Me llamo Hanna. Tengo la piel tan clara que en las fotos con flash salgo casi transparente, los ojos cafés, el pelo negro y lacio cayéndome hasta media espalda, y esa cara de niña buena que engaña a todo el mundo: cara de que voy a misa, de que le digo "sí, señor" a los profesores, de que nunca he roto un plato. Y luego el cuerpo. Porque la cara es de niña buena pero el cuerpo es de otra cosa, y yo lo sé, y por eso me gusta vestirme como me visto.
Esa noche era una fiesta de disfraces en casa de una amiga de la universidad, y yo me había puesto de Sam Manson. No era un disfraz de los de tienda, era mi versión: un top negro de tiras que me dejaba los hombros desnudos y se me pegaba al pecho como una segunda piel, un collar negro grueso al cuello que me hacía sentir un poco perra, una minifalda de cuero tan corta que si me agachaba un centímetro se me veía todo, medias de red y guantes de red hasta el codo, y unos tacones altos, negros, que me estiraban las piernas y me obligaban a caminar con ese contoneo que no es del todo natural pero que a mí me encanta exagerar. Debajo del top, sin brasier. Debajo de la falda, una tanga negra mínima. Nada más.

(de esta versión)
Me vi en el espejo del baño de mi casa antes de salir, me pinté los labios de un rojo oscuro, me despeiné un poco el fleco a propósito y me tomé una foto para mandársela a Daniel, mi novio, con un "voy en camino, pórtate bien". Daniel y yo llevábamos ocho meses. Ocho meses de sexo rico, de domingos en su cama, de películas y de planes de vacaciones. Un novio bueno, tranquilo, de los que te abren la puerta y te preguntan si ya comiste. Ocho meses. Y esa noche, sin saberlo todavía, iba a ser la noche en que todo eso se me iba a resbalar por las piernas junto con la leche de dos hombres que no eran él.
Llegué a la fiesta y el ruido me golpeó en la cara. Música fuerte, luces moradas, gente apretada por todas partes con disfraces de brujas, de vampiros, de gatos, de cosas genéricas de Halloween. Busqué a Daniel entre la gente y no lo encontré, así que hice lo que hago siempre que estoy incómoda en un lugar: me serví un trago. Y luego otro. Un vodka con jugo de arándano, luego otro, luego un tercero que ya ni me supo. El alcohol me bajó rápido al estómago, calentito, y me soltó el cuerpo, me aflojó la timidez, me puso la piel sensible. Empecé a bailar sola junto a una pared, con los brazos arriba, sintiendo la música en la cadera, y desde ahí, con los tacones, con la falda de cuero pegándome en el muslo cada vez que me movía, me sentí observada.
Y lo estaba.
Estaban al otro lado de la sala, los dos juntos, con vasos en la mano y sin disfraz, como si la fiesta les importara una mierda. Dos hombres negros, enormes, de esos que ocupan el espacio con solo estar. El primero era más alto, con la cabeza rapada y una barba corta y bien recortada, hombros de jugador de futbol americano, una camisa negra de botones que se le tensaba en el pecho y en los brazos. El otro era más ancho, más macizo, con el pelo en trenzas cortas pegadas al cráneo y una sonrisa lenta, de dientes blancos, que no se le quitaba aunque no estuviera hablando con nadie. Los dos me miraban. No disimulaban. No hacían ese gesto de apartar la vista cuando te descubren; seguían ahí, plantados, con los ojos clavados en mis piernas, en mi cintura, en el escote del top.
Y a mí me gustó. Me gustó muchísimo. Me gustó sentirme el centro de algo, sentir que dos hombres así, de esos que uno ve y piensa "uy", me estaban desnudando con la mirada en medio de una sala llena de gente. Me pasé la lengua por los labios, me puse las manos en la cintura y seguí bailando, ahora sí para ellos, moviéndome más de lo necesario, dejando que la falda se me subiera, que las redes de las medias se me marcaran en el muslo. Bebí otro trago mirándolos por encima del vaso.
