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Vacaciones en Argentina. 01

Vacaciones en Argentina
Fui de vacaciones a Argentina aprovechando el verano austral. Tenía el contacto de unos amigos de unos amigos argentinos que tengo en España.
Mis amigos argetinos en España eran una pareja joven, vecinos míos. Les comenté que tenía pensado viajar a Buenos Aires y les pedí recomendaciones sobre qué visitar, dónde comer y, sobre todo, dónde divertirme.
—¡Pero boludo, no te vas a ir a Buenos Aires para meterte en un hotel! —me dijo él—. Tenemos unos amigos allí que te pueden alojar. Son una pareja estupenda. Así se sacan unos mangos y tú estás mucho mejor que en un hotel.
Me pareció una buena idea y les hice caso.
La pareja que me recibió tenía unos treinta y cinco años,aproximadamente la misma edad que mis amigos españoles. Tenían doshijos pequeños y una casa bastante agradable. Me cedieron unahabitación con baño propio, así que estaba francamente cómodo ytenía bastante independencia.
Durante los primeros días me dediqué a hacer turismo. Recorríel centro de Buenos Aires, visité sus barrios más conocidos,disfruté de la gastronomía y descubrí que los argentinos podíanser unos anfitriones extraordinarios.
Pero el fin de semana llegó la oportunidad de conocer otra facetadel país.
—Este sábado hacemos un asado en una quinta con unos amigos —mecomentó mi anfitrión—. ¿Te prendés?
—¡Por supuesto! Precisamente he venido a Argentina para conocerel país de verdad.
—Entonces preparate, porque estos están bastante locos.
El sábado nos desplazamos hasta una quinta a las afueras deBuenos Aires. Era una propiedad bastante amplia, con jardín,barbacoa, una piscina estupenda y una zona cubierta donde habíanpreparado las mesas.
Cuando llegamos ya estaban allí otras tres parejas.
En total éramos cinco hombres y cuatro minas, como decían ellos. Me explicaron que para el día siguiente habían invitado a una amiga que se uniría al grupo y así estaríamos todos parejos.
Las cuatro mujeres eran bastante diferentes entre sí, pero tenían algo en común: eran realmente atractivas.
La primera era Carolina, la anfitriona. Una rubia de melena larga, ojos claros y facciones muy femeninas. Tenía una figura curvilínea, cintura marcada y unas piernas largas. Era bastante coqueta, aunque tenía un carácter alegre y desenfadado. Le gustaba bromear y no parecía tener demasiados problemas en convertirse en el centro de atención.
Su amiga Mariana era morocha, de pelo negro y abundante, ojos oscuros y piel ligeramente bronceada. Tenía una belleza más intensa, con rasgos marcados y una sonrisa espectacular. Era de las que hablaban poco al principio, pero cuando entraba en confianza se volvía bastante atrevida.
La tercera era Lucía, una rubia más bien castaña, de pelo ondulado y ojos verdes. Tenía un cuerpo más deportivo, con hombros definidos, cintura estrecha y una figura estilizada. Era muy expresiva y tenía una risa contagiosa. Parecía disfrutar especialmente de las bromas de doble sentido.
La cuarta era Florencia, la embarazada. Estaba yabastante avanzada en el embarazo, con una barriga muy evidente. Eramorocha, de pelo castaño oscuro, ojos grandes y una cara preciosa.Tenía una figura naturalmente exuberante y una personalidad muyabierta. Se encontraba perfectamente y participaba en todas lasconversaciones, aunque, naturalmente, no bebía alcohol.

