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Jugando fuerte con mi hermana. VI

Jugando fuerte con mi hermana. VI
Llegué a casa cuando ya empezaba a amanecer. El cielo tenía ese gris sucio de las madrugadas de verano, y la furgoneta entró por el camino de tierra con un ruido que me pareció ensordecedor. Apagué el motor y me quedé sentado un rato, con las manos en el volante, intentando que el corazón se me calmara. La coca aún me tenía acelerado, pero el bajón empezaba a asomar: ese vacío en el pecho, esa ansiedad que trepaba por la garganta. Sabía que no iba a dormir. No esa noche.


Entré en la casa intentando no hacer ruido. Papá y mamá dormían. La luz del salón estaba apagada, solo el ronroneo del ventilador viejo. Fui directo a mi habitación, me tiré en la cama desnudo y cerré los ojos. Nada. La cabeza me daba vueltas: el spa, el negro, la eslava, el semen caliente en mi culo, la leche del jefe en mi cara, la brasileña en la furgoneta, Amina en el almacén... Todo se mezclaba en un torbellino de vergüenza y placer que no me dejaba descansar.


Me puse a recordar. No podía evitarlo. Pensé en cómo Marta y Amina se habían conocido, porque esa historia estaba volviendo ahora a mi memoria. Marta me la contó una tarde, meses atrás, cuando todavía no había pasado nada entre nosotros. Cuando solo éramos dos hermanos preparando oposiciones. Cuando yo sentía remordimientos solo por haberle presentado a un novio que la trató mal y por haberle iniciado en el consumo de drogas duras. 


Fue al poco de llegar a vivir aquí, cuando ella empezó a preparar la oposición y a correr por los caminos como si estuviera entrenando para una de aquellas carreras de orientación que hacía de adolescente. Decía que necesitaba despejar la cabeza, que el aire del campo le ayudaba a concentrarse.


Una mañana, después de una ruta larga, llegó sudada, con los leggins pegados al cuerpo y la camiseta oscura de sudor. Se le escapaba el pis. Entró en la gasolinera más cercana, la misma donde Amina trabaja, y pidió usar el aseo. Amina estaba detrás del mostrador, con el buzo azul de la empresa, el pelo recogido en una coleta alta, los brazos tatuados asomando por las mangas remangadas. Miró a Marta de arriba abajo y negó con la cabeza.


—Solo para clientes —dijo seca.
Marta insistió.—Venga, por favor, me meo. He corrido 10 km.
Amina se cruzó de brazos.—No. Regla de la empresa. Compra algo y te dejo.


Discutieron un rato. Marta se cabreó, dijo que era una mierda de regla, que no tenía dinero encima. Amina no cedió. Marta salió de la tienda cabreada, pero al doblar la esquina, detrás del edificio, se bajó los leggins y se puso a mear allí mismo, contra la pared. El chorro salpicó el suelo, y ella suspiró de alivio.
Amina la vio desde la puerta trasera. Se acercó rápido, furiosa.


—¿Qué coño haces? —gritó.
Antes de que Marta pudiera subirse los leggins, Amina la empujó con fuerza. Marta perdió el equilibrio y se mojó los muslos con su propia orina. El líquido caliente le corrió por las piernas. Amina levantó el pie para darle una patada, pero Marta reaccionó por instinto: años de defensa personal con su padre. Esquivó la patada, agarró el brazo de Amina, lo giró en una llave y la inmovilizó contra la pared. Amina intentó sacar el cuchillo de la bota, pero Marta se lo impidió con otra llave, apretando más.
—Quieta —dijo Marta, respirando fuerte—. No quiero hacerte daño.


Entonces Amina se derrumbó. Empezó a llorar, sollozos fuertes, temblando. Balbuceaba algo en árabe, palabras rotas. Marta se asustó. Soltó la llave, la giró con suavidad y la abrazó.
—Ey, ey… tranquila —dijo, acariciándole la cabeza—. Tranquila.


