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Una deliciosa venganza

Llevaba tres días sin dormir cuando encontré esos mensajes en el celular de ese hijo de puta. Tres días aguantando su cara de imbécil fingiendo que todo estaba bien, mientras yo sabía perfectamente que ese cabrón me estaba poniendo los cuernos con su asistente del trabajo. La putita esa de pelo rubio y tetas operadas que siempre me miraba con cara de "soy mejor que tú" cada vez que iba a recogerlo a la oficina.

Pero yo no soy ninguna estúpida. Soy una mujer de treinta y dos años, con un cuerpo que todavía provoca vergas duras donde quiera que voy. Culo firme, cintura de avispa, tetas naturales y grandes que rebotan cuando camino, y una cara de puta que sé usar perfectamente cuando quiero conseguir lo que me propongo. Y ese fin de semana, mientras ese imbécil de mi esposo estaba "de viaje de negocios" —léase: follando a su putita en algún hotel de mierda— yo decidí que iba a devolverle el favor de la manera más jodida posible.
Una deliciosa venganza

No con cualquiera. Con su papá.

Don Raúl. El viejo cabrón de cincuenta y ocho años que todavía conserva un cuerpo de gym-rat, con esos brazos tatuados y esa mirada de depredador que me ponía nerviosa cada vez que nos veíamos en las cenas familiares. Siempre me miraba con esos ojos oscuros, recorriendo mi cuerpo como si fuera un trozo de carne fresca. Y yo, pendeja fiel, nunca le había dado importancia. Hasta ahora.

El sábado por la mañana me levanté con una determinación que me hacía vibrar el coño solo de pensarlo. Me iba a coger a mi suegro. Le iba a dar el mejor polvo de su puta vida, y después me iría a mi casa sabiendo que le había metido los cuernos al hijo con el padre. Esa era mi venganza perfecta.

Pero no iba a ser cualquier polvo rápido y sucio. No. Yo quería que el viejo se muriera de placer, que se volviera adicto a este coño, que nunca pudiera volver a mirar a su hijo a los ojos sin pensar en cómo me tenía abierta de patas en su cama. Y para eso, necesitaba armarme como la puta profesional que soy.

Me tomé una ducha larga, caliente, dejando que el agua corriera por mis tetas mientras me imaginaba la cara de don Raúl cuando me viera. Me depilé el coño completamente, dejándolo liso y rosadito, ese coño perfecto de bebé que sé que vuelve locos a los hombres. Me puse loción en todo el cuerpo, masajeando mis muslos, mi culo, mis tetas hasta que mi piel brillaba como la seda.

Y entonces llegó la parte que me excitó de verdad: la elección del outfit.

Abrí mi armario y saqué el conjunto que había comprado específicamente para esto. Una falda lápiz negra, corta, que me quedaba justo por encima de las rodillas pero que se subía cuando me agachaba, dejando ver el borde de mis medias de liguero. Una blusa blanca de seda, transparente casi, que se amarraba al cuello como corbata pero que dejaba ver el negro de mi sujetador push-up debajo. Los tacones rojos, esos de aguja de doce centímetros que hacen que mi culo se vea espectacular y que me obligan a caminar con ese swing provocativo que pone dura cualquier verga.
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Pero lo mejor venía debajo.

Me puse las medias negras de rejilla, con los ligueros de encaje que se enganchaban en mis muslos. Y luego, lo que me hacía sentir como una puta de lujo: el plug anal. Lo saqué de su caja, negro, brillante, con una joya roja en la base que asomaría entre mis nalgas si me agachaba lo suficiente. Lo lubricqué bien con gel, y luego, de pie frente al espejo, me separé las nalgas con una mano mientras con la otra lo presionaba contra mi agujero.
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Joder, qué rico se sintió. Esa presión inicial, ese estiramiento de mi ano virgen —bueno, no tan virgen, pero casi— mientras el plug iba entrando, llenándome, haciéndome sentir llena y sucia y excitada al mismo tiempo. Gemí sola en mi habitación cuando la base finalmente encajó, sintiendo cómo la joya roja quedaba apretada entre mis cachetes, fría y provocativa.

Me puse la falda, la blusa, dejé los dos botones de arriba abiertos para que se viera bien mi escote. Me maquillé como una zorra: labios rojos intensos, delineador de ojos al estilo cat-eye que me hacía ver peligrosa, y una sombra dorada en los párpados que resaltaba mis ojos marrones. Me dejé el pelo suelto, ondulado, cayendo sobre mis hombros como una cascada negra.

Me miré al espejo y casi me corro sola. Parecía una secretaria de esas películas porno, la que termina siendo follada sobre el escritorio del jefe. Pero mejor. Mucho mejor. Tenía el aspecto de una mujer que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.

