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como me cojí a mi suegra pte1

Me da bastante vergüenza contar esto, pero es algo que me pasó hace un poco más de un año y siento que a alguien se lo tengo que contar. Aclaro que va a ser todo con nombres ficticios.
Yo tenía 19 años; siempre fui bajito, más o menos 1,68.
Estoy de novio con Valentina: 1,50, gordita, de caderas anchas y un par de tetas enormes que casi no le caben en la ropa. Unas tetas pesadas, blancas, con pezones grandes que se le marcan hasta con el corpiño más grueso.
Su madre, Lorena, es parecida pero más narigona, más madura, y con un cuerpo que a veces, de espalda, me la confundo. Las mismas caderas anchas, el mismo culo gordo y las mismas tetas pesadas que se le mueven solas. Andrés, el marido, es millonario y pasa casi todo el año viajando por laburo. Guada, la hermana, es otra historia: rubia, flaca, deportista y con un culo que llama la atención, pero esa noche no estaba.
Todo empezó un noviembre, cuando en teoría el papá de mi novia volvía del laburo y se iban a tomar tres semanas en una cabaña alejada de todo.
Andrés se retrasó. La cabaña ya estaba alquilada a dos horas de Capital, así que fuimos los tres en mi auto: Lorena, Valentina y yo. El viaje fue re raro. Valentina iba en el asiento del acompañante, con una remera corta que le dejaba ver el arranque de las tetas. Cada vez que el auto pegaba un bache, esas tetas rebotaban y se le salía un poco más el escote. Lorena atrás, con un vestido suelto y las piernas cruzadas. Cada tanto miraba por el espejo y veía cómo el escote de mi suegra se movía con los baches: las tetas se aplastaban una contra la otra, se separaban, y se le marcaba el surco profundo entre ellas. No dije nada. Solo apreté el volante… y se me empezó a poner dura la pija adentro del pantalón.
Llegamos a la tarde. La cabaña era chica, de madera, con un living abierto y dos habitaciones. Lorena se cambió apenas entró: se puso un bikini negro que apenas le contenía esas tetas pesadas. El corpiño se le clavaba en la carne, los pezones se le marcaban como dos piedras y cada vez que se movía se le salía un poco más de teta por los costados. Se tiró a tomar sol en la reposera del patio, al lado nuestro. Valentina se acostó cerca, pero yo no podía dejar de mirar de reojo a la madre. La piel morochita, los lunares, la forma en que se acomodaba el corpiño cada vez que se daba vuelta. Cada movimiento hacía que la tela se tensara y las tetas casi se le salieran. En un momento se estiró y se le escapó medio pezón. Lo metió adentro despacio, yo cada vez podia disimular menos mi erección.
Cuando bajó el sol, Valentina se quejó de sueño y se fue a la pieza. Se cerró la puerta. Me quedé en el living con Lorena. Había comprado cerveza. Abrimos las latas y nos sentamos en el sillón, uno al lado del otro. La conversación empezó inocente: el viaje, los viajes de Andrés, lo aburrido que era estar siempre sola. Pero yo no escuchaba del todo. Mis ojos bajaban solos al escote. El bikini se había secado y ahora se le pegaba a la piel. Cada vez que se inclinaba a agarrar la lata, las tetas se aplastaban y se separaban un poco. Se le marcaban los pezones duros. Yo sentía cómo se me endurecía todo adentro del pantalón, la pija ya estaba completamente parada y se me notaba el bulto.
—¿Qué mirás tanto? —me dijo de golpe, con una sonrisa pícara.
Me puse rojo al instante.
—Nada… te estoy prestando atención a lo que me decís.
Ella se rio bajito y se acercó un poco más. El olor a protector solar y a su perfume me golpeó. Seguí tomando. Ella también. La conversación se volvió más suelta. Me contó que Andrés llevaba meses sin tocarla como se debe, que a veces se despertaba con ganas, con la concha mojada, y no había nadie. Que se tenía que meter los dedos sola. Yo asentía, hipnotizado. Cada tanto sus tetas se movían cuando gesticulaba y yo sentía cómo se me endurecía más la pija. No me atreví a nada. Solo miré. Y ella lo notó. No se tapó. Al contrario: se acomodó el corpiño tirándolo un poco hacia abajo, como si no se diera cuenta… o como si lo hiciera a propósito. Se le escapó medio pezón otra vez y lo dejó un segundo afuera antes de meterlo.
Me contó también que mi suegro se quejaba porque decia que ella estaba gordita, que mueva el culo le decía. Ya estaba totalmente borracha y no se si es que se puso medio a llorar o que, pero me preguntó si para mí ella estaba gorda.
Intenté ser dulce pero no desubicado, no podía decirle que me encantaba su cuerpo, así que le dije que no le haga caso, que estaba perfecta así.
Esa noche no pasó más. Nos despedimos con un abrazo un poco más largo de lo normal. Me apretó el cuerpo contra el mío y sentí esas tetas pesadas aplastarse contra mi pecho. Yo tenía la pija dura como una piedra y ella lo notó: me rozó el muslo a propósito al separarse. Cada uno se fue a su pieza. Pero algo había cambiado. Habíamos entrado en confianza.
Al llegar a la habitación creo que nunca había tenido la pija tan dura. Me cojí a mi novia por media hora, en todas las posiciones, como un animal. Ella estaba encantada… pero yo cerraba los ojos y pensaba en las tetas de su madre.
Al día siguiente estábamos tomando mates con Valentina en la mesa del patio. Ella hablaba de no sé qué y yo asentía, todavía con la cabeza en las tetas de su madre. Ella me dice que se va al baño. Pasados 5 minutos, de repente alguien salió de la cabaña con un remerón grande y suelto. De espaldas. El mismo pelo, la misma forma ancha de las caderas, las mismas tetas enormes que se marcaban aunque la remera le quede gigante. Pensé que era Valentina que había vuelto del baño.
Me levanté, la abracé por detrás, apreté las manos contra esa panza blanda y esas tetas pesadas que se aplastaron contra mis antebrazos. Las apreté fuerte, las separé un poco, sentí los pezones duros contra las palmas y le dije al oído, casi en un susurro:
—Te amo…
Lorena se dio vuelta entre mis brazos. Me miró con esa nariz grande y una sonrisa pícara que me dejó helado. Yo todavía le tenía las manos en las tetas.
—¿Me amás? Jajajaja
Me puse colorado hasta las orejas. Solté todo de golpe.
—Perdón… perdón, pensé que eras Valentina. Te juro que…
Ella se rio, fuerte, y me dio un golpecito en el pecho con la mano. Después bajó la mirada al bulto enorme que se me notaba en el pantalón.
—Tranquilo, pibe. No pasa nada. Aunque… —bajó la voz y se acercó un poco más, mirándome directo a los ojos— …no te quejaste del abrazo, ¿eh? Y mirá lo que me hiciste… se te está marcando toda.
Me quedé sin palabras. Ella se fue hacia la cocina todavía riéndose bajito, y yo me senté de nuevo con Valentina como si nada hubiera pasado… pero con la pija dura, chorreando un poco de líquido por la punta, y la cabeza dando vueltas.

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