El auto olía a cuero caliente, a protector solar y a ese olor a ruta que se mete en la ropa y no se va fácil. Laura iba en el asiento del acompañante, con la ventana un poco baja. El viento le pegaba en la cara y le revolvía el pelo, que se le pegaba a los labios de vez en cuando. Detrás iban los tres: Mateo al medio, Nico del lado de la ventana y Tomás del otro. Hablaban de boludeces. Un partido de la semana anterior, una mina que Tomás había conocido en un after, el quilombo del laburo de Nico con un cliente que no pagaba. Laura escuchaba a medias. Miraba la ruta, los carteles destrozados, los árboles secos a los costados, el cielo que se iba poniendo más blanco a medida que se acercaban a la costa.
Tenía 42 años. El cuerpo se lo cuidaba sin obsesionarse. Caminaba casi todos los días, comía más o menos bien, no fumaba desde hacía años. Las tetas todavía se mantenían firmes, el culo redondo, la cintura marcada.

No era de las que se vestían para llamar la atención. Ese día llevaba un jean claro un poco gastado, una remera blanca holgada y zapatillas viejas. Nada especial. Pero igual, de vez en cuando, sentía alguna mirada en la calle o en el supermercado. Y eso le generaba una mezcla rara de orgullo y vergüenza que nunca sabía bien cómo acomodar.
Llegaron a la casa pasado el mediodía. El GPS los había hecho dar una vuelta innecesaria por un camino de tierra, y el auto entró levantando polvo. La casa era una construcción simple de una planta, paredes blancas que ya tenían algunas manchas de humedad, techo de chapa, un jardín medio abandonado con el pasto largo y unas reposeras de plástico apiladas contra la pared. Al fondo se veía la pileta, chica, con el agua un poco verde. A dos cuadras, según había dicho Mateo, estaba la playa.
Mateo fue el primero en bajar. Abrió la puerta de atrás y se estiró, sacudiéndose el polvo de la remera. Nico y Tomás bajaron detrás, sacando bolsos y bolsas del baúl. Laura se quedó un segundo más sentada, mirando la casa por el parabrisas. Sacó el aire despacio y recién ahí abrió la puerta.
El calor pegaba distinto que en la ciudad. Más húmedo, más pegajoso. El aire olía a sal y a pasto cortado hace días. Laura se ajustó la remera y caminó hacia la entrada. El dueño les había dejado la llave debajo de una maceta con una planta seca. Mateo la encontró al toque.
—Che, está piola —dijo Tomás, pasando a su lado con dos bolsos al hombro—. Mejor de lo que pensé.
Laura asintió, sin mirarlo del todo.
—Sí. Está bien.
Entraron. La casa olía a cerrado y a un poco de humedad vieja. Las persianas estaban bajas. Mateo fue abriendo ventanas uno por uno mientras Nico y Tomás entraban y salían con las cosas. Laura se quedó en el living un momento, mirando los sillones gastados, la mesa de madera marcada, el ventilador de techo que hacía un ruido raro cuando lo prendieron.
Eligió la pieza del fondo. Era la más chica, con una cama de dos plazas, un placard de puertas corredizas y una ventana que daba al patio. La cama tenía un colchón un poco hundido en el medio y sábanas limpias que olían a jabón barato. Laura apoyó la valija sobre la cama y la abrió despacio. Sacó las remeras, los shorts, el neceser. Colgó algunas cosas. Acomodó el cepillo de dientes y el desodorante en el baño que compartían. Desde la ventana se escuchaban las voces de los pibes en el living: Mateo riendo, Tomás tirando alguna boludez, Nico contestando con su tono más bajo.
Bajó un rato después. Se había cambiado el jean por un short de tela liviana, gris, que le llegaba a mitad de muslo. La remera seguía siendo la misma, holgada. En la cocina, Tomás estaba abriendo una birra. Cuando la vio aparecer,

la miró un segundo más de lo necesario. No dijo nada al principio. Solo abrió otra botella y se la ofreció, sosteniéndola hacia ella.
—¿Querés?
—Después —contestó Laura—. Primero quiero acomodar un poco.
Él asintió y se quedó apoyado en la mesada, con la birra en la mano. Nico entró en ese momento con una bolsa de supermercado. Mateo iba detrás, hablando por teléfono con alguien, gesticulando.