Cogí mi bolso, metí unos condones —por si acaso, aunque la verdad quería sentir su semen dentro de mí, crudo y caliente— y salí hacia la casa de don Raúl.

Vivía solo desde que su esposa, la suegra, se había ido a vivir con su hermana en otro estado hacía dos años. Una casa grande, de dos pisos, en un barrio tranquilo. Perfecto para lo que tenía planeado.

Llegué a eso de las once de la mañana. Estaba nerviosa, sí, pero más excitada que nerviosa. Tenía el coño mojado desde que me había vestido, y cada vez que caminaba sentía el plug moviéndose dentro de mi culo, recordándome lo puta que estaba siendo.

Toqué el timbre. Esperé. Escuché pasos y luego la puerta se abrió.

Ahí estaba. Don Raúl, en pantalones de deporte grises y una camiseta blanca ajustada que marcaba cada músculo de su torso. Su pelo canoso pero bien peinado, esa barba de tres días que le daba aspecto de lobo, y esos ojos oscuros que me miraron de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y lujuria inmediata.

—Hola, suegro —dije con mi voz más dulce, pero cargada de intención—. ¿Estás solo?

—Sí... sí, pasa —tartamudeó, abriendo la puerta completamente, sin dejar de mirar mis piernas, mi escote, mi cara de zorra.

Entré caminando con ese paso que había practicado, dejando que mis caderas se balancearan, que el tacón golpeara el suelo con ese sonido seco y provocativo. Pasé a su lado rozándolo apenas, dejando que mi perfume —un Chanel intenso y dulce— flotara en el aire.

—Vengo a... hablar contigo —dije, girándome en el vestíbulo, apoyándome contra la pared con una mano mientras la otra jugueteaba con el borde de mi falda—. Es sobre tu hijo.

—¿Qué pasó? ¿Está bien? —preguntó, acercándose, confundido pero claramente distraído por cómo me veía.

—Tu hijo es un hijo de puta infiel —solté, y vi cómo sus ojos se abrían—. Me ha estado engañando con su asistente. Y yo... yo decidí que me merecía un poco de diversión también.

Don Raúl me miró fijamente, procesando. Su garganta se movió al tragar saliva. Sus manos se cerraron en puños a los lados.

—¿Qué estás diciendo, hija? —dijo, pero su voz salió ronca, grave.

—Que quiero que me folles, suegro —susurré, acercándome a él, tan cerca que mis tetas casi rozaban su pecho—. Que quiero sentir tu verga dentro de mí. Que quiero que me hagas gritar más fuerte de lo que tu hijo jamás me ha hecho gritar. Que quiero que me uses como la puta que soy.

Y entonces hice algo que lo terminó de volver loco. Me agaché lentamente, como si fuera a recoger algo del suelo, pero en realidad era para que viera. La falda se subió por completo, dejando ver mis medias de rejilla, los ligueros, y entre mis nalgas, ese plug negro con la joya roja brillando como una puta invitación.

—Joder... —susurró, y escuché cómo su respiración se volvía agitada—. Estás loca.

—Loca de calentura —me enderecé lentamente, girándome para mirarlo por encima del hombro—. ¿Vas a dejarme así? Con el coño mojado y el culo preparado para ti?

No esperé respuesta. Me di la vuelta y caminé hacia la sala, sabiendo que me seguía, sintiendo su mirada clavada en mi culo. Me detuve junto al sofá y me volteé. Él estaba allí, a centímetros de mí, con la polla ya marcando claramente en esos pantalones grises. Una verga grande, gruesa, perfecta.

—Tócame —ordené—. Tócame como si fuera tuya.

Y el viejo cabrón no necesitó más invitación. Me agarró de la cintura con fuerza, una mano grande y callosa que me apretaba con hambre, y con la otra me agarró la cara, metiendo sus dedos en mi boca. Los chupé como una puta, mirándolo a los ojos, dejando que mi saliva los mojara.

—Putita... —gruñó—. Siempre supe que eras una putita.

—Y tú siempre quisiste cogerte a tu nuera, ¿verdad, suegro? —murmuré contra sus dedos—. Ahora es tu oportunidad. Fóllame. Fóllame como el perro que eres.

Me empujó contra el respaldo del sofá, haciendo que me doblara sobre él. Sentí su mano en mi nuca, presionándome hacia abajo, mientras con la otra levantaba mi falda completamente, dejando mi culo al aire. Escuchó su jadeo cuando vio el plug.

—¿Qué es esto, puta? —dijo, girándolo un poco, haciendo que gemiera—. ¿Te preparaste el culo para mí?

—Sí... sí, suegro —jadeé—. Quiero que me lo saques con la boca y me lo metas después con tu verga. Quiero sentirte en mi culo. Quiero que me rompas.

