre, la molestia familiar de una vejiga que lleva demasiado tiempo llena. Me giré hacia Lucía.
**Yo** —También tengo que mear —dije, intentando que sonara casual.
**Lucía** —Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Y?
**Yo** —Espero a que vayas tú. Que te vayas al mismo sitio donde estabas antes.
Ella se incorporó con un gruñido, recogiendo la camisa y dirigiéndose a la proa con los pasos cansados de alguien que hace demasiado tiempo que está encerrada en un espacio demasiado pequeño con una persona demasiado cercana. La vi agarrarse a la barandilla, inclinarse, y entonces algo enfermo y profundo se movió dentro de mí. La pregunta apareció sin permiso, reptando desde algún rincón oscuro de mi cerebro que no quería reconocer: ¿me estará mirando? ¿Estará usando el reflejo del panel, esa superficie metálica cubierta de sal y óxido, para verme como yo pude verla a ella? ¿Estará curioseando como cualquier chica de dieciocho años curiosearía, con esa mezcla de morbo y descaro que no distingue entre lo permitido y lo prohibido? Me senté despacio, girando la cabeza hacia el mar, pero mi reflejo en la superficie del panel estaba ahí, borroso, involuntario, y no pude evitar preguntarme si ella tenía la misma tentación que yo tuve: mirar por accidente, o fingir que es un accidente cuando en realidad es una decisión. Me odié por el pensamiento. Me odié con una intensidad que casi me hizo enroscar los dedos en el metal hasta sangrar. Porque si ella lo hacía, si ella me miraba a través de ese reflejo imperfecto, yo no tenía derecho a juzgarla. Yo fui el primero en cruzar esa línea, aunque fuera sin querer. Y ahora la frontera entre padre e hija se había vuelto porosa, transparente, como el agua que nos rodeaba por todos lados sin ningún sentido de dirección ni propósito.
Me incliné hacia la proa y oriné en la dirección del viento, como siempre había hecho. Esas cosas las sabes cuando has pasado años en la mar: el viento te devolverá lo que le des si apuntas mal. Un hombre viejo tiene sus trucos, aunque la vida le haya quitado casi todo lo demás. Lucía se quedó en la popa, sentada con las piernas cruzadas, mirando el mar sin verlo. No dijo nada. Yo tampoco. Regresé a mi sitio y me senté, y el silencio se instaló entre nosotros como un mueble que ya estaba ahí antes de que entráramos.
Las horas pasaron sin que yo pudiera distinguir una de otra. El sol subía y bajaba, las olas seguían su ritmo monótono, y yo me quedé tumbado en la cubierta con los ojos en el cielo, pensando en cosas que no debería pensar. Porque cuando no hay nada que hacer, cuando el cuerpo está quieto y la mente no tiene a dónde ir, los pensamientos se van a los lugares que más temes. Yo sabía que Lucía estaba ahí, a tres metros de mí, con su camisa y sus piernas delgadas y su cara de dieciocho años que se parece cada vez más a la de su madre. Y sabía que si moríamos ahí, si el mar nos tragaba y no quedaba nada de nosotros, la última cosa que habría entre nosotros dos no sería el cariño de un padre ni la gratitud de una hija. Sería algo más oscuro, más confuso, algo que no tiene nombre porque ningún padre debería sentirlo. Fantasías que nacían del miedo y la soledad y la cercanía excesiva de dos cuerpos demasiado cerca durante demasiado tiempo. Las aparté con fuerza. Las metí en un cajón mental que cada vez tenía menos cerrojo. Pero seguían ahí, moviéndose dentro del cajón como animales nocturnos buscando una salida.
No hablé. Lucía tampoco. Pasamos horas así, como dos perros echados en el suelo de una casa abandonada, esperando que alguien abriera la puerta. Yo miraba el cielo y ella miraba el mar, y entre los dos había un abismo que no era de distancia sino de cosas no dichas. A veces sentía sus ojos en mi espalda, breves, curiosos, y me preguntaba si ella también estaba lidiando con algo similar, con pensamientos que no debería tener, con imágenes que el reflejo del panel metálico había plantado en algún lugar de su cerebro del que no podían ser arrancadas. Pero no pregunté. Nunca pregunté. Eso era lo que mejor sabía hacer: no preguntar.
Fue Lucía quien la vio primero. Se puso de pie de un salto, tan rápido que el barco se balanceó, y señaló hacia el este con el brazo extendido y la mano temblando. No dije nada. Me incorporé y seguí la dirección de su dedo. Al principio no vi nada. Solo más mar, más cielo, más de la misma línea gris que nos había estado torturando durante lo que parecían semanas. Pero entonces algo cambió. Una irregularidad en el horizonte. Un tono ligeramente más oscuro que no correspondía con una nube ni con una ola. Una mancha que no se movía con el ritmo del agua, sino que se quedaba quieta mientras todo lo demás se desplazaba a su alrededor.
**Lucía** —gritó, y su voz se rompió en mil pedazos de emoción—. ¡Tierra! ¡Padre, tierra!
Se fue tambaleándose hacia la proa como si le hubieran dado alas, aferrándose al toldo roto, al borde del casco, a cualquier cosa que la acelerara. La vi saltar en el sitio, literalmente saltar, con las piernas rodeando el mástil y los brazos agarrados al cielo como si pudiera cogerlo con las manos. Todo el peso de los últimos días se desvaneció de su rostro en un segundo. No había rabia, no había miedo, no había resentimiento. Solo una alegría tan pura y descarnada que me dolió mirarla. Era como si el mar se la hubiera devuelto entera, como si la tormenta y el frío y la oscuridad no hubieran existido, y ella fuera otra vez la chica que se subió al barco hace una eternidad con su móvil y sus gafas de sol y esa indiferencia perfecta que usaba como armadura.