Tomás dio un trago y, casi como si no fuera a decir nada importante, soltó:
—Che, Laura… se te ve bien ese short.
Ella levantó la vista. Lo miró un segundo. No sonrió del todo. La frase había sido liviana, casi tirada al pasar, pero igual le generó un calor chiquito en la cara.
—Gracias. No digas boludeces.
Él se rio bajito, como si esperara exactamente esa respuesta, y se fue al living con la birra. Laura se quedó un momento quieta, con las manos apoyadas en la mesada fría. El comentario no había sido pesado. Ni siquiera muy directo. Y sin embargo le había quedado dando vueltas. Se obligó a no pensar en eso y se puso a sacar las cosas de la bolsa: fideos, salsa, cerveza, un par de vinos baratos, pan, queso, fiambre.
La tarde se alargó entre acomodar, abrir más ventanas y bajar a la playa un rato corto. Caminaron las dos cuadras por un camino de tierra. El agua estaba fría. Laura se metió hasta las rodillas, con el short arremangado. La arena se le metía entre los dedos. Mateo y Tomás se tiraron de cabeza casi de inmediato, gritando por el frío. Nico se quedó cerca de ella, mirando el horizonte, con las manos en los bolsillos del short.
—Hace tiempo que no venías a la costa, ¿no? —preguntó él, sin mirarla del todo.
—Sí. Un par de años —contestó Laura.
—Se nota. Estás… no sé. Distinta.
Ella lo miró de reojo. La palabra “distinta” le quedó resonando.
—¿Distinta cómo?
Nico se encogió de hombros. No agregó nada. Se sacó la remera, la dejó sobre la arena y se metió al agua despacio. Laura se quedó un rato más en la orilla, sintiendo la arena fría y el agua que le subía y bajaba. El comentario de Nico le había resultado más raro que el de Tomás. Más contenido. Más difícil de descartar como una simple boludez.
Volvieron a la casa cuando el sol empezaba a bajarse. El cielo se había puesto naranja y rosa. Mateo armó el fuego para el asado en la parrilla del patio. Nico ayudó a cortar la carne sobre una tabla de madera. Tomás se encargó de las ensaladas, medio a las apuradas, tirando aceite y vinagre sin medir demasiado. Laura puso la mesa afuera: un mantel de plástico a rayas, vasos de vidrio grueso, platos que no combinaban. El aire empezaba a refrescar y olía a leña y a carne.
Comieron cuando ya era de noche. La carne salió bien, jugosa. Tomaron el vino barato que habían comprado. La conversación fue liviana: anécdotas del colegio, un viaje que habían hecho el año anterior a Córdoba, boludeces del laburo. Laura hablaba poco. Escuchaba. Reía cuando correspondía. De vez en cuando sentía que Nico la miraba cuando ella miraba para otro lado. Tomás, en cambio, era más evidente con las miradas, pero no decía nada raro. Solo alguna risa más larga cuando ella hacía un comentario.
Después de comer, Mateo se quedó dormido en el sillón del living casi de inmediato. El sol, el agua y el vino lo habían dejado hecho. Roncaba suave, con la cabeza echada hacia atrás. Laura se levantó a llevar los platos a la cocina. Nico la siguió con algunos vasos. En la cocina, mientras ella abría la canilla, él dejó los vasos en la mesada y se quedó un segundo a su lado. El agua corría. El ruido del ventilador del living se escuchaba de fondo.
—Si necesitás ayuda con algo… —dijo él, bajo.
—No. Estoy bien. Gracias.
Él asintió y se fue. Laura se quedó lavando los platos con agua fría. Las manos le temblaban un poco y no sabía bien por qué. El comentario de la tarde, la mirada de Nico, el roce casi inexistente cuando él había dejado los vasos… nada había pasado. Absolutamente nada. Y sin embargo sentía un calor raro en el pecho, una inquietud que no sabía cómo nombrar.
Cuando terminó, se secó con un repasador y volvió al living. Tomás estaba en el sillón, con una birra en la mano, mirando el teléfono. Mateo seguía roncando. Laura se quedó un momento de pie, dudando si sentarse o irse directo a la pieza.
