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Obsesionado con el Culo de Mamá 2

Me sentí como un niño mimado por querer más tan pronto, pero mi lujuria era un hecho innegable. Menos de cinco minutos después de haber llegado al clímax, ya estaba fantaseando con la próxima vez que podría ver a mi madre. Incluso el modo en que se había alejado de mi habitación, con ese balanceo de caderas ahora cargado de un nuevo significado, me pareció una provocación deliberada en lugar de un simple andar. Sí, definitivamente, era un niño mimado.

Pasé un rato acostado en la cama, repasando cada segundo del encuentro, grabando los detalles en mi memoria con la precisión de un archivista. Todavía no podía creer que hubiera sucedido. Me pellizqué el brazo un par de veces, buscando el dolor que confirmara la realidad. Haber descubierto que todo había sido un sueño habría sido, irónicamente, la verdadera pesadilla. Así que, cuando el leve escozor en la piel me aseguró que estaba despierto, una oleada de gratitud casi vertiginosa me invadió.

La mujer que había anhelado en secreto durante más de un año acababa de permitirme cubrir su enorme culo con mi semen. Había sido un sueño hecho realidad en el sentido más literal, y sin embargo, ni siquiera se acercaba a los confines más oscuros de mis fantasías. En aquellas, impulsadas por una lujuria desbocada, no me detenía hasta que mamá y yo cometíamos el pecado último, el tabú definitivo. Nunca me habría atrevido a insinuárselo, pero después de lo que acababa de ocurrir...

Las ganas de llamarla de vuelta a mi habitación eran un zumbido físico bajo la piel. Pero encontré, en algún rincón de mi conciencia, la fuerza para resistir. No quería que se convirtiera en una sirvienta de mis caprichos, o peor aún, temía que al pedir demasiado y demasiado pronto, pudiera parecer desagradecido y arruinarlo todo.

Para evitar que mi mente, siempre se dirigiera a mi obsesión, se fijara en un solo pensamiento, tomé el teléfono y abrí Instagram. El torrente de contenido breve y disperso logró distraerme por unos minutos de la mujer que, un piso más abajo, deambulaba por la casa. La oía tararear para sí misma, una melodía suave que atravesaba el suelo y se enredaba en mi estómago. Pronto, incluso los vídeos más estridentes se volvieron insípidos.

No pude resistirlo más. Bajé las escaleras y la encontré en la sala, hablando por teléfono. Por el tono, supuse que era con mi tía Linda, su hermana. Al verme entrar, mamá me lanzó un beso al aire sin interrumpir la conversación. Me apoyé en el marco de la puerta, cruzado de brazos, esperando. Quería que supiera, sin decir una palabra, que necesitaba algo.

Obsesionado con el Culo de Mamá 2

—Perdona, Lin, dame un segundo —dijo ella, alejando el auricular de su boca—. Hola, cielo. ¿Va todo bien?
—Sí, todo bien —respondí, sintiendo cómo el rubor me subía por el cuello—. Es solo que… ya sabes.
No sabía cómo articularlo, especialmente con su hermana al otro lado de la línea.
Sin emitir un sonido, ella movió sus labios formando una palabra silenciosa, mientras sus ojos me interrogaban con la mirada "¿Antojo?"
La timidez me invadió, pero, como le ha ocurrido a tantos niños tímidos, tuve la suerte de que mi madre pudiera leerme como un libro abierto. Asentí con la cabeza, un movimiento pequeño pero cargado de toda la urgencia que sentía. Mamá volvió el teléfono a su oreja.
—Hola, lo siento. Sí, ya sé, pero ha surgido algo… imprevisto. Exacto, Lin. Ya me entiendes. Te llamo dentro de un rato, ¿vale? Hablamos pronto.
Colgó y dejó el móvil sobre el brazo del sillón. Luego, volvió su atención hacia mí, y una sonrisa lenta, deliberadamente seductora, se dibujó en sus labios.
—No ha tardado mucho en volver el capricho —dijo, su tono era una mezcla de ternura y provocación—. ¿Acaso no te he atendido ya suficiente, señor mío?

