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Jugando fuerte con mi hermana. VII

Jugando fuerte con mi hermana. VII
El bajón de la coca empezaba a golpear fuerte. Los ojos me pesaban, la cabeza se me iba. Por fin sentía que el sueño llegaba, que el cuerpo se rendía. Cerré los ojos del todo, respirando profundo.
Entonces vibró el móvil en la mesilla. Lo cogí sin pensar. Mensaje de papá. “Necesito que me ayudes. Esta chapuza es más difícil de lo que esperaba. En un rato voy a buscarte con la furgo. Me la debes.”
El corazón me dio un vuelco. Mierda. Mierda. Mierda.


Me incorporé de golpe. Olía a sexo, a sudor, a coca, a semen seco. Apestaba. Si papá entraba en mi habitación, si olía algo… se daría cuenta de todo. No podía permitirlo. No después de todo lo que habían hecho por mí y de las advertencias.
Salí corriendo al patio trasero, descalzo, en calzoncillos. La ducha de camping estaba allí, un cubículo de plástico con manguera y un calentador eléctrico que apenas funcionaba. Abrí el agua fría de golpe. Me metí debajo, el chorro helado golpeándome la piel como agujas. Me froté con jabón barato, el que había en un estante, restregándome el culo, la cara, el pecho, las axilas. El semen del negro todavía goteaba un poco cuando me agaché, y lo limpié con furia. Me lavé la boca, la lengua, los dientes. Me froté la pija hasta que dolió. Quería borrar todo rastro, todo olor, todo.
El agua fría me despertó del todo, pero también me calmó un poco. Cuando cerré el grifo, temblaba, pero ya no olía. O al menos eso creía. Me sequé con una toalla vieja que colgaba allí, me puse el pijama que tenía en el tendedero y volví a la habitación.


Me metí en la cama otra vez, el cuerpo húmedo y frío. El móvil seguía en silencio. Papá no había escrito más. Tal vez no viniera. Tal vez se le pasara.
Cerré los ojos. El sueño llegó por fin, pesado, oscuro, lleno de imágenes que no quería ver, y por un segundo pensé que lo había conseguido: que la noche se iba a acabar sin más desastres.
Entonces oí el claxon de la furgoneta. Dos pitidos cortos, impacientes. El corazón me dio un vuelco. Mierda. Papá.


Me levanté de un salto, el cuerpo aún temblando del susto. Me puse un chándal viejo que tenía guardado para alguna ocasión como esta, y busqué las gafas de sol y la visera en el cajón. Me las puse aunque todavía no había salido el sol del todo. Por si acaso. Por si íbamos a algún sitio donde el sol pegara fuerte y no quisiera que me viera la cara. Bajé las escaleras de puntillas, rezando para que papá no oliera nada raro cuando subiera.
Abrí la puerta de la calle. La furgoneta estaba allí, motor encendido, luces bajas. Subí al asiento del copiloto sin mirarlo directamente.
Papá arrancó sin decir nada al principio. Solo conducía, las manos apretando el volante. Al cabo de un rato, cuando ya salíamos a la carretera, habló.
—Cuántas ganas tengo de que empieces a trabajar y me pagues lo que me debes —dijo, la voz baja pero cortante—. Me vas a dar dos mil euros al mes. Y si tienes que vivir de sopas de sobre, me la suda.


Se me heló la sangre. Pensé que lo sabía. Que había olido algo, que había visto algo en mis ojos, en mi cara. Pero no dijo más. Preferí no preguntar. Me limité a mirar por la ventanilla, el paisaje borroso por la falta de sueño y la coca residual.