El de la barba fue el primero en moverse. Se acercó sin prisa, abriéndose paso entre la gente como si la gente fuera agua, y se me paró al lado, muy cerca, tan cerca que me llegó el olor de su perfume y de su piel caliente. Me dijo algo al oído que no entendí por la música, y cuando le pedí que repitiera, se inclinó más y me dijo, con una voz baja que me vibró en el cuello: "que estás bien rica, mami". Así, sin más. Y yo, que llevaba tres tragos encima y la piel encendida, me reí y le dije "gracias", y él se me quedó viendo la boca.
El otro llegó por detrás. No lo vi llegar, solo sentí una mano grande en mi cadera, la palma entera cubriéndome el hueso, y un cuerpo ancho pegándose a mi espalda, y su aliento en la nuca. Y ahí, entre los dos, con uno adelante y otro atrás, me quedé quieta un segundo, con el corazón dándome golpes en la garganta. El de atrás me habló al oído también, con una voz más ronca: "¿y tú de dónde saliste?". Yo dije mi nombre. Se rieron los dos, bajito, y el de adelante me puso un dedo bajo el collar y me lo jaló un poquito, jugando, y me dijo "Hanna" como si probara la palabra. Y luego me puso la mano en la cintura, la subió por el costado, me rozó el costado del pecho con el pulgar y me dijo: "¿y ese disfraz tan perrón? ¿Sabes que traes a medio mundo loco?".
Yo ya estaba caliente. No es una forma de hablar. Estaba caliente de verdad, con la tanga pegajosa, con las piernas apretándose solas, con los pezones tan duros que se me marcaban en el top de tiras y se veían perfectamente. El vodka me había quitado el filtro y ellos me habían quitado lo poco que quedaba. Me dejé tocar. La mano del de atrás bajó de mi cadera al borde de la falda y se metió un dedo por debajo, y yo abrí un poco las piernas. El de adelante me puso la mano en la nuca, me inclinó la cabeza y me besó.
Fue un beso de esos que no se parecen a nada. Me tomó la boca entera, me la abrió con la lengua, me mordió el labio de abajo y me lo chupó, y sabía a cerveza y a algo más, algo de él, algo fuerte. Yo le puse las manos en el pecho y sentí el músculo debajo de la camisa, duro, caliente, y me agarré de ahí. El de atrás, mientras, me estaba subiendo la falda por detrás con toda la calma del mundo, y cuando la tela ya no dio más, me puso la mano abierta en la nalga, sobre la red, y me apretó. Me apretó fuerte, con ganas, y me salió un gemido en la boca del otro. Y el otro se lo tragó.
Nos movimos. No sé quién decidió, pero nos movimos, los tres pegados, saliendo de la sala, por un pasillo oscuro, entre gente que bailaba y que apenas nos veía. Yo iba en medio, con una mano de cada uno encima, subiendo escaleras, y en cada escalón la falda se me subía más y las redes se me enganchaban en los tacones. Llegamos a una puerta. El de las trenzas la abrió, me metió primero y cerró con seguro.
Era un cuarto de huéspedes, pequeño, con una cama tendida a medias, una lámpara de buró con luz amarilla y la ventana con la persiana baja. Olía a polvo y a ropa guardada. Y ahí, en esa luz fea, con la música de la fiesta sonando lejos, abajo, me di cuenta de la magnitud de lo que estaba haciendo. Tenía novio. Estaba en un cuarto con dos hombres que había conocido hacía veinte minutos. Y no quería salir de ahí ni para ir al baño.
El de la barba me tomó de la cintura y me sentó en el borde de la cama, y se me paró enfrente, y se desabrochó la camisa. Se la quitó despacio y ahí estaba ese pecho, ancho, con el pectoral marcado y una línea de vello que bajaba por el abdomen y se perdía en el pantalón. El de las trenzas se sentó a mi lado y me tomó la cara con una mano y me besó otra vez, más despacio, más suave, con la lengua lenta, y con la otra mano me acarició el muslo por encima de la media, subiendo y bajando, subiendo y bajando, sin llegar nunca a donde yo quería.
