El ídolo de mimarido
Helena era la chica de veintidósaños recién cumplidos, aunque parecía aún más joven. Cabello castaño largo yondulado que le caía como una cascada de miel sobre los hombros, ojos grandes ybrillantes, sonrisa fácil y cuerpo hecho para tentar. Vestía blusas que marcabasus pechos firmes y faldas que se ceñían a sus caderas redondas y a sus muslossuaves. A su lado, Samuel, veintiséis años, el “gordito” de rostro redondo,papada incipiente, cabello corto y negro peinado hacia atrás, barriga blanda y muslosgruesos. Se veían felices a distancia…
Pero ahora, en el pequeñoapartamento de Helena (el que había heredado de su abuela y que ahora pendía deun hilo), la realidad era otra.
—Samuel, el banco llamó otra vez—dijo Helena esa noche, mientras servía la cena. Su voz temblaba de rabiacontenida—. Dicen que si no pagamos los tres meses atrasados, embargan lapropiedad en quince días.
Samuel, sentado frente a su platode pasta, suspiró sin mirarla.
—Ya sé, Helena. Estoy trabajandoen eso.
—¿Trabajando en eso? —ella soltóuna risa amarga—. ¿Contando los billetes de Iván mientras él se compra otrocoche y tú ni siquiera puedes pagar la luz?
Samuel levantó la vista. Teníalos ojos cansados.
—No empieces. Iván es mi jefe. Esel único que me da bonos. Gracias a él todavía tenemos techo.
—Gracias a él y a mis ahorros decuando tenía dieciocho años —replicó ella, cruzando los brazos bajo los pechos,lo que los levantó de forma provocativa sin que Samuel lo notara—. Yo me casécontigo soñando con un hombre que me cuidara, Samuel. No con un contador queidolatra a su jefe millonario de veinticuatro años.
Samuel apretó el tenedor.
—Iván no es solo mi jefe. Es… esun genio. A los veinticuatro años ya tiene Pallatim México facturando millones.Negocios con chinos, con alemanes, con políticos… compra terrenos, abrerestaurantes, importa autos de lujo, invierte en cripto, en oro, en lo que sea.El tipo es una máquina. Y yo… yo estoy aprendiendo de él.
Helena lo miró con desprecio ydeseo mezclado.
—Mientras tú aprendes, yo meestoy volviendo loca aquí sola. Llevamos siete meses sin que me toques, Samuel.Siete meses.
Samuel bajó la mirada. Sumiembro, que antes reaccionaba solo con oler el perfume de Helena, ahora nisiquiera se movía. La vergüenza lo ahogaba.
Esa misma noche, después de otradiscusión por el dinero, Helena decidió intentarlo todo.
Se encerraron en la habitación.La luz tenue de la lámpara de noche iluminaba la cama matrimonial que ya nousaban para nada más que dormir. Helena se paró frente a Samuel, que estabasentado en el borde de la cama con la camisa desabotonada y la barrigaasomando.
Sin decir palabra, se quitó lablusa blanca lentamente, botón por botón. Sus pechos, redondos y altos,quedaron libres, coronados por pezones rosados que se endurecieron con el airefresco. Luego bajó la cremallera de la falda negra y la dejó caer al suelo.Solo quedó en un tanga negro diminuto que apenas cubría su sexo depilado. Sucuerpo era un pecado: cintura estrecha, caderas anchas, piernas largas ysuaves.
Samuel tragó saliva. Queríadesearla. De verdad lo quería.
Helena se acercó, se sentó ahorcajadas sobre sus muslos gruesos y tomó las manos de él, colocándolas sobresus pechos.
—Tócame… por favor —susurró,rozando sus labios contra los de él—. Soy tu esposa. Soy tuya.
Samuel apretó suavemente, pero supene permaneció flácido dentro del pantalón. Ni un solo latido. Ni una solaerección.
Helena sintió el peso de lahumillación. Aun así, se levantó, se dio la vuelta y comenzó a bailar para él.Movió las caderas con lentitud, sensual, arqueando la espalda, bajando hastacasi tocar el suelo y subiendo de nuevo, haciendo que su culo firme y redondose contoneara a centímetros de la cara de Samuel. Sus manos subieron por suspropios muslos, se metió los dedos bajo el tanga y lo bajó despacio, revelandosu coño húmedo y brillante de deseo.
—Samuel… mírame —gimió, separandolos labios de su sexo con dos dedos—. Estoy mojada por ti. Siempre lo estoy.
Pero el miembro de Samuel seguíamuerto entre sus piernas. Solo un bulto blando y vergonzoso.
Helena se detuvo. Las lágrimas lellenaron los ojos.
—¿Qué carajo me pasa a mí? —gritóde pronto, cubriéndose los pechos con los brazos—. ¿O qué carajo te pasa a ti?¡Llevo meses arreglándome, poniéndome lencería, bailando como una puta baratapara mi propio marido y ni siquiera se te para! ¿Es que ya ni me deseas?
Samuel se cubrió la cara con lasmanos.
—No es culpa tuya, Helena… esmía. Estoy estresado, el trabajo, las deudas, el banco… no sé qué me pasa.
Helena se dejó caer en la cama,desnuda y furiosa.
—Pues mientras tú no sabes qué tepasa, Iván sí sabe. Iván tiene todo: dinero, poder… y tú solo hablas de él.“Iván esto, Iván lo otro”. En eso, mirándolo con rabia, pensó.- Solo falta quele pidas a Iván que venga a follarme...
Samuel levantó la vista, herido.
La discusión terminó comosiempre: con Helena llorando en el sofá y Samuel masturbándose en silencio enel baño.
Y el banco seguía marcando elreloj.
Dos semanas después de aquellahumillante noche en la alcoba, la situación económica se volvió insostenible.El banco había enviado una carta formal: quince días para pagar o perderían elapartamento de la abuela de Helena.
—Necesito trabajar, Samuel —dijoHelena una mañana, mientras se abrochaba la blusa blanca conservadora frente alespejo—. No puedo quedarme aquí esperando a que tú “aprendas” de Iván.
Samuel, con la corbata mal puestay la barriga marcándose bajo la camisa celeste, asintió con resignación.
—Iván me debe un favor. Le voy apedir que te contrate como asistente administrativa. Es solo temporal, hastaque salgamos del hoyo.
Helena se miró en el espejo.Falda negra recta hasta la rodilla, blusa abotonada hasta el cuello, cabellorecogido en una coleta alta. Nada de escote, nada de tacones altos. Solo queríaser profesional… y leal.
Esa misma tarde Samuel la llevó alas oficinas de Pallatim México, en el piso 18 de un edificio de cristal enPolanco. Cuando entraron al despacho de Iván, este se levantó de su escritoriocomo un felino.
Iván era exactamente el hombredel fondo de la foto: 24 años, metro ochenta y cinco, traje negro impecable quese ajustaba a unos hombros anchos y un pecho marcado. Barba perfectamenterecortada, cabello negro ondulado, ojos oscuros que parecían leer el alma. Elfísico que Samuel tanto envidiaba: brazos fuertes, cintura estrecha, piernaslargas y musculosas. Olía a dinero y a colonia cara.
Cuando Iván vio a Helena, algodentro de él se encendió como un interruptor.
«Qué mujer…», pensó,recorriéndola con la mirada sin que se notara. «Este gordo idiota no puedetener a su lado semejante hembra. Miren esas caderas, esos pechos que ni lablusa conservadora puede esconder. Ese culo redondo que se mueve cuando camina.Está hecha a mi medida. Un error del destino que pienso corregir.»
—Samuel, amigo —dijo Iván con unasonrisa perfecta, estrechando la mano de su empleado—. Claro que sí. Helena,bienvenida. Necesitamos alguien de confianza en administración. Puedes empezarmañana mismo.
Helena sonrió con educación, perosu mirada fue fría y profesional.
—Gracias, señor Iván. Agradezcola oportunidad.
—Solo Iván —corrigió él,mirándola directo a los ojos—. Aquí no somos tan formales.