Vacaciones en Argentina. 01

Los hombres eran bastante más corrientes. Estában en edades similares, alrededor de los treinta y cinco o cuarenta años, yo era el abuelo con mis 56 años. Ninguno destacaba especialmente por su físico. Había un par de tipos algo corpulentos, uno más delgado y otro de aspecto bastante deportivo. Todos parecían gente normal, trabajadores, amigos de toda la vida y con bastante afición por las reuniones alrededor de una parrilla.
El marido de Carolina, Martín, era el típico argentino conversador, con una facilidad tremenda para hacer bromas. Su amigo Diego era más grandote, de barba corta y bastante tranquilo. Pablo, el marido de Lucía, era delgado, moreno y muy bromista. Finalmente estaba Sebastián, el marido de Florencia, un tipo de complexión media, pelo oscuro y aspecto algo más serio.
Yo completaba el grupo.
El ambiente era estupendo. La parrilla no paraba, la carne iba saliendo y las conversaciones se mezclaban con música, risas y bromas de todo tipo.
Después de comer, las mujeres decidieron ponerse los bikinis y aprovechar la piscina.
Las cuatro llevaban tangas bastante pequeños. Me llamó la atención porque en España estaba acostumbrado a ver bikinis más convencionales en las piscinas familiares. Allí, en cambio, parecía que nadie se escandalizaba por nada.
Ninguna hizo topless, pero tampoco hacía falta para que mi imaginación trabajara a toda velocidad.
Las cuatro tenían unos cuerpos espectaculares, cada una a su manera. Las tangas dejaban bastante a la vista sus traseros y yo, que era el recién llegado, intentaba disimular lo mucho que me gustaba aquel espectáculo.
—¿Qué pasa, español? ¿Nunca viste una pileta argentina? —me soltó Carolina al darse cuenta de que estaba mirando.
—Estoy descubriendo las costumbres locales —contesté.
—¡Jajajaja! ¡Este aprende rápido! —exclamó Mariana.
—Dejalo, que está de vacaciones —añadió Lucía—. Tiene derecho a disfrutar.
Todos se echaron a reír.
Florencia también se reía, aunque estaba sentada en una tumbona, disfrutando tranquilamente del sol y manteniéndose alejada de las bebidas alcohólicas.
La tarde transcurrió entre juegos en la piscina, conversaciones y bromas cada vez más picantes. Había mucho doble sentido y nadie parecía especialmente tímido.
La bebida también ayudaba a animar el ambiente. Me gustó bastante la cerveza argentina y probé algunas bebidas que me recomendaron.
—Tenés que probar el escabio de acá —me dijo Diego, mientras me servía otro vaso.
—¿Y eso qué es exactamente?
—¡Jajajaja! Escabio es escabio, boludo. ¡Bebida!
También probé el fernet, que parecía casi una institución nacional. Al principio me resultó un sabor bastante particular, pero después le fui encontrando el gusto.
La tarde avanzaba y las botellas iban quedándose vacías. Naturalmente, nadie estaba en condiciones de conducir.
En un momento dado, alguien abrió la nevera portátil y descubrió que prácticamente no quedaba hielo.
—¡La puta madre! —exclamó Martín—. ¿Cómo nos vamos a quedar sin hielo?
—Hay que comprar más —dijo Pablo.
—Yo voy —me ofrecí—. No he bebido tanto como vosotros.