Me estaban calentando como se calienta a una puta. Y yo me sentía puta. Me sentía exactamente como quería sentirme.
El de la barba se me puso enfrente y se bajó el cierre. Sacó la verga y yo la vi y me quedé sin aire. Era gruesa, larga, morena, con la cabeza brillante, y le colgaba pesada entre las piernas cuando se la sacó del todo. Me la puso en la cara, me la pasó por la mejilla, por los labios, y yo abrí la boca antes de que me la pidiera. Me la metió y me la metió hasta el fondo, y yo sentí cómo se me llenaba la boca, cómo se me abría la quijada, cómo la punta me tocaba la garganta y me daban ganas de toser. Él me puso la mano en la nuca y empezó a moverse, y yo me dejé, con los ojos cerrados, con la saliva saliéndome por las comisuras, mientras el otro me seguía acariciando el muslo y me apretaba el pecho por encima del top.

"Quítale el top", dijo el de la barba, y el otro me lo subió por el pecho y me lo sacó por la cabeza. Me quedé con las tetas al aire, con el collar solo, y el de las trenzas se quedó un momento viéndolas como si fueran la primera vez que ve unas, y luego me tomó una en la boca, me lamió el pezón, me lo chupó y me lo mordió, y yo gemí con la verga adentro y la vibración lo hizo gemir a él también. Me pellizcó el otro pezón con los dedos, lo apretó, lo jaló, y me lo retorció hasta que me salió un chillido.
Se me estaban comiendo viva entre los dos.
Me sacó la verga de la boca y me la volvió a poner, y otra vez hasta el fondo, y otra vez, y otra, y ya me estaba lagrimeando. Me la sacó, me la pasó por la cara mojada y me dijo "mírame". Lo miré. Me limpié la saliva con el dorso del guante de red y él se rió y me dijo "así, bien despeinada". El de las trenzas, mientras, ya me había metido la mano bajo la falda y me estaba moviendo la tanga a un lado, y sentí sus dedos en la panocha, resbalando, untándose, y me metió dos dedos de golpe. Me los metió y los movió, y yo arqueé la espalda y se los apreté. Estaba empapada. Se me oía. Se oía el ruidito de sus dedos entrando y saliendo y él lo comentó, se rió y le dijo al otro "está bien mojada, brother, escucha", y yo me puse roja de la vergüenza y del gusto.


Me sacó los dedos, se los llevó a la boca, se los chupó y dijo "sabe rica". Y luego me tomó de las caderas y me dio la vuelta, me puso en cuatro sobre la cama. Me subió la falda hasta la cintura y me dejó el culo al aire, con la tanga nada más, y me lo apretó con las dos manos, me lo abrió, me lo separó y se quedó viéndome el ano. Yo sentí su aliento ahí, caliente, y luego su lengua, plana, pasándome de arriba abajo, y casi me caigo de cara en el colchón.
Me lamió el ano largo, con calma, con la lengua dura, dando vueltas, empujando un poquito, y mientras me lamía me tenía la mano en la panocha, con los dedos adentro, moviéndolos despacio. Yo tenía la cara hundida en la colcha y gemía como una tonta, con el culo arriba, con los tacones todavía puestos, con los guantes de red clavados en la tela. El de la barba se puso enfrente de mí, se subió a la cama y se sentó contra el respaldo, y me tomó de la cabeza y me la bajó a su verga otra vez. Y así estuve un rato: con la boca llena por delante y la lengua de él en el culo por detrás, sin poder pensar, sin poder hacer otra cosa que dejarme.
Cuando ya no aguantaba más, cuando ya se me estaba formando el nudo en el vientre y sentía que me iba a venir solo con eso, el de atrás se levantó, se escupió en la mano, se la pasó por la verga y me la puso en la panocha. Me la pasó por los labios, arriba y abajo, untándose de lo mío, y luego me la empezó a meter.