Los primeros días Helena fue unmuro. Llegaba con la misma falda negra y blusa blanca, siempre abotonada hastaarriba. Contestaba solo lo necesario, sonreía poco y nunca aceptabainvitaciones a café “porque mi esposo me espera en casa”. Iván lo intentó:
—Helena, ¿te gusta el café de lamáquina nueva? Es importado de Colombia.
—Gracias, pero ya traje mi termo—respondía ella, educada pero distante.
En la oficina, sin embargo,Helena empezó a ver la realidad.
Samuel era el hazmerreír. Losdemás contadores se reían a sus espaldas cuando cometía errores en losbalances. “El gordito de Iván otra vez se equivocó en los impuestos de laimportación”, murmuraban. Una tarde Helena escuchó a dos secretarias en el baño:
—Pobre Helena… casada con ese.Iván es otro nivel. ¿Viste cómo lo mira Samuel? Como si fuera un dios.
Y sí. Todos respetaban a Iván.Cuando él entraba a la sala de juntas, las conversaciones se detenían. Lasmujeres lo miraban con deseo, los hombres con envidia. Su BMW negro siempreestaba en el primer lugar del estacionamiento. Sus decisiones hacían ganarmillones. Su cuerpo, cuando se quitaba el saco y se arremangaba la camisa,dejaba ver antebrazos venosos y músculos que se marcaban bajo la tela.
Samuel, en cambio, cada vez sehundía más. Iván, sin que él se diera cuenta, le asignaba proyectos“especiales”: inversiones en criptomonedas que Iván sabía que iban a caer,contratos con proveedores que cobraban comisiones ocultas, préstamos rápidosque Samuel firmaba sin leer bien. Todo para que Samuel se endeudara más y más…y dependiera completamente de él.
Una noche Iván lo retuvo hastalas diez.
—Samuel, necesito que termines elreporte de la fusión con los alemanes. Es urgente. Quédate un rato más, yo tecubro el Uber de regreso.
Samuel, sudando, aceptó. Mientrastanto, Helena estaba sola en la zona del café, revisando unos documentos. Ivánapareció, sin saco, camisa blanca ajustada marcando cada músculo.
—¿Todavía aquí? —preguntó con vozgrave, sirviéndose un café.
—Samuel está trabajando tardeotra vez —respondió ella, sin levantar la vista.
Iván se acercó un poco más. Superfume la envolvió.
—Helena… ¿puedo ser sincerocontigo?
Ella levantó la mirada, alerta.
—Dime.
—He notado que estás preocupada.Y sé que vendiste tu celular la semana pasada para pagar una cuota del banco.No me mires así, lo vi en los movimientos de la cuenta de Samuel.
Helena se sonrojó de vergüenza.Bajó la vista.
—Sí… lo vendí. Necesitábamos eldinero. El apartamento de mi abuela… es lo único que tengo. Si lo perdemos, nosé qué voy a hacer.
Su voz se quebró un poco. Ivándio un paso más. Ahora estaba muy cerca. Su pecho casi rozaba el hombro deella.
—Nadie debería pasar por eso—dijo suavemente—. Eres demasiado joven y demasiado hermosa para cargar solacon esto.
Helena sintió un escalofrío.Nadie le había dicho “hermosa” en meses. Se mordió el labio y dio un pasoatrás.
—Estoy casada, Iván. Y leal.
—Lo sé —sonrió él, pero sus ojosdecían otra cosa—. Solo quiero ayudarte. Toma.
Sacó de su bolsillo una cajanegra elegante. Dentro había un iPhone 16 Pro nuevo, todavía sellado.
—Es el mío. Lo cambié hoy por elnuevo modelo. El viejo está impecable. Quiero que lo uses. Sin condiciones.Solo… para que puedas comunicarte y no te sientas tan sola.
Helena miró el teléfono como sifuera un pecado. Sus dedos temblaron cuando lo tomó.
—Yo… no puedo aceptarlo.
—Claro que puedes —susurró Iván,rozando apenas sus dedos al entregárselo—. Considéralo un préstamo de laempresa. Y si alguna vez quieres hablar… de lo que sea… estoy aquí.
Esa noche, cuando Samuel llegóexhausto a casa a las once, Helena ya estaba en la cama con el nuevo teléfonoen la mano. No le dijo nada. Solo lo escondió bajo la almohada.
Samuel empezó a salir tarde todoslos días. Iván le asignaba “proyectos críticos” que requerían quedarse hastalas nueve, las diez, a veces hasta medianoche. Balances urgentes, revisiones decontratos con proveedores chinos, reuniones virtuales con inversionistas que“solo podían a esa hora”. Samuel llegaba a casa exhausto, se tiraba en el sofáy se dormía con la ropa puesta, roncando como un motor viejo.
Helena, en cambio, se quedaba enla oficina hasta que él terminaba. Al principio era por lealtad: “Te esperopara irnos juntos”. Pero pronto se convirtió en rutina. La zona de cafeteríadel piso 18, con sus sillones cómodos y la máquina de espresso que Iván habíamandado instalar, se volvió su refugio.
Al principio las conversacioneseran cortas. Luego se alargaron. Iván contaba anécdotas de sus viajes denegocios: cómo había cerrado un trato en Dubái bebiendo té con un jeque, cómohabía comprado un yate en Miami solo porque le gustaba el color. Helena empezóa reírse de verdad. Primero con sonrisitas contenidas, después con carcajadasque le hacían brillar los ojos y arquear el cuello de una forma que a Iván leencantaba observar.
Ella comenzó a devolverle lasmiradas coquetas sin darse cuenta. Cuando él le decía “tienes una risapreciosa, deberías reír más seguido”, ella bajaba la vista, se mordía el labioy respondía “no seas tonto”. Pero se quedaba. Odiaba que llegara el viernes porla tarde, porque significaba dos días enteros sin verlo.
Entonces Iván dio el siguientepaso.
Empezó a mandar a Samuel fuera dela ciudad. “Necesito que vayas a Guadalajara a revisar el inventario de lanueva bodega”, “Hay una auditoría en Monterrey, solo tú puedes ir”. Viajes dedos, tres días. Samuel aceptaba emocionado: “¡Es una oportunidad decrecimiento, Helena!”. Ella asentía, pero por dentro sentía alivio.
Y así empezaron las salidas.
Primero fue “solo un café despuésdel trabajo” en una cafetería boutique de Polanco. Luego cine: una película deterror que Iván eligió a propósito porque sabía que Helena se asustaría y sepegaría a su brazo. Después, un sábado por la mañana, Iván apareció en elapartamento con su BMW negro.
—Vamos al parque —dijosimplemente—. Te ves pálida de estar encerrada.
Helena dudó, pero se subió.Llevaba shorts de mezclilla, top blanco ajustado y sandalias. En el parquecaminaron entre árboles, compraron helados de vainilla y fresa. Sentados en unabanca, Iván le tomó la mano con naturalidad.
—Perdón —dijo, mirandoalrededor—, pero hay tanta gente viéndote que me irrita. Eres una mujer casaday no me gusta que te falten al respeto así…
Helena soltó una risa nerviosa,sintiendo el calor subirle por el cuello.
—Deja de ser tan bromista, Iván.Tú tampoco eres mi esposo… y traer a una mujer casada así ya es bastante faltade respeto, ¿no crees?
Él sonrió, esa sonrisa lenta ypeligrosa que le marcaba los hoyuelos.
—Falta de respeto sería que tebesara aquí mismo, ¿no crees?
La abrazó por la cintura,atrayéndola un poco más cerca. Sus cuerpos se tocaron: el pecho duro de élcontra el brazo suave de ella, el calor de su mano en la curva de su cadera.Helena sintió un latigazo eléctrico bajar por su vientre. Sus pezones se endurecieronbajo el top, su sexo se humedeció de golpe. El corazón le martilleaba tanfuerte que pensó que él lo oiría.
No se besaron. Iván solo la miróa los ojos, muy cerca, respirando su mismo aire. Luego la soltó despacio, comosi supiera exactamente lo que acababa de provocar.
—Vamos, te llevo a casa antes deque cometa una tontería —dijo con voz ronca.
Helena se quedó callada todo elcamino de regreso. Estaba excitada, confundida, culpable… y furiosa consigomisma porque, en el fondo, estaba segura: si él la hubiera besado en eseparque, ella le habría correspondido. Con lengua, con ganas, con todo el cuerpo.