Me quedé mirando mis propios pies, incapaz de sostener su mirada. La confesión era absurda y humillante.
—Sí… No. Más o menos. Quiero decir, más o menos… pero no exactamente.
Se levantó de la silla y cerró la distancia entre nosotros con un par de pasos lentos. Su sombra cayó sobre mí.
—¿Necesitas mi trasero otra vez, cariño?
Alcé la vista. Su expresión era una mezcla indescifrable de preocupación maternal y algo más… expectante.
—Tú… dijiste que podía preguntar cuando quisiera. Así que… pregunto ahora.
Una sonrisa fugaz, casi secreta, tocó sus labios.
—Y apuesto a que me lo preguntarás un par de veces más antes de que anochezca. Sé a lo que me he comprometido, cielo. Quiero que lo hagas tantas veces como necesites… para sacártelo del sistema, supongo.
Su razonamiento sonaba lógico, noble incluso. Pero una parte cínica y oscura dentro de mí se negaba a tragárselo. Un susurro egoísta, como el de un demonio en mi hombro, insistía en que ella no era tan altruista. Que había una lujuria latente en ella, un apetito que usaba mi obsesión como excusa legítima para saciar. 

Ella decía hacerlo por mí, pero era igualmente obvio que encontraba un placer genuino en ello. La luz en sus ojos, la ligereza casi coqueta en sus movimientos desde aquella mañana… todo sugería que había estado esperando, quizás con ansia, esta segunda petición.
Con un gesto de la barbilla, señaló hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.
—¿Subimos? ¿O prefieres aquí?
Mis ojos se abrieron desmesuradamente.
—¿Aquí… se puede? ¿En el sofá?
Ella asintió, con una paciencia que ahora me parecía cargada de significado.
—No me importa. Total, voy a estar tumbada. Tú eliges.
—¡Aquí! —espeté, demasiado rápido, demasiado entusiasta—. Sí. Aquí está… bien.
Mamá soltó una risa suave, un sonido que ya no era solo de ternura, sino de complicidad.
—No tienes que avergonzarte por estar emocionado, cielo. Me parece… adorable lo ansioso que estás.
—Ansioso, sí. Entonces… ¿el sofá?
Puso los ojos en blanco, pero con afecto.
—Dios mío, muchacho. ¿Sabes? Hay una mujer entera unida a este trasero.
—Lo siento, mamá —murmuré, sin sentir nada de arrepentimiento.
Frunció los labios, reprimiendo una sonrisa más amplia.
—No, no lo sientes. Pero está bien. Solo estás… muy emocionado con el gran trasero de mamá. Lo entiendo.
El aire entre nosotros parecía electrizado. Me sentí más audaz, tentado a probar los límites de este juego peligroso.
—¿Podríamos… hacer algo diferente esta vez?
Se mordió el interior de la mejilla, un gesto que ya reconocía como su señal de nerviosismo.
—Quizás. ¿Qué tienes en mente?
—Sin ropa interior —dije, manteniendo la voz firme, aunque estaba listo para retractarme al primer signo de rechazo.
Por suerte, no llegó. Ella vaciló, pero fue una vacilación pensativa, no de negación.
—Supongo que… sí. Creo que está bien. No es para tanto, ¿verdad? Ya lo has visto… casi. Creo que puedo hacerlo. —Parecía más como si se estuviera dando valor a sí misma que como si me estuviera hablando a mí.
—¡Genial! —exclamé, incapaz de contenerlo.
—Pero —añadió rápidamente, su voz bajando a un susurro serio—, eso no significa que… vayas a entrar en mí, ¿verdad?
Por mucho que mi cuerpo primitivo ansiara precisamente eso, sabía que la precipitación sería mi perdición.
—Lo prometo, mamá.
Ella asintió, un movimiento lento que parecía más para convencerse a sí misma.
—Está bien, cielo. ¿Me tumbo como la última vez?
Asentí con avidez.
—Por favor.
Ella asintió también, pero la inquietud no se había disipado de su rostro.