Y ahí sí. Ahí se me olvidó todo. Me la metió despacio, centímetro por centímetro, y yo sentí cómo me abría, cómo me estiraba, cómo me llenaba de una forma en la que Daniel no me llena, y cuando ya la tenía toda adentro los dos nos quedamos quietos un segundo, yo con la boca abierta y la verga del otro apoyada en la mejilla, y luego él empezó a moverse.
Y qué manera de moverse. Me daba duro, con la cadera, con todo el cuerpo, y en cada embestida me empujaba hacia adelante y yo me tragaba la verga del de adelante hasta la garganta. Era un ritmo, un vaivén, me empujaban de un lado y del otro y yo era el punto donde se juntaba todo. Me agarró de la cadera con las dos manos, me la clavó hasta el fondo y me la dejó ahí, moviéndose en círculos, y yo sentí la punta pegándome en el fondo y me vino una sacudida por todo el cuerpo.


"¿Te gusta así, mami?", me preguntó, y yo intenté decir que sí pero tenía la boca llena. "¿Te gusta que te den duro?". Movió la cadera, me la metió hasta el tope otra vez, y yo solté un alarido con la verga adentro y el de adelante se rió y me dijo "dile, dile que te gusta". Me sacó de la boca y yo dije "sí, sí me gusta, no pares" y me la volvió a meter.


Me cogió así un buen rato, con la mano abierta en mi nalga, dejándome la marca de los dedos, y yo ya estaba a punto, ya estaba ahí, ya se me estaba subiendo todo y de pronto me metió el pulgar mojado en el ano, me lo movió y me vine. Me vine con un grito que seguro se oyó abajo, con la panocha apretándole la verga a chorros, con las piernas temblándome, con la cara hundida en el colchón. Y él no paró. Siguió dándome durante todo el orgasmo, siguió mientras yo me estremecía y temblaba, y cuando por fin aflojé me sacó la verga y me dejó ahí, escurriendo, jadeando, con el culo todavía abierto.
Me dejé caer de lado. Estaba temblando. Tenía las piernas como gelatina y el corazón como un tambor. El de las trenzas se acostó a mi lado y me besó, me pasó la mano por el pelo sudado y me dijo "respira, tranquila". Y me dejó respirar unos segundos. Unos segundos nada más. Porque luego se levantó, fue a su pantalón, sacó un condón, se lo puso, y volvió a la cama.
El de la barba también se puso uno. Y yo los vi a los dos parados ahí, con las vergas envueltas y brillantes, y supe lo que iba a pasar antes de que lo dijeran.
"¿Has hecho doble antes?", me preguntó el de las trenzas.
"Sí", dije, y era verdad, una vez, con Daniel y un amigo suyo, una sola vez y me había encantado.
"¿Y te gustó?".
"Mucho".
Se miraron y sonrieron. "Entonces sabes cómo va", dijo el de la barba. Me puso la mano en la espalda, me incorporó, me puso otra vez en cuatro, pero esta vez no se puso atrás: se puso enfrente, se sentó contra el respaldo y se llevó la mano a la verga para que yo me sentara encima. Me subí a horcajadas, me tomé de sus hombros y me bajé despacio, y sentí cómo me entraba, cómo me abría otra vez, y me quedé sentada hasta el fondo con un gemido largo.
Y luego sentí los dedos del otro en el ano, dos, untados con lubricante frío, y me moví un poquito, apretándome, impaciente. Me los movió, me los sacó, me puso la punta de la verga y me la empezó a empujar. Y ahí se me cortó la respiración. Ahí se me puso todo el cuerpo tenso, porque por más que lo esperara, por más que ya lo hubiera hecho, se siente igual: se siente como si te partieran en dos, como si no te cupiera, como si el cuerpo tuviera que reorganizarse alrededor de eso.
"Respira", me dijo el de abajo, y me puso las manos en la cintura. "Flójita, mami, flójita".
Respiré. Empujé un poco hacia atrás. Y la verga entró.
Me quedé quieta, con las dos adentro, con la boca abierta y los ojos cerrados, sintiendo cómo me latía todo, cómo el cuerpo se me iba acomodando, cómo el dolor se me iba volviendo otra cosa. "Ya", dije al rato, con la voz ronca. "Ya, muévanse".