—Puta de mierda —escupió, y escuché el sonido de su ropa cayendo.

Se agachó detrás de mí y de pronto sentí su lengua caliente y húmeda lamiendo alrededor del plug, chupando la base, tirando suavemente con los dientes. Gemí como una perra en celo, arqueando la espalda, ofreciéndole más. Luego, con un movimiento lento y deliberado, agarró la joya y comenzó a tirar.

—Ay, sí... sí, suegro, sácamelo —supliqué—. Sácame el plug y cómeme el culo.

El plug salió gradualmente, centímetro a centímetro, y mi ano se quedó abierto, vacío, palpitando. Don Raúl no perdió tiempo: metió su lengua directamente en mi agujero, lamiendo, penetrándome con ella, haciendo que mis piernas temblaran. Era humillante y excitante al mismo tiempo, sentir a mi suegro comiéndome el culo como si fuera su última comida, gruñendo contra mi carne, metiendo dos dedos en mi coño mientras me lamía el ano.

—Estás empapada, puta —dijo, sacando la boca un segundo—. Tu coño está chorreando. ¿Así te tenía mi hijo? ¿Así de caliente?

—Más... más caliente, suegro —gimoteé—. Él nunca me hizo esto. Él nunca me comió el culo. Por favor, no pares.

Pero él se levantó. Lo sentí detrás de mí, su presencia imponente, su calor. Y entonces sentí el contacto: su verga, enorme, gruesa, caliente, rozando mis nalgas. Era más grande que la de su hijo. Mucho más grande.

—Voy a follarte —anunció, agarrando mis caderas—. Voy a follarte hasta que no puedas caminar. Y después voy a llenarte de leche, puta. Te voy a dejar el coño y el culo llenos de mi semen.

—Sí, por favor, sí —lloriqueé, moviendo mis caderas, tratando de encontrar su verga—. Fóllame, suegro. Fóllame duro.

Entró de una vez. Una embestida profunda, brutal, que me hizo gritar y clavar las uñas en el sofá. Su verga me llenó por completo, estirándome, golpeando fondo de inmediato. Comenzó a moverse sin piedad, sacándola casi por completo y volviendo a entrar con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran contra el respaldo del sofá, haciendo que mi cuerpo entero se moviera con cada embestida.

—Así, sí, así... —gemía yo—. Más duro, suegro, más duro. Fóllame como la puta que soy. Fóllame mejor que tu hijo.

—Cállate y toma esta verga —gruñó, agarrándome del pelo y tirando de mi cabeza hacia atrás—. Cállate y siente cómo te reviento el coño, perra.

El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la sala: *plap, plap, plap*, húmedo y obsceno. Sentía su pelvis golpeando contra mi culo, sus huevos rebotando contra mi clítoris. Estaba en el cielo. Cada embestida me llevaba más cerca del borde, y cuando metió una mano debajo de mí para apretar mi clítoris entre sus dedos, exploté.

—Me corro... me corro, suegro... —grité, contrayéndome alrededor de su verga, empapándola con mis jugos—. ¡Ah, joder, sí!

—Eso, puta, córrete en mi verga —ordenó, sin detenerse, siguiendo embistiendo a través de mi orgasmo—. Apriétame, cabrona. Apriétame fuerte.

Cuando terminé de temblar, me giró. Me sentó en el borde del sofá y se quedó de pie frente a mí, su verga brillando con mis jugos, enorme y roja y palpitante. La agarró y me la puso en la cara.

—Ábrete —ordenó—. Ábrete la boca como buena puta y chúpamela.

Obedecí. Abriendo la boca lo más que pude, lo recibí, saboreándome a mí misma en su carne, ese sabor mixto de su pre-seminal y mis fluidos. Comenzó a follarme la boca con la misma brutalidad con la que me había follado el coño, agarrándome de la cabeza, metiéndose hasta el fondo de mi garganta, haciéndome atragantar.

—Traga, puta —gruñó—. Traga toda mi verga. Quiero sentir tu garganta.

Y lo hice. Relajé mi garganta, dejé que entrara hasta el fondo, sintiendo su glande en lo más profundo de mí, mis ojos llorando, mi saliva corriendo por mi barbilla, mi maquillaje seguramente corrido dándome aspecto de zorra barata. Me agarró de las tetas por encima de la blusa, apretándolas duramente mientras me usaba la boca como un masturbador.
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Cuando finalmente sacó su verga, estaba jadeando, cubierta de saliva, mi pecho subiendo y bajando rápidamente.

—Quiero tu culo —dijo simplemente—. Quiero ese culito que tenías preparado con el plug. ¿Puedo?