Amina se dejó abrazar. Poco a poco dejó de llorar. Marta la abrazó más fuerte y notó lo duras que tenía las tetas y todo lo demás. Pasó sus manos por todo su cuerpo acariciando y notando sus músculos. Luego le besó la frente como se hace con los niños que se han hecho daño. Luego le besó las mejillas. Amina empezó a ronronear de gusto. Sus bocas se acercaron, primero un roce, luego un beso tímido, después más profundo. Amina reaccionó, como si volviera en sí. Se separó un segundo.


—Aquí no —susurró—. Pueden vernos.
Marta miró alrededor y con tono burlón dijo.—¿Entonces dónde?-
Amina señaló el almacén.
—Allí.


Recordaba como me lo contó Marta con todo lujo de detalles.


Entramos en el almacén de la mano, el corazón latiéndome fuerte en el pecho. Cerré la puerta detrás de nosotras con un clic seco, y la luz amarilla del fluorescente parpadeó un segundo antes de estabilizarse. Amina me miró, los ojos aún rojos del llanto, pero con un fuego que me hizo temblar. Nos besamos de nuevo, pero esta vez fue diferente: más urgente, más salvaje. Nuestras bocas se chocaron con fuerza, dientes rozando labios, lenguas luchando por el control. Le mordí el labio inferior, fuerte, y ella gimió, devolviéndome el mordisco con más intensidad, un pinchazo que me hizo jadear.
La empujé contra la pared, mis manos en su buzo, abriéndolo de un tirón. Debajo no llevaba nada, su piel morena sudada brillando bajo la luz. Le pellizqué un pezón, girándolo entre los dedos hasta que se puso rojo, y ella arqueó la espalda, "joder, sí", susurró, pero luego me devolvió el favor: me levantó la camiseta y me mordió el hombro, dientes clavados en la carne, un dolor dulce que me hizo mojarme más.
Nos desnudamos la una a la otra con prisa, tirando de la ropa como si fuera un enemigo. Su cuerpo delgado, tetas pequeñas y duras, tatuajes que serpenteaban por su abdomen y muslos, me volvían loca. Le lamí el cuello, bajando a la axila, salada y caliente por el sudor, y ella me agarró el pelo, tirando fuerte, "más abajo, puta".


Nos tiramos al suelo sobre un montón de cartones viejos, yo encima de ella, frotando mi coño contra el suyo, resbalando por el sudor y la excitación. Le metí dos dedos en la vagina, empujando profundo, girándolos para sentirla contraerse, y ella me respondió metiendo uno en mi culo, seco al principio, un dolor que me hizo gritar pero que me encendió más.
Nos pellizcábamos las tetas mutuamente, mordidas en los hombros, en los brazos, como dos gatas peleando por territorio. "Te voy a romper", gruñí yo, metiendo un tercer dedo en su coño, bombeando rápido, y ella me mordió el pezón, "prueba, zorra", respondió, su dedo en mi culo girando con saña.
Cambiamos a 69, yo encima, mi cara entre sus piernas, lamiéndole el coño con furia, lengua profunda, chupando el clítoris hasta que ella se retorcía. Ella me lamía el culo, lengua entrando y saliendo, mordidas en los glúteos que me dejaban marcas rojas, y sus dedos en mi vagina, tres a la vez, follándome con fuerza.
"Sabe a miel sucia", gemí yo, mordiéndole el interior del muslo, y ella me devolvió una palmada en el coño, "tu culo es mío", gruñó, lamiéndome la axila sudada mientras me metía un dedo en el ano.


Amina se corrió primero, su cuerpo convulsionando debajo de mí, un grito ahogado contra mi coño, líquidos calientes salpicándome la cara. "Joder, sí, sí", gritó, pellizcándome el clítoris con fuerza mientras se venía, un dolor que me llevó al límite. Yo seguí lamiéndola, pero ella me volteó, me puso debajo y me sometió: dedos en mi coño y culo al mismo tiempo, lamiéndome las axilas, mordidas en los pezones que me hacían arquear la espalda. "Córrete para mí, gata", ordenó, y yo lo hice, un orgasmo que me dejó temblando, el cuerpo exhausto pero vivo.