Y se movieron.
Al principio despacio, alternándose, uno entrando cuando el otro salía, y yo sentí la pared que los separaba, sentí las dos vergas moviéndose juntas, rozándose a través de mí, y me dio un espasmo tan fuerte que se me doblaron los brazos. Me sostuvieron entre los dos. Me agarraron de la cintura y de los hombros y me sujetaron, y luego empezaron a ir más rápido, y el ritmo se fue sincronizando, y ya no se alternaban: entraban los dos a la vez, me llenaban los dos a la vez, y yo me quedaba sin aire en cada golpe.


Ahí ya no era una persona. Era un agujero. Era un par de agujeros, mejor dicho, y era de ellos, y me encantaba serlo. Me movía con ellos, buscando, con las caderas, con la espalda arqueada, con las tetas rebotando, con el collar apretándome el cuello cada vez que echaba la cabeza atrás. El de abajo me tomó las tetas, me las apretó, me pellizcó los pezones y me los retorció hasta hacerme chillar. El de atrás me jaló del pelo, me echó la cabeza atrás, me puso la boca en el cuello y me mordió.
"¿Quién es es una puta?", preguntó el de la barba.
"Yo", dije, y apenas me salió la voz.
"¿Quién?".
"Yo, soy su puta", y lo dije más fuerte, y me gustó decirlo, me gustó más de lo que esperaba.
"Eso, mi amor, eso", dijo él, y me la clavó más duro, y el de atrás hizo lo mismo, y yo me quedé sin aire otra vez.

Me cogieron así hasta que se me empezó a formar otra vez el nudo. Y esta vez fue más grande, más hondo, me subió desde los pies, me subió por las piernas, me subió por la espalda, y cuando llegó arriba me partió en dos. Me vine gritando, con la cara en el hombro del de adelante, mordiéndolo, con todo el cuerpo sacudiéndose, con la panocha apretando y el culo apretando, y ellos siguieron, siguieron, siguieron, y el orgasmo no se acababa, se estiraba, se me salía de los bordes y me corría por los muslos y me dejaba temblando como un animal.

Cuando por fin aflojé, el de atrás se sacó. Sentí el hueco, el aire frío entrando, y me quedé con la verga del otro nada más, escurriendo por el ano. Me bajó de encima, me puso boca arriba en la cama, me dobló las piernas contra el pecho y me la volvió a meter en la panocha. El de las trenzas se puso de rodillas junto a mi cara y me tomó la boca, y así, con las piernas dobladas, con la verga entrando y saliendo, con la otra en la boca, me quedé mirando el techo, ida, con los ojos húmedos y la cara deshecha.
Ya no sabía cuánto llevábamos. Ya no me importaba.
El de las trenzas se sacó de mi boca, se quitó el condón y se empezó a mover la mano encima, rápido, mirándome. "¿Dónde lo quieres?", me preguntó.
"En la cara", dije. "En mi cara, por favor".



Y se vino. Se vino con un gruñido y me cayó en la mejilla, en la boca, en la barbilla, y luego en el cuello y en el pecho, y yo abrí la boca y saqué la lengua como una puta agradecida. Él siguió hasta que se vació todo, y luego se quedó ahí, respirando fuerte, con la mano todavía encima, mirándome la cara llena.

Y el de la barba seguía adentro. Seguía dándome, más duro, más rápido, con las manos en mis rodillas. "Yo me vengo adentro", dijo, más como un aviso que como una pregunta.
"Sí", dije, con la leche del otro corriéndome por la cara. "Sí, adentro, no te salgas".
Me dio unas cuantas más, hondas, y luego se hundió hasta el fondo, temblando, y se vino. Sentí cómo se vaciaba, cómo me llenaba, cómo el calor me subía por dentro, y él se quedó ahí, encima, con los ojos cerrados, hasta que se le pasó. Cuando se sacó, la leche me escurrió por el ano y por la panocha y cayó en la colcha.
