Capítulo 16: Terciopelo
Un viernes, a las once de la noche, el club estaba lleno. Yo acababa de bajar del escenario cuando Mabel me agarró del brazo con la cara tensa.
—Hay un cliente que pidió por vos. Reservado, cabina cuatro. Dice que te conoce.
Me acomodé el body, me sequé el sudor y fui. Abrí la cortina de terciopelo rojo con una sonrisa profesional que se me congeló al instante.
Joaquín estaba sentado en el sillón, con un vaso de whisky en la mano, el saco colgado al lado y la corbata floja. Me miró despacio, de arriba abajo, con una sonrisa que no le había visto nunca.
—Lucía —dijo—. Qué sorpresa.
Sentí que el piso se movía.
—Ya entendí qué le pasó a Verónica con las amigas del pasado. —Bebió un trago, sin apuro—. Me cuenta que trabajás "en un local nocturno". Qué lindo nombre para esto.
—No sé de qué hablás. Me voy.
—Sentate.
No había amenaza en la voz, solo una tranquilidad calculada. Me quedé de pie junto a la cortina.
—Vengo a este lugar hace dos años —siguió—. Todos los viernes. Mi esposa cree que trabajo hasta tarde. Sería una lástima que se enterara. Pero también sería una lástima que alguien avisara a servicios sociales de que una madre soltera trabaja en un club de noche mientras deja a su hija con una vecina.
Se me cortó el aire.
—Podemos llevarnos bien, Lucía. Vos te portás con amabilidad, yo me olvido de todo. Un favor por otro. Y empezamos ahora.
Se levantó y dio un paso hacia mí. Cuando me agarró la muñeca, fuerte, con los dedos clavados, algo dentro de mí hizo clic. No fue miedo. Fue la misma rabia que sentí aquella tarde en la habitación de Ramiro, que me hizo caminar con el labio partido hasta la calle.
Le pisé el pie con el taco con toda mi fuerza. Gritó, me soltó, y le clavé la rodilla en el estómago. Se dobló. Cuando quiso agarrarme otra vez, le tiré el whisky a la cara y grité la palabra de salida que tenía con el guardia.
Entraron dos segundos después. Rocco, el guardia, lo levantó del cuello de la camisa y lo arrastró hasta la puerta, mientras Joaquín gritaba que me iba a destruir, que tenía abogados, que me iba a sacar a la nena.
Mabel me abrazó con fuerza en el camarín. Yo no lloraba. Temblaba entera.
—Ese hombre no vuelve a pisar este lugar —dijo Mabel—. Y si te toca de nuevo, lo denunciamos los dos.
El sábado. No dormí. Pensaba en Vero, en la panza de siete meses, en el cuarto con la cuna de madera clara. Sabía que tenía que contárselo. Sabía también que iba a destrozarle la vida. Dudé hasta la tarde, hasta que sonó el teléfono.
Era ella. Hablaba muy bajo, con la voz rota.
—Lu, ¿puedo verte? Por favor. Necesito verte.
La puerta. Llegó a mi casa al anochecer, con una valija chica en una mano y el otro brazo apoyado bajo la panza. Tenía el maquillaje corrido, los ojos hinchados, el vestido arrugado. No había auto blanco. No había perfume. Subió las escaleras despacio, agarrándose de la baranda.
Cuando me vio, se quebró.
—Me enteré de todo —dijo—. Encontré una tarjeta del club en su saco, y lo enfrenté. Me dijo que era un error, después que yo era una histérica, después… —Hizo una pausa larga—. Me gritó que todo lo que tengo es suyo. Que la casa es suya. Que el estudio es suyo. Bloqueó las tarjetas. Me sacó las llaves. Me dijo que si me iba, no volvía.
Se apoyó contra el marco de la puerta, sin aire.
—Mis papás viven en otro país y hace años que no hablamos. Dejé de trabajar cuando nos casamos. Mis amigas son las de él. Lu, no tengo a nadie. Nadie.
Y entonces dijo la frase más dura, con la voz reducida a un susurro:
—Te lo iba a contar yo a vos. Él también me… cuando le dije que te vi, él dijo que te conocía. Que eras una "cualquiera". No entendí hasta hoy.
Me quedé mirándola. Con su panza de ocho meses, sin plata, sin techo, sin nadie, parada en el mismo umbral donde yo había llorado tantas veces. Sentí que el círculo se cerraba de una manera cruel.
Le tomé la valija de la mano.
—Pasá. Acá hay lugar.
Me abrazó tan fuerte que casi me tira. Sentí su llanto contra mi cuello y una patada suave, insistente, del bebé. Clara salió del cuarto en pijama, con el osito en la mano, y se quedó mirando con los ojos enormes.
—¿Quién es, mami?
—Es la tía Vero, mi amor. Se va a quedar un tiempo con nosotras.