—¿Debería…? Voy a… Sí. De acuerdo.
—¿Qué? —pregunté, impaciente.
—Bueno… ¿debería quitármelos ahora o cuando ya esté tumbada?
—Da igual —dije, pero mi voz sonó ronca por la anticipación.
Arrugó la nariz y negó con la cabeza, frustrada consigo misma.
—Dios, le estoy dando demasiadas vueltas. ¡Es que estoy muy nerviosa! ¿Puedes decidir tú, cariño? Dime qué hacer.
La invitación, dicha con esa mezcla de vulnerabilidad y sumisión, fue la chispa final. Me quité los pantalones cortos de un tirón, quedando solo en mis boxers, y me dejé caer en el sofá. La miré directamente a los ojos, asumiendo un control que no sabía si tenía.
—Quítatelos ya, mamá.
Con mamá de pie frente a mí mientras yo estaba sentado en el sofá, la escena adquirió la atmósfera cargada de un striptease privado. No llevaba lencería convencional, pero sus bragas se ajustaban a sus curvas con una precisión que superaba cualquier foto cuidadosamente planificada. La tela era una afirmación silenciosa de su forma.
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—Te ves increíble, mamá —dije, y mi voz sonó extrañamente grave, seria.
Ella agitó una mano como para desestimar el halago, pero el intenso rubor que le subió por el cuello hasta las mejillas la delató.
—¡Ay, por favor! ¡Ni siquiera he empezado!
Coloqué una mano sobre mi regazo, sobre la tela de mis boxers, y comencé a acariciarme a través de la tela.
—Estoy listo cuando tú lo estés —dije—. Pero… ¿podría verte por detrás?
—¿Quieres que me dé la vuelta? Soy más que solo un trasero, ¿sabes? —respondió, pero ya había un asomo de complicidad en su tono—. Pero sí, cielo. Me daré la vuelta para ti.
Fiel a su palabra, giró sobre sus talones hasta quedar de espaldas. Su respiración era un poco más audible.
—Bueno… aquí va. Tres… dos… ¡uno!
Bajó la ropa interior más rápido de lo que hubiera deseado, pero la rapidez del gesto tuvo un efecto inesperado: al tirar de la tela hacia abajo, su trasero se sacudió brevemente, una pequeña convulsión de carne que me dejó sin aliento.
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La mitad superior de su cuerpo aún llevaba una camiseta corta que apenas le cubría la cintura, y esa parcialidad la hacía, de algún modo, aún más seductora. Una mitad quedaba a mi imaginación; la otra, expuesta, desnuda para mi contemplación. Sus nalgas generosas, el suave arco de su espalda baja, incluso la vulnerabilidad de sus dedos descalzos… todo era deslumbrante.
Apreté la punta de mi erección a través del algodón.
—Joder, mamá.
Ella sacudió ligeramente las caderas, un movimiento casi involuntario.
—¿Puedo acostarme ya?
Le di unas palmaditas al cojín a mi lado.
—Sí. Pero… quiero sentarme a horcajadas sobre tus piernas. Para verlo mejor.
A pesar de la tensión visible en sus hombros, no objetó. Me miró por encima del hombro con una sonrisa que parecía, al menos en parte, genuina.
—De acuerdo, cielo.
Con dos pasos cortos llegó al sofá. Se tumbó boca abajo, estirando las piernas hacia atrás hasta que sus tobillos se tocaron. Su trasero se alzaba entonces como una ofrenda monumental, dos montañas de palidez suave encaramadas sobre el paisaje más modesto de sus muslos. El pliegue que las separaba era una línea tensa, un valle profundo sobre el que la carne parecía balancearse con su propio peso.
Me quité los boxers de un movimiento y me subí, no sobre ella como mi cuerpo gritaba que deseaba, sino a horcajadas sobre sus pantorrillas, atrapándolas bajo mi peso.