—Me voy a dormir —dijo al final.
—Buenas noches, Laura —contestó Tomás, levantando la vista un segundo.
—Buenas.
Se fue a su pieza. Cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido. Se cambió el short por un pantalón de dormir fino, de algodón, y se sacó el corpiño debajo de la remera. Se acostó. La cama era blanda, con el colchón hundido en el medio. Desde la ventana entraba un poco de luz de la luna y el ruido lejano de las olas. El ventilador de techo de la pieza hacía un ruido rítmico, casi hipnótico.
Se quedó mirando el techo un rato largo. El comentario de Tomás le volvía: “se te ve bien ese short”. El de Nico también: “estás distinta”. Las manos de Nico en la cocina, cerca de las de ella. Nada había pasado. Y sin embargo el cuerpo le pedía algo que no quería nombrar.
Se dio la vuelta. Se tocó por encima del pantalón, casi sin querer. La tela era fina. Sintió el calor de su propia mano y se detuvo. Sacó la mano. Se obligó a cerrar los ojos. No iba a empezar con eso. No en el primer día. No con los amigos de su hijo a unos metros de distancia.
Dormir le costó. Dio vueltas. Se acomodó la almohada. Escuchó un rato los ruidos de la casa: un grifo que goteaba, el ventilador, una risa baja de Tomás en el living. Cuando por fin se quedó dormida, soñó algo confuso con la playa, con el agua fría subiendo por las piernas y con manos que no eran las de ella apoyadas en su espalda.
No sabía qué hora era cuando algo la despertó.
No fue un ruido. Fue un contacto.
Primero sintió una mano. Grande. Caliente. Apoyada en su cintura, por encima de la remera. Los dedos no apretaban. Solo estaban ahí, quietos, como si midieran el terreno. Laura abrió los ojos en la oscuridad. El corazón le dio un vuelco fuerte. Se quedó completamente inmóvil.
La mano se movió. Despacio. Los dedos bajaron un poco, rozando la piel desnuda entre la remera y el pantalón. Un roce apenas. Como si quien estuviera ahí dudara también.
Laura no se movió. Cerró los ojos otra vez. Se obligó a respirar lento, profundo, como si siguiera dormida. El pecho le subía y bajaba con cuidado. Sentía el calor de esa mano expandiéndose por toda la cintura.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Solo el ventilador y el ruido lejano de las olas.
Después la mano se deslizó un poco más hacia adelante, hacia el abdomen. Los dedos se abrieron y se cerraron apenas, tocando la piel blanda debajo del ombligo. Laura sintió un temblor chiquito en las piernas y lo contuvo. Apretó los muslos sin hacer ruido.
Una segunda mano apareció. Esta se apoyó en su cadera, por encima del pantalón. Más firme. Los dedos se cerraron un poco alrededor de la curva. No era la misma mano. Era otra. Más segura, o tal vez solo más decidida.
Laura seguía con los ojos cerrados. El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de que se escuchara. Pensó en gritar. Pensó en darse vuelta de golpe y preguntar quién carajo era. Pensó en empujar las manos. No hizo nada. Se quedó quieta. Se hizo la dormida.
Las manos se movieron al mismo tiempo. La que estaba en el abdomen subió despacio, por debajo de la remera. Los dedos rozaron la base de una teta. No la agarraron. Solo la rozaron, como probando. La otra mano bajó por el costado del muslo, por encima de la tela del pantalón, y después subió otra vez hasta la cadera, apretando un poco más.
Laura sintió el calor subirle por el pecho hasta la cara. El cuerpo le respondía aunque ella no quisiera. Los pezones se le endurecieron contra la remera. Entre las piernas empezó a sentir esa humedad traicionera que odiaba cuando aparecía sin permiso.
Una de las manos —la más grande, la de la cintura— subió del todo y cubrió una teta. La apretó con suavidad.

El pulgar rozó el pezón. Laura tuvo que morderse el interior de la mejilla para no hacer ningún sonido. Se obligó a seguir respirando como si estuviera profundamente dormida.
La otra mano bajó otra vez. Esta vez los dedos se metieron un poco por debajo del elástico del pantalón de dormir. Solo un poco. Rozaron la piel del bajo vientre, el borde superior de la ropa interior. No bajaron más. Se quedaron ahí, quietos, como esperando una reacción.
