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Lecciones de tacón alto segunda parte

Lecciones de tacón alto           segunda parte
Han pasado cuatro años.
Tengo 23, estoy casado con Sofía, una chica dulce de mi misma edad que conocí en la universidad. Nos casamos hace seis meses en una ceremonia sencilla; Valeria pagó casi todo sin que nadie se lo pidiera. En la boda estaba radiante: vestido negro largo, escote profundo, tacones altísimos y una sonrisa que parecía de revista. Sofía la adora, la llama “suegrita” y le dice que es su ídolo. Si supiera…
Porque nada ha terminado.
Al contrario: ahora es más peligroso, más prohibido y, por eso mismo, más intenso.
Sofía trabaja turno mañana en una agencia de publicidad. Sale de casa a las 7:15. A las 7:20 ya estoy tocando el timbre de la casa de Valeria, a solo quince cuadras de la nuestra. Ella me abre en bata de seda corta o, si tiene suerte, todavía con la ropa del día anterior que se quitó al llegar de madrugada.
“Rápido, mi amor, tengo reunión a las nueve”, dice mientras me arrastra hacia el cuarto.
Ya no hay lecciones lentas de principiante. Ahora es puro fuego contenido.
Hay mañanas en que ni siquiera llegamos a la cama: me empuja contra la pared del pasillo, me baja el cierre, se arrodilla con tacones y falda de oficina y me la chupa como si quisiera tragarme entero en tres minutos. Después se levanta, se limpia la comisura de los labios con el dedo, me da un beso rápido y dice: “Listo, ahora andá a trabajar vos también”.
Otras veces me manda mensajes al mediodía:
“Reunión cancelada. Ven ya. Traje puesto.”
Llego y la encuentro en la sala, sentada en el sillón con las piernas cruzadas, falda gris ajustada, blusa blanca desabotonada hasta el ombligo, saco abierto. Me hace sentar en la alfombra frente a ella y me obliga a lamerla mientras habla por teléfono con algún cliente. La escucho decir “sí, licenciado, le paso el informe en cinco minutos” mientras me agarra el pelo y se corre en silencio, mordiéndose el labio para no gritar.
Los celos existieron, claro.
Al principio Sofía notó que salía mucho “a ayudar a Valeria con unas cosas de la casa”. Una vez me preguntó por qué siempre olía al perfume de mi madrastra cuando volvía. Me puse nervioso, inventé cualquier cosa. Valeria, en cambio, nunca tuvo celos de Sofía. Decía: “Ella es tu esposa, yo soy tu mujer. Son cargos distintos, mi amor. No compiten”.
Una vez, después de la luna de miel, llegué a su casa todavía con la alianza brillando. Me miró la mano, sonrió con esa mezcla de ternura y malicia y dijo: “Qué lindo te queda… ahora quitátela, que hoy quiero que me cojas como si todavía fueras solo mío”.
Y lo hice. La cogí en la mesa del comedor, con el vestido de ejecutiva subido hasta el pecho, los tacos clavados en mi espalda, gritando “más fuerte, más fuerte” hasta que los dos nos corrimos temblando. Después me puso la alianza de nuevo en el dedo, me besó la palma de la mano y susurró: “Volve con tu esposa, mi niño… y no te olvides de traerme mañana temprano”.
Hay noches que Sofía se queda dormida y yo me escapo “a comprar cigarrillos”. Llego a lo de Valeria a las 2 de la mañana. Ella me espera en camisón o desnuda con solo los tacos puestos. Hacemos el amor en silencio, despacio, como antes, como cuando todo empezó por soledad. Después me abraza fuerte y me dice al oído: “Nunca me dejes de visitar, aunque tengas diez hijos con ella… esto es nuestro y nadie lo entiende”.
Y yo sé que tiene razón.
Tengo mujer en casa y amante en la casa de al lado.
Tengo esposa que me ama y madrastra que me posee.
Y mientras Valeria siga abriendo esa puerta con tacones altos y esa mirada de jefa que dice “vení, que todavía no terminé de enseñarte”, yo voy a seguir yendo.
Todas las mañanas.
Todas las noches que pueda escaparme.
Siempre.

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