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Perversa

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PERVERSA


Me llamo Karina. Tengo treinta y siete años, estoy casada desde hace más de una década y soy madre de un varón de nueve. Mi vida, desde afuera, parecía perfecta. Un marido correcto, una casa en un barrio tranquilo, un hijo sano, una rutina estable. Pero adentro… adentro había un hueco que me latía entre las piernas.

No sé cuándo empecé a sentirlo con tanta fuerza. Tal vez fue después del parto, o quizás mucho antes. Tal vez simplemente lo tapé con tareas, cenas, deberes escolares, series y cenas silenciosas en pareja. Como si poner la vida en marcha cada día bastara para callar lo que no me animo a decir.

Mi esposo —Daniel— era bueno, amable, trabajador. Pero en la cama... no sé cómo explicarlo, era tibio. Cumplía, si se lo pedía. Se excitaba cuando me ponía algo insinuante, si lo buscaba con la mano bajo las sábanas. Pero no había hambre en su mirada. No había ese deseo crudo que me sacara el aire. Hacía años que no sentía que me devorara como alguna vez lo había hecho.

Y yo... yo tenía deseos. Deseos sucios, intensos, a veces difíciles de nombrar. Pensé que tener un hijo llenaría ese hueco, que me haría sentir completa. Pero un hijo no llena un vacío sexual. Y ese vacío me ardía cuando estaba sola, cuando apagaba las luces, cuando me tocaba con culpa mientras él dormía de espaldas, ajeno a lo que su mujer guardaba por dentro.

No me atreví a hablarlo. ¿Cómo se le dice a un marido que una parte de una necesita ser tomada, usada, dominada... que fantasea con cosas que ni siquiera entiende del todo?

Estaba empezando a sentir que, si no hacía algo, esa parte mía iba pudriéndose por dentro.

Los días en la oficina eran casi una fotocopia uno del otro. Llegaba temprano, me acomodaba la pollera entallada hasta media pierna, ajustaba el saco sobre la blusa clara, encendía la notebook, organizaba papeles, revisaba carpetas. Todo con la eficiencia casi mecánica de quien ya no necesita pensar demasiado para rendir. Incluso mi café tenía un horario exacto.

Nunca me faltaba el peinado perfecto ni los tacos altos. No por Daniel, claro. Hace años que no notaba si llevaba el pelo suelto, recogido o si me pintaba los labios. Lo hacía por mí. Porque si había algo que todavía me daba una mínima sensación de control sobre mí misma… era la forma en la que caminaba por ese piso brillante, con el taconeo firme, sintiéndome deseable aunque nadie lo dijera en voz alta.

Aunque no siempre fue así.

Hubo un tiempo —no hace mucho— en que algo se agitó en esa rutina. Tenía nombre, Luciano.

Entró al área de auditoría con ese aire entre relajado y desafiante que tienen algunos hombres cuando saben exactamente cómo los miran las mujeres… y lo disfrutan. Era más joven que yo, no mucho, tal vez cinco años menos. Moreno, de barba recortada, mirada oscura. Y tenía algo que me desarmaba: la forma en que me miraba.

No era grosero, ni evidente. Pero su mirada... su mirada tenía hambre. Me observaba cuando me levantaba por café, cuando me inclinaba a buscar una carpeta, cuando cruzaba las piernas. Y no desviaba los ojos aunque yo lo sorprendiera mirándome. Me sostenía la mirada, firme, como si supiera algo. Como si ya hubiera estado entre mis piernas.

Al principio, me incomodó. No estaba acostumbrada a que un hombre me mirara así. Mucho menos en mi oficina, en plena rutina gris. Pero no tardé en darme cuenta de que esa incomodidad era pura agitación. Durante semanas, lo tuve en la cabeza más de lo que me atrevo a admitir. Su rostro aparecía cuando me bañaba, cuando me cambiaba, cuando apagaba las luces.

Y sí… fantaseé. Con su boca. Con sus manos. Con su voz grave diciéndome cosas que Daniel jamás se atrevería a decirme. Con sentirme pequeña y mojada bajo su cuerpo. Con dejar que ese lobo que me miraba como presa y finalmente me tomara.