Laura no dio ninguna.
Se quedó paralizada. El cuerpo le pedía que abriera las piernas, que se arqueara, que dijera algo. La cabeza le gritaba que esto estaba mal, que eran los amigos de su hijo, que tenía que pararlo ahora mismo. Las dos voces pelearon en silencio mientras las manos seguían tocándola con una lentitud casi respetuosa.
La mano que tenía en la teta la apretó un poco más. El pulgar dibujó un círculo lento alrededor del pezón. La otra mano se deslizó un centímetro más abajo, rozando el algodón de la tanga. Laura sintió que se le humedecía del todo. Tuvo que apretar los dientes.
Hubo otro silencio largo. Las manos se quedaron quietas otra vez, como si quien las movía estuviera dudando. Después, muy despacio, se retiraron.
Primero una. Después la otra.
Laura escuchó el leve crujido del piso. Pasos cuidadosos. La puerta de la pieza se abrió apenas y se cerró con un click casi inaudible.
Se quedó tirada en la misma posición varios minutos más. No se atrevió a abrir los ojos. No se atrevió a moverse. El cuerpo le temblaba. Entre las piernas latía con fuerza. Las tetas le dolían un poco por la falta de contacto.
Recién cuando estuvo segura de que no había nadie más en la pieza, abrió los ojos. La oscuridad era espesa. Se dio vuelta despacio hacia la ventana. El corazón todavía le golpeaba la garganta.
Se metió una mano debajo del pantalón. Estaba empapada. Se tocó con dos dedos, rápido, casi con rabia, y se corrió en silencio en menos de un minuto, mordiendo la almohada para no hacer ningún ruido. El orgasmo la dejó temblando y con la cara caliente de vergüenza.
Se quedó quieta después, mirando el techo otra vez. No sabía si había sido Nico o Tomás. No sabía si habían entrado los dos o solo uno. No sabía si se habían dado cuenta de que ella estaba despierta.
Solo sabía que no había hecho nada para detenerlos.
Y eso, más que el tacto de las manos, era lo que más le pesaba.
Se acomodó la remera. Se bajó el pantalón. Se dio la vuelta de espaldas a la puerta y cerró los ojos con fuerza. Dormir le costó el resto de la noche. Cada vez que el ventilador hacía un ruido distinto, o que una tabla del piso crujía, el corazón le daba un salto.
Parte 2??
Tenía 42 años. El cuerpo se lo cuidaba sin obsesionarse. Caminaba casi todos los días, comía más o menos bien, no fumaba desde hacía años. Las tetas todavía se mantenían firmes, el culo redondo, la cintura marcada.

No era de las que se vestían para llamar la atención. Ese día llevaba un jean claro un poco gastado, una remera blanca holgada y zapatillas viejas. Nada especial. Pero igual, de vez en cuando, sentía alguna mirada en la calle o en el supermercado. Y eso le generaba una mezcla rara de orgullo y vergüenza que nunca sabía bien cómo acomodar.
Llegaron a la casa pasado el mediodía. El GPS los había hecho dar una vuelta innecesaria por un camino de tierra, y el auto entró levantando polvo. La casa era una construcción simple de una planta, paredes blancas que ya tenían algunas manchas de humedad, techo de chapa, un jardín medio abandonado con el pasto largo y unas reposeras de plástico apiladas contra la pared. Al fondo se veía la pileta, chica, con el agua un poco verde. A dos cuadras, según había dicho Mateo, estaba la playa.
Mateo fue el primero en bajar. Abrió la puerta de atrás y se estiró, sacudiéndose el polvo de la remera. Nico y Tomás bajaron detrás, sacando bolsos y bolsas del baúl. Laura se quedó un segundo más sentada, mirando la casa por el parabrisas. Sacó el aire despacio y recién ahí abrió la puerta.
El calor pegaba distinto que en la ciudad. Más húmedo, más pegajoso. El aire olía a sal y a pasto cortado hace días. Laura se ajustó la remera y caminó hacia la entrada. El dueño les había dejado la llave debajo de una maceta con una planta seca. Mateo la encontró al toque.