Los días siguientes Iván sevolvió más audaz. Le empezó a depositar dinero “para el apartamento”. “Es unadelanto de bonos, no le digas a Samuel todavía”. Helena lo aceptó. Pagó dosmensualidades atrasadas. Por primera vez en meses sintió que respiraba. Iván seconvirtió en su salvador silencioso. Cada depósito venía con un mensaje:
“Para que duermas tranquila estanoche. Te lo mereces.”
Samuel seguía igual: torpe,cometiendo errores garrafales que Iván “corregía” con paciencia paternal.Firmaba lo que le ponían enfrente sin leer. Se hundía más y más.
Una noche de sábado Helenadecidió intentarlo todo otra vez con su marido. Preparó una velada romántica:velas, vino barato, pasta con salsa que había aprendido en YouTube. Se vistióexactamente como en la foto que acababa de enviarle a Samuel por WhatsApp: topgris de tirantes finos que apenas contenía sus pechos llenos, escote profundoque dejaba ver el valle entre ellos, shortcito rosa a cuadros muy corto quedejaba al descubierto casi todo el muslo y la curva inferior de sus nalgas. Sesentía sexy, deseable, dispuesta a reconquistar lo que fuera.
La puerta se abrió a las nueve.
Samuel entró… acompañado de Iván.
—Amor, traje a Iván a ver lanueva de Marvel. Dijo que no tenía planes y le dije que viniera, ¿verdad queestá bien?
Helena se quedó congelada enmedio de la sala. El top se le pegaba al cuerpo por el calor de la vergüenza.Sus pezones, traicioneros, se marcaron bajo la tela fina. El short subidodejaba ver la piel suave de sus ingles.
Iván la miró de arriba abajo.Despacio. Sin disimulo. Sus ojos se detuvieron en los pechos, en la cintura, enlas piernas desnudas. Sonrió con esa calma peligrosa.
—Buenas noches, Helena. Qué…bonito todo esto.
Ella sintió el rubor subirlehasta las orejas. Pensó en correr al cuarto a cambiarse. Pero entonces miró aSamuel: su marido gordo, sudado, con la playera manchada de comida, hablandoemocionado de superhéroes mientras Iván —el hombre que la había hecho mojarsesolo con abrazarla— estaba ahí, viéndola como si ya fuera suya.
Y decidió no cambiarse.
—Quédate así —se dijo ensilencio—. Que el estúpido de Samuel aprenda a valorarme de una maldita vez.
Se sentó en el sofá. Cruzó laspiernas de forma que el short se subiera un poco más. Iván se acomodó, muycerca. Durante la película no miró ni una sola vez la pantalla. Sus ojosrecorrían el cuerpo de Helena: el movimiento de sus pechos al respirar, cómo sele marcaban los pezones cada vez que se reía de un chiste de Iván, la forma enque sus muslos se rozaban entre sí.
Samuel, absorto en la pantalla,no notó nada.
Pero Helena sí. Sintió la miradade Iván como caricias. Sintió que su sexo volvía a humedecerse bajo elshortcito rosa. Y por primera vez pensó, con una claridad aterradora:
“Si esta noche Samuel se duermeantes… no sé si voy a poder resistirme.”
La película seguía. Pero laverdadera historia ya había comenzado en ese sofá.
La película llevaba casi una horacuando Iván, recostado cómodamente en el sofá con el brazo estirado sobre elrespaldo, habló sin apartar los ojos de la pantalla:
—Oye, Samuel… ¿tienes vino encasa? Algo decente. Me dio sed de pronto.
Samuel parpadeó, nervioso. Sabíaque solo tenía una botella barata de supermercado que Helena había compradohacía meses.
—No… creo que no, jefe. Peropuedo salir a comprar. ¿Qué marca quieres?
Iván sonrió con esa calmapeligrosa y sacó de su billetera tres billetes de mil pesos, poniéndolos en lamano de Samuel.
—Busca un Malbec argentino, el“Cobos Marchiori”. Es caro, pero vale la pena. Lo venden en la licorería deMasaryk, la que cierra tarde. No te preocupes por el precio, yo invito.
Samuel se levantó como un perroal que le lanzan un hueso. Miró a Helena, que seguía sentada entre los dos, conlas piernas cruzadas y el short rosa subido hasta donde casi se le veía elborde de las nalgas.
—Amor… atiende en todo lo que sele ofrezca a Iván, ¿sí? —dijo Samuel, inclinándose a darle un beso rápido en lamejilla—. En todo, ¿eh? Vuelvo en veinte minutos.
Esas palabras se clavaron en lamente de Helena como un hierro caliente.
«En todo lo que se le ofrezca…»
Y si se le ofreciera mi cuerpo…pensó, sintiendo un latigazo de calor entre las piernas. Él dijo “todo”…
La puerta se cerró detrás deSamuel. El sonido del ascensor bajando retumbó en el silencio del apartamento.
Iván no se movió durante cincosegundos. Luego se levantó despacio, caminó hasta la puerta, giró la llave ypuso la cadena. El clic metálico sonó como una sentencia.
Helena sintió que el corazón sele salía del pecho. Estaba sola con él. Vestida solo con ese top gris queapenas contenía sus pechos y el shortcito rosa que dejaba sus musloscompletamente expuestos.
Iván regresó al sofá. Esta vez nose sentó en el extremo. Se dejó caer justo al lado de ella, tan cerca que susmuslos se tocaron. Su perfume caro la envolvió. Sin decir nada, giró el cuerpohacia ella y la miró directamente a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas,oscuras de deseo.
—Helena… —murmuró, con la voz másgrave que nunca—. Llevo semanas imaginando este momento.
Su mano grande y caliente se posóen la rodilla desnuda de ella. El contacto fue eléctrico. Helena se estremeció,pero no la apartó.
—Samuel… va a volver —susurróella, aunque su voz ya sonaba débil.
—Samuel está tardando más deveinte minutos —respondió Iván, deslizando los dedos lentamente hacia arribapor el interior de su muslo—. Y aunque vuelva, tú y yo sabemos que esto yaempezó hace mucho.
Su otra mano subió y le apartó unmechón de cabello castaño de la cara. Luego le rozó la mejilla con el pulgar.Helena respiraba agitada. Sus pezones se marcaban duros y visibles bajo la telafina del top. Iván los miró sin disimulo.
—Estás temblando… —susurró él,acercando su boca al oído de ella—. Y estás mojada, ¿verdad? Lo sé desde que tevi en ese sofá con este puto shortcito.
Helena soltó un gemido ahogadocuando la mano de Iván llegó hasta el borde del short y rozó la piel suave ycaliente de la ingle. Sus dedos juguetearon ahí, apenas tocando, torturándola.
—Iván… esto está mal… —jadeóella, pero sus piernas se abrieron un poco solas, invitándolo.
—Está mal que tu marido no tefolle como mereces —gruñó él contra su cuello, besando la piel sensible justodebajo de la oreja—. Está mal que te tenga a ti, esta hembra perfecta, y nosepa qué hacer contigo. Pero yo sí sé.
De pronto la tomó por la cinturacon ambas manos y la levantó como si no pesara nada. La sentó a horcajadassobre sus muslos duros. Helena sintió la erección enorme y gruesa de Ivánpresionando directamente contra su sexo a través de la tela del short. Estabaempapada; el shortcito rosa ya tenía una mancha oscura en la entrepierna.
Iván la miró a los ojos,jadeando.
—Dime que pare… y paro ahoramismo.
Helena no dijo nada. Solo lomiró, con los labios entreabiertos, respirando con dificultad. Sus pechossubían y bajaban contra el pecho de él.
Entonces Iván subió las manos porsu espalda, metió los dedos bajo los tirantes del top y los bajó de golpe. Lospechos de Helena saltaron libres: redondos, firmes, pezones rosados y duroscomo piedras. Iván soltó un gruñido de pura lujuria y los tomó con ambas manos,apretándolos, amasándolos, pellizcando los pezones.
—Dios… qué tetas más perfectas…—masculló, bajando la cabeza y metiéndose un pezón en la boca. Lo chupó confuerza, lamiendo, mordiendo suavemente.