Hasta que un día, Luciano dejó de solo mirarme. Fue un viernes, al final de la jornada. Todos se habían ido y yo me quedé cerrando un informe. Sentí su presencia detrás mío antes de escucharlo hablar. Su voz fue grave, casi un susurro:

—¿Sabés que me volvés loco con esa pollera, no?

Me giré sorprendida, pero él ya no tenía esa actitud neutra de siempre. Estaba seguro, desafiante. Me sonrió como si llevara meses ensayando ese momento.

No supe qué responder. Me limité a acomodar los papeles y a decir que tenía que irme. Pero en el ascensor, volvió a estar detrás mío. Y esta vez, su mano rozó mi cintura. Sutil. Deliberada.

Durante el fin de semana, lo único que hacía era repasar cada gesto, cada palabra. Sentía que algo se había abierto dentro mío, como una compuerta que no se cerraba.
El lunes a la noche, no aguanté más, cuando nuestro pequeño ya se había ido a su cuarto, se lo conté a mi marido.

—Parece que hay uno en la oficina que... no sé. Me mira raro. Hoy incluso me dijo algo... —hice una pausa—. Me insinuó que le gusto.
Él dejó los cubiertos, me miró sin sorpresa.
—¿Y vos qué hiciste? —preguntó con media sonrisa.
—Nada... me fui.
—¿Y te gusta? —preguntó, directo.

Me incomodó su tono. No era de celos. Era otra cosa. Como si estuviera... entretenido.
—No sé. No sé si me gusta. Me confunde —admití.
—Tal vez deberías dejarte llevar un poco. Mirá si necesitás eso para despertar otra vez...

No supe qué decir. En vez de contenerme o indignarse, parecía estar empujándome a cruzar un límite. Esa noche me sentí más sola que nunca. Y más observada también. Porque ahora, Luciano no solo me miraba en la oficina… también lo hacía mi propio marido, desde otro ángulo. Como si esperara algo. Como si deseara verme caer.

Los días siguieron su curso, pero algo había cambiado. Luciano ya no se contenía. Sus miradas eran abiertas, descaradas. Pasaba a mi lado en los pasillos demasiado cerca, y a veces, mientras revisábamos documentos en su escritorio, se inclinaba de un modo que su muslo rozaba el mío, como si fuera sin querer, pero repetido tantas veces que ya no podía engañarme.

Una tarde, mientras yo buscaba unos papeles en un estante bajo, sentí su mano sobre mi cola. No fue un roce. Fue un apretón lento, descarado, con los dedos abriéndose sobre mi falda. Me quedé congelada. Él no dijo nada. Se alejó como si nada hubiera pasado, dejándome con la piel encendida y la respiración alterada.

Esa noche, otra vez, se lo conté a mi marido. No podía guardármelo más.

—Hoy... me tocó —dije, casi en un susurro.
—¿Cómo que te tocó? —preguntó con los ojos brillantes.
—Me agarró el culo, así, sin más. Estábamos solos. Y no dije nada.
Él tardó unos segundos en contestar. Se pasó la lengua por los labios, nervioso, pero no de furia. De excitación.
—¿Y qué sentiste?
—No lo sé. Vergüenza. Miedo. Pero también... algo más.
—Te calentó, ¿no?
—No sé.
—¿Y si lo dejás? Solo una vez. Para saber. Para sacártelo de encima...

Me quedé mirándolo, atónita. No era una broma. No era indiferencia. Era deseo. El suyo. Y eso me descolocó más que la mano de Luciano.
Él quería que yo lo hiciera. Lo deseaba. Como si yo fuera una fantasía suya.

Esa noche no pude dormir. En la oscuridad, mi marido me abrazó por la espalda. Me buscó con las manos y me penetró sin decir palabra, mientras yo mordía la almohada. No me habló de amor, ni de nosotros. Solo gemía como si estuviera usando mi cuerpo para completar una escena que él mismo había escrito en su cabeza.

Y yo... yo no sabía si era cómplice o víctima. Pero no hice nada para detenerlo.

Lo había planeado. No del todo, pero sí lo suficiente.