—Che, está piola —dijo Tomás, pasando a su lado con dos bolsos al hombro—. Mejor de lo que pensé.
Laura asintió, sin mirarlo del todo.
—Sí. Está bien.
Entraron. La casa olía a cerrado y a un poco de humedad vieja. Las persianas estaban bajas. Mateo fue abriendo ventanas uno por uno mientras Nico y Tomás entraban y salían con las cosas. Laura se quedó en el living un momento, mirando los sillones gastados, la mesa de madera marcada, el ventilador de techo que hacía un ruido raro cuando lo prendieron.
Eligió la pieza del fondo. Era la más chica, con una cama de dos plazas, un placard de puertas corredizas y una ventana que daba al patio. La cama tenía un colchón un poco hundido en el medio y sábanas limpias que olían a jabón barato. Laura apoyó la valija sobre la cama y la abrió despacio. Sacó las remeras, los shorts, el neceser. Colgó algunas cosas. Acomodó el cepillo de dientes y el desodorante en el baño que compartían. Desde la ventana se escuchaban las voces de los pibes en el living: Mateo riendo, Tomás tirando alguna boludez, Nico contestando con su tono más bajo.
Bajó un rato después. Se había cambiado el jean por un short de tela liviana, gris, que le llegaba a mitad de muslo. La remera seguía siendo la misma, holgada. En la cocina, Tomás estaba abriendo una birra. Cuando la vio aparecer,

la miró un segundo más de lo necesario. No dijo nada al principio. Solo abrió otra botella y se la ofreció, sosteniéndola hacia ella.
—¿Querés?
—Después —contestó Laura—. Primero quiero acomodar un poco.
Él asintió y se quedó apoyado en la mesada, con la birra en la mano. Nico entró en ese momento con una bolsa de supermercado. Mateo iba detrás, hablando por teléfono con alguien, gesticulando.
Tomás dio un trago y, casi como si no fuera a decir nada importante, soltó:
—Che, Laura… se te ve bien ese short.
Ella levantó la vista. Lo miró un segundo. No sonrió del todo. La frase había sido liviana, casi tirada al pasar, pero igual le generó un calor chiquito en la cara.
—Gracias. No digas boludeces.
Él se rio bajito, como si esperara exactamente esa respuesta, y se fue al living con la birra. Laura se quedó un momento quieta, con las manos apoyadas en la mesada fría. El comentario no había sido pesado. Ni siquiera muy directo. Y sin embargo le había quedado dando vueltas. Se obligó a no pensar en eso y se puso a sacar las cosas de la bolsa: fideos, salsa, cerveza, un par de vinos baratos, pan, queso, fiambre.
La tarde se alargó entre acomodar, abrir más ventanas y bajar a la playa un rato corto. Caminaron las dos cuadras por un camino de tierra. El agua estaba fría. Laura se metió hasta las rodillas, con el short arremangado. La arena se le metía entre los dedos. Mateo y Tomás se tiraron de cabeza casi de inmediato, gritando por el frío. Nico se quedó cerca de ella, mirando el horizonte, con las manos en los bolsillos del short.
—Hace tiempo que no venías a la costa, ¿no? —preguntó él, sin mirarla del todo.
—Sí. Un par de años —contestó Laura.
—Se nota. Estás… no sé. Distinta.
Ella lo miró de reojo. La palabra “distinta” le quedó resonando.
—¿Distinta cómo?
Nico se encogió de hombros. No agregó nada. Se sacó la remera, la dejó sobre la arena y se metió al agua despacio. Laura se quedó un rato más en la orilla, sintiendo la arena fría y el agua que le subía y bajaba. El comentario de Nico le había resultado más raro que el de Tomás. Más contenido. Más difícil de descartar como una simple boludez.
Volvieron a la casa cuando el sol empezaba a bajarse. El cielo se había puesto naranja y rosa. Mateo armó el fuego para el asado en la parrilla del patio. Nico ayudó a cortar la carne sobre una tabla de madera. Tomás se encargó de las ensaladas, medio a las apuradas, tirando aceite y vinagre sin medir demasiado. Laura puso la mesa afuera: un mantel de plástico a rayas, vasos de vidrio grueso, platos que no combinaban. El aire empezaba a refrescar y olía a leña y a carne.
