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"Desde que fui Mamá"

Capítulo 15: Lo que no se dice
Quedamos en vernos el jueves a la tarde. Vero insistió en caminar, "con la panza me hace bien", y yo acepté aunque sabía que mi barrio no era el suyo. Dejé a Clara con Doña Rosa y me puse lo más normal que tenía: jean, zapatillas, una remera suelta, el pelo recogido.
Vero llegó con un vestido liviano, sandalias y una botella de agua. Caminamos por la avenida hablando de todo: de la facultad que ella terminó, de las vacaciones en Europa, del nombre del bebé, de las cosas que se perdió de mí. Yo le contaba de Clara, de sus primeras palabras, de la vez que se perdió en el supermercado y apareció dormida dentro de un carrito.
Hasta que empezaron las interrupciones.
—¡Lu! —gritó un hombre desde un kiosco, levantando la mano—. ¡Qué bueno verte de día!
Sonreí tensa y levanté la mano.
—¿Quién era? —preguntó Vero.
—Un vecino.
Unas cuadras más adelante, un remisero apoyado en su auto me guiñó el ojo.
—Sin tacos casi no te reconozco, reina. ¿Hoy no trabajás?
—Más tarde —dije, sin frenar.
—¿Trabajás de noche en algo con tacos? —rio Vero, curiosa.
—Algo así.
Vero iba notando las miradas, el tono, las pequeñas familiaridades. Cuando un tipo de traje, parado en la puerta de un banco, le dijo a Lu en voz baja: "el viernes te extrañé en Terciopelo", ella se detuvo en seco.
—Lu, ¿qué es Terciopelo?
Sentí el calor subirme a la cara. La calle, los autos, el ruido, todo se volvió lejano. Una tercera voz, más atrás, gritó mi nombre artístico. Vero giró la cabeza hacia el sonido, después me miró a mí, y su expresión cambió de a poco: de curiosidad a desconcierto, de desconcierto a una sospecha que no se animaba a pronunciar.
—Lucía… —dijo, más bajo—. ¿Por qué te conocen todos estos hombres?
Podría haber mentido. Había tenido preparada una respuesta para esa pregunta desde el día que la vi bajar del auto blanco. Pero me cansé. Me cansé de la camisa de fuerza de esconderme, de la distancia que había puesto yo misma, de ver a Vero con sus ojos llenos de cariño y no poder darle la verdad.
—Sentémonos —dije—. Te lo cuento.
En el banco. Nos sentamos en un banco de plaza, bajo un árbol. Clara hacía dibujos en mi cabeza, Vero esperaba sin hablar, con las manos sobre la panza. Respiré hondo.
—Cuando cerró el comedor, me quedé sin trabajo. No me salía nada. Tenía que pagar el alquiler, la cuota del jardín, las deudas del hogar. —Hice una pausa—. Trabajo en un club nocturno. Bailo. Y hago compañía.
Vero parpadeó.
—¿Compañía?
—Soy escort, Vero. Trabajadora sexual. Bailo en el escenario, atiendo en cabinas. Algunas noches, si hace falta, salgo a la calle.
El silencio fue enorme. Escuché un colectivo frenar, un niño reírse, el viento moviendo las hojas. Miré mis manos, cruzadas sobre las rodillas, sin atreverme a levantar la vista.
—Sé lo que pensás. No me importa si…
—Lu. —Su voz era apenas un hilo—. Mirame.
Levanté los ojos. Tenía las mejillas mojadas.
—Yo no voy a juzgarte. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. Pero necesito que me expliques algo. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué me dejaste pensar que todo estaba bien?
—Porque tenía vergüenza. Porque vos tenés todo y yo… —Se me quebró la voz—. Porque no quería que me miraras como me estás mirando ahora.
—¿Y cómo te estoy mirando?
—Con lástima.
—No. —Me agarró la mano con fuerza—. Te miro como a mi mejor amiga, que pasó por un infierno y sigue de pie.
Me abrazó ahí mismo, en medio de la plaza, con su panza entre las dos y el perfume caro mezclándose con el olor a hierba cortada. Lloré sin vergüenza, sin máscara, por primera vez en mucho tiempo.
—Yo quiero ayudarte —dijo al oído—, pero no te voy a obligar a nada. Solo prometeme que no vas a volver a esconderte de mí.
—Te lo prometo.
Antes de despedirnos. Cuando caía la tarde, Vero me acompañó hasta la esquina de mi casa. Se quedó un rato mirando mi edificio, la pintura descascarada, la puerta de hierro.
—¿Sabés qué pienso? —dijo—. Que sos la persona más valiente que conozco.
No supe qué contestar. Solo le apreté la mano.
Esa noche, frente al espejo del camarín, por primera vez en mucho tiempo no sentí ganas de esconderme.

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