Era viernes y sabía que Luciano iba a quedarse después de hora para terminar un informe. Yo no tenía razones para quedarme, pero estiré tareas, inventé demoras, me aseguré de que él supiera que seguía ahí.

Todo el día jugué con él. El cruce de miradas, la cercanía en los pasillos, los movimientos estudiados de mi cuerpo. Me gustaba la sensación de estar a punto de caer. De querer caer.

Camisa negra que marcaban mis pechos sugerentes y medias negras con ligas disimuladas bajo la pollera, el cabello suelto y los tacos mas altos que tenia, y ese rostro que dice mas que mil palabras

Cuando la oficina quedó vacía, me levanté de mi silla como al pasar.
—Voy al baño —dije sin mirarlo.

Sabía que me seguiría.


Perversa


Apenas crucé la puerta, lo sentí detrás. Me empujó con decisión contra el lavabo, sin una palabra. Me sostuvo por la cintura y nos miramos en el espejo: yo, respirando entrecortado; él, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en mi nuca.

Me levantó la pollera, me corrió la tanga de un tirón, y me penetró sin avisar. Sin preguntar. Con toda su fuerza, con toda su rabia contenida. Me embistió como si fuera suya. Como si yo le perteneciera. El espejo me devolvía el reflejo de nuestros rostros, mi camisa abierta, mis grandes pechos libres y sus manos llenándolos

No hubo besos, ni gestos tiernos. Solo piel, fuerza, y ese sonido húmedo y repetido de su cuerpo chocando contra el mío. Yo apenas podía mantenerme en pie. Los músculos me temblaban. Sentía todo. Cada centímetro. Cada estocada. Cada gota caliente que me llenó cuando acabó dentro mío como un animal salvaje.

No hablamos. No nos tocamos más.

Me acomodé la ropa en silencio, saqué un protector de la cartera y me lo puse de apuro: el semen bajaba caliente entre mis piernas, espeso, sin freno. Salí sin volver la vista atrás.

El cielo se teñía de rojo cuando llegué a casa. Las sombras del atardecer ya se colaban por las ventanas. Eran las siete. Abrí la puerta despacio.

Mi hijo estaba en su cuarto, jugando a la Play con los auriculares puestos. Lo saludé al pasar y apenas levantó la mano, sin mirarme.

Me quedé unos segundos quieta en la cocina, sintiendo el calor aún entre las piernas, la ropa interior húmeda, la piel sensible.

Y entonces lo vi a él, mi marido, sentado en la mesa, leyendo algo en el celular. Levantó la mirada, sonrió, y me dijo:

—¿Todo bien?

No contesté enseguida. Me serví un vaso de agua, di un sorbo largo y me apoyé contra la mesada. Lo miré fijo.

—Pasó.
—¿Qué pasó? —preguntó, aunque sabía.
—Lo que querías. Lo hice. Acabo de volver. Aún... aún tengo su semen adentro.

El silencio que siguió fue pesado. Él se quedó inmóvil. Me observó como si estuviera viendo algo nuevo. Algo que nunca se atrevió a imaginar del todo.

Yo no lloré. No me arrepentí. Solo dije la verdad.

Y esperé a ver qué hacía con ella.

Él no dijo nada.

Solo me miró, como si esa confesión fuera todo lo que había estado esperando. Se levantó de la mesa y me tomó de la mano. Su palma estaba caliente, temblaba apenas. No me dio tiempo a pensar ni a protestar. Me llevó directo a nuestra habitación.

—¿Qué hacés? —susurré, nerviosa, con un ojo puesto en el pasillo.
—Está en su cuarto. No sale de ahí. No va a escucharnos —dijo sin mirarme.

Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Quise detenerlo. Me sentía invadida, vulnerable, casi avergonzada. Todavía tenía en mi cuerpo las huellas del otro. Un calor extraño entre las piernas, una humedad tibia, como prueba viva de lo que había hecho.

—Esperá... déjame al menos ir al baño. Estoy… —empecé a decir.
—Justo así te quiero —me interrumpió, y sus palabras me helaron.