—Ni se te ocurra —contestó Sebastián—. Acá nadie maneja después de tomar.
Entonces todos miraron a Florencia.
—Bueno, yo estoy perfectamente —dijo ella, riéndose—. Soy la única sobria de toda esta manga de borrachos.
—¡Es verdad! —contestó su marido—. Flor puede ir.
Ella se incorporó de la tumbona y se acercó a Sebastián.
—¿Dónde compramos hielo?
—Tenés dos opciones —le explicó él—. Hay un almacén bastante cerca, pero no sé si seguirá abierto a estas horas. Si está cerrado, vas a tener que ir hasta la estación de servicio de la ruta. Ahí seguro que tienen.
—¿Y dónde está ese almacén?
Sebastián empezó a darle indicaciones, mientras yo me ofrecía a acompañarla.
—Si querés, voy contigo. Así no tenés que cargar con todo el hielo.
—¡Dale! —contestó Florencia—. Porque estos inútiles son capaces de fundirse todo lo que compremos antes de que volvamos.
Las carcajadas volvieron a llenar la quinta.
Florencia fue a buscar las llaves del coche. Antes de salir se cambió el bikini por un pantaloncito muy corto que apenas le cubría el trasero y una camiseta ligera. Seguía teniendo la barriga de embarazada muy visible.
Nos despedimos de los demás entre bromas.
—¡No tarden, eh! —gritó Martín—. ¡Que nos vamos a quedar secos!
—¡Y no se coman el hielo por el camino! —añadió Carolina.
Florencia les hizo un gesto con la mano y nos marchamos.
Al principio hablamos de cosas sin importancia. Me preguntó qué me estaba pareciendo Argentina, si había conocido ya el centro de Buenos Aires y qué planes tenía para los siguientes días.
Después, cuando llevábamos unos minutos circulando, me lanzó una pregunta inesperada.
—Che, español, ¿vos ya estuviste con una argentina?
La pregunta me pilló desprevenido.
—Pues... todavía no —contesté, algo cortado.
Florencia soltó una carcajada.
—¡No me digas! Bueno, mañana vas a tener una oportunidad.
—¿Ah, sí?
—Sí. La amiga que viene mañana tiene un apodo bastante particular: le dicen Bombachita Rápida.
Nos echamos a reír.
—¡Vaya nombre! —dije.
—Es que es terrible. Ya la vas a conocer. Tiene fama de no perder el tiempo.
—Entonces tendré que estar preparado.
—¡Jajajaja! ¡Mirá cómo se anima el español!
Continuamos hablando y, poco a poco, la conversación fue tomando un rumbo bastante más íntimo.
—La verdad es que este embarazo me tiene revolucionada —comentó Florencia—. Tengo las hormonas alborotadas y estoy cachonda prácticamente todo el día.
La miré sorprendido.
—¿En serio?
—¡Totalmente! El problema es que Sebastián no me toca. Tiene miedo de hacerle daño al bebé. Ya le expliqué mil veces que no pasa nada, pero no hay manera.
—Vaya faena.
—Ni te imaginás. Estoy desesperada.
Me quedé pensando unos segundos antes de contestar.
—Te voy a confesar una cosa. Nunca he estado con una mujer embarazada. Y, aunque suene un poco raro, reconozco que me da cierto morbo.
Florencia giró la cabeza hacia mí y se echó a reír.
—¡Sos un pervertido!
Lo dijo riéndose, pero después se mordió ligeramente el labio inferior. Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron y noté que aquella conversación había cambiado algo entre nosotros.