—¿Peso demasiado?
—No —respondió, su voz un poco sofocada por el cojín—. Está bien. Haz… lo que necesites hacer, cariño.
—¿Se siente más raro… así? —pregunté, refiriéndome a mi desnudez.
Se retorció un poco debajo de mí, y la parte trasera de sus rodillas rozó mis testículos.
—Un poco, sí. Pensé que tú también llevarías ropa interior esta vez, pero…
—¿Quieres que me la ponga? —Me preparé para la decepción.
Afortunadamente, ella no retrocedió.
—No. Está bien. Es raro, pero no… no tanto. —Hizo una pausa—. ¿Se ve… mejor así?
Asentí con fervor, mi mano ya trabajando sobre mi pene, que alcanzó su plena rigidez en unos pocos trazos.
—Joder, sí que se ve mejor.
Mamá cruzó los brazos y apoyó la cabeza sobre ellos, ocultando su rostro en un velo de cabello. Mi vista cenital me permitía apreciar la arquitectura completa de su cuerpo: la cintura sorprendentemente estrecha que se expandía en unas caderas poderosas, la pronunciada curva lumbar que actuaba como un pedestal para sus nalgas. Había una diferencia de altura palpable entre el hueco de su espalda y la cumbre de aquella carne. Sentía un calor húmedo y primitivo emanando del espacio entre sus muslos cerrados. Mis testículos colgaban sobre ese abismo como sobre la boca de un volcán.
Justo cuando creía que mi erección no podía ser más intensa, mamá realizó un pequeño, pero magnífico, contoneo. Sus nalgas se encontraron en un aplauso sordo, un sonido que, aunque amortiguado, hizo que mi estómago diera un vuelco. Su rango de movimiento estaba limitado por mi peso, pero incluso el más mínimo giro de sus caderas creaba ondas lentas y voluptuosas en la superficie.
Un estallido de piel de gallina, cientos de pequeños bultos, apareció de repente en su piel, añadiendo una textura fascinante a la suavidad general.
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—Mamá… ¿puedo tocarla? —pregunté, mi voz cargada de necesidad.
Ella murmuró algo ininteligible contra el cojín.
—¿Quizás podrías… solo mirar esta vez, cariño? ¿Te parece bien?
Intenté que mi voz no sonara demasiado abatida.
—Sí… supongo.
Ella suspiró, un sonido de frustración consigo misma, y luego murmuró algo más.
—Cariño… ¿de verdad necesitas tocarlo tú?
¡Sí! Sin pensarlo, extendí la mano izquierda y tomé un puñado voraz de su mejilla izquierda. Era más suave de lo que cualquier imaginación podría concebir, como hundir la mano en nubes compactas.
—¡Ay! —chilló ella, sobresaltándose—. Eso… eso no era una invitación, cielo.
No retiré la mano. Al contrario, cerré los dedos, permitiendo que la carne tierna se filtrara entre ellos, moldeándose alrededor de mi mano como cemento tibio. Me hundí un poco más, separando sin querer su nalga, y sentí el calor húmedo de su vagina rozar mis nudillos.
—¡Me estás abriendo, cariño! —protestó, pero su voz carecía de verdadera fuerza—. ¿Tienes que abrirla tanto?
—¿Quieres que pare? —pregunté, seguro de la respuesta.
Soltó un suspiro largo y teatral.
—Sé que no quieres soltarme… así que está bien. Solo sé… amable con mi trasero. No me dejes moretones.
—No lo haré. Pero…
—¿Pero?
—Pero tengo ganas de darte una nalgada —admití, la confesión saliendo en un susurro ronco.
Ella gruñó, un sonido de fastidio fingido.
—¡Lo sabía! Eres igual que tu padre. ¿Qué tienen los hombres con los azotes?
Me encogí de hombros, una oleada de extraño orgullo mezclándose con la excitación.
—No lo sé. Parece cosa de familia.
—Qué conveniente —dijo, pero su tono era de resignación—. ¿Me prometes ser gentil? En serio.