Comieron cuando ya era de noche. La carne salió bien, jugosa. Tomaron el vino barato que habían comprado. La conversación fue liviana: anécdotas del colegio, un viaje que habían hecho el año anterior a Córdoba, boludeces del laburo. Laura hablaba poco. Escuchaba. Reía cuando correspondía. De vez en cuando sentía que Nico la miraba cuando ella miraba para otro lado. Tomás, en cambio, era más evidente con las miradas, pero no decía nada raro. Solo alguna risa más larga cuando ella hacía un comentario.
Después de comer, Mateo se quedó dormido en el sillón del living casi de inmediato. El sol, el agua y el vino lo habían dejado hecho. Roncaba suave, con la cabeza echada hacia atrás. Laura se levantó a llevar los platos a la cocina. Nico la siguió con algunos vasos. En la cocina, mientras ella abría la canilla, él dejó los vasos en la mesada y se quedó un segundo a su lado. El agua corría. El ruido del ventilador del living se escuchaba de fondo.
—Si necesitás ayuda con algo… —dijo él, bajo.
—No. Estoy bien. Gracias.
Él asintió y se fue. Laura se quedó lavando los platos con agua fría. Las manos le temblaban un poco y no sabía bien por qué. El comentario de la tarde, la mirada de Nico, el roce casi inexistente cuando él había dejado los vasos… nada había pasado. Absolutamente nada. Y sin embargo sentía un calor raro en el pecho, una inquietud que no sabía cómo nombrar.
Cuando terminó, se secó con un repasador y volvió al living. Tomás estaba en el sillón, con una birra en la mano, mirando el teléfono. Mateo seguía roncando. Laura se quedó un momento de pie, dudando si sentarse o irse directo a la pieza.
—Me voy a dormir —dijo al final.
—Buenas noches, Laura —contestó Tomás, levantando la vista un segundo.
—Buenas.
Se fue a su pieza. Cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido. Se cambió el short por un pantalón de dormir fino, de algodón, y se sacó el corpiño debajo de la remera. Se acostó. La cama era blanda, con el colchón hundido en el medio. Desde la ventana entraba un poco de luz de la luna y el ruido lejano de las olas. El ventilador de techo de la pieza hacía un ruido rítmico, casi hipnótico.
Se quedó mirando el techo un rato largo. El comentario de Tomás le volvía: “se te ve bien ese short”. El de Nico también: “estás distinta”. Las manos de Nico en la cocina, cerca de las de ella. Nada había pasado. Y sin embargo el cuerpo le pedía algo que no quería nombrar.
Se dio la vuelta. Se tocó por encima del pantalón, casi sin querer. La tela era fina. Sintió el calor de su propia mano y se detuvo. Sacó la mano. Se obligó a cerrar los ojos. No iba a empezar con eso. No en el primer día. No con los amigos de su hijo a unos metros de distancia.
Dormir le costó. Dio vueltas. Se acomodó la almohada. Escuchó un rato los ruidos de la casa: un grifo que goteaba, el ventilador, una risa baja de Tomás en el living. Cuando por fin se quedó dormida, soñó algo confuso con la playa, con el agua fría subiendo por las piernas y con manos que no eran las de ella apoyadas en su espalda.
No sabía qué hora era cuando algo la despertó.
No fue un ruido. Fue un contacto.
Primero sintió una mano. Grande. Caliente. Apoyada en su cintura, por encima de la remera. Los dedos no apretaban. Solo estaban ahí, quietos, como si midieran el terreno. Laura abrió los ojos en la oscuridad. El corazón le dio un vuelco fuerte. Se quedó completamente inmóvil.
La mano se movió. Despacio. Los dedos bajaron un poco, rozando la piel desnuda entre la remera y el pantalón. Un roce apenas. Como si quien estuviera ahí dudara también.
Laura no se movió. Cerró los ojos otra vez. Se obligó a respirar lento, profundo, como si siguiera dormida. El pecho le subía y bajaba con cuidado. Sentía el calor de esa mano expandiéndose por toda la cintura.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Solo el ventilador y el ruido lejano de las olas.