Decidí no añadir nada. Tampoco quería precipitarme.
Finalmente llegamos al lugar donde nos habían indicado que podíamos comprar el hielo.
Para nuestra sorpresa, la tienda estaba abierta. Incluso estaban descargando y colocando unas bolsas de hielo en el congelador.
—¡Mirá vos! —exclamó Florencia—. ¡Y nosotros que pensábamos que estaría cerrado!
Al otro lado de la calle había un pequeño establecimiento con una entrada bastante discreta. Me llamó la atención el cartel luminoso y unas fotografías de habitaciones.
—¿Y eso qué es? —pregunté.
Florencia miró hacia donde señalaba.
—¿Eso? Un telo.
—¿Un telo?
Me miró con una sonrisa divertida.
—¡Ay, español! ¿No sabés lo que es un telo?
—Pues no.
—Es un hotel alojamiento. Un lugar donde las parejas van a tener intimidad. Normalmente se alquila por horas, no hace falta pasar la noche.
—¡Ah! —exclamé—. En España no tenemos sitios parecidos, tienes que alquilar la habitación para toda la noche y sale caro. Curiosa palabra.
—Bueno, ahora ya aprendiste otra palabra argentina.
Me quedé mirando el establecimiento.
—Pues nunca he estado en uno.
—¿Nunca?
—Nunca. Y la verdad es que me gustaría conocer cómo son.
Florencia sonrió, pero no contestó inmediatamente.
—Podríamos hacer una cosa —dije, medio en broma—. Decimos que la tienda de aquí estaba cerrada y que tuvimos que ir a la estación de servicio. Nadie tiene por qué enterarse de nada.
Florencia me miró con una expresión entre divertida y sorprendida.
—¡Vos estás completamente loco!
—Puede ser.
Entonces reparé en otro cartel, colocado junto a la entrada. Anunciaba distintas habitaciones temáticas.
—Mirá, tienen habitaciones especiales —comenté—. ¡Hasta temáticas!
Florencia se inclinó un poco para leerlo.
—¡Jajajaja! ¡Qué bárbaros!
—¿Cuál te gustaría probar?
—¿Cómo que cuál me gustaría probar?
—Pues eso. Pago yo, obviamente.
Florencia se quedó mirando el cartel. Parecía estar considerando la propuesta de verdad.
—No sé... —murmuró.
Le señalé una de las opciones.
—Esta parece interesante.
Ella leyó las distintas posibilidades y, finalmente, señaló una.
—La de sadomaso me gustaría probarla, pero seguro que es más cara.
—No pasa nada. Por un día de vacaciones lo pago.
Florencia volvió a mirarme. Esta vez no se rio inmediatamente.
—Sos un peligro, español.
—Eso me han dicho alguna vez.
Se quedó unos segundos pensativa. Después sonrió.
—Bueno... ¡vamos a ver cómo es!
Crucé la calle y entramos con el coche directamente en la zona de recepción. No tuvimos que bajarnos. Desde una ventanilla nos atendieron discretamente.
—Buenas tardes. ¿Qué habitación desean?
—La temática sadomaso, por favor —contesté.
El empleado nos indicó el precio. Pagué y nos dieron las instrucciones para llegar hasta la habitación.
Nos señalaron un portón metálico que se abrió lentamente. Entré con el coche y, una vez dentro, el portón volvió a cerrarse. Desde la calle ya no podía verse absolutamente nada.
El garaje comunicaba directamente con la habitación.
Apagó el motor.
Durante unos instantes ninguno de los dos dijo nada.