Sacudí su mejilla suavemente un par de veces, viendo cómo las ondas se propagaban.
—¿Eso es un sí?
—¡Si eres gentil!
A pesar de la advertencia, la sangre me latía en las sienes cuando me dio ese permiso tácito. Mi pene palpitaba, endureciéndose hasta un punto que creía imposible. Los meses de fantasear con esta imagen lo habían preparado para este momento. Solté su carne, con pesar, solo para alzar la mano unos treinta centímetros y descargarla, con la palma abierta, en el centro de su mejilla izquierda.
El impacto fue carnoso y resonante, enviando una onda sísmica a través de su carne que llegó hasta sus muslos.
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Ella gritó, un sonido agudo de sorpresa, y apretó las nalgas al instante.
—¡Joder!
—Lo sé… lo siento. Es que… joder, mamá. Se ve tan bien cuando se mueve.
No sentía remordimiento, solo un triunfo oscuro.
—Me alegra que te guste —dijo, recuperando el aliento—, pero ¿podrías ser más suave… la próxima vez?
Un hormigueo de anticipación me recorrió la nuca.
—¿Quieres decir que… hay una próxima vez?
Ella rio, un sonido ahogado por el cojín.
—Cariño, el culo de mamá es como las Pringles. Apuesto a que no puedes conformarte con solo una. Igual que tu maldito padre.
Sentí una conexión extraña y poderosa con ese fantasma en ese momento. Alcé la mano nuevamente y descargué otra palmada, más contenida pero igualmente firme, sobre su otra mejilla.
Esta vez, el sonido fue más un golpeteo sordo. Le di unas palmaditas rápidas y suaves, deleitándome con las pequeñas ondulaciones bajo mis dedos.
—Así está mejor —dijo ella, su voz un poco más relajada—. ¿Ves? Se puede ser bueno.
—Sí, pero… —vacilé.
Ella soltó una risita, divertida por su capacidad de leerme.
—Pero no quieres parar. Claro que no.
—Para nada.
—Niño goloso —susurró, y su tono era ahora claramente alentador—. Está bien. Dame otra.
Obedecí, y esta vez el golpe fue más fuerte que el primero. Un sonido húmedo y contundente llenó la sala, un sonido que quería grabar en mi memoria para siempre.
Mamá chilló, pateando el sofá involuntariamente.
—¡Dios mío, Cristóbal!
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Antes de que pudiera decir nada más, le di otra, justo al lado de la primera. Una marca roja brillante ya se estaba formando en su piel, un sello de mi posesión impreso en su palidez. Mi palma y dedos quedaron estampados en un tono rosa intenso.
Ella jadeó, un sonido entrecortado.
—¡Oh, joder!
—¿Demasiado? —pregunté, dejando mi mano sobre la mejilla acalorada. Al apretar para aliviar el dolor, mi pulgar, por pura proximidad, se deslizó hacia el surco entre sus nalgas.
—¡Sí! —gritó, pero era un grito sin convicción.
La yema de mi pulgar encontró algo suave y anillado: un músculo vivo. Presioné ligeramente, hundiéndome en los pliegues arrugados que rodeaban su pequeño ano. Era increíblemente pequeño, pero los surcos a su alrededor se extendían. Tiré de su nalga hacia un lado, manteniendo el pulgar en su lugar, abriendo la vista.
El anillo era perfectamente circular hasta que la presión lo distorsionó ligeramente. Parecía caramelo derretido, y la imagen me hizo la boca agua. Solo pensar en llevar mi libertinaje más allá fue el detonante final.
—Mamá… —gruñí—. Ya viene.
—¿Ya vienes? —preguntó, confundida por un instante, antes de que la comprensión la iluminara—. ¡Oh! ¡Te estás corriendo!
—Ajá. Sí, como… ¡Madre mía!
Una oleada de calor punzante envolvió la base de mi espina dorsal y se expandió, derritiendo cualquier pensamiento coherente.
