El departamento de Paulita siempre olÃa a café y a esas velas con aroma a canela que prendÃa todo el tiempo. Esa mezcla me tranquilizaba, pero esa noche, mientras tomaba la tercera cerveza, ese olor me estaba volviendo loco. Como todo lo demás.
—¿Me estás escuchando? —Paulita me tiró un almohadón.
—SÃ, sÃ. Tu jefa es una forra.
—No dije forra, dije intensa. —Se rio, se acomodó en el sillón, doblando las piernas debajo del cuerpo. Llevaba medias blancas hasta las rodillas, los pies descalzos, y la calza negra con el fruncido le marcaba la cola de una manera que harÃa sudar a un santo. El top gris, claramente sin corpiño, donde se le notaban los pezones cada vez que entraba aire fresco por la ventana abierta.
Y sin que me diera cuenta, mientras hablaba de su trabajo, empezó a mover el pie. Primero apoyó el talón en el sofá, después curvó los dedos, después me tocó la pierna con la punta del pie.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada. —Me miró con una sonrisa traviesa—. ¿Te molestan las medias?
—No, para nada.
Siguió acariciándome la pierna con el pie mientras me hablaba. Se habÃa quitado los zapatos después de que llegué, y sus pies descalzos, apenas rozándome el pantalón, me estaban volviendo loco. HabÃa una manera en que se movÃa últimamente, una manera diferente de mirarme.
—¿Estás bien hoy? —me preguntó, todavÃa jugando con mi pierna.
—SÃ, ¿por qué?
—No sé. Me parecés... no sé, como más intenso.
—¿Intenso cómo?
—Como si tuvieras algo encima.
Me obligué a mirarla a los ojos, no a sus medias, no a la forma en que tenÃa cruzada las piernas.
—Puede ser.
—¿Puede ser qué?
—Que tenga algo encima.
Paulita se mordió el labio, y por primera vez en toda la tarde, se puso seria.
—¿Qué tipo de algo?
—No sé, Pau.
—Contamelo.
—No puedo.
—¿No podés o no querés?
—No puedo.
Paulita se inclinó hacia mÃ, y vi cómo se le marcaban más los pezones contra la tela.
—Mirá —me dijo, con una voz más baja—. Yo soy tu amiga. Podés contarme lo que sea.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y no te va a parecer raro?
—No me va a parecer raro.
—¿Y si es algo... personal?
—Más personal que esto.
—¿Esto cómo?
—Que estés sentado en mi sillón con la pija dura hace una hora.
Me quedé mudo.
—¿Te diste cuenta?
—Soy mujer, boludo. Me doy cuenta de esas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que no parás de mirarme la cola. Que te quedas en silencio cuando hablo. Que te ruborizás cuando me ajusto las medias.
—Pau...
—Y que tenés la pija dura.
—¿Eso se nota?
—Se nota todo, boludo.
Me quedé callado, sintiendo su pie subir más, rozando ahora mi muslo.
—¿Desde cuándo sabés?
—Desde hace un rato. —Se mordió el labio—.
¿Hace cuánto?
—Una hora y media.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—¿Qué iba a decir?
Paulita me miró, después se cruzó de brazos, y eso hizo que se le marcaran aún más las tetas.
—¿Querés que te haga una paja asà te calmas?
La pregunta me agarró tan desprevenido que no supe qué contestar.
—¿En serio me lo estás proponiendo?
—En serio. —Se encogió de hombros—. Te veo caliente, yo tengo manos. Es una ecuación simple.
—Pero somos amigos.
—SÃ, y a los amigos se los ayuda. —Se acomodó en el sillón—. ¿La querés o no? Te saco la leche asà dejás de estar tan paja.
—SÃ, la quiero. Pero con una no me va alcanzar.
—No te agrandés, por ahora vamos con una paja. —Se acercó a mÃ, con esa sonrisa traviesa—. Eso sÃ, hay condiciones.
—¿Cuáles?
—No me tocás. —Me señaló con el dedo—. Yo te hago, vos te quedás quietito ahÃ, y después charlamos como siempre. ¿Dale?
—¿Y si después no podemos charlar como siempre?
—Sà podemos. Es una paja, no es una cirugÃa mayor.
—Para mà sà es algo.
—Para mà también. Pero estamos grandes, ¿no? Podemos manejarlo.
Se acomodó en el sillón, poniéndose de costado para mirarme.
—Sacala.