Florencia estaba sentada a mi lado, mirándome con una sonrisa nerviosa.
—Bueno, español... —dijo finalmente—. ¡Vaya excursión para comprar hielo!
Me reí.
—Desde luego, no era lo que tenía pensado cuando salimos de la quinta.
La miré. Ella me sostuvo la mirada.
No pude resistirme más. Me incliné hacia ella y la besé.
Florencia respondió al beso sin apartarse. Al principio fue breve, casi tímido, pero enseguida volvimos a acercarnos.
Después nos separamos unos centímetros.
—Madre mía... —murmuró ella.
Abrí la puerta del coche y bajé. Florencia hizo lo mismo.
Estábamos finalmente allí, lejos de la quinta y de los demás, con toda una habitación esperándonos.



argentina

La habitación era mucho más grande de lo que había imaginado. Se notaba que aquel telo había invertido bastante dinero en sus habitaciones temáticas.
—¡Madre mía! —exclamó Florencia—. ¡Esto parece de película!
—Pues parece que tienen de todo.
Me acerqué al mueble para examinar algunos de los accesorios. Florencia recorría la habitación con curiosidad, aunque se notaba que estaba algo nerviosa.
—Bueno, ¿por dónde quieres empezar? —le pregunté—. ¿Dominas o eres sumisa?
—En la vida real no lo soy —contestó sonriendo—, pero en la intimidad me gusta ser sumisa. ¿Y vos?
—Bueno, alguna experiencia tengo, pero no mucha. A mí me gusta dominar. Si mi pareja disfruta con el juego y con la intensidad, eso me encanta.
Nos quedamos callados un momento, observando todo aquello.
Entonces me acordé de algo fundamental.
—Una cosa. ¿Palabra de seguridad?
—¡Banana! Si digo banana, parás, ¿cierto?
—Por supuesto. En cuanto la digas, paramos inmediatamente. Sin preguntas.
—Perfecto.
—Y tampoco quiero hacerle daño al bebé.
—Sí, claro. Y no me dejes marcas, jajajaja.
—Tranquila. Vamos a ir con cuidado.
—¿Y los insultos? ¿Te va eso?
—¿A vos te gusta?
—¡Siiiiii! Llamame lo que quieras. Si además lo hacés en español, me voy a poner todavía más cachonda.
—Vale. Voy a ir probando. Si algo no te gusta, me avisás.
Florencia asintió. Había dejado de reírse y parecía estar entrando poco a poco en el papel que habíamos acordado.
Me acerqué a ella y adopté un tono más autoritario.
—Puta, desnúdate.
Florencia me miró unos segundos y obedeció.
—Puta, ahora desnúdame.
También lo hizo.
—Y ahora dobla mi ropa con cuidado.
Aquello la hizo sonreír. Mi ropa no era precisamente complicada: un bañador y una camisa de manga corta. Sin embargo, se tomó su tiempo para doblarla cuidadosamente y dejarla sobre una silla.
—¿Así está bien, señor? —preguntó con una sonrisa pícara.
—Ya veremos si te portas bien.
Me acerqué y la besé. Había desaparecido buena parte de la timidez inicial. Florencia parecía disfrutar especialmente de aquel contraste entre el hombre tranquilo que había conocido en la quinta y el personaje autoritario que tenía ahora delante.
—Mírame cuando te hablo, puta.
Levantó la mirada y sonrió.
—Sí, señor.
—Así me gusta. Y no olvides que aquí tenemos nuestras reglas.
—No las voy a olvidar.
Aquella pequeña habitación, los accesorios de cuero y la transformación de nuestra conversación en un juego de dominación habían creado una atmósfera muy distinta de la que habíamos dejado en la quinta.
Y todavía nos quedaba mucho por descubrir.
En la habitación temática de sadomaso del telo, la luz roja tenue bañaba las paredes de ladrillo negro. Había un caballete de madera maciza con correas de cuero, un caballo de bondage acolchado, un armario abierto lleno de fustas, látigos de varios grosores, pinzas para pezones con cadenas, una jaula de metal bajo la cama king size de cabecero de hierro forjado, esposas, collares con anillas, un spreader bar y varios vibradores y plugs de distintos tamaños. El olor a cuero y desinfectante se mezclaba con el de su excitación.



La agarré del pelo castaño oscuro y la besé a dentelladas, mordiéndole el labio inferior hasta que soltó un gemido. Mis dedos entraron de golpe en su coño chorreante: estaba empapada, caliente, apretando alrededor de ellos.

—Siéntate en la cama y chúpamela, gilipollas.

Se arrodilló entre mis piernas y abrió la boca. Su lengua caliente rodeó la cabeza de mi polla y luego se la embutió entera, casi hasta la garganta. Mientras me la chupaba con ganas de perra sumisa, le agarré los pezones duros como piedras y los retorcí sin piedad. Ella gimió alrededor de mi polla y se la tragó más profundo.

—Así, zorra… puta preñada… guarra… perra en celo… putilla argentina… coño de mierda… mamada de cerda… zorra casada que se abre de piernas en un telo… puta de mierda… guarra de dos duros… perra sumisa… zorra embarazada… puta que te den…

Cada insulto la hacía chupar más fuerte, más profundo. Los pezones se le hinchaban entre mis dedos. El vientre redondo le rozaba mis muslos. Su saliva resbalaba por mi polla y le caía al pecho.

La agarré del pelo y la obligué a mirarme mientras seguía chupando.

—¿Te gusta que te trate así, puta? ¿Te gusta que te llame zorra mientras tienes la panza llena de otro?

Ella solo pudo soltar un gemido ahogado y asentir con la cabeza, los ojos grandes y brillantes de excitación, la cara preciosa hecha un desastre de saliva y lágrimas de esfuerzo.