—¡Hazlo, cariño! —exclamó, y su voz sonó extrañamente excitada—. ¡Córrete en el culo de mami!
El apelativo, ahora cargado de una sexualidad obscena, reconectó mi cerebro en una fracción de segundo. No me estaba corriendo sobre una mujer cualquiera, sino sobre la fuente misma de mi obsesión. La culpa era un sabor agrio en medio del dulzor del placer.
Mis testículos se contrajeron, mi pene palpitó con fuerza violenta. Cerré los ojos ante el clímax, pero los abrí justo a tiempo para ver el primer chorro espeso y blanco salir disparado y golpear su mejilla izquierda con un sonido húmedo y audible. Un segundo chorro se cruzó con el primero, formando una X desordenada. Un tercero, con fuerza decreciente pero abundante, trazó una línea desde su nalga derecha hasta la espalda baja. Una cuarta, luego una quinta eyección se sumaron al festín, fundiéndose en un montículo pegajoso y brillante.
El semen se aferró obstinadamente antes de ceder a la gravedad, deslizándose en regueros lentos que confluyeron en un charco creciente en el valle entre sus nalgas. Su piel brillaba bajo la sustancia lechosa, cada hilo reluciendo como seda líquida. Me maravillé del mapa que estaba dibujando sobre su cuerpo, una reivindicación visceral y húmeda de mi deseo.
Un rugido gutural me desgarró la garganta, ahogando cualquier otro sonido. Cuando el último espasmo cedió, me desplomé hacia un lado, apoyándome en un codo, temblando.
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—Ya terminé, mamá.
Ella giró la cabeza, mirándome con un solo ojo visible entre su cabello.
—¿Necesitas sentarte, cielo?
Me dejé caer sobre ella, no con peso, sino con todo mi cuerpo agotado, pegando mi piel a la suya, ahora unidos por la sustancia cálida y pegajosa.
—Joder. Joder, mamá. Eso fue… increíble.
Ella metió una mano detrás y encontró mi cabeza, acariciando mi pelo con una ternura que contrastaba brutalmente con lo que acababa de ocurrir.
—¿Mejor sin ropa interior? —preguntó, su voz un susurro juguetón.
Asentí contra su espalda.
—Claro que sí. Nunca… nunca me había corrido así.
—Y ahora estamos los dos pegajosos —observó, con un dejo de humor.
Sentí el semen, ya enfriándose, actuando como un pegamento entre nosotros. No era físicamente cómodo, pero a un nivel más profundo, lo quería.
—No me importa. Vale la pena.
—¡Apuesto a que sí! Feliz de que tu pene esté tocando mi trasero.
Me ajusté ligeramente sobre ella.
—Bueno, está más en tu pierna… pero sí.
—Será mejor que no te pongas duro otra vez —dijo, y su tono era una advertencia débil—, porque en este ángulo esa cosa podría meterse justo donde no debe.
Para demostrarlo, o quizás para tentar al destino, meneó su trasero un par de veces. La sensación de su carne suave deslizándose contra mi abdomen, a través de la capa de semen, fue una descarga eléctrica. Sentí un latido familiar, traicionero, en mi entrepierna.
—¡Vaya! ¡Lo estás consiguiendo! —exclamé, mitad asombrado, mitad alarmado.
Mamá me dio unas palmaditas en la nuca.
—Entonces creo que es hora de que te alejes de mí, cariño. No queremos cometer… ese error. ¿Verdad?
No supe si lo decía en serio o si solo articulaba el tabú final, el muro que aún no nos atrevíamos a derribar. Me parecía la evolución natural, quizás prematura, de todo lo que habíamos hecho. Aunque ella mostraba recelo, habría jurado que detecté un temblor de anticipación, no solo de miedo, en su voz.
—No lo sé, mamá —respondí, mi voz ronca por el esfuerzo y la emoción—. ¿Lo sabemos?

