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Mi amiga me lleva a que me hagan un pete

Después de varias semanas vuelvo con la cuarta parte de esta saga. Les dejo las partes anteriores:

1 Mi amiga me hizo una paja por alzado
2 Mi mejor amiga me sometió y me drenó los huevos
3 Mi amiga me hace ver porno gay y chupar un dildo por pajín

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El timbre sonó a las 19:30 en punto. Abrí la puerta y Paulita estaba ahí, con una sonrisa que no auguraba nada tranquilo. Sin decir palabra, entró, me tomó de la cara y me plantó un beso en los labios. Fue rápido, firme, y me dejó sin aire.

—Listo, campeón. Ya tenés tu dosis de Pau para aguantar la noche. Vamos, que nos espera Meli.

No hice preguntas. Solo la seguí al Uber que esperaba abajo. Durante el viaje, ella no dijo nada, pero me mantuvo una mano firme en el muslo, jugueteando por momentos con los dedos en la cara interna de mi muslo y apretando de vez en cuando, como un recordatorio constante de que esa noche no era mía.

El departamento de Melina era todo lo contrario al de Paulita. Luminoso, con muebles claros, plantas por todas partes y un olor a vainilla y jazmín. La puerta se abrió y ella apareció.

Era exactamente como la había imaginado: una morocha de ojos verdes que brillaban con luz propia, flaquita, con un vestido de lino que le marcaba unas tetitas pequeñas y perfectas y un culo redondo que invitaba a ser apretado. Su sonrisa era dulce, pero sus ojos tenían un brillo travieso. Meli no usaba corpiño y sus pezones amenazaban con perforar la tela.

—Hola, bonito —dijo, y se acercó a darme un beso en la mejilla. Sus labios se rozaron con la comisura de los míos y sentí una descarga eléctrica.

Nos hizo pasar. La música era suave, el ambiente, relajado. Paulita se tiró en el sillón como si fuera de su casa.

—Preparale algo especial, Meli. Hoy se puede divertir—dijo Paulita.

Meli sonrió y fue a la cocina. Volvió con tres vasos de un trago oscuro y un porro ya armado. Se lo acercó a mis labios.

—A relajarse un poco, ¿no?

Di una calada, sentí el humo llenarme los pulmones y el alcohol quemarme la garganta. Me sentí más suelto, más vulnerable.

Nos sentamos en el sofá, Meli en el medio. Empezamos a charlar, pero cada palabra de Meli era una caricia. Se reía de mis chistes, me tocaba el brazo, me miraba fijamente a los ojos. Luego, se quitó los zapatillos y, con una naturalidad que me dejó sin aliento, apoyó sus pies descalzos sobre mis piernas. Uno de ellos empezó a moverse, lento, sutil, hasta que presionó mi entrepierna. Me puse duro al instante. Miré a Paulita, pidiendo ayuda con los ojos. Ella solo sonrió y asintió, dándome permiso para sentir.

—Vamos a bailar —ordenó Paulita, poniendo una música con más ritmo.

Meli me tomó de las manos y me levantó. Bailamos pegados, su cuerpo se movía contra el mío con una sensualidad que me estaba volviendo loco. Entonces sentí a Paulita detrás de mí. Me apoyó sus manos en la cadera y me empujó suavemente contra Meli, mientras me susurraba al oído: "Sentila, campeón. Disfrutala". Sus manos subieron por mi pecho hasta mis tetillas, que me pellizcó justo cuando Meli me rozó la cola con su mano. Estaba atrapado entre dos fuegos, y mi pija, apretada contra el pantalón, era un testimonio de mi desesperación.

Meli sintió el bulto. Se apartó un poco y lo miró, luego me miró a mí con una sonrisa cómplice.

—Ay, claro —dijo Paulita desde atrás mío, como si leyera sus pensamientos—. Es el día de su descargo.

—¿El día de qué? —preguntó Meli, confundida pero divertida.

Paulita se rio. —Es mi amigo pajerito, ¿viste? Lo pajeo los miércoles para que esté tranquilito el resto de la semana. Es una especie de forma de cuidarlo para que no esté tan paja ni se coja a cualquier boluda.

Meli se rio y me acarició la mejilla. —Ay, pobre... ¿No seas mala con él.

—¿Yo mala? —se rio Paulita—. Si lo cuido, le hago unas pajas de lujo. Le encanta, ¿no es así, campeón?

Asentí, rojo de vergüenza y excitación.

—Si te gusta tanto que te la hagan... —dijo Meli, acercándose y hablándome al oído, pero mirando a Paulita—, ¿por qué no le hacés un pete y le das un gustito?

Paulita arqueó una ceja. —Buena idea, Meli. Pero ojo, a este pibe le gusta de una manera muy, muy específica. No es cualquiera. —Me miró fijamente—. Contale, boludo. Contale a Meli cómo te gusta que te la chupen.

Me quedé mudo.

—Anda, hablá —insistió Paulita, dándome un pellizco en el costado—. O no te pajeo en un mes.

Tragué saliva. —Me... me gusta que... que escupan. Que lo hagan profundo, con arcadas. Lengua, escupir, más profundo, con arcadas

Meli me escuchó con atención, sus ojos verdes encendidos. Se sonrió.

—Para vamos a la pieza —dijo, tomándome de la mano.

Su habitación era igual que ella: suave, cálida, con una cama grande y desordenada. Mi pija dibujaba un bulto terrible en el pantalón.

Meli lo vio, miró a Pauli, que había venido también y estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Paulita asintió.

Meli se acercó a mí. Con una delicadeza que contrastaba con la situación, me desabrochó el pantalón y me lo bajó. Luego el bóxer. Mi pija saltó, dura y palpitante. Ella se arrodilló lentamente, me miró una última vez a los ojos, y luego empezó a seguir mis instrucciones al pie de la letra.

Escupió sobre la punta, me tomó con firmeza, le pasó la lengua a la cabeza y luego se metió toda la pija en la boca de una sola vez. Sentí el golpe en el fondo de su garganta. Retrocedió, tosió un poco, y volvió a hacerlo, más profunda esta vez.

El placer era tan intenso, tan abrumador, que sentí que me desvanecía. Las voces de Paulita animando a Meli se mezclaban con mis propios gemidos y los sonidos húmedos de su boca.

"Se hace el que no pero ama que le metan un dedo en el ojete" dijo Pauli en voz alta. Yo seguí concentrado en el placer, aún cuando sentí como Meli abría mi ano con uno de sus deditos.

No pude más y sentí que todo mi cuerpo se contraía, exploté. Fue un orgasmo tan potente que me sacudió entero, que me vació por completo. Vi cómo Meli se tragaba todo, vi su sonrisa satisfecha ... y mis ojos se cerraron y el mundo se volvió negro.

Me desperté varias horas después, solo, en la cama de Meli. El sol ya no estaba. El departamento estaba en silencio. Me levanté, me vestí con dificultad y me fui a casa sin decir nada.

Afuera estaba Meli fumando un puchito y se sobresaltó al verme. "Pensé que todavía dormías me dijo". Pauli se había hace rato. Me invitó a quedarme, pero algo me hizo rechazar la oferta y me fui.

En el camino, solo pensaba en una cosa: en los ojos verdes de Meli y en la sonrisa de Paulita. Y en que, de alguna manera, las dos ahora me poseían.

CONTINUARA

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