Helena arqueó la espalda y soltóun gemido largo y desesperado. Sus caderas comenzaron a moverse solas, frotandosu coño mojado contra la verga dura de Iván a través de la ropa.
—Iván… por favor… —suplicó, sinsaber si le pedía que parara o que siguiera.
Él soltó el pezón con un sonidohúmedo y subió la boca por su cuello, besando, lamiendo, mordiendo. Sus manosbajaron hasta el culo de Helena, metiéndose bajo el short y apretando lasnalgas desnudas. Descubrió que no llevaba tanga. Solo piel caliente y húmeda.
—Estás empapada… —gruñó contra suboca—. Este coñito está pidiendo verga, Helena. Mi verga.
Y entonces la besó.
No fue un beso suave. Fue brutal,hambriento, lleno de meses de deseo acumulado. Su lengua entró en la boca deella sin pedir permiso, buscando la suya, dominándola. Helena gimió dentro delbeso y le devolvió el beso con la misma desesperación. Sus manos se enredaronen el cabello negro de Iván, tirando de él, pegándose más. Sus cuerpos sefrotaban con lujuria: pechos desnudos contra el pecho duro de él, coño mojadorestregándose una y otra vez contra la polla gruesa que latía bajo lospantalones.
El beso se volvió más sucio, másprofundo. Iván la mordió en el labio inferior, tirando de él. Helena jadeaba,gimiendo, completamente entregada. Ya no pensaba en Samuel. Solo existía elcalor, la lengua de Iván invadiéndola, sus manos apretándole el culo, su vergaenorme presionando justo donde ella más lo necesitaba.
Cuando por fin separaron susbocas, un hilo de saliva los unió un segundo. Helena tenía los labioshinchados, los ojos vidriosos de placer y los pechos subiendo y bajandoagitados.
Iván la miró con una sonrisaoscura y victoriosa.
—Ahora sí… —susurró, rozando suslabios contra los de ella—… vamos a ver hasta dónde llega eso de “en todo loque se le ofrezca”.
Iván no esperó más. Con unmovimiento fluido y dominante, levantó a Helena del sofá como si fuera unapluma. Ella jadeaba, con los pechos desnudos subiendo y bajando, los pezoneshinchados por la boca de él, el shortcito rosa empapado en la entrepierna. Lallevó hasta la mesa del comedor —la misma donde Samuel y ella comían pastarecalentada— y la sentó en el borde, abriéndole las piernas de golpe.
—Quítatelo todo —ordenó con vozronca, mientras se desabrochaba el cinturón.
Helena obedeció temblando. Sebajó el shortcito rosa por las caderas, revelando su coño completamentedepilado, hinchado, brillante de humedad. Los labios mayores estaban abiertospor la excitación, el clítoris asomando rojo y sensible. No llevaba nada debajo.Solo piel caliente y deseo.
Iván se bajó los pantalones y elbóxer negro de una vez. Su verga saltó libre: gruesa, larga, venosa, con lacabeza morada y brillante de precum. Era mucho más grande que la de Samuel.Helena la miró con los ojos muy abiertos, sintiendo un nudo de miedo y lujuriaen el estómago.
—Esto es lo que has estadonecesitando —gruñó Iván, agarrándola por las caderas y acercándola al borde dela mesa—. Esto es lo que tu marido nunca te ha dado.
La punta de su polla rozó loslabios húmedos de Helena. Ella soltó un gemido largo cuando sintió el grosorpresionando contra su entrada. Iván empujó despacio al principio, solo lacabeza, abriéndola centímetro a centímetro. Helena arqueó la espalda, clavandolas uñas en los hombros de él.
—Dios… estás tan apretada…—masculló Iván, sintiendo cómo las paredes calientes y húmedas de ella loenvolvían—. Este coño es mío ahora. Mío.
Empujó más fuerte. La mitad de suverga desapareció dentro de ella. Helena gritó de placer y dolor mezclado,sintiendo cómo la llenaba como nunca antes. Sus paredes se contrajeronalrededor de él, succionándolo, pidiéndole más.
Iván la tomó por el cuello conuna mano —no apretando, solo dominando— y la besó con violencia mientrasempujaba hasta el fondo. Sus bolas chocaron contra el culo de ella. Estabacompletamente dentro. Helena temblaba entera, lágrimas de placer rodando porsus mejillas.
—Dime que es mío —exigió él, sinmoverse aún, solo sintiendo cómo su coño latía alrededor de su polla.
—Es… es tuyo… —jadeó Helena, lavoz quebrada—. Todo tuyo…
Eso fue suficiente.
Iván empezó a follarla confuerza. Cada embestida era profunda, brutal, sacándole gemidos altos ydesesperados. La mesa crujía bajo ellos. Los pechos de Helena rebotaban concada golpe, los pezones rozando contra el pecho velludo de él. Iván bajó lacabeza y se metió uno en la boca, chupándolo mientras la penetraba sin piedad.
—Este coño… este culo… estastetas… —gruñía entre embestidas—. Todo esto es mío ahora. Samuel no tienederecho ni de mirarte. Yo te estoy follando como se debe. Yo te estoy haciendomía.
Helena ya no podía hablar. Sologemía, gritaba, se aferraba a él. Sus piernas se enredaron en la cintura deIván, clavándole los talones en las nalgas para que entrara más profundo. Elsonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la sala: plap, plap, plap…mezclado con sus jadeos y los gemidos de ella.
Iván la giró de repente. La pusode espaldas sobre la mesa, con el culo en el borde. Le abrió las piernas enforma de V y volvió a entrar de un solo empujón. Desde esa posición veía todo:cómo su polla gruesa entraba y salía del coño rosado y dilatado de Helena, cómolos jugos de ella brillaban en su tronco, cómo su clítoris hinchado pedíaatención.
Le puso el pulgar en el clítorisy empezó a frotarlo en círculos rápidos mientras la follaba.
—Vamos… córrete para mí —ordenó—.Quiero sentir cómo este coño se aprieta cuando te corres en mi verga.
Helena explotó en menos de unminuto. Su cuerpo se convulsionó, sus paredes vaginales se contrajeron confuerza alrededor de la polla de Iván, ordeñándola. Gritó su nombre —“¡Iván!¡Iván.
Iván no paró. Siguió follándola através del orgasmo, prolongándolo, haciendo que ella se retorciera y llorara deplacer.
—Buena chica… —gruñó, sintiendocómo su propio orgasmo subía—. Ahora me voy a correr dentro. Te voy a llenar.Te voy a marcar.
Empujó unas cuantas veces más,profundo, salvaje. Entonces se tensó. Su verga palpitó dentro de ella y empezóa eyacular. Chorros calientes y espesos llenaron el coño de Helena, goteandopor sus muslos cuando él siguió moviéndose lentamente, exprimiendo hasta laúltima gota.
Cuando por fin salió, un hiloblanco y espeso se derramó de su entrada abierta. Iván miró su obra consatisfacción animal: el coño rojo e hinchado, lleno de su semen, marcado porél.
Se inclinó sobre ella, todavíajadeando, y le susurró al oído mientras le acariciaba el vientre:
—Ahora sí eres mía, Helena. Cadavez que Samuel te mire, cada vez que intente tocarte, va a oler mi semen en ti.Cada vez que te sientes en esa mesa, vas a recordar cómo te follé aquí. Esto noes un polvo. Esto es propiedad.
Helena, exhausta, temblorosa, conel cuerpo cubierto de sudor y semen, solo pudo asentir. Sus ojos brillaban conuna mezcla de culpa, placer y rendición absoluta.
En ese momento escucharon elascensor en el pasillo.
Samuel estaba de vuelta.
Iván sonrió, se subió lospantalones con calma y le dio una palmada suave pero posesiva en el culo aHelena.
—Limpia rápido, preciosa. Y no tecambies. Quiero que él vea lo que ya no le pertenece.
Helena se levantó tambaleante,con las piernas débiles y el semen de Iván resbalando por sus muslos. El timbresonó.
La puerta estaba con cadena.
Pero ya nada volvería a serigual.