No respondió de inmediato. Rezé para que solo estuviera pensándoselo, pero su reacción fue la que, en el fondo, ya esperaba.
—N-no… No, no podemos —susurró, su voz cargada de un conflicto que resonó en el silencio de la habitación.
Incliné la cabeza y le dejé un beso suave en el hombro, dejando que mis labios descansaran un segundo sobre su piel cálida y fina.
—Solo bromeaba, mamá.
Ella soltó un sonido ronco, a medio camino entre una risa sofocada y un suspiro de complicidad.
—Ajá. Claro que sí, cariño. Mamá te cree… totalmente.
Me acerqué aún más, hasta que mi boca rozó su oído, y le gemí con un hilo de voz:
—Si sigues hablando así… va a pasar. Nos guste o no.
Mamá se encabritó como si le hubiera dado una descarga, empujándome lejos de su cuerpo y rodando hacia un lado del sofá.
—Sé un buen chico y tráeme una toallita, por favor. Pensé que habría menos… porque era tu segunda vez hoy, pero… ¿siempre es así?
—¿Así cómo? —pregunté, confundido.
—¡Así! —exclamó, con un gesto vago pero elocuente hacia sus nalgas—. ¡Tan… abundante! ¡Siento como si todo mi trasero estuviera… empapado! ¡No sé cómo describirlo!
Una sonrisa involuntaria se dibujó en mis labios. Me agaché y, con una reverencia casi burlona, ahuequé con suavidad una de sus mejillas regordetas a través de la tela.
—Supongo que por fin estás entendiendo lo que tu trasero me hace.
—Mmm —gruñó, pero sin verdadera molestia—. Bueno, tú usaste la palabra «obsesión».
Estiré la pierna por encima de su cuerpo hasta que mi pie tocó el suelo, y luego me levanté del sofá. Un hormigueo eléctrico aún recorría mis extremidades.
—¡Y lo decía en serio! Pero en este momento, mi única obsesión es conseguirte esa toalla.
Mamá me dedicó una sonrisa radiante, tan cálida y acogedora que por un segundo borró la perversidad de la situación.
—Gracias, cariño.
Mis manos no dejaron de temblar en todo el trayecto: al armario de la ropa blanca, luego al baño para mojar un paño suave con agua tibia —no caliente, no fría—, y de regreso a la sala. La normalidad del acto chocaba absurdamente con el contexto.
Al entrar, la vi. No se había movido. Permanecía tumbada de costado, su trasero aún expuesto y glorioso a la tenue luz de la tarde, un espectáculo que me dejó boquiabierto y paralizado en el umbral. Debió de sentir mi mirada, porque al cabo de unos segundos de silencio cargado, se aclaró la garganta.
—¡Ejem!
—¡Lo siento! —farfullé, sintiendo que el rubor me subía por el cuello—. Lo siento, mamá.
—¿Me estás taladrando el trasero con esa mirada, verdad? —dijo, y su tono era más de exasperación juguetona que de enfado—. ¡Pensé que el objetivo de todo esto era sacarte esto de la cabeza!
—Sí —dije, avanzando finalmente—. Sí, lo es. Y… creo que está funcionando.
Mamá se giró un poco más, lo suficiente para que pudiera ver su perfil y el arco escéptico de una ceja.
—¿En serio?
Me quedé helado, una parálisis que contrastaba violentamente con la oleada de sangre caliente que me quemaba las mejillas. Había tropezado con mi propia mentira.
—Yo, eh… Sí. ¡Creo que sí! Así que… no tenemos que parar, ¿verdad?
Sus ojos oscilaron entre los míos, escudriñando, buscando un atisbo de sinceridad bajo la capa de deseo y vergüenza.
—Mmm. Vale, cielo. Si tú lo dices —concedió al fin, aunque su voz no sonaba del todo convencida—. Es solo por el resto del día, así que…
Pareció dejar el tema, por suerte. Yo era un pésimo mentiroso, y apenas podía engañarme a mí mismo pensando que la había convencido de algo con aquel primer y torpe intento de deshacer el hechizo.
Señaló el paño húmedo que sostenía en la mano.
—¿Lo mojaste con agua tibia?
Asentí.
Una sonrisa genuina, innegable, iluminó su rostro. Al principio no entendí por qué.
—¿Sabes? Una mujer puede aprender mucho de un hombre por el tipo de toalla que le trae después.
Nunca había oído hablar de tal prueba.
—¿En serio?
—Mojada con agua tibia es una muy buena señal —afirmó, con un dejo de nostalgia en la voz—. ¡He tenido tipos que me traían una completamente seca! Aunque supongo que incluso eso es mejor que fría y empapada… eso sí que es asqueroso.
Arrugué la nariz.
—Demasiada información, mamá.
—¡Vaya, qué rico viene de parte del chico que acaba de correrse en mi trasero como para poblar un pueblo pequeño! —replicó, con una carcajada—. Pensé que podríamos contarnos cualquier cosa ahora.
—Podemos —dije, sintiendo una punzada inesperada y agria—. Pero no me gusta oír hablar de otros hombres con los que has estado. Al fin y al cabo, sigues siendo mi madre.
—Ah —exhaló ella, y una luz de comprensión, casi de triunfo, brilló en sus ojos—. Ya veo. ¿Celos, verdad?