—¿Acá?
—Acá, ahora.
Me quedé unos segundos mirándola. Después, con las manos medio temblorosas, me desabroché el botón del jean.
—¿Estás nervioso? —me preguntó.
—Un poco.
—Yo también. —Se pasó la lengua por los labios—. Pero no seas cagón, dale.
Bajé el cierre y levanté la cadera para bajarme el pantalón y el bóxer lo suficiente. Y ahà estaba, dura como nunca, casi palpitando.
Paulita se quedó callada. Vi cómo tragó saliva, los ojos fijos.
—Ah —dijo bajito.
—¿Te parece bien?
—Me parece... sÃ..
Se acercó, y cuando sus dedos hicieron contacto, sentà una descarga que me recorrió entero.
—Ay, la puta madre —susurré.
—Ni empecé —se rio, cerrando la mano—. Pero está re caliente.
—Hace un rato que estoy asÃ.
—Ya veo. —Empezó a moverla, despacio—. ¿Asà está bien?
—SÃ.
—Avisame si querés más fuerte o despacio.
Por favor, que no pare nunca, pensé.
—¿Te gusta? —me preguntó, con una sonrisa medio canchera.
—SÃ, me gusta mucho.
—¿Te gusta mucho mi mano? —Aceleró el ritmo—. ¿Te gusta cómo te la hago?
—SÃ, Pau... sÃ.
—Uy, qué buenito. —Se mordió el labio—. Che, ¿me vas a dar toda la leche o en serio te voy a tener uqe hacer otra paja para sacartela toda?
La pregunta me shockeó. Paulita está posta en esto, pensé.
—No sé, Pau. ¿Qué preferÃs?
—Yo prefiero que me la des toda. —Apretó más fuerte—. Que te quedés seco, que no te quede nada para nadie más.
—¿Para nadie más?
—No. Que todo sea para mÃ.
—SÃ, Pau. Todo para vos.
—¿Seguro? ¿Me vas a dar toda tu lechita?
—Seguro.
De repente, sin que me lo esperara, me apretó las bolas con la otra mano. Un apretón fuerte, de los que duelen pero que me subieron la sangre al cerebro.
—Ay, la puta madre.
—¿Te gusta cuando te apreto asÃ? —dijo, todavÃa apretando—. ¿Te gusta cuando te la agarro bien fuerte?
—SÃ, me encanta.
—Sos un pajero perverso.
En ese momento, sin avisarme, me puso el dedo Ãndice en el ano. Solo la puntita.
Me salté del lugar.
—Pau, pará —dije, apartándome—. No, eso no, Pau. No.
—¿Por qué no?
—No me gusta, Paulita. No lo hagas más.
Paulita me miró, sorprendida.
—¿No te gusta?
—No. No me gusta. No lo hagas más.
—Okay. —Se rió, un poco avergonzada—. Perdón, boludo. No sabÃa.
—Está bien. Pero no lo hagas más.
—No lo hago más. Prometido.
Se quedó solo con la mano en la pija, que ahora tenÃa un ritmo más suave.
—¿Asà está bien?
—SÃ.
—¿Querés que acelere?
—SÃ..
—¿Me vas a dar toda la leche? —me preguntó.
—SÃ, Pau.
—¿Para m�
—Para vos.
—¿Todo?
—Todo.
Se quedó callada, mirándome. PodÃa ver que estaba pensando, calculando.
Y cuando estaba cerca del final, cuando yo ya estaba empezando a acabar, sin que me diera cuenta, me subió la mano hasta el ano otra vez. Solo la puntita.
—Pau...
—Shhh —me dijo suavemente, con una sonrisa tierna—. Shhh, bebé, no pasa nada.
—Pero vos dijiste...
—Te estoy rozando, no te estoy metiendo el dedo. —Se mordió el labio—. Es diferente.
—Es igual.
—No, bebé, vos relajate. —Apuró la mano—. Shhh, bebé, solo disfrutá.
Y en vez de pedirle que parara, me quedé callado. La dejé hacer y me digné a obedecer. Y cuando exploté, explosión doble, ella siguió tocando, siguió rozando.
—Asà está mejor —me dijo cuando terminé—. Dale, limpiate.
Me limpié y me acomodé la ropa. Paulita se levantó, fue a la cocina. Escuché el agua corriendo, el sonido de las botellas chocando.
Cuando volvió, se sentó al lado mÃo como si nada.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—Bien. ¿Y vos?