Me quitó la ropa interior con un tirón torpe. Me abrió las piernas con una mezcla de ansiedad y veneración, como si necesitara comprobar que era verdad. Yo traté de taparme, de esconderme, de no mostrarle lo que quedaba de aquel encuentro. Pero él estaba decidido. Bajó el rostro y su boca me tocó.

Me quedé inmóvil, paralizada. No era solo deseo lo que sentía. Era vértigo. Era fuego mezclado con culpa. Él me recorría con devoción, con hambre, como si todo lo que quedaba de ese otro hombre en mí fuera un regalo, no una traición.

—Estás distinta —murmuró contra mi piel, como si lo que había hecho me hubiese cambiado para siempre—. Así me gustás.

Y yo… yo ya no sabía qué pensar.

No podía negar lo que sentía. Mi cuerpo, a pesar de la confusión, se rendía. Se encendía. Me odiaba por eso. Pero no podía detenerlo. No cuando su lengua me buscaba como nunca antes, como si hubiera descubierto en mí algo nuevo, algo impuro, algo irresistible.

Lo que siguió fue inevitable. Me entregué. No a él, sino al momento. A la sensación de estar fundida en una locura compartida. Él no solo me aceptaba así. Me deseaba más que nunca. Como si el hecho de haber sido de otro me hiciera más suya.

Y cuando terminó, me abrazó por detrás. Sus labios en mi cuello. Su respiración agitada.
—Así te quiero —dijo—. Así... de verdad.

Y yo cerré los ojos.

Porque por primera vez en mucho tiempo, no sabía si volver atrás era una opción.

Algo cambió después de aquella noche.

No fue solo el sexo. Fue el poder. La certeza de que todo giraba alrededor mío. Luciano no volvió a buscarme. Al contrario, parecía desconcertado. Se lo notaba más prudente, como si no supiera si lo que habíamos hecho había sido una fantasía o una trampa. Y mi marido… bueno, él también cambió. Me miraba distinto. Como si hubiera redescubierto algo que creía perdido en mí.

Y entonces se me ocurrió la idea.

No era una fantasía en sí. Era una necesidad. Quería sentirme al centro, dirigir todo, poner a prueba no solo mis propios límites, sino también los de ellos. Quería ver hasta dónde llegaban por mí. Hasta dónde me seguían.

Una tarde, lo cité a Luciano en un café, fuera del horario laboral. Fui directa.

—Necesito hablarte como mujer. No como compañera.
Él me miró, serio.
—Te escucho.
—Lo que pasó entre nosotros… mi marido lo sabe.
—¿Cómo que lo sabe?
—Se lo conté. Lo deseaba. Lo provocó.
Él se quedó en silencio.
—Y ahora tengo una idea —seguí—. Quiero que volvamos a vernos. Pero esta vez… distinto. Más controlado. Más claro. Él también va a estar. Pero solo como espectador. No preguntes demasiado. Solo confía.

Luciano dudó. Me miró con una mezcla de intriga y miedo.
—¿Estás segura de eso?
—Nunca estuve tan segura.

También se lo conté a mi marido. No con detalles. Solo lo necesario.
—Quiero que estés —le dije—. No te voy a decir todo. Solo confía en mí.

Y él… simplemente asintió.

La noche llegó. No fue en nuestra casa, ni en un hotel tradicional. Elegí un departamento vacío de una amiga que estaba de viaje. Espacioso. Minimalista. Casi sin muebles. Solo un sillón, una alfombra, y una lámpara tenue.

Yo los cité por separado. Luciano llegó primero. Estaba tenso. Callado. Yo lo recibí con una sonrisa tranquila, con seguridad. Llevaba una blusa negra suelta, sin sostén, y una falda corta. Descalza. Nada más. Me senté frente a él.
—Tranquilo. Hoy solo vas a hacer lo que yo diga.

Poco después llegó mi marido. Entró sin hablar. Ellos cruzaron un leve contacto visual como demostrando un miedo mutuo ante lo desconocido, luego solo me miró. Se sentó donde yo le indiqué, a un costado, en la penumbra, como una sombra expectante.