Me quedé de pie en la popa mirando esa línea oscura que crecía lentamente a medida que la corriente nos empujaba hacia ella. No celebré. No salté. Me limité a mantener los ojos fijos en la tierra que aparecía como una promesa incumplida, sabiendo que todavía faltaban horas, que la corriente podía cambiar, que el viento podía virar, que mil cosas podían salir mal antes de que nuestros pies tocaran arena. Pero Lucía ya estaba muerta a mi lado, las manos en la barandilla, el pelo al viento, sonriendo con una sonrisa que no le había visto en años. Y yo pensé que tal vez, solo tal vez, esto tenía algún sentido. Tal vez el mar nos había traído hasta aquí para enseñarnos algo que las casas y las calles y los teléfonos inteligentes nunca nos habrían enseñado: que todo lo que importa se reduce a un instante, a una línea oscura en el horizonte, a la capacidad de seguir mirando cuando todo lo demás se ha ido.
Las horas se arrastraron mientras la corriente nos empujaba hacia aquella mancha oscura que crecía lentamente en el horizonte. Yo me quedé de pie en la popa con los ojos clavados en ella, tratando de adivinar qué había al otro lado del agua. La costa que conocía era llana, urbanizada, llena de edificios blancos y puertos deportivos. Esto no se parecía en nada a eso. Lucía se asomaba al borde del casco como una niña mirando por la ventana de un tren, con los ojos entrecerrados y la mano en la frente haciendo sombra al sol.
**Yo** —Tal vez es la costa de al lado —dije, más para calmarme a mí mismo que para convencerla—. Si la corriente nos ha llevado hacia el sur, podría ser cualquier punto entre aquí y el puerto original.
**Lucía** —Asintió sin mirarme, los ojos fijos en la tierra que se acercaba—. Tiene que serlo. Tiene que ser la costa.
Pero conforme pasaban las horas y la mancha oscura ganaba definición, algo empezó a fallar en mi cabeza. La línea no era recta. No era el perfil de una ciudad ni el contorno de un puerto. Era irregular, con crestas y bajadas que no correspondían con ningún edificio que yo conociera. Árboles. Vi árboles. Mucho verde, demasiado verde para ser la zona costera que tenía en mente. Montañas bajas cubiertas de vegetación que se levantaban como dorso de un animal dormido sobre el mar. No había grúas, no había faros, no había nada que dijera civilización.
**Lucía** —preguntó después de un rato, y su voz tenía ese tono delgado que aparecía cuando empezaba a entender algo que no quería confirmar—. ¿Eso es una isla?
No respondí inmediatamente. Giré la cabeza hacia el oeste buscando algo, cualquier cosa, que me dijera que había tierra firme más allá de esa masa verde. No encontré nada. Solo mar. La cost_a que dejamos atrás había desaparecido por completo, tragada por la curvatura de la tierra y nuestra propia estupidez. Esto era una isla. Una isla grande, sí, hermosa incluso, con acantilados bajos que caían en playa de arena oscura y una selva espesa que cubría el interior como un manto. Pero no era lo que necesitábamos.
**Yo** —Lo sé —dije, y sentí las palabras pesar en la lengua como piedras.
Lucía se sentó despacio en la cubierta, con las piernas extendidas y las manos apoyadas a los lados. La emoción que había sentido de ella cuando vio tierra por primera vez se estaba apagando como una mecha bajo la lluvia. Ahora solo quedaba la realidad: una isla sin puerto visible, sin señales de vida, sin nada que conectara con el mundo que habíamos dejado atrás. Yo hice cuentas en mi cabeza con la precisión torpe de alguien que no tiene nada mejor que hacer. Faltaba una semana para que mis vacaciones de trabajo acabaran. Lucía estaba matriculada en la universidad para empezar tan pronto acabara agosto. Teníamos compromisos, horarios, una vida que nos esperaba al otro lado del agua con su rutina perfectamente organizada. Y sin embargo estábamos aquí, a la deriva, acercándonos a una isla que ningún mapa mental podía identificar.
**Lucía** —dijo en voz baja, casi para ella—. ¿Esto es una broma cruel del destino?
No le contesté. Porque tenía razón. Era exactamente eso: una broma cruel, el tipo de cosa que si se la contaras a alguien te miraría con incredulidad y te diría que eso no le pasa a nadie de verdad. Pero nos pasaba a nosotros. Nos pasaba a una chica de dieciocho años que acababa de terminar el bachillerato y tenía toda la vida por delante, y a un hombre de cuarenta y ocho que había dedicado los últimos seis años a construir muros para otros mientras los suyos propios se derrumbaban en silencio. La corriente nos empujaba sin preguntar. El mar no negocia. El mar no escucha excusas ni calendarios ni matrículas universitarias. El mar simplemente te lleva a donde él decide, y tú te agarras a lo que puedas y rezas para que no te ahogue en el camino. Me quedé mirando esa isla crecer ante nosotros, verde e indiferente, y pensé que tal vez la vida siempre había sido esto: un barco sin motor a la deriva hacia algo que nunca pediste, mientras tú finges que sabes adónde vas.
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— Elena (KaRelatos) :3
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