—Genial. —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Te tranquilizo?
—SÃ, mucho.
—¡Ay, qué bueno! —Se rio—. Era lo que necesitabas.
—SÃ.
—¿Te sentÃs mejor?
—Mucho mejor.
—Che, me da mucho gusto que hayas venido hoy. —Me palmeó la pierna—. Necesitabas relajarte.
—Tenés razón.
—Siempre tengo razón. —Me guiñó—. ¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Que sos un pibe piola cuando te calmas.
—¿Eso es un cumplido?
—SÃ, es un cumplido.
Sonó el timbre.
—Las empanadas —dijo—. Por fin.
Fuimos a buscarlas, ella pagó, todo normal. Pero cuando nos sentamos a comer, cuando ella se acomodó en el sillón con las piernas cruzadas, yo no podÃa dejar de mirarle las manos. Las mismas manos que minutos antes me habÃan tocado la pija, que habÃan estado jugando con mi culo.
Y ella, como si nada, me pasaba empanadas.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—Nada.
—Me gusta como me mirás.
—¿Te gusta?
—SÃ. Ahora es como si fueras un flaco diferente.
—¿Diferente cómo?
—Más tranquilo. Más copado. —Se rio—. Menos alzado.
—Y vos estás igual?.
—Estoy igual... pero más contenta.
—¿Por qué?
—Porque me gusta cuidar de mis amigos. —Me pasó una empanada—. ¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Que tenés que venir más seguido. —Me guiñó—. Para que no te acumules tanto.
Me quedé callado.
—¿Querés? —me preguntó.
—SÃ.
—Bueno, entonces venà el domingo también. O cuando quieras.
Cuando me fui, después de las dos, me acompañó a la puerta.
—Que te vaya bien, boludo —me dijo.
—Gracias, Pau.
—Nos vemos pronto.
—Nos vemos pronto.
Me dio un beso en la mejilla y me fui.
Caminando , pensé que Paulita tenÃa razón. Me sentÃa más tranquilo. Más en paz.
Era como si algo se hubiera desatado, pero al mismo tiempo como si todo hubiera encontrado su lugar.
Y lo mejor: Ãbamos a fingir que habÃa sido cualquier miércoles normal.
Con mucho gusto.
—¿Me estás escuchando? —Paulita me tiró un almohadón.
—SÃ, sÃ. Tu jefa es una forra.
—No dije forra, dije intensa. —Se rio, se acomodó en el sillón, doblando las piernas debajo del cuerpo. Llevaba medias blancas hasta las rodillas, los pies descalzos, y la calza negra con el fruncido le marcaba la cola de una manera que harÃa sudar a un santo. El top gris, claramente sin corpiño, donde se le notaban los pezones cada vez que entraba aire fresco por la ventana abierta.
Y sin que me diera cuenta, mientras hablaba de su trabajo, empezó a mover el pie. Primero apoyó el talón en el sofá, después curvó los dedos, después me tocó la pierna con la punta del pie.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada. —Me miró con una sonrisa traviesa—. ¿Te molestan las medias?
—No, para nada.
Siguió acariciándome la pierna con el pie mientras me hablaba. Se habÃa quitado los zapatos después de que llegué, y sus pies descalzos, apenas rozándome el pantalón, me estaban volviendo loco. HabÃa una manera en que se movÃa últimamente, una manera diferente de mirarme.
—¿Estás bien hoy? —me preguntó, todavÃa jugando con mi pierna.
—SÃ, ¿por qué?
—No sé. Me parecés... no sé, como más intenso.
—¿Intenso cómo?
—Como si tuvieras algo encima.
Me obligué a mirarla a los ojos, no a sus medias, no a la forma en que tenÃa cruzada las piernas.
—Puede ser.
—¿Puede ser qué?
—Que tenga algo encima.
Paulita se mordió el labio, y por primera vez en toda la tarde, se puso seria.
—¿Qué tipo de algo?
—No sé, Pau.
—Contamelo.
—No puedo.
—¿No podés o no querés?
—No puedo.
Paulita se inclinó hacia mÃ, y vi cómo se le marcaban más los pezones contra la tela.
—Mirá —me dijo, con una voz más baja—. Yo soy tu amiga. Podés contarme lo que sea.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y no te va a parecer raro?
—No me va a parecer raro.
—¿Y si es algo... personal?
—Más personal que esto.