Saqué la polla de su boca con un ruido húmedo y la empujé hacia atrás sobre la cama.

—Ábrete de piernas, puta. Quiero ver ese coño hinchado.

Ella obedeció al instante, abriendo los muslos y dejando ver el coño rosado, hinchado, goteando sobre las sábanas negras. El vientre redondo se levantaba entre sus pechos pesados.

Me arrodillé entre sus piernas, le di dos palmadas secas en el coño y luego le metí tres dedos de golpe, curvándolos hacia arriba.

—Esto es solo el principio, zorra. Ahora vas a aprender lo que es ser mi puta preñada por una noche.
La até firmemente a la cruz de San Andrés con las correas de cuero. Los brazos abiertos en X, las piernas también abiertas y aseguradas. Le puse el antifaz negro que le tapaba esos ojos grandes y hermosos. Su cuerpo quedó expuesto por completo: las tetas hinchadas por el embarazo colgando pesadas, el vientre redondo y tenso, el coño depilado ya brillante de humedad.

Aproveché que tenía el móvil con el sonido apagado y le saqué varias fotos. Estaba tremenda. Esas tetazas venosas, los pezones oscuros y duros, el contraste de su piel morocha con las correas negras… me puso todavía más duro.

Me senté en el banquito frente a ella y le abrí los labios del coño con los dedos. Estaba chorreando. Empecé a comérselo sin prisa: largas lamidas planas desde la entrada hasta el clítoris, luego chupones suaves, después mordisquitos controlados en los labios hinchados y en el capuchón del clítoris. Cada vez que apretaba un poco más con los dientes, ella se tensaba y soltaba un suspiro agudo.

—Ahhh… puta madre…

Pensé que me estaba pasando, pero no dijo “banana”. Seguí. Alternaba entre lamerla despacio y morderle el clítoris con más insistencia. De repente su cuerpo se arqueó todo lo que las correas le permitían y un chorro caliente me golpeó la cara y el pecho. Un squirting fuerte, abundante.

Me incorporé, le pellizqué los pezones con fuerza y le di varias palmadas secas en el coño.

—¡Me cago en la puta, zorra! ¿Me acabás de mear en la cara?

—¡Nooo! Perdón… fue sin querer… no es orina, te lo juro… se me escapó… ahhh…

Se metía tanto en el papel que hasta la voz le temblaba de vergüenza y excitación. Le retorcí más los pezones.

—Sos una puta asquerosa. Una guarra que se me corre en la cara y después se hace la inocente.

La desaté de la cruz y la llevé hasta el caballete acolchado. La acomodé de rodillas, el vientre colgando cómodo, las manos atadas a los laterales. Quedó perfectamente expuesta: el coño y el culo abiertos para mí.

Hice una pausa, le acaricié la espalda.

—¿Te importa que no use condón? Total ya estás embarazada y yo estoy sano.

Afirmó con la cabeza, sin hablar.

Me puse detrás, le separé las nalgas y le clavé la polla de un solo embate en ese coño empapado. Estaba tan caliente y apretado que solté un gruñido. Empecé a cogerla con fuerza, dándole chirlos en el trasero que dejaban la marca roja de mi mano.

—Mirá cómo te movés, puta… te corrés atrás buscando que te la meta más profundo… sos una zorra insaciable…

Ella empujaba el culo hacia atrás cada vez que yo entraba, buscando más.

—Sí… así… más fuerte…

Mientras la penetraba le fui metiendo dilatadores anales, uno más grueso que el anterior. Cuando llegué al que tenía casi el grosor de mi polla, ella soltó:

—Con cuidado… tengo unas fisuritas por el embarazo…

Fui lento. Cuando el dilatador entró completo, lo saqué de golpe y le clavé la polla en el culo de una sola embestida. Ella gritó, pero no dijo la palabra. El culo se le cerró alrededor de mi verga como un puño. Empecé a cogerla por atrás sin piedad, agarrándola de las caderas, mirando cómo el vientre se movía con cada embestida.