Fuimos a otro pueblo, uno más pequeño, casas bajas y calles sin asfaltar. Entramos en una casa normal, con patio delantero. Papá aparcó la furgoneta al lado. Bajamos. El dueño nos esperaba en la puerta: un hombre mayor, sesenta y tantos, con camisa de cuadros y cara amable. Al lado tenía a otro tipo, unos cincuenta años pero vestido como un joven: camiseta ajustada, cadenas de oro, pelo teñido negro y peinado hacia atrás. Olía a colonia barata y a tabaco.
Bajamos al sótano. Era un agujero húmedo, con paredes de piedra y suelo de tierra. Allí nos dieron pico y pala.
—Hay que excavar un pozo nuevo —dijo el mayor—. El viejo se secó. No queda otro remedio que hacerlo a mano.
Los dos hombres se fueron. Papá y yo nos quedamos solos. Empezamos a darle al pico y a la pala. Papá me iba dando indicaciones, paciente pero firme.
—Más fuerte, Carlos. No le tengas miedo al pico. Clávalo bien, como si quisieras romper el suelo.
Yo nunca había hecho una tarea así. El pico pesaba, el sudor me corría por la espalda al instante. Cada golpe me dolía en los brazos, en la espalda, pero seguía. Papá trabajaba como si nada, años de chapuzas en el cuerpo.
Cuando llenamos el primer saco, lo cargué y lo subí al patio. El tipo vestido como joven estaba allí, fumando un cigarro. Me vio llegar sudado, la camiseta pegada al cuerpo, la cara roja. Se acercó, me olisqueó como un perro.
—Coca colombiana, cosecha del 2024 —dijo, riéndose—. De eso sé yo.
Me quedé helado. El corazón me latió en la garganta.
—Por favor —susurré—. No digas nada. Mi padre…
Él levantó una mano.—No te preocupes, chaval. No voy a decir nada. Pero eres muy guapo. Me gustas. Quiero que me encules.
Lo miré, no me gustaba pero la pija se me puso dura de golpe, a pesar del miedo, a pesar del cansancio.
—En este momento no puedo —dije—. Estoy trabajando con mi padre.
Él se rió.—Sigue trabajando. Ya se me ocurrirá algo.


Volví al sótano, las manos temblando. Papá no dijo nada. Seguimos picando.
Papá y yo seguimos trabajando en el sótano, el pico golpeando la tierra dura con un "thud" rítmico que resonaba en las paredes húmedas. El sudor me corría por la cara, por la espalda, mezclándose con el polvo que se levantaba con cada golpe. Llenábamos sacos uno tras otro, la tierra apestando a humedad y a viejo. Papá no hablaba mucho, solo indicaciones cortas: "más profundo", "dale más fuerte". Yo obedecía, el cuerpo doliéndome ya en sitios que no sabía que podían doler.
Cuando teníamos unos cuantos sacos llenos, el cincuentón que me había hecho propuestas bajó al sótano. Llevaba una cerveza en la mano, la camiseta ajustada limpia como nueva.
—Hay que llevar esos sacos a otra parte —dijo—. Apestan. Hay que llevarlos a la finca que está a dos kilómetros. Y tirar la tierra allí.
Papá miró los sacos, luego a mí.
—Ve tú, Carlos. Acompáñalo. Yo sigo aquí llenando más.
Asentí, el estómago en un nudo. Subí los sacos a la furgoneta con el cincuentón tomando su cerveza, uno a uno, el peso tirándome de los brazos. Él no ayudaba, solo me miraba con una sonrisa bonachona. Arrancamos, el motor rugiendo por el camino de tierra. Llegamos a la finca: un terreno baldío, lleno de maleza y piedras, a dos kilómetros como dijo.