Arqueé una ceja, una defensa débil contra la dirección que estaba tomando.
—¿De qué…?
Se encogió de hombros, un gesto de una desenvoltura que me desarmó por completo.
—Celosa de los chicos que ya me han tenido. Apuesto a que desearías estar en esa lista.
Sentí que el color y toda la calidez me abandonaban la cara, dejándome frío y hueco, como un espectro de mí mismo.
—Solo… estás jugando conmigo —logré articular, pero sonó a súplica.
Se encogió de hombros de nuevo, con una inocencia calculada.
—Quizás. Ahora, por favor, límpiame a tus futuros hijos del trasero.
La crudeza de sus palabras, dichas con esa falsa ligereza, me golpeó con fuerza. Me concentré en la tarea. Le limpié con el paño tibio, pasándolo sobre la piel tersa de sus mejillas, recogiendo las pruebas de mi obsesión. Si hubiera usado uno seco, el peso habría sido considerable. Introduje dos dedos cubiertos por la tela entre sus muslos, curvándolos para formar una bola y luego deslizando el paño a través del surco profundo y ahora pegajoso entre sus nalgas. Era un movimiento extrañamente íntimo y utilitario a la vez, y me vino un recuerdo fugaz, incongruente: ella haciendo algo similar por mí cuando era niño, en circunstancias diametralmente opuestas. La dependencia absoluta de entonces se había transmutado en esta otra dependencia, enfermiza y total.
—Qué raroooo —canturreó ella, con una risita nerviosa—. Es como si… Sí. Ya me entiendes.
Le devolví una risa igual de tensa.
—Sí, lo entiendo. Aunque esto es… diferente.
—¡Bueno, no eres tú al que están limpiando! —protestó, aunque sin fuerza—. Aunque… no está mal. Estar aquí tumbada mientras me cuidas es… relajante. Pero ten cuidado dónde… ¡oh! ¡Me estás tocando, cariño! Ten cuidado dónde me estás tocando.
—¿Por qué? —pregunté, con una ignorancia deliberada, mientras hacía otra pasada por el pliegue sensible.
—¡Porque ese era mi coño! —chilló, y la palabra, cruda y explícita en su boca, resonó en la habitación como un latigazo.
«Coño». La hice eco en mi mente. Era la frontera verbal más explícita que había cruzado. Apreté un poco más la presión con el paño, y ella emitió un suspiro que sonó más a rendición que a queja.
—Y ese era mi trasero —dije, como reclamando un territorio.
—Lo siento, mamá. Solo estoy limpiando. Ni siquiera lo siento a través de la tela.
—¡Pero yo lo siento! Sé más cuidadoso.
—¿Eso significa que la próxima vez tampoco podré tocarte… ahí? —pregunté, y mi voz sonó genuinamente desolada.
Suspiró, un sonido largo y cargado.
—Significa que ya veremos, cielo. Creo que ya estoy limpia, pero aún siento que debería ducharme.
—¿Por qué? —insistí, aunque empezaba a intuir la razón.
—Por si acaso te perdiste algo. Estaba… muy empapado. Temo que algo pudo… colarse. Adentro.
Mis ojos se abrieron de par en par. Una mezcla de alarma y de un extraño, prohibido orgullo me invadió.
—¡Guau!
—Sí —dijo, y al principio soltó una risita nerviosa—. No tomo anticonceptivos, y no creo que quieras ser la razón de un bebé sorpresa a mi edad, ¿verdad?
Pero su risa se extinguió al volverse y ver la expresión en mi rostro, que debía ser una mezcla de asombro y de algo más, algo contemplativo.
—Oh… —murmuró, su voz perdiendo por completo el tono juguetón—. Oh, quizá a ti… ¡Caramba, cariño!
Me sacudí, forzando una neutralidad imposible.
—¿Qué? No, nada. Perdona, estaba pensando en… otra cosa.
—Mmm —dijo, escrutándome—. Si tú lo dices, cielo.
Había sido mi actuación más patética, pero me salvó el timbre estridente de su teléfono, interrumpiendo el peligroso carrusel de miradas y medias verdades.
—Es Linda otra vez —suspiró, frotándose la frente—. Mierda. Se me olvidó por completo devolverle la llamada.
Señalé el pasillo con el pulgar, agradecido por la distracción.
—Yo tengo tarea que hacer de todas formas. ¿Quizás… podemos continuar después de que te duches?
Mamá ladeó la cabeza, y una sonrisa cansada pero coqueta asomó a sus labios.
—¿Estás programando sesiones con mi trasero ahora?
Me encogí de hombros, tratando de parecer despreocupado.
—Si el horario está disponible.
Me lanzó un beso al aire, un gesto habitual que ahora estaba cargado de un significado completamente nuevo.
madre puta

—Es una cita, cielo.
Fingí atraparlo, llevármelo a la boca y devolverlo con un "¡MUA!" exagerado. Acto seguido, salí de la habitación justo cuando ella contestaba el teléfono, oyendo cómo empezaba a excusarse con su hermana por su prolongada ausencia. Cada paso por el pasillo era un latido acelerado, cada respiración, un recordatorio de lo profundo que había caído, y de lo mucho más adentro que anhelaba seguir hundiéndome.

CONTINUARÁ...
La aventura apenas comienza, ¡no se pierdan los próximos capítulos! Si quieren más, chequen mi perfil donde hay otras historias esperándolos Dejen sus puntos, comentarios y compartan para mas :D

0 comentarios - Obsesionado con el Culo de Mamá 2