Nos quedamos tumbadas un rato, respirando fuerte, sudadas y marcadas por mordidas y pellizcos. "Esto no ha terminado", susurré yo, y ella sonrió, mordiéndome el labio otra vez.
Pero antes de empezar de nuevo, la miré a los ojos y le pregunté:
—¿Cómo te llamas?
—Amina —dijo ella, aún jadeando—. ¿Y tú?
—Marta —respondí.
Nos reímos un poco, como si ahora fuéramos personas normales, civilizadas, no dos chicas que se habían peleado y follado en un almacén de gasolinera. "Encantada", dije yo, y ella "igualmente", y volvimos a besarnos, pero esta vez más suave, como un paréntesis antes de la tormenta.


El segundo asalto fue más violento todavía. Nos levantamos, nos empujamos contra la pared, manos por todas partes. Le metí tres dedos en el coño de una vez, bombeando fuerte, y ella me devolvió con dos en el mío y uno en el culo, girando con saña. Nos pellizcábamos los pezones hasta que dolía, mordidas en el cuello que dejaban marcas rojas, "zorra", "puta", susurrábamos entre gemidos.


Cambiamos a 69 de nuevo, pero esta vez con más furia: yo lamiéndole el culo, lengua profunda, mordiendo los glúteos hasta que gritaba, ella chupándome el coño y pellizcándome el clítoris, un dolor que me hacía correrme casi al instante, pero me contuve.
Entonces vi una herramienta en una estantería: un mango de algo largo, liso, de metal, del tamaño de una buena pija. Lo cogí, lo envolvimos en un plástico de embalaje que había por allí para no hacernos daño, y lo usamos. Primero ella me lo metió por la vagina, empujando despacio al principio, luego más rápido, "toma, guarrilla", gruñó, y yo gemí, el mango llenándome, frotando contra las paredes.
Luego le tocó a ella: la puse contra la pared, le metí el mango en el coño, bombeando fuerte mientras le pellizcaba los pezones y le mordía el hombro. "Más duro", pedía ella, y yo obedecía, como una pelea de placer.
Amina se corrió primero otra vez, su cuerpo temblando, un grito que resonó en el almacén, líquidos salpicando el plástico. Yo la seguí, el orgasmo subiendo como una ola, gritando, el mango profundo dentro de mí.
Cuando acabamos, Amina se rió, limpiándose el sudor de la frente.


—Yo no soy tortillera —dijo, mirándome preocupada.
Yo me reí.—Yo tampoco —respondí.
Nos reímos juntas, y ella me miró seria un segundo.
—Sé mi amiga —dijo—. Me has salvado de mí misma hoy.
Asentí.—Amigas —dije.
Y sellamos con un beso suave.


Al menos había llegado. Cerré los ojos y seguí pensando  en Amina y Marta. Y en el centro de reunión de su grupo de amigas, el gimnasio del pueblo de al lado, el único de la zona con aparatos modernos, máquinas de última generación que habían puesto hacía poco con subvenciones europeas o algo así.
Marta iba casi todos los días, y poco a poco se hizo amiga de las chonis del pueblo que Amina le fue presentando: la latina con curvas de infarto, las hermanas que se vestían iguales, Valentina la rumana con su acento y sus tatuajes…
Amina había empezó a ir al gym porque necesitaba descargar rabia, según me contó Marta. Trabajaba en la gasolinera, a turnos de mañana-tarde-noche, y después de lidiar con impresentables necesitaba romper algo. El gimnasio era su válvula de escape.


Marta la vio una tarde levantando pesos como si quisiera partir las barras, y se acercó. Hablaron, se rieron de la gente del pueblo, y de ahí salieron juntas a tomar cervezas. Y desde entonces eran inseparables.
Las chicas se reunían en el gym, entrenaban juntas, se contaban todo, y luego salían de fiesta o se quedaban en algún piso alquilado para desfasar. Como este finde en Malasaña. Marta me dijo que era su despedida: San Sebastián estaba lejos, y querían que fuera por todo lo alto, colocadas todo el tiempo, sin frenos. Locuras.
Eso dijo: “locuras”. Sonreí en la oscuridad al recordarlo. Marta siempre había sido así: directa, sin miedo. Y Amina… joder, Amina era un huracán. Loca como una cabra como yo ya sospechaba, me había follado en un almacén como si fuera lo más normal del mundo, y luego me había dejado la gasolina para llegar a casa. Todo en una noche. Todo sin preguntas.

mora

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