Aquí el link para el video basado en el relato:
https://www.xvideos.com/video.oupkoutb4c4/el_jefe_de_mi_marido
Helena era la chica de veintidósaños recién cumplidos, aunque parecía aún más joven. Cabello castaño largo yondulado que le caía como una cascada de miel sobre los hombros, ojos grandes ybrillantes, sonrisa fácil y cuerpo hecho para tentar. Vestía blusas que marcabasus pechos firmes y faldas que se ceñían a sus caderas redondas y a sus muslossuaves. A su lado, Samuel, veintiséis años, el “gordito” de rostro redondo,papada incipiente, cabello corto y negro peinado hacia atrás, barriga blanda y muslosgruesos. Se veían felices a distancia…
Pero ahora, en el pequeñoapartamento de Helena (el que había heredado de su abuela y que ahora pendía deun hilo), la realidad era otra.
—Samuel, el banco llamó otra vez—dijo Helena esa noche, mientras servía la cena. Su voz temblaba de rabiacontenida—. Dicen que si no pagamos los tres meses atrasados, embargan lapropiedad en quince días.
Samuel, sentado frente a su platode pasta, suspiró sin mirarla.
—Ya sé, Helena. Estoy trabajandoen eso.
—¿Trabajando en eso? —ella soltóuna risa amarga—. ¿Contando los billetes de Iván mientras él se compra otrocoche y tú ni siquiera puedes pagar la luz?
Samuel levantó la vista. Teníalos ojos cansados.
—No empieces. Iván es mi jefe. Esel único que me da bonos. Gracias a él todavía tenemos techo.
—Gracias a él y a mis ahorros decuando tenía dieciocho años —replicó ella, cruzando los brazos bajo los pechos,lo que los levantó de forma provocativa sin que Samuel lo notara—. Yo me casécontigo soñando con un hombre que me cuidara, Samuel. No con un contador queidolatra a su jefe millonario de veinticuatro años.
Samuel apretó el tenedor.
—Iván no es solo mi jefe. Es… esun genio. A los veinticuatro años ya tiene Pallatim México facturando millones.Negocios con chinos, con alemanes, con políticos… compra terrenos, abrerestaurantes, importa autos de lujo, invierte en cripto, en oro, en lo que sea.El tipo es una máquina. Y yo… yo estoy aprendiendo de él.
Helena lo miró con desprecio ydeseo mezclado.
—Mientras tú aprendes, yo meestoy volviendo loca aquí sola. Llevamos siete meses sin que me toques, Samuel.Siete meses.
Samuel bajó la mirada. Sumiembro, que antes reaccionaba solo con oler el perfume de Helena, ahora nisiquiera se movía. La vergüenza lo ahogaba.
Esa misma noche, después de otradiscusión por el dinero, Helena decidió intentarlo todo.
Se encerraron en la habitación.La luz tenue de la lámpara de noche iluminaba la cama matrimonial que ya nousaban para nada más que dormir. Helena se paró frente a Samuel, que estabasentado en el borde de la cama con la camisa desabotonada y la barrigaasomando.
Sin decir palabra, se quitó lablusa blanca lentamente, botón por botón. Sus pechos, redondos y altos,quedaron libres, coronados por pezones rosados que se endurecieron con el airefresco. Luego bajó la cremallera de la falda negra y la dejó caer al suelo.Solo quedó en un tanga negro diminuto que apenas cubría su sexo depilado. Sucuerpo era un pecado: cintura estrecha, caderas anchas, piernas largas ysuaves.
Samuel tragó saliva. Queríadesearla. De verdad lo quería.
Helena se acercó, se sentó ahorcajadas sobre sus muslos gruesos y tomó las manos de él, colocándolas sobresus pechos.
—Tócame… por favor —susurró,rozando sus labios contra los de él—. Soy tu esposa. Soy tuya.
Samuel apretó suavemente, pero supene permaneció flácido dentro del pantalón. Ni un solo latido. Ni una solaerección.
Helena sintió el peso de lahumillación. Aun así, se levantó, se dio la vuelta y comenzó a bailar para él.Movió las caderas con lentitud, sensual, arqueando la espalda, bajando hastacasi tocar el suelo y subiendo de nuevo, haciendo que su culo firme y redondose contoneara a centímetros de la cara de Samuel. Sus manos subieron por suspropios muslos, se metió los dedos bajo el tanga y lo bajó despacio, revelandosu coño húmedo y brillante de deseo.
—Samuel… mírame —gimió, separandolos labios de su sexo con dos dedos—. Estoy mojada por ti. Siempre lo estoy.
Pero el miembro de Samuel seguíamuerto entre sus piernas. Solo un bulto blando y vergonzoso.
Helena se detuvo. Las lágrimas lellenaron los ojos.
—¿Qué carajo me pasa a mí? —gritóde pronto, cubriéndose los pechos con los brazos—. ¿O qué carajo te pasa a ti?¡Llevo meses arreglándome, poniéndome lencería, bailando como una puta baratapara mi propio marido y ni siquiera se te para! ¿Es que ya ni me deseas?
Samuel se cubrió la cara con lasmanos.
—No es culpa tuya, Helena… esmía. Estoy estresado, el trabajo, las deudas, el banco… no sé qué me pasa.
Helena se dejó caer en la cama,desnuda y furiosa.
—Pues mientras tú no sabes qué tepasa, Iván sí sabe. Iván tiene todo: dinero, poder… y tú solo hablas de él.“Iván esto, Iván lo otro”. En eso, mirándolo con rabia, pensó.- Solo falta quele pidas a Iván que venga a follarme...
Samuel levantó la vista, herido.
La discusión terminó comosiempre: con Helena llorando en el sofá y Samuel masturbándose en silencio enel baño.
Y el banco seguía marcando elreloj.
Dos semanas después de aquellahumillante noche en la alcoba, la situación económica se volvió insostenible.El banco había enviado una carta formal: quince días para pagar o perderían elapartamento de la abuela de Helena.
—Necesito trabajar, Samuel —dijoHelena una mañana, mientras se abrochaba la blusa blanca conservadora frente alespejo—. No puedo quedarme aquí esperando a que tú “aprendas” de Iván.
Samuel, con la corbata mal puestay la barriga marcándose bajo la camisa celeste, asintió con resignación.
—Iván me debe un favor. Le voy apedir que te contrate como asistente administrativa. Es solo temporal, hastaque salgamos del hoyo.
Helena se miró en el espejo.Falda negra recta hasta la rodilla, blusa abotonada hasta el cuello, cabellorecogido en una coleta alta. Nada de escote, nada de tacones altos. Solo queríaser profesional… y leal.
Esa misma tarde Samuel la llevó alas oficinas de Pallatim México, en el piso 18 de un edificio de cristal enPolanco. Cuando entraron al despacho de Iván, este se levantó de su escritoriocomo un felino.
Iván era exactamente el hombredel fondo de la foto: 24 años, metro ochenta y cinco, traje negro impecable quese ajustaba a unos hombros anchos y un pecho marcado. Barba perfectamenterecortada, cabello negro ondulado, ojos oscuros que parecían leer el alma. Elfísico que Samuel tanto envidiaba: brazos fuertes, cintura estrecha, piernaslargas y musculosas. Olía a dinero y a colonia cara.
Cuando Iván vio a Helena, algodentro de él se encendió como un interruptor.
«Qué mujer…», pensó,recorriéndola con la mirada sin que se notara. «Este gordo idiota no puedetener a su lado semejante hembra. Miren esas caderas, esos pechos que ni lablusa conservadora puede esconder. Ese culo redondo que se mueve cuando camina.Está hecha a mi medida. Un error del destino que pienso corregir.»
—Samuel, amigo —dijo Iván con unasonrisa perfecta, estrechando la mano de su empleado—. Claro que sí. Helena,bienvenida. Necesitamos alguien de confianza en administración. Puedes empezarmañana mismo.
Helena sonrió con educación, perosu mirada fue fría y profesional.
—Gracias, señor Iván. Agradezcola oportunidad.
—Solo Iván —corrigió él,mirándola directo a los ojos—. Aquí no somos tan formales.
Los primeros días Helena fue unmuro. Llegaba con la misma falda negra y blusa blanca, siempre abotonada hastaarriba. Contestaba solo lo necesario, sonreía poco y nunca aceptabainvitaciones a café “porque mi esposo me espera en casa”. Iván lo intentó:
—Helena, ¿te gusta el café de lamáquina nueva? Es importado de Colombia.