Me quedé tirada, abierta, sin cerrar las piernas. Los tres respirando fuerte en el cuarto. La música de la fiesta seguía abajo, igual de lejos, igual de ajena.
El de la barba se quitó el condón, lo tiró, y me puso la mano en el muslo. "Estás bien?", me preguntó. Yo asentí con la cabeza, con la cara todavía brillante. El de las trenzas me trajo un poco de papel del buró y me limpió la cara con una ternura que no encajaba con nada de lo que acabábamos de hacer. Me limpió la mejilla, la boca, el cuello, y me dijo "qué buena estás, Hanna". Y luego me ayudó a sentarme.
Y ahí me cayó el veinte de golpe, como un balde de agua: Daniel. Daniel abajo. Daniel esperándome. Daniel que me iba a ver.
Me levanté de un salto, todavía temblando. "Tengo que bajar", dije. "Mi novio".
Los dos se rieron. "Uy", dijo el de las trenzas, "el novio". Y el de la barba me dio una palmada en la nalga cuando me agaché a buscar mi top.
Me vestí a la carrera. Me puse el top y me lo acomodé, pero no servía de nada: los pezones seguían durísimos y se me marcaban en las tiras, y tenía una mancha de leche en el borde. Me subí la falda y me di cuenta de que la tanga estaba torcida y empapada, y que la correa se me había metido entre las nalgas. La acomodé como pude. Las medias de red estaban corridas y rotas en dos puntos de la rodilla. Los guantes, manchados. Me pasé la mano por el pelo y no quedó mejor.
Me vi en el reflejo de la ventana y me reí de mí misma. Tenía la cara de alguien a quien acaban de coger entre dos. La boca hinchada, el rímel corrido, el cuello marcado, el rojo de los labios borrado por completo. Y todavía escurría.
Me puse los tacones, me jalé la falda hacia abajo con las dos manos y me quedé un segundo parada en la puerta. "¿Me veo bien?", pregunté.
"Te ves como una puta", dijo el de las trenzas, con cariño.
"Perfecto", dije, y abrí la puerta.
Bajé las escaleras con las piernas todavía flojas, agarrándome del barandal, y sentí la leche saliéndome en cada escalón. La sentí moverse, caliente, y en el segundo piso ya se me estaba escurriendo por el muslo por debajo de la falda. Me la sentí en el borde de la media. Me la sentí llegar a la rodilla.
Encontré a Daniel en la cocina, con un vaso en la mano, hablando con un amigo suyo. Levantó la vista, me vio y sonrió. "¡Ahí estás! Te andaba buscando, ¿dónde te metiste?".
"En el baño", dije. "Había mucha fila".
Se me acercó, me abrazó de la cintura y me dio un beso. Yo le puse las manos en el pecho y me dejé besar, con el corazón todavía a mil, y cuando se separó me miró la cara y me dijo: "¿Y ese rímel? ¿Estás bien?".
"Es que hacía mucho calor", dije. "Me lavé la cara".
Me creyó. Claro que me creyó. Me puso la mano en la cintura, me la apretó y me dijo "estás bien guapa, en serio, te quedó increíble el disfraz". Y yo sonreí, y sonreí de verdad, y en ese momento, mientras él me hablaba del amigo que había venido de Puebla, sentí una gota de leche bajarme por dentro del muslo, pasar la media de red y detenerse en el borde de la rodilla.
Me apreté las piernas. Daniel me volvió a abrazar. Y yo, con la cara en su hombro, sentí cómo se me escurría lo que no era suyo.
Bonusssss dejen puntos y subire algo mejor mis amore les gusta mi cosplay??



Esa noche era una fiesta de disfraces en casa de una amiga de la universidad, y yo me había puesto de Sam Manson. No era un disfraz de los de tienda, era mi versión: un top negro de tiras que me dejaba los hombros desnudos y se me pegaba al pecho como una segunda piel, un collar negro grueso al cuello que me hacía sentir un poco perra, una minifalda de cuero tan corta que si me agachaba un centímetro se me veía todo, medias de red y guantes de red hasta el codo, y unos tacones altos, negros, que me estiraban las piernas y me obligaban a caminar con ese contoneo que no es del todo natural pero que a mí me encanta exagerar. Debajo del top, sin brasier. Debajo de la falda, una tanga negra mínima. Nada más.