—¿Esto cómo?
—Que estés sentado en mi sillón con la pija dura hace una hora.
Me quedé mudo.
—¿Te diste cuenta?
—Soy mujer, boludo. Me doy cuenta de esas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que no parás de mirarme la cola. Que te quedas en silencio cuando hablo. Que te ruborizás cuando me ajusto las medias.
—Pau...
—Y que tenés la pija dura.
—¿Eso se nota?
—Se nota todo, boludo.
Me quedé callado, sintiendo su pie subir más, rozando ahora mi muslo.
—¿Desde cuándo sabés?
—Desde hace un rato. —Se mordió el labio—.
¿Hace cuánto?
—Una hora y media.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—¿Qué iba a decir?
Paulita me miró, después se cruzó de brazos, y eso hizo que se le marcaran aún más las tetas.
—¿Querés que te haga una paja asà te calmas?
La pregunta me agarró tan desprevenido que no supe qué contestar.
—¿En serio me lo estás proponiendo?
—En serio. —Se encogió de hombros—. Te veo caliente, yo tengo manos. Es una ecuación simple.
—Pero somos amigos.
—SÃ, y a los amigos se los ayuda. —Se acomodó en el sillón—. ¿La querés o no? Te saco la leche asà dejás de estar tan paja.
—SÃ, la quiero. Pero con una no me va alcanzar.
—No te agrandés, por ahora vamos con una paja. —Se acercó a mÃ, con esa sonrisa traviesa—. Eso sÃ, hay condiciones.
—¿Cuáles?
—No me tocás. —Me señaló con el dedo—. Yo te hago, vos te quedás quietito ahÃ, y después charlamos como siempre. ¿Dale?
—¿Y si después no podemos charlar como siempre?
—Sà podemos. Es una paja, no es una cirugÃa mayor.
—Para mà sà es algo.
—Para mà también. Pero estamos grandes, ¿no? Podemos manejarlo.
Se acomodó en el sillón, poniéndose de costado para mirarme.
—Sacala.
—¿Acá?
—Acá, ahora.
Me quedé unos segundos mirándola. Después, con las manos medio temblorosas, me desabroché el botón del jean.
—¿Estás nervioso? —me preguntó.
—Un poco.
—Yo también. —Se pasó la lengua por los labios—. Pero no seas cagón, dale.
Bajé el cierre y levanté la cadera para bajarme el pantalón y el bóxer lo suficiente. Y ahà estaba, dura como nunca, casi palpitando.
Paulita se quedó callada. Vi cómo tragó saliva, los ojos fijos.
—Ah —dijo bajito.
—¿Te parece bien?
—Me parece... sÃ..
Se acercó, y cuando sus dedos hicieron contacto, sentà una descarga que me recorrió entero.
—Ay, la puta madre —susurré.
—Ni empecé —se rio, cerrando la mano—. Pero está re caliente.
—Hace un rato que estoy asÃ.
—Ya veo. —Empezó a moverla, despacio—. ¿Asà está bien?
—SÃ.
—Avisame si querés más fuerte o despacio.
Por favor, que no pare nunca, pensé.
—¿Te gusta? —me preguntó, con una sonrisa medio canchera.
—SÃ, me gusta mucho.
—¿Te gusta mucho mi mano? —Aceleró el ritmo—. ¿Te gusta cómo te la hago?
—SÃ, Pau... sÃ.
—Uy, qué buenito. —Se mordió el labio—. Che, ¿me vas a dar toda la leche o en serio te voy a tener uqe hacer otra paja para sacartela toda?
La pregunta me shockeó. Paulita está posta en esto, pensé.
—No sé, Pau. ¿Qué preferÃs?
—Yo prefiero que me la des toda. —Apretó más fuerte—. Que te quedés seco, que no te quede nada para nadie más.
—¿Para nadie más?
—No. Que todo sea para mÃ.
—SÃ, Pau. Todo para vos.
—¿Seguro? ¿Me vas a dar toda tu lechita?
—Seguro.
De repente, sin que me lo esperara, me apretó las bolas con la otra mano. Un apretón fuerte, de los que duelen pero que me subieron la sangre al cerebro.
—Ay, la puta madre.
—¿Te gusta cuando te apreto asÃ? —dijo, todavÃa apretando—. ¿Te gusta cuando te la agarro bien fuerte?
—SÃ, me encanta.
—Sos un pajero perverso.