—Gracias, pero ya traje mi termo—respondía ella, educada pero distante.
En la oficina, sin embargo,Helena empezó a ver la realidad.
Samuel era el hazmerreír. Losdemás contadores se reían a sus espaldas cuando cometía errores en losbalances. “El gordito de Iván otra vez se equivocó en los impuestos de laimportación”, murmuraban. Una tarde Helena escuchó a dos secretarias en el baño:
—Pobre Helena… casada con ese.Iván es otro nivel. ¿Viste cómo lo mira Samuel? Como si fuera un dios.
Y sí. Todos respetaban a Iván.Cuando él entraba a la sala de juntas, las conversaciones se detenían. Lasmujeres lo miraban con deseo, los hombres con envidia. Su BMW negro siempreestaba en el primer lugar del estacionamiento. Sus decisiones hacían ganarmillones. Su cuerpo, cuando se quitaba el saco y se arremangaba la camisa,dejaba ver antebrazos venosos y músculos que se marcaban bajo la tela.
Samuel, en cambio, cada vez sehundía más. Iván, sin que él se diera cuenta, le asignaba proyectos“especiales”: inversiones en criptomonedas que Iván sabía que iban a caer,contratos con proveedores que cobraban comisiones ocultas, préstamos rápidosque Samuel firmaba sin leer bien. Todo para que Samuel se endeudara más y más…y dependiera completamente de él.
Una noche Iván lo retuvo hastalas diez.
—Samuel, necesito que termines elreporte de la fusión con los alemanes. Es urgente. Quédate un rato más, yo tecubro el Uber de regreso.
Samuel, sudando, aceptó. Mientrastanto, Helena estaba sola en la zona del café, revisando unos documentos. Ivánapareció, sin saco, camisa blanca ajustada marcando cada músculo.
—¿Todavía aquí? —preguntó con vozgrave, sirviéndose un café.
—Samuel está trabajando tardeotra vez —respondió ella, sin levantar la vista.
Iván se acercó un poco más. Superfume la envolvió.
—Helena… ¿puedo ser sincerocontigo?
Ella levantó la mirada, alerta.
—Dime.
—He notado que estás preocupada.Y sé que vendiste tu celular la semana pasada para pagar una cuota del banco.No me mires así, lo vi en los movimientos de la cuenta de Samuel.
Helena se sonrojó de vergüenza.Bajó la vista.
—Sí… lo vendí. Necesitábamos eldinero. El apartamento de mi abuela… es lo único que tengo. Si lo perdemos, nosé qué voy a hacer.
Su voz se quebró un poco. Ivándio un paso más. Ahora estaba muy cerca. Su pecho casi rozaba el hombro deella.
—Nadie debería pasar por eso—dijo suavemente—. Eres demasiado joven y demasiado hermosa para cargar solacon esto.
Helena sintió un escalofrío.Nadie le había dicho “hermosa” en meses. Se mordió el labio y dio un pasoatrás.
—Estoy casada, Iván. Y leal.
—Lo sé —sonrió él, pero sus ojosdecían otra cosa—. Solo quiero ayudarte. Toma.
Sacó de su bolsillo una cajanegra elegante. Dentro había un iPhone 16 Pro nuevo, todavía sellado.
—Es el mío. Lo cambié hoy por elnuevo modelo. El viejo está impecable. Quiero que lo uses. Sin condiciones.Solo… para que puedas comunicarte y no te sientas tan sola.
Helena miró el teléfono como sifuera un pecado. Sus dedos temblaron cuando lo tomó.
—Yo… no puedo aceptarlo.
—Claro que puedes —susurró Iván,rozando apenas sus dedos al entregárselo—. Considéralo un préstamo de laempresa. Y si alguna vez quieres hablar… de lo que sea… estoy aquí.
Esa noche, cuando Samuel llegóexhausto a casa a las once, Helena ya estaba en la cama con el nuevo teléfonoen la mano. No le dijo nada. Solo lo escondió bajo la almohada.
Samuel empezó a salir tarde todoslos días. Iván le asignaba “proyectos críticos” que requerían quedarse hastalas nueve, las diez, a veces hasta medianoche. Balances urgentes, revisiones decontratos con proveedores chinos, reuniones virtuales con inversionistas que“solo podían a esa hora”. Samuel llegaba a casa exhausto, se tiraba en el sofáy se dormía con la ropa puesta, roncando como un motor viejo.
Helena, en cambio, se quedaba enla oficina hasta que él terminaba. Al principio era por lealtad: “Te esperopara irnos juntos”. Pero pronto se convirtió en rutina. La zona de cafeteríadel piso 18, con sus sillones cómodos y la máquina de espresso que Iván habíamandado instalar, se volvió su refugio.
Al principio las conversacioneseran cortas. Luego se alargaron. Iván contaba anécdotas de sus viajes denegocios: cómo había cerrado un trato en Dubái bebiendo té con un jeque, cómohabía comprado un yate en Miami solo porque le gustaba el color. Helena empezóa reírse de verdad. Primero con sonrisitas contenidas, después con carcajadasque le hacían brillar los ojos y arquear el cuello de una forma que a Iván leencantaba observar.
Ella comenzó a devolverle lasmiradas coquetas sin darse cuenta. Cuando él le decía “tienes una risapreciosa, deberías reír más seguido”, ella bajaba la vista, se mordía el labioy respondía “no seas tonto”. Pero se quedaba. Odiaba que llegara el viernes porla tarde, porque significaba dos días enteros sin verlo.
Entonces Iván dio el siguientepaso.
Empezó a mandar a Samuel fuera dela ciudad. “Necesito que vayas a Guadalajara a revisar el inventario de lanueva bodega”, “Hay una auditoría en Monterrey, solo tú puedes ir”. Viajes dedos, tres días. Samuel aceptaba emocionado: “¡Es una oportunidad decrecimiento, Helena!”. Ella asentía, pero por dentro sentía alivio.
Y así empezaron las salidas.
Primero fue “solo un café despuésdel trabajo” en una cafetería boutique de Polanco. Luego cine: una película deterror que Iván eligió a propósito porque sabía que Helena se asustaría y sepegaría a su brazo. Después, un sábado por la mañana, Iván apareció en elapartamento con su BMW negro.
—Vamos al parque —dijosimplemente—. Te ves pálida de estar encerrada.
Helena dudó, pero se subió.Llevaba shorts de mezclilla, top blanco ajustado y sandalias. En el parquecaminaron entre árboles, compraron helados de vainilla y fresa. Sentados en unabanca, Iván le tomó la mano con naturalidad.
—Perdón —dijo, mirandoalrededor—, pero hay tanta gente viéndote que me irrita. Eres una mujer casaday no me gusta que te falten al respeto así…
Helena soltó una risa nerviosa,sintiendo el calor subirle por el cuello.
—Deja de ser tan bromista, Iván.Tú tampoco eres mi esposo… y traer a una mujer casada así ya es bastante faltade respeto, ¿no crees?
Él sonrió, esa sonrisa lenta ypeligrosa que le marcaba los hoyuelos.
—Falta de respeto sería que tebesara aquí mismo, ¿no crees?
La abrazó por la cintura,atrayéndola un poco más cerca. Sus cuerpos se tocaron: el pecho duro de élcontra el brazo suave de ella, el calor de su mano en la curva de su cadera.Helena sintió un latigazo eléctrico bajar por su vientre. Sus pezones se endurecieronbajo el top, su sexo se humedeció de golpe. El corazón le martilleaba tanfuerte que pensó que él lo oiría.
No se besaron. Iván solo la miróa los ojos, muy cerca, respirando su mismo aire. Luego la soltó despacio, comosi supiera exactamente lo que acababa de provocar.
—Vamos, te llevo a casa antes deque cometa una tontería —dijo con voz ronca.
Helena se quedó callada todo elcamino de regreso. Estaba excitada, confundida, culpable… y furiosa consigomisma porque, en el fondo, estaba segura: si él la hubiera besado en eseparque, ella le habría correspondido. Con lengua, con ganas, con todo el cuerpo.