Aparqué. Bajamos. Él se acercó, me miró de arriba abajo con cariño.
—No te preocupes —dijo—. No voy a decir nada. Y no hace falta que tengamos sexo. Pero si me enculas, te doy un gramo de coca o 60 euros. Elige.
Miré al suelo, el corazón latiéndome fuerte. Terror. Puro terror. Elegí la pasta. 60 euros eran 60 euros. Dinero que no tenía que pedir a papá.
—Los 60 euros —dije.
Él se puso contento, una sonrisa amplia. De una se desnudó, la ropa cayendo al suelo polvoriento. Se puso de rodillas delante de mí, la cara a la altura de mi cremallera. Yo me desnudé también, la pija ya semi-dura por la adrenalina. Él la cogió con la mano, la miró un segundo y empezó a chuparla. Lo hacía bien: lengua girando alrededor de la cabeza, bajando por el tronco, metiéndola profunda sin ahogarse. Gemí bajo, el placer subiendo rápido.
Mientras me la chupaba, me comentó entre lamidas.—Solo soy pasivo —dijo, jadeando—. Después de tanta droga, ya no se me levanta. Solo disfruto cuando me enculan.
Lo miré, la pija endureciéndose en su boca. Reflexioné: podría haber acabado así. Follando con extraños por droga, impotente, pasivo para siempre. Me dio un escalofrío.
Saqué la pija de su boca, me dio un preservativo que tenía en la cartera. Me lo puse. Él se levantó, se apoyó contra la furgoneta, el culo hacia mí.
—Hazlo —dijo.
Entré despacio, el preservativo extra lubricado deslizándose fácil. Él gimió, "sí, así". Empecé a moverme, embestidas profundas. Cambiamos posiciones: primero contra la furgoneta, él de espaldas, yo agarrándole las caderas. Luego lo puse de rodillas en el suelo polvoriento, follando desde arriba, mi pija entrando vertical. Él gemía, "más fuerte", pero sin erección, solo el cuerpo temblando. Lo giré, lo tumbé en el suelo, le levanté las piernas y seguí follando, profundo. Él se masturbaba su pija flácida, pero se corrió de todos modos, semen líquido saliendo sin fuerza, gemidos roncos.
Yo aceleré, el placer subiendo, y me corrí dentro del preservativo, empujando hasta el fondo. Salí, me lo quité, lo tiré al suelo.
Se vistió rápido, me dio los 60 euros.—Bien hecho —dijo—.


Volvimos a la casa en la furgoneta, en silencio. Bajé al sótano con papá, escondí el dinero en el bolsillo interior del chándal. No quería que se enterara. Haría preguntas incómodas, y yo no tenía respuestas.
Seguimos trabajando.
Papá y yo seguimos cavando en el sótano, el pico y la pala golpeando la tierra con un ritmo que ya empezaba a sonar casi automático. El sudor me corría por la cara, por la espalda, mezclándose con el polvo que se levantaba cada vez que clavaba el pico. Al principio me dolían los brazos, la espalda, las manos… pero poco a poco le estaba cogiendo el tranquillo. El movimiento se hacía más fluido, más potente. Papá me miraba de reojo, sin decir nada, pero cuando tiré el último pico con fuerza y la tierra se abrió bien, soltó un gruñido que casi parecía aprobación.
—Así, Carlos. Bien hecho —dijo, limpiándose el sudor con el dorso de la mano—. Al final vas a servir para algo.
Fue lo más positivo que me había dicho en mucho tiempo. No sonreí, pero algo dentro se relajó un poco. Seguimos llenando sacos, uno tras otro. Cuando teníamos una pila decente, bajó al sótano una chica joven. Vestida con ropa de trabajar en el campo: camiseta de manga corta sudada, pantalones de faena manchados de tierra, botas gastadas. Guapa de cara, ojos grandes y expresivos, pelo recogido en una coleta desordenada. Pero gordita, con curvas marcadas. Y unas tetas tremendas que se marcaban bajo la camiseta mojada.

