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Julia, mi empleada de la Heladeria.

Llevaba tres años disfrutando de mi jubilación dorada. A mis sesenta y ocho años, había acumulado una fortuna considerable: cadenas de restaurantes, dos hoteles boutique y una docena de locales comerciales repartidos por la ciudad. Mi único placer ahora era visitar mis propiedades de incógnito, sin que nadie supiera quién era realmente.

Esa tarde de agosto entré en la heladería del barrio de Salamanca, uno de mis locales más rentables. El aire acondicionado me recibió como un abrazo helado mientras mis ojos recorrian el local. Fue entonces cuando la vi.

Julia estaba detrás del mostrador, inclinándose para servir un cucurucho a un cliente. Llevaba el uniforme corporativo que yo mismo había aprobado años atrás: camiseta blanca con el logo y un short de colores ajustado que dejaba ver sus piernas bronceadas y tonificadas. Su pelo castaño caía en ondas hasta la mitad de la espalda, con mechas más claras que captaban la luz. Cuando se giró, sus ojos marrones me miraron con la cortesía aprendida de cualquier empleada.



Julia, mi empleada de la Heladeria.


¿Qué le pongo? —preguntó con voz dulce.

No la conocía. En mi organización había cientos de empleados, y ella debía de ser contratación reciente. Veintidós años, calculé. Piel bronceada que olía a verano, y cuando se dio la vuelta para coger el helado de la vitrina, el short se tensó sobre un culo perfecto, redondo y firme, que hizo que se me accelerara el pulso.


relato


Pedí un sorbete de limón y observé. Julia era estudiante, supe después de charlar un rato. Necesitaba el trabajo para pagar la carrera. Su madre enferma. Deudas médicas. La información fluía fácil de sus labios inocentes mientras atendía entre cliente y cliente.

Mi mente de hombre de negocios, acostumbrada a detectar oportunidades, vio algo más que una bonita cajera. Esa misma noche llamé a mi director de Recursos Humanos y solicité el expediente completo de Julia Martínez. Había irregularidades en su contrato, descubrí. Documentación incompleta que técnicamente invalidaba su empleo. Y yo detestaba la ilegalidad, por supuesto.

La cité en mi oficina del centro tres días después. Cuando entró, vestida con una blusa blanca y falda negra, sus ojos se abrieron como platos al ver el lujo del despacho, las vistas al Retiro, y sobre todo, al reconocer mi cara de la heladería.


—Señor... ¿Vidal? —tartamudeó.

—Don Enrique, por favor —corregí, sentado en mi sillón de cuero, dejando que el silencio se extendiera incómodo—. Julia, he revisado tu expediente. Hay problemas graves. Tu contrato podría anularse, y con la situación migratoria de tu madre... bueno, las autoridades podrían interesarse.

Se puso pálida. Las lágrimas afloraron rápido.

—Por favor, señor... mi madre necesita el tratamiento. Yo haría cualquier cosa...

—Cualquier cosa —repetí, dejando que la palabra flotara entre nosotros.


Negociamos durante una hora. Al final, aceptó. No tenía opción. Le di la dirección de un hotel de mi propiedad en la Castellana, la suite presidencial. Le ordené que llegara el sábado a las ocho de la tarde. Vestida de una manera específica.

El sábado llegó demasiado lento. Cuando abrí la puerta de la suite con mi llave maestra, el aire olía a perfume caro que yo mismo había dejado allí. Y allí estaba ella.

Julia estaba a cuatro patas sobre la cama, exactamente como le había indicado. Medias negras que subían hasta medio muslo, zapatos de tacón aguja que elevaban su culo a la altura perfecta. No llevaba nada más. Su pelo castaño caía como una cascada a un lado de su cara, y cuando giró la cabeza hacia mí, sus ojos marrones brillaban con una mezcla de terror y resignación que me excitó instantáneamente.



culona


Su culo era aún más perfecto desnudo. Redondo, prieto, la piel bronceada contrastando con la blancura de sus nalgas. Se ofrecía sin palabras, las rodillas separadas, expuesta completamente.

Me acerqué despacio, quitándome la chaqueta. Me arrodillé detrás de ella y pasé las manos por esas nalgas perfectas, apretando, amasando, disfrutando de la firmeza de la carne joven. Julia temblaba bajo mis manos.


—Buena chica —murmuré.

La tomé allí mismo, sin mas, agarrando sus caderas mientras ella gemía en la cama, sus mechas castaño claro oscilando con cada embestida.



La segunda escena ocurrió horas después. Había ordenado que instalaran un poste de acero en el centro del dormitorio, uno de esos que se usan en clubs de striptease. Julia estaba atada a él, las muñecas sujetas con cuerdas de seda negras por encima de su cabeza, el cuerpo estirado, vulnerable.


Universitaria


Estaba de pie detrás de ella, completamente vestido salvo por la bragueta abierta. Mis manos recorrían su cuerpo desnudo, deteniéndome especialmente en ese culo que me había vuelto loco desde la heladería. Lo sobe con deleite, masajeándolo, separando las nalgas, disfrutando de su humillación mientras ella jadeaba contra el poste frío.


—Por favor... —susurró.

La tomé de pie, desde atrás, agarrando sus caderas con fuerza mientras ella solo podía apoyar la frente en el metal, atada e indefensa. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la suite.


jovencita


Más tarde, la llevé al dormitorio. Julia estaba a cuatro patas en el suelo. Había dejado las medias puestas, como me gustaba, y los tacones. Desde atrás, su espalda formaba una línea perfecta hasta ese culo que ya había reclamado como mío.

La tomé despacio esta vez, disfrutando de cada gemido, de cada vez que arqueaba la espalda. Mis manos agarraban sus caderas, marcando su piel bronceada con mis dedos.


Chantaje


Después, me vestí mientras ella yacía inmóvil en la cama. Dejé un sobre en la mesilla con diez mil euros en efectivo y una nota: "Para la operación de tu madre. La próxima semana, misma hora."

Cerré la puerta de la suite sintiéndome vigoroso, joven de nuevo. Esa noche dormiría como un bebé

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