Los días siguientes Iván sevolvió más audaz. Le empezó a depositar dinero “para el apartamento”. “Es unadelanto de bonos, no le digas a Samuel todavía”. Helena lo aceptó. Pagó dosmensualidades atrasadas. Por primera vez en meses sintió que respiraba. Iván seconvirtió en su salvador silencioso. Cada depósito venía con un mensaje:
“Para que duermas tranquila estanoche. Te lo mereces.”
Samuel seguía igual: torpe,cometiendo errores garrafales que Iván “corregía” con paciencia paternal.Firmaba lo que le ponían enfrente sin leer. Se hundía más y más.
Una noche de sábado Helenadecidió intentarlo todo otra vez con su marido. Preparó una velada romántica:velas, vino barato, pasta con salsa que había aprendido en YouTube. Se vistióexactamente como en la foto que acababa de enviarle a Samuel por WhatsApp: topgris de tirantes finos que apenas contenía sus pechos llenos, escote profundoque dejaba ver el valle entre ellos, shortcito rosa a cuadros muy corto quedejaba al descubierto casi todo el muslo y la curva inferior de sus nalgas. Sesentía sexy, deseable, dispuesta a reconquistar lo que fuera.
La puerta se abrió a las nueve.
Samuel entró… acompañado de Iván.
—Amor, traje a Iván a ver lanueva de Marvel. Dijo que no tenía planes y le dije que viniera, ¿verdad queestá bien?
Helena se quedó congelada enmedio de la sala. El top se le pegaba al cuerpo por el calor de la vergüenza.Sus pezones, traicioneros, se marcaron bajo la tela fina. El short subidodejaba ver la piel suave de sus ingles.
Iván la miró de arriba abajo.Despacio. Sin disimulo. Sus ojos se detuvieron en los pechos, en la cintura, enlas piernas desnudas. Sonrió con esa calma peligrosa.
—Buenas noches, Helena. Qué…bonito todo esto.
Ella sintió el rubor subirlehasta las orejas. Pensó en correr al cuarto a cambiarse. Pero entonces miró aSamuel: su marido gordo, sudado, con la playera manchada de comida, hablandoemocionado de superhéroes mientras Iván —el hombre que la había hecho mojarsesolo con abrazarla— estaba ahí, viéndola como si ya fuera suya.
Y decidió no cambiarse.
—Quédate así —se dijo ensilencio—. Que el estúpido de Samuel aprenda a valorarme de una maldita vez.
Se sentó en el sofá. Cruzó laspiernas de forma que el short se subiera un poco más. Iván se acomodó, muycerca. Durante la película no miró ni una sola vez la pantalla. Sus ojosrecorrían el cuerpo de Helena: el movimiento de sus pechos al respirar, cómo sele marcaban los pezones cada vez que se reía de un chiste de Iván, la forma enque sus muslos se rozaban entre sí.
Samuel, absorto en la pantalla,no notó nada.
Pero Helena sí. Sintió la miradade Iván como caricias. Sintió que su sexo volvía a humedecerse bajo elshortcito rosa. Y por primera vez pensó, con una claridad aterradora:
“Si esta noche Samuel se duermeantes… no sé si voy a poder resistirme.”
La película seguía. Pero laverdadera historia ya había comenzado en ese sofá.
La película llevaba casi una horacuando Iván, recostado cómodamente en el sofá con el brazo estirado sobre elrespaldo, habló sin apartar los ojos de la pantalla:
—Oye, Samuel… ¿tienes vino encasa? Algo decente. Me dio sed de pronto.
Samuel parpadeó, nervioso. Sabíaque solo tenía una botella barata de supermercado que Helena había compradohacía meses.
—No… creo que no, jefe. Peropuedo salir a comprar. ¿Qué marca quieres?
Iván sonrió con esa calmapeligrosa y sacó de su billetera tres billetes de mil pesos, poniéndolos en lamano de Samuel.
—Busca un Malbec argentino, el“Cobos Marchiori”. Es caro, pero vale la pena. Lo venden en la licorería deMasaryk, la que cierra tarde. No te preocupes por el precio, yo invito.
Samuel se levantó como un perroal que le lanzan un hueso. Miró a Helena, que seguía sentada entre los dos, conlas piernas cruzadas y el short rosa subido hasta donde casi se le veía elborde de las nalgas.
—Amor… atiende en todo lo que sele ofrezca a Iván, ¿sí? —dijo Samuel, inclinándose a darle un beso rápido en lamejilla—. En todo, ¿eh? Vuelvo en veinte minutos.
Esas palabras se clavaron en lamente de Helena como un hierro caliente.
«En todo lo que se le ofrezca…»
Y si se le ofreciera mi cuerpo…pensó, sintiendo un latigazo de calor entre las piernas. Él dijo “todo”…
La puerta se cerró detrás deSamuel. El sonido del ascensor bajando retumbó en el silencio del apartamento.
Iván no se movió durante cincosegundos. Luego se levantó despacio, caminó hasta la puerta, giró la llave ypuso la cadena. El clic metálico sonó como una sentencia.
Helena sintió que el corazón sele salía del pecho. Estaba sola con él. Vestida solo con ese top gris queapenas contenía sus pechos y el shortcito rosa que dejaba sus musloscompletamente expuestos.
Iván regresó al sofá. Esta vez nose sentó en el extremo. Se dejó caer justo al lado de ella, tan cerca que susmuslos se tocaron. Su perfume caro la envolvió. Sin decir nada, giró el cuerpohacia ella y la miró directamente a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas,oscuras de deseo.
—Helena… —murmuró, con la voz másgrave que nunca—. Llevo semanas imaginando este momento.
Su mano grande y caliente se posóen la rodilla desnuda de ella. El contacto fue eléctrico. Helena se estremeció,pero no la apartó.
—Samuel… va a volver —susurróella, aunque su voz ya sonaba débil.
—Samuel está tardando más deveinte minutos —respondió Iván, deslizando los dedos lentamente hacia arribapor el interior de su muslo—. Y aunque vuelva, tú y yo sabemos que esto yaempezó hace mucho.
Su otra mano subió y le apartó unmechón de cabello castaño de la cara. Luego le rozó la mejilla con el pulgar.Helena respiraba agitada. Sus pezones se marcaban duros y visibles bajo la telafina del top. Iván los miró sin disimulo.
—Estás temblando… —susurró él,acercando su boca al oído de ella—. Y estás mojada, ¿verdad? Lo sé desde que tevi en ese sofá con este puto shortcito.
Helena soltó un gemido ahogadocuando la mano de Iván llegó hasta el borde del short y rozó la piel suave ycaliente de la ingle. Sus dedos juguetearon ahí, apenas tocando, torturándola.
—Iván… esto está mal… —jadeóella, pero sus piernas se abrieron un poco solas, invitándolo.
—Está mal que tu marido no tefolle como mereces —gruñó él contra su cuello, besando la piel sensible justodebajo de la oreja—. Está mal que te tenga a ti, esta hembra perfecta, y nosepa qué hacer contigo. Pero yo sí sé.
De pronto la tomó por la cinturacon ambas manos y la levantó como si no pesara nada. La sentó a horcajadassobre sus muslos duros. Helena sintió la erección enorme y gruesa de Ivánpresionando directamente contra su sexo a través de la tela del short. Estabaempapada; el shortcito rosa ya tenía una mancha oscura en la entrepierna.
Iván la miró a los ojos,jadeando.
—Dime que pare… y paro ahoramismo.
Helena no dijo nada. Solo lomiró, con los labios entreabiertos, respirando con dificultad. Sus pechossubían y bajaban contra el pecho de él.
Entonces Iván subió las manos porsu espalda, metió los dedos bajo los tirantes del top y los bajó de golpe. Lospechos de Helena saltaron libres: redondos, firmes, pezones rosados y duroscomo piedras. Iván soltó un gruñido de pura lujuria y los tomó con ambas manos,apretándolos, amasándolos, pellizcando los pezones.
—Dios… qué tetas más perfectas…—masculló, bajando la cabeza y metiéndose un pezón en la boca. Lo chupó confuerza, lamiendo, mordiendo suavemente.