—Por favor... —supliqué, volviéndome a poner de cuatro, ofreciéndole mi culo—. Fóllame el culo, suegro. Rompéme el culo. Soy toda tuya.

Volvió a agacharse y me lamió el ano de nuevo, lubricándome con su saliva, metiendo un dedo, luego dos, abriéndome. Luego se posicionó detrás de mí. Sentí la punta de su verga, enorme y caliente, presionando contra mi agujero. Empezó a empujar, lento pero firme, y yo gemí sintiendo cómo me abría, cómo me estiraba, esa sensación de ardor delicioso que me hacía ver estrellas.

—Ay, joder... estás muy grande... —gemí—. Despacio, suegro, por favor...

—Ya te abrí con la lengua, puta —gruñó—. Ahora toma mi verga como debe ser.

Y entró. Centímetro a doloroso centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de mi culo, llenándome como nunca me habían llenado, haciéndome sentir tan llena, tan usada, tan puta. Comenzó a moverse, primero despacio, sacando y metiendo con movimientos circulares, y luego aumentando el ritmo, más rápido, más fuerte, hasta que estaba dándome una paliza anal brutal, sus caderas golpeando contra mis nalgas, sus manos agarrándome con fuerza, dejándome marcas que seguramente durarían días.

—Tu culo es mejor que el coño de cualquier puta —gruñó—. Tan apretado, tan caliente. Voy a venirme, puta. Voy a llenarte el culo de leche.

—Sí, sí, lléname... —grité, sintiendo otro orgasmo acercándose, esta vez más intenso, más profundo—. Venite en mi culo, suegro. Marcame como tuya. Déjame tu semen dentro.

—¡Ah, puta! —gritó, y sentí cómo se tensaba, cómo sus embestidas se volvían erráticas, desesperadas—. ¡Me vengo! ¡Me vengo en tu culito, puta!

Y explotó. Sentí su semen caliente, espeso, llenándome el culo, chorro tras chorro, empapándome por dentro mientras él gemía como un animal, clavándose hasta el fondo y quedándose quieto, pulsando dentro de mí. Yo también me corrí, mi tercer orgasmo del día, contrayendo mi culo alrededor de su verga, exprimiéndolo, sacando cada gota de su semen.

Nos quedamos así un momento, jadeando, sudados, él doblado sobre mi espalda, besando mi nuca con una ternura que contrastaba con la brutalidad del polvo. Luego se salió lentamente, y sentí su semen corriendo por mis muslos, caliente y humillante y perfecto.

Me giré para mirarlo. Estaba hermoso, con el pelo revuelto, el pecho subiendo y bajando, su verga todavía semi-erecta y brillante. Me senté en el sofá, con las piernas abiertas, sin importarme que viera su semen saliendo de mí, mi coño rojo y usado, mi culo abierto.

—Esto... esto no puede volver a pasar —dijo, pero su voz no sonía convencida.

—Claro que sí, suegro —sonreí, limpiándome el semen de los muslos con un dedo y llevándomelo a la boca—. Va a pasar muchas veces más. Tu hijo me puso los cuernos, y ahora su papá se va a encargar de darme lo que él no puede. ¿O prefieres que le cuente a tu hijo cómo me metiste la verga por el culo?

Don Raúl me miró, y vi en sus ojos que sabía que estaba atrapado. Que yo tenía el control. Que esto apenas comenzaba.

—Puta... —suspiró, pero sonreía—. Eres una puta peligrosa.

—Tu puta —corregí, poniéndome de pie y arreglando mi falda, sintiendo el plug de nuevo en mi mano—. Y ahora, si me disculpas, voy a casa a ducharme. Pero quédate con esto.

Le tendí el plug, todavía húmedo, todavía oliendo a mí y a él.

—La próxima vez que venga —susurré, besándolo en la mejilla—. Quiero que tú me lo pongas antes de follarme. ¿Trato hecho?

Él asintió, tomando el plug con una mano temblorosa, mirándolo como si fuera un trofeo.

Salí de su casa caminando como si nada, con el culo dolorido, el coño satisfecho, y la certeza de que acababa de empezar la mejor venganza de mi vida. Mi esposo podía seguir follando a su putita rubia todo lo que quisiera. Yo tenía algo mejor: a su papá, su verga enorme, y el control absoluto de los dos.

Y mientras manejaba de vuelta a casa, con el semen de don Raúl todavía dentro de mí, manchando mis bragas de encaje, no pude evitar sonreír. Esta iba a ser una infidelidad deliciosa, larga, y llena de polvos como el de hoy. Porque sí, soy una puta. Pero soy una puta inteligente. Y ahora tenía al padre y al hijo en la palma de mi mano.

O mejor dicho, en la palma de mi culo.

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