Un viernes, a las once de la noche, el club estaba lleno. Yo acababa de bajar del escenario cuando Mabel me agarró del brazo con la cara tensa.
—Hay un cliente que pidió por vos. Reservado, cabina cuatro. Dice que te conoce.
Me acomodé el body, me sequé el sudor y fui. Abrí la cortina de terciopelo rojo con una sonrisa profesional que se me congeló al instante.
Joaquín estaba sentado en el sillón, con un vaso de whisky en la mano, el saco colgado al lado y la corbata floja. Me miró despacio, de arriba abajo, con una sonrisa que no le había visto nunca.
—Lucía —dijo—. Qué sorpresa.
Sentí que el piso se movía.
—Ya entendí qué le pasó a Verónica con las amigas del pasado. —Bebió un trago, sin apuro—. Me cuenta que trabajás "en un local nocturno". Qué lindo nombre para esto.
—No sé de qué hablás. Me voy.
—Sentate.
No había amenaza en la voz, solo una tranquilidad calculada. Me quedé de pie junto a la cortina.
—Vengo a este lugar hace dos años —siguió—. Todos los viernes. Mi esposa cree que trabajo hasta tarde. Sería una lástima que se enterara. Pero también sería una lástima que alguien avisara a servicios sociales de que una madre soltera trabaja en un club de noche mientras deja a su hija con una vecina.
Se me cortó el aire.
—Podemos llevarnos bien, Lucía. Vos te portás con amabilidad, yo me olvido de todo. Un favor por otro. Y empezamos ahora.
Se levantó y dio un paso hacia mí. Cuando me agarró la muñeca, fuerte, con los dedos clavados, algo dentro de mí hizo clic. No fue miedo. Fue la misma rabia que sentí aquella tarde en la habitación de Ramiro, que me hizo caminar con el labio partido hasta la calle.
Le pisé el pie con el taco con toda mi fuerza. Gritó, me soltó, y le clavé la rodilla en el estómago. Se dobló. Cuando quiso agarrarme otra vez, le tiré el whisky a la cara y grité la palabra de salida que tenía con el guardia.
Entraron dos segundos después. Rocco, el guardia, lo levantó del cuello de la camisa y lo arrastró hasta la puerta, mientras Joaquín gritaba que me iba a destruir, que tenía abogados, que me iba a sacar a la nena.
Mabel me abrazó con fuerza en el camarín. Yo no lloraba. Temblaba entera.
—Ese hombre no vuelve a pisar este lugar —dijo Mabel—. Y si te toca de nuevo, lo denunciamos los dos.
El sábado. No dormí. Pensaba en Vero, en la panza de siete meses, en el cuarto con la cuna de madera clara. Sabía que tenía que contárselo. Sabía también que iba a destrozarle la vida. Dudé hasta la tarde, hasta que sonó el teléfono.
Era ella. Hablaba muy bajo, con la voz rota.
—Lu, ¿puedo verte? Por favor. Necesito verte.
La puerta. Llegó a mi casa al anochecer, con una valija chica en una mano y el otro brazo apoyado bajo la panza. Tenía el maquillaje corrido, los ojos hinchados, el vestido arrugado. No había auto blanco. No había perfume. Subió las escaleras despacio, agarrándose de la baranda.
Cuando me vio, se quebró.
—Me enteré de todo —dijo—. Encontré una tarjeta del club en su saco, y lo enfrenté. Me dijo que era un error, después que yo era una histérica, después… —Hizo una pausa larga—. Me gritó que todo lo que tengo es suyo. Que la casa es suya. Que el estudio es suyo. Bloqueó las tarjetas. Me sacó las llaves. Me dijo que si me iba, no volvía.
Se apoyó contra el marco de la puerta, sin aire.
—Mis papás viven en otro país y hace años que no hablamos. Dejé de trabajar cuando nos casamos. Mis amigas son las de él. Lu, no tengo a nadie. Nadie.
Y entonces dijo la frase más dura, con la voz reducida a un susurro:
—Te lo iba a contar yo a vos. Él también me… cuando le dije que te vi, él dijo que te conocía. Que eras una "cualquiera". No entendí hasta hoy.
Me quedé mirándola. Con su panza de ocho meses, sin plata, sin techo, sin nadie, parada en el mismo umbral donde yo había llorado tantas veces. Sentí que el círculo se cerraba de una manera cruel.
Le tomé la valija de la mano.
—Pasá. Acá hay lugar.
Me abrazó tan fuerte que casi me tira. Sentí su llanto contra mi cuello y una patada suave, insistente, del bebé. Clara salió del cuarto en pijama, con el osito en la mano, y se quedó mirando con los ojos enormes.
—¿Quién es, mami?
—Es la tía Vero, mi amor. Se va a quedar un tiempo con nosotras.
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