Helena arqueó la espalda y soltóun gemido largo y desesperado. Sus caderas comenzaron a moverse solas, frotandosu coño mojado contra la verga dura de Iván a través de la ropa.
—Iván… por favor… —suplicó, sinsaber si le pedía que parara o que siguiera.
Él soltó el pezón con un sonidohúmedo y subió la boca por su cuello, besando, lamiendo, mordiendo. Sus manosbajaron hasta el culo de Helena, metiéndose bajo el short y apretando lasnalgas desnudas. Descubrió que no llevaba tanga. Solo piel caliente y húmeda.
—Estás empapada… —gruñó contra suboca—. Este coñito está pidiendo verga, Helena. Mi verga.
Y entonces la besó.
No fue un beso suave. Fue brutal,hambriento, lleno de meses de deseo acumulado. Su lengua entró en la boca deella sin pedir permiso, buscando la suya, dominándola. Helena gimió dentro delbeso y le devolvió el beso con la misma desesperación. Sus manos se enredaronen el cabello negro de Iván, tirando de él, pegándose más. Sus cuerpos sefrotaban con lujuria: pechos desnudos contra el pecho duro de él, coño mojadorestregándose una y otra vez contra la polla gruesa que latía bajo lospantalones.
El beso se volvió más sucio, másprofundo. Iván la mordió en el labio inferior, tirando de él. Helena jadeaba,gimiendo, completamente entregada. Ya no pensaba en Samuel. Solo existía elcalor, la lengua de Iván invadiéndola, sus manos apretándole el culo, su vergaenorme presionando justo donde ella más lo necesitaba.
Cuando por fin separaron susbocas, un hilo de saliva los unió un segundo. Helena tenía los labioshinchados, los ojos vidriosos de placer y los pechos subiendo y bajandoagitados.
Iván la miró con una sonrisaoscura y victoriosa.
—Ahora sí… —susurró, rozando suslabios contra los de ella—… vamos a ver hasta dónde llega eso de “en todo loque se le ofrezca”.
Iván no esperó más. Con unmovimiento fluido y dominante, levantó a Helena del sofá como si fuera unapluma. Ella jadeaba, con los pechos desnudos subiendo y bajando, los pezoneshinchados por la boca de él, el shortcito rosa empapado en la entrepierna. Lallevó hasta la mesa del comedor —la misma donde Samuel y ella comían pastarecalentada— y la sentó en el borde, abriéndole las piernas de golpe.
—Quítatelo todo —ordenó con vozronca, mientras se desabrochaba el cinturón.
Helena obedeció temblando. Sebajó el shortcito rosa por las caderas, revelando su coño completamentedepilado, hinchado, brillante de humedad. Los labios mayores estaban abiertospor la excitación, el clítoris asomando rojo y sensible. No llevaba nada debajo.Solo piel caliente y deseo.
Iván se bajó los pantalones y elbóxer negro de una vez. Su verga saltó libre: gruesa, larga, venosa, con lacabeza morada y brillante de precum. Era mucho más grande que la de Samuel.Helena la miró con los ojos muy abiertos, sintiendo un nudo de miedo y lujuriaen el estómago.
—Esto es lo que has estadonecesitando —gruñó Iván, agarrándola por las caderas y acercándola al borde dela mesa—. Esto es lo que tu marido nunca te ha dado.
La punta de su polla rozó loslabios húmedos de Helena. Ella soltó un gemido largo cuando sintió el grosorpresionando contra su entrada. Iván empujó despacio al principio, solo lacabeza, abriéndola centímetro a centímetro. Helena arqueó la espalda, clavandolas uñas en los hombros de él.
—Dios… estás tan apretada…—masculló Iván, sintiendo cómo las paredes calientes y húmedas de ella loenvolvían—. Este coño es mío ahora. Mío.
Empujó más fuerte. La mitad de suverga desapareció dentro de ella. Helena gritó de placer y dolor mezclado,sintiendo cómo la llenaba como nunca antes. Sus paredes se contrajeronalrededor de él, succionándolo, pidiéndole más.
Iván la tomó por el cuello conuna mano —no apretando, solo dominando— y la besó con violencia mientrasempujaba hasta el fondo. Sus bolas chocaron contra el culo de ella. Estabacompletamente dentro. Helena temblaba entera, lágrimas de placer rodando porsus mejillas.
—Dime que es mío —exigió él, sinmoverse aún, solo sintiendo cómo su coño latía alrededor de su polla.
—Es… es tuyo… —jadeó Helena, lavoz quebrada—. Todo tuyo…
Eso fue suficiente.
Iván empezó a follarla confuerza. Cada embestida era profunda, brutal, sacándole gemidos altos ydesesperados. La mesa crujía bajo ellos. Los pechos de Helena rebotaban concada golpe, los pezones rozando contra el pecho velludo de él. Iván bajó lacabeza y se metió uno en la boca, chupándolo mientras la penetraba sin piedad.
—Este coño… este culo… estastetas… —gruñía entre embestidas—. Todo esto es mío ahora. Samuel no tienederecho ni de mirarte. Yo te estoy follando como se debe. Yo te estoy haciendomía.
Helena ya no podía hablar. Sologemía, gritaba, se aferraba a él. Sus piernas se enredaron en la cintura deIván, clavándole los talones en las nalgas para que entrara más profundo. Elsonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la sala: plap, plap, plap…mezclado con sus jadeos y los gemidos de ella.
Iván la giró de repente. La pusode espaldas sobre la mesa, con el culo en el borde. Le abrió las piernas enforma de V y volvió a entrar de un solo empujón. Desde esa posición veía todo:cómo su polla gruesa entraba y salía del coño rosado y dilatado de Helena, cómolos jugos de ella brillaban en su tronco, cómo su clítoris hinchado pedíaatención.
Le puso el pulgar en el clítorisy empezó a frotarlo en círculos rápidos mientras la follaba.
—Vamos… córrete para mí —ordenó—.Quiero sentir cómo este coño se aprieta cuando te corres en mi verga.
Helena explotó en menos de unminuto. Su cuerpo se convulsionó, sus paredes vaginales se contrajeron confuerza alrededor de la polla de Iván, ordeñándola. Gritó su nombre —“¡Iván!¡Iván.
Iván no paró. Siguió follándola através del orgasmo, prolongándolo, haciendo que ella se retorciera y llorara deplacer.
—Buena chica… —gruñó, sintiendocómo su propio orgasmo subía—. Ahora me voy a correr dentro. Te voy a llenar.Te voy a marcar.
Empujó unas cuantas veces más,profundo, salvaje. Entonces se tensó. Su verga palpitó dentro de ella y empezóa eyacular. Chorros calientes y espesos llenaron el coño de Helena, goteandopor sus muslos cuando él siguió moviéndose lentamente, exprimiendo hasta laúltima gota.
Cuando por fin salió, un hiloblanco y espeso se derramó de su entrada abierta. Iván miró su obra consatisfacción animal: el coño rojo e hinchado, lleno de su semen, marcado porél.
Se inclinó sobre ella, todavíajadeando, y le susurró al oído mientras le acariciaba el vientre:
—Ahora sí eres mía, Helena. Cadavez que Samuel te mire, cada vez que intente tocarte, va a oler mi semen en ti.Cada vez que te sientes en esa mesa, vas a recordar cómo te follé aquí. Esto noes un polvo. Esto es propiedad.
Helena, exhausta, temblorosa, conel cuerpo cubierto de sudor y semen, solo pudo asentir. Sus ojos brillaban conuna mezcla de culpa, placer y rendición absoluta.
En ese momento escucharon elascensor en el pasillo.
Samuel estaba de vuelta.
Iván sonrió, se subió lospantalones con calma y le dio una palmada suave pero posesiva en el culo aHelena.
—Limpia rápido, preciosa. Y no tecambies. Quiero que él vea lo que ya no le pertenece.
Helena se levantó tambaleante,con las piernas débiles y el semen de Iván resbalando por sus muslos. El timbresonó.
La puerta estaba con cadena.
Pero ya nada volvería a serigual.

Aquí el link para el video basado en el relato:
https://www.xvideos.com/video.oupkoutb4c4/el_jefe_de_mi_marido
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