En ese momento, sin avisarme, me puso el dedo Ãndice en el ano. Solo la puntita.
Me salté del lugar.
—Pau, pará —dije, apartándome—. No, eso no, Pau. No.
—¿Por qué no?
—No me gusta, Paulita. No lo hagas más.
Paulita me miró, sorprendida.
—¿No te gusta?
—No. No me gusta. No lo hagas más.
—Okay. —Se rió, un poco avergonzada—. Perdón, boludo. No sabÃa.
—Está bien. Pero no lo hagas más.
—No lo hago más. Prometido.
Se quedó solo con la mano en la pija, que ahora tenÃa un ritmo más suave.
—¿Asà está bien?
—SÃ.
—¿Querés que acelere?
—SÃ..
—¿Me vas a dar toda la leche? —me preguntó.
—SÃ, Pau.
—¿Para m�
—Para vos.
—¿Todo?
—Todo.
Se quedó callada, mirándome. PodÃa ver que estaba pensando, calculando.
Y cuando estaba cerca del final, cuando yo ya estaba empezando a acabar, sin que me diera cuenta, me subió la mano hasta el ano otra vez. Solo la puntita.
—Pau...
—Shhh —me dijo suavemente, con una sonrisa tierna—. Shhh, bebé, no pasa nada.
—Pero vos dijiste...
—Te estoy rozando, no te estoy metiendo el dedo. —Se mordió el labio—. Es diferente.
—Es igual.
—No, bebé, vos relajate. —Apuró la mano—. Shhh, bebé, solo disfrutá.
Y en vez de pedirle que parara, me quedé callado. La dejé hacer y me digné a obedecer. Y cuando exploté, explosión doble, ella siguió tocando, siguió rozando.
—Asà está mejor —me dijo cuando terminé—. Dale, limpiate.
Me limpié y me acomodé la ropa. Paulita se levantó, fue a la cocina. Escuché el agua corriendo, el sonido de las botellas chocando.
Cuando volvió, se sentó al lado mÃo como si nada.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—Bien. ¿Y vos?
—Genial. —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Te tranquilizo?
—SÃ, mucho.
—¡Ay, qué bueno! —Se rio—. Era lo que necesitabas.
—SÃ.
—¿Te sentÃs mejor?
—Mucho mejor.
—Che, me da mucho gusto que hayas venido hoy. —Me palmeó la pierna—. Necesitabas relajarte.
—Tenés razón.
—Siempre tengo razón. —Me guiñó—. ¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Que sos un pibe piola cuando te calmas.
—¿Eso es un cumplido?
—SÃ, es un cumplido.
Sonó el timbre.
—Las empanadas —dijo—. Por fin.
Fuimos a buscarlas, ella pagó, todo normal. Pero cuando nos sentamos a comer, cuando ella se acomodó en el sillón con las piernas cruzadas, yo no podÃa dejar de mirarle las manos. Las mismas manos que minutos antes me habÃan tocado la pija, que habÃan estado jugando con mi culo.
Y ella, como si nada, me pasaba empanadas.
—¿Qué pasa? —me preguntó.
—Nada.
—Me gusta como me mirás.
—¿Te gusta?
—SÃ. Ahora es como si fueras un flaco diferente.
—¿Diferente cómo?
—Más tranquilo. Más copado. —Se rio—. Menos alzado.
—Y vos estás igual?.
—Estoy igual... pero más contenta.
—¿Por qué?
—Porque me gusta cuidar de mis amigos. —Me pasó una empanada—. ¿Sabés qué?
—¿Qué?
—Que tenés que venir más seguido. —Me guiñó—. Para que no te acumules tanto.
Me quedé callado.
—¿Querés? —me preguntó.
—SÃ.
—Bueno, entonces venà el domingo también. O cuando quieras.
Cuando me fui, después de las dos, me acompañó a la puerta.
—Que te vaya bien, boludo —me dijo.
—Gracias, Pau.
—Nos vemos pronto.
—Nos vemos pronto.
Me dio un beso en la mejilla y me fui.
Caminando , pensé que Paulita tenÃa razón. Me sentÃa más tranquilo. Más en paz.
Era como si algo se hubiera desatado, pero al mismo tiempo como si todo hubiera encontrado su lugar.
Y lo mejor: Ãbamos a fingir que habÃa sido cualquier miércoles normal.
Con mucho gusto.
6 comentarios - Mi amiga me hizo una paja por alzado