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—Ahora seré yo la que acompañe a Carlos a tirar la tierra apestosa —dijo, mirando a papá.
Luego me guiñó un ojo, una sonrisa traviesa. Papá se dio cuenta del guiño. Me miró un segundo, luego murmuró entre dientes, sin levantar la voz.
—Carlos, no quiero saber nada. Pero no me metas en líos. No me jodas mis trabajos.
Asentí rápido. Subí con el último saco. Al llegar arriba vi que el resto ya estaban cargados en la furgoneta. La chica estaba allí, apoyada en la puerta trasera, sonriendo.
—Los he subido yo —dijo—. Así ganamos tiempo.
Me volvió a guiñar el ojo. Arrancamos. Dos kilómetros de camino de tierra, el motor rugiendo, el polvo entrando por las ventanillas abiertas. En cuanto salimos del pueblo, ella se giró hacia mí.
—Me ha dicho mi hermano lo bien que le has follado —dijo, sin rodeos—. Ahora me toca a mí. Yo no te puedo ofrecer coca, pero si me follas te doy 40 euros. No tengo más. Porfa, porfa.
Pensé que esta chica debía ser un poco rara. Aunque no era un pibón, si quisiera podría encontrar con quien follar gratis.
—Vale —dije.
Ella sonrió, contenta.
—Quiero que me hagas el amor con mucho cariño —dijo—. No como esos brutos de los pueblos que solo quieren meter y ya. Quiero que me beses mucho por todas partes, que me trates bien… bla bla bla. La oía parlotear sin hacerle caso.
Llegamos a la finca. Descargamos los sacos rápido. Ella trabajaba como un hombre: cargaba dos sacos a la vez, los tiraba sin esfuerzo. Sacó una manta vieja de la furgoneta, la extendió en el suelo polvoriento, se desnudó y se tumbó. Su cuerpo era duro, era gordita pero fuerte, curvas marcadas, tetas enormes que caían a los lados cuando se tumbó. Me señaló las partes del cuerpo que quería que le besara y chupara: primero los pezones, grandes y oscuros. Los lamí despacio, chupé uno mientras pellizcaba el otro. Luego las axilas, saladas por el sudor. Bajé a los pies, lamiendo los dedos, chupando el arco del pie. Las manos, los dedos uno por uno. El culo, separando las nalgas, lengua en el ano, lamiendo despacio.
Me di cuenta de que le costaba ponerse cachonda de verdad. Estaba húmeda, pero poco. Así que me esforcé con la lengua en su coño. Lo lamí despacio al principio, lengua plana cubriendo todo, luego más rápido en el clítoris, chupando, metiendo la punta dentro. Poco a poco empezó a reaccionar: gemidos bajos, caderas moviéndose, manos en mi pelo empujándome más profundo. Se corrió fuerte, un grito ahogado, el cuerpo temblando, líquidos calientes en mi boca.
Pero quería más. Me dio un preservativo.
—Penétrame, pero con cuidado —dijo—. Soy muy estrecha.


Me lo puse. Entré despacio. Realmente era estrecha, tuve que empujar con calma, sintiendo cómo se abría poco a poco. Gemí al sentirla apretarme. Empecé a moverme, ritmo lento, profundo. Aumenté poco a poco, embestidas más rápidas. Acerqué la boca a la suya. Era el único sitio donde no me había pedido que la besara. Ella dudó un segundo, luego echó las manos a mi nuca y me atrajo. Nos besamos mientras la penetraba, lengua con lengua, gemidos mezclados. Ella empezó a reaccionar de verdad, caderas empujando contra mí, uñas en mi espalda. Se corrió justo antes que yo, un orgasmo fuerte que la hizo apretarme dentro, un grito en mi boca. Yo me corrí dentro del preservativo, empujando hasta el fondo, espasmos que me dejaron vacío.
Me empujó suave, riendo.—Que pesas —dijo.
Nos levantamos, nos vestimos. Volvimos a la casa en la furgoneta, en silencio. Bajé al sótano con papá. Escondí los 40 euros en el bolsillo interior del chándal ya tenía 100. No quería que se enterara. Haría preguntas incómodas.
Pensé que esperaba que nadie más quisiera sexo. No creía que se me fuera a levantar más.

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