Me corrí profundo en su culo. Al sacar la polla salió una mezcla espesa de semen, lubricante, un poco de sangre y fluidos. Tenía la verga completamente sucia.

Me acerqué a su cara y se la puse al lado de la boca.

—Vas a tener que limpiar esto.

Sin esperar instrucción ella abrió la boca y se la metió entera, chupando y lamiendo hasta dejarla limpia. Me reí.

—Joder, qué puta eres… yo no me refería a ahora y así, jajajaja. No voy a volver a besarte, puta.

Sin erección todavía, pero con ganas de seguir, agarré una paleta de cuero y empecé a darle en el trasero. Primero suave, después cada vez más fuerte. El sonido seco de la paleta contra su piel se mezclaba con sus gemidos. Se le movía todo el culo y las tetas. No usaba la palabra. Al contrario:

—Más… más fuerte… por favor…

Eso me puso duro otra vez. Teníamos poco tiempo. Volví a encularla, esta vez agarrando una fusta fina. Mientras le metía la polla hasta el fondo, le daba latigazos en las nalgas y en la parte baja de la espalda. Las marcas empezaron a salir rojas y nítidas.

Cuando me di cuenta, paré un segundo.

—Mierda… dijimos que no te iba a dejar marcas…

Florencia, jadeando, con la voz rota de placer:

—Inventare algo después… pero no pares… estoy por volver a correrme… por favor no pares…

Le di más fuerte con la fusta y la cogí con todo. Me corrí otra vez dentro de su culo. Ella gritó y tuvo otro squirting, chorreando sobre el acolchado mientras se contraía alrededor de mi polla.

La desaté despacio, le quité el antifaz y la ayudé a levantarse. La acompañé hasta la ducha, la enjaboné con cuidado, le lavé el culo y el coño, le secé el cuerpo. Ella se dejaba hacer, todavía temblando un poco.

Salimos del telo, compramos hielo en un kiosco y volvimos hacia la quinta. En el auto, con el aire acondicionado y el olor a sexo todavía en la piel, Florencia se quedó mirando por la ventanilla un rato. Después habló, con esa tonada porteña suave, casi confesional:

—Boludo… ¿todos los españoles son así?

—¿Cómo así?

—Tan… pervertidos. Tan intensos.

Me reí.

—No sé los demás. Yo sí. ¿Disfrutaste?

Ella se giró hacia mí. La cara todavía un poco marcada por el antifaz, los labios hinchados, los ojos brillantes. Habló bajo, como si estuviera recordando cada sensación en el cuerpo:

—Voludo, ¿no te diste cuenta? Estuve empapada desde que me ataste a la cruz. Cuando me comiste el coño… sentía cada lamida y cada mordida como si me estuvieras abriendo por dentro. El squirting me agarró de sorpresa, me subió desde la panza y no pude pararlo… me dio vergüenza y al mismo tiempo me calentó más. Cuando me la metiste por atrás… primero me dolió un poco por las fisuras, pero después se transformó en algo… no sé cómo explicarlo. Era una presión profunda, caliente, que me subía por la espalda y me hacía apretar las tetas sola. Cada vez que me insultabas en español… “puta”, “zorra”, “guarra”… se me contraía todo. No era solo el cuerpo, era la cabeza. Me sentía usada de una forma que no había sentido nunca, y eso me hacía mojar más. Cuando me pegabas con la paleta y después con la fusta… el ardor se mezclaba con las embestidas y se me iba la respiración. Llegué al segundo orgasmo casi sin aire, sintiendo cómo me corrías adentro y cómo el líquido me salía solo. Estuve temblando hasta en la ducha. Nunca me habían hecho sentir tan… entregada y tan puta al mismo tiempo. Y me encantó.

Escucharla hablar así, con esa honestidad cruda y femenina, me dejó otra vez completamente duro. Cuando llegamos a la quinta, bajé del auto con la polla marcándome el pantalón y la certeza de que la noche todavía no había terminado.

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