(de esta versión)
Me vi en el espejo del baño de mi casa antes de salir, me pinté los labios de un rojo oscuro, me despeiné un poco el fleco a propósito y me tomé una foto para mandársela a Daniel, mi novio, con un "voy en camino, pórtate bien". Daniel y yo llevábamos ocho meses. Ocho meses de sexo rico, de domingos en su cama, de películas y de planes de vacaciones. Un novio bueno, tranquilo, de los que te abren la puerta y te preguntan si ya comiste. Ocho meses. Y esa noche, sin saberlo todavía, iba a ser la noche en que todo eso se me iba a resbalar por las piernas junto con la leche de dos hombres que no eran él.
Llegué a la fiesta y el ruido me golpeó en la cara. Música fuerte, luces moradas, gente apretada por todas partes con disfraces de brujas, de vampiros, de gatos, de cosas genéricas de Halloween. Busqué a Daniel entre la gente y no lo encontré, así que hice lo que hago siempre que estoy incómoda en un lugar: me serví un trago. Y luego otro. Un vodka con jugo de arándano, luego otro, luego un tercero que ya ni me supo. El alcohol me bajó rápido al estómago, calentito, y me soltó el cuerpo, me aflojó la timidez, me puso la piel sensible. Empecé a bailar sola junto a una pared, con los brazos arriba, sintiendo la música en la cadera, y desde ahí, con los tacones, con la falda de cuero pegándome en el muslo cada vez que me movía, me sentí observada.
Y lo estaba.
Estaban al otro lado de la sala, los dos juntos, con vasos en la mano y sin disfraz, como si la fiesta les importara una mierda. Dos hombres negros, enormes, de esos que ocupan el espacio con solo estar. El primero era más alto, con la cabeza rapada y una barba corta y bien recortada, hombros de jugador de futbol americano, una camisa negra de botones que se le tensaba en el pecho y en los brazos. El otro era más ancho, más macizo, con el pelo en trenzas cortas pegadas al cráneo y una sonrisa lenta, de dientes blancos, que no se le quitaba aunque no estuviera hablando con nadie. Los dos me miraban. No disimulaban. No hacían ese gesto de apartar la vista cuando te descubren; seguían ahí, plantados, con los ojos clavados en mis piernas, en mi cintura, en el escote del top.
Y a mí me gustó. Me gustó muchísimo. Me gustó sentirme el centro de algo, sentir que dos hombres así, de esos que uno ve y piensa "uy", me estaban desnudando con la mirada en medio de una sala llena de gente. Me pasé la lengua por los labios, me puse las manos en la cintura y seguí bailando, ahora sí para ellos, moviéndome más de lo necesario, dejando que la falda se me subiera, que las redes de las medias se me marcaran en el muslo. Bebí otro trago mirándolos por encima del vaso.
El de la barba fue el primero en moverse. Se acercó sin prisa, abriéndose paso entre la gente como si la gente fuera agua, y se me paró al lado, muy cerca, tan cerca que me llegó el olor de su perfume y de su piel caliente. Me dijo algo al oído que no entendí por la música, y cuando le pedí que repitiera, se inclinó más y me dijo, con una voz baja que me vibró en el cuello: "que estás bien rica, mami". Así, sin más. Y yo, que llevaba tres tragos encima y la piel encendida, me reí y le dije "gracias", y él se me quedó viendo la boca.