Después la mano se deslizó un poco más hacia adelante, hacia el abdomen. Los dedos se abrieron y se cerraron apenas, tocando la piel blanda debajo del ombligo. Laura sintió un temblor chiquito en las piernas y lo contuvo. Apretó los muslos sin hacer ruido.
Una segunda mano apareció. Esta se apoyó en su cadera, por encima del pantalón. Más firme. Los dedos se cerraron un poco alrededor de la curva. No era la misma mano. Era otra. Más segura, o tal vez solo más decidida.
Laura seguía con los ojos cerrados. El corazón le latía tan fuerte que tenía miedo de que se escuchara. Pensó en gritar. Pensó en darse vuelta de golpe y preguntar quién carajo era. Pensó en empujar las manos. No hizo nada. Se quedó quieta. Se hizo la dormida.
Las manos se movieron al mismo tiempo. La que estaba en el abdomen subió despacio, por debajo de la remera. Los dedos rozaron la base de una teta. No la agarraron. Solo la rozaron, como probando. La otra mano bajó por el costado del muslo, por encima de la tela del pantalón, y después subió otra vez hasta la cadera, apretando un poco más.
Laura sintió el calor subirle por el pecho hasta la cara. El cuerpo le respondía aunque ella no quisiera. Los pezones se le endurecieron contra la remera. Entre las piernas empezó a sentir esa humedad traicionera que odiaba cuando aparecía sin permiso.
Una de las manos —la más grande, la de la cintura— subió del todo y cubrió una teta. La apretó con suavidad.

El pulgar rozó el pezón. Laura tuvo que morderse el interior de la mejilla para no hacer ningún sonido. Se obligó a seguir respirando como si estuviera profundamente dormida.
La otra mano bajó otra vez. Esta vez los dedos se metieron un poco por debajo del elástico del pantalón de dormir. Solo un poco. Rozaron la piel del bajo vientre, el borde superior de la ropa interior. No bajaron más. Se quedaron ahí, quietos, como esperando una reacción.
Laura no dio ninguna.
Se quedó paralizada. El cuerpo le pedía que abriera las piernas, que se arqueara, que dijera algo. La cabeza le gritaba que esto estaba mal, que eran los amigos de su hijo, que tenía que pararlo ahora mismo. Las dos voces pelearon en silencio mientras las manos seguían tocándola con una lentitud casi respetuosa.
La mano que tenía en la teta la apretó un poco más. El pulgar dibujó un círculo lento alrededor del pezón. La otra mano se deslizó un centímetro más abajo, rozando el algodón de la tanga. Laura sintió que se le humedecía del todo. Tuvo que apretar los dientes.
Hubo otro silencio largo. Las manos se quedaron quietas otra vez, como si quien las movía estuviera dudando. Después, muy despacio, se retiraron.
Primero una. Después la otra.
Laura escuchó el leve crujido del piso. Pasos cuidadosos. La puerta de la pieza se abrió apenas y se cerró con un click casi inaudible.
Se quedó tirada en la misma posición varios minutos más. No se atrevió a abrir los ojos. No se atrevió a moverse. El cuerpo le temblaba. Entre las piernas latía con fuerza. Las tetas le dolían un poco por la falta de contacto.
Recién cuando estuvo segura de que no había nadie más en la pieza, abrió los ojos. La oscuridad era espesa. Se dio vuelta despacio hacia la ventana. El corazón todavía le golpeaba la garganta.
Se metió una mano debajo del pantalón. Estaba empapada. Se tocó con dos dedos, rápido, casi con rabia, y se corrió en silencio en menos de un minuto, mordiendo la almohada para no hacer ningún ruido. El orgasmo la dejó temblando y con la cara caliente de vergüenza.
Se quedó quieta después, mirando el techo otra vez. No sabía si había sido Nico o Tomás. No sabía si habían entrado los dos o solo uno. No sabía si se habían dado cuenta de que ella estaba despierta.
Solo sabía que no había hecho nada para detenerlos.
Y eso, más que el tacto de las manos, era lo que más le pesaba.
Se acomodó la remera. Se bajó el pantalón. Se dio la vuelta de espaldas a la puerta y cerró los ojos con fuerza. Dormir le costó el resto de la noche. Cada vez que el ventilador hacía un ruido distinto, o que una tabla del piso crujía, el corazón le daba un salto.
Parte 2??
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