Esa noche, todo giraba en torno a mí. Era mi diseño. Mi juego.

Y ellos… simplemente estaban ahí, esperando que yo hablara.

Esa noche no les pedí permiso. No di más explicaciones.

Solo jugué mi juego.

Me arrodillé frente a Luciano, con la misma decisión con la que lo había citado. Lo desabroché con lentitud, sin dejar de mirarlo a los ojos. Mi marido, sentado en penumbras, no dijo nada. Solo observaba. Sabía que no podía intervenir. Ese no era su rol. Al menos no todavía.

Luciano no tardó en tensarse. Lo tenía ahí, entre mis manos, caliente, pulsando. Empecé a recorrerlo con la boca, lenta, profunda, mientras sentía cómo mis propias piernas se humedecían solo por saber que él miraba. Que él estaba ahí, viendo todo. Que aceptaba mi locura.

Y entonces, sin soltar a Luciano, giré mi rostro hacia mi marido. Le busqué la boca. Lo besé. Un beso húmedo, sucio, lleno de lo que me estaba llenando a mí. Y él me lo devolvió. Con los ojos cerrados. Con el alma rendida.

Volví a chupar, luego a besarlo. Iba y venía entre los dos. Como si fueran parte de un mismo cuerpo, como si no existiera la traición. Solo deseo. Solo poder.

Mi marido temblaba. Yo sentía su dureza marcándose contra su pantalón. Y cuanto más sentía el sabor ajeno en mi lengua, más quería besarlo. Más necesitaba ver su entrega completa. Romperlo.

Y lo rompí.

Luciano no aguantó. Me sujetó del cabello con una mezcla de furia y adoración. Terminó dentro de mi boca con un gemido seco, como si algo se le hubiese arrancado del alma. Yo no me aparté. Lo sostuve, lo recibí todo. Con la boca llena, con partes chorreando por mis labios, me giré. Lo miré.

Y lo besé.

Un beso largo, profundo, eterno. Cargado de todo lo que él había deseado, y todo lo que yo ya no pensaba negarme.

Esa noche no hubo preguntas. Ni lágrimas. Solo cuerpos rendidos a mi juego.

Y yo… por primera vez, fui completamente mía.

Nunca volvimos a hablar del tema con demasiados detalles. Ni con Luciano, ni entre nosotros. Todo lo que tenía que pasar, pasó aquella noche. Lo demás… ya no importaba.


Luciano se fue a vivir a Francia poco tiempo después. Se despidió con un mensaje corto, casi formal. Tal vez se asustó, tal vez entendió que nunca fue parte de verdad. Solo una pieza útil en un juego que ya no era suyo.

Y nosotros… bueno, nosotros encontramos algo.

No le llamaría salvación. Ni siquiera redención. Fue más simple: una nueva forma de vivirnos. Un acuerdo silencioso, brutalmente honesto, donde el deseo dejó de ser un tabú para convertirse en el lenguaje principal. Mi cuerpo se volvió territorio compartido. Él, mi marido, entendió que la pasión no siempre está en la exclusividad. A veces, está en mirar. En limpiar. En esperar su turno.

Desde entonces, ya no hay promesas vacías. Solo actos.

A veces, mientras camino por la calle, los observo. Los imagino. Algunos me devuelven la mirada. Otros bajan los ojos. Pero hay algo que ya no puedo ocultar. Se nota en cómo me muevo. En cómo cruzo las piernas. En la manera en que los labios se me curvan al hablar. Porque ya no soy la misma. Y porque sigo buscando.

Busco algo más, mi nueva fantasía. Mi nueva fantasía pasa por un eterno sexo anal. 

Un nuevo cuerpo. Una bestia muda que no quiera hablar, solo usarme. Que me empuje contra lo que sea, sin palabras, sin permiso. Que me tome como a una perra. Por donde más duela. Que me abra. Que me destroce. Que me deje sin poder cerrar las piernas al caminar. Abierta como una puta. Solo para que, después, mi marido me reciba. Me huela. Me bese. Me limpie. 

No lo digo en voz alta.

Pero si estás leyendo esto… ya lo sabés.
Tal vez seas ese animal que busco


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