El otro llegó por detrás. No lo vi llegar, solo sentí una mano grande en mi cadera, la palma entera cubriéndome el hueso, y un cuerpo ancho pegándose a mi espalda, y su aliento en la nuca. Y ahí, entre los dos, con uno adelante y otro atrás, me quedé quieta un segundo, con el corazón dándome golpes en la garganta. El de atrás me habló al oído también, con una voz más ronca: "¿y tú de dónde saliste?". Yo dije mi nombre. Se rieron los dos, bajito, y el de adelante me puso un dedo bajo el collar y me lo jaló un poquito, jugando, y me dijo "Hanna" como si probara la palabra. Y luego me puso la mano en la cintura, la subió por el costado, me rozó el costado del pecho con el pulgar y me dijo: "¿y ese disfraz tan perrón? ¿Sabes que traes a medio mundo loco?".
Yo ya estaba caliente. No es una forma de hablar. Estaba caliente de verdad, con la tanga pegajosa, con las piernas apretándose solas, con los pezones tan duros que se me marcaban en el top de tiras y se veían perfectamente. El vodka me había quitado el filtro y ellos me habían quitado lo poco que quedaba. Me dejé tocar. La mano del de atrás bajó de mi cadera al borde de la falda y se metió un dedo por debajo, y yo abrí un poco las piernas. El de adelante me puso la mano en la nuca, me inclinó la cabeza y me besó.
Fue un beso de esos que no se parecen a nada. Me tomó la boca entera, me la abrió con la lengua, me mordió el labio de abajo y me lo chupó, y sabía a cerveza y a algo más, algo de él, algo fuerte. Yo le puse las manos en el pecho y sentí el músculo debajo de la camisa, duro, caliente, y me agarré de ahí. El de atrás, mientras, me estaba subiendo la falda por detrás con toda la calma del mundo, y cuando la tela ya no dio más, me puso la mano abierta en la nalga, sobre la red, y me apretó. Me apretó fuerte, con ganas, y me salió un gemido en la boca del otro. Y el otro se lo tragó.
Nos movimos. No sé quién decidió, pero nos movimos, los tres pegados, saliendo de la sala, por un pasillo oscuro, entre gente que bailaba y que apenas nos veía. Yo iba en medio, con una mano de cada uno encima, subiendo escaleras, y en cada escalón la falda se me subía más y las redes se me enganchaban en los tacones. Llegamos a una puerta. El de las trenzas la abrió, me metió primero y cerró con seguro.
Era un cuarto de huéspedes, pequeño, con una cama tendida a medias, una lámpara de buró con luz amarilla y la ventana con la persiana baja. Olía a polvo y a ropa guardada. Y ahí, en esa luz fea, con la música de la fiesta sonando lejos, abajo, me di cuenta de la magnitud de lo que estaba haciendo. Tenía novio. Estaba en un cuarto con dos hombres que había conocido hacía veinte minutos. Y no quería salir de ahí ni para ir al baño.
El de la barba me tomó de la cintura y me sentó en el borde de la cama, y se me paró enfrente, y se desabrochó la camisa. Se la quitó despacio y ahí estaba ese pecho, ancho, con el pectoral marcado y una línea de vello que bajaba por el abdomen y se perdía en el pantalón. El de las trenzas se sentó a mi lado y me tomó la cara con una mano y me besó otra vez, más despacio, más suave, con la lengua lenta, y con la otra mano me acarició el muslo por encima de la media, subiendo y bajando, subiendo y bajando, sin llegar nunca a donde yo quería.
Me estaban calentando como se calienta a una puta. Y yo me sentía puta. Me sentía exactamente como quería sentirme.
El de la barba se me puso enfrente y se bajó el cierre. Sacó la verga y yo la vi y me quedé sin aire. Era gruesa, larga, morena, con la cabeza brillante, y le colgaba pesada entre las piernas cuando se la sacó del todo. Me la puso en la cara, me la pasó por la mejilla, por los labios, y yo abrí la boca antes de que me la pidiera. Me la metió y me la metió hasta el fondo, y yo sentí cómo se me llenaba la boca, cómo se me abría la quijada, cómo la punta me tocaba la garganta y me daban ganas de toser. Él me puso la mano en la nuca y empezó a moverse, y yo me dejé, con los ojos cerrados, con la saliva saliéndome por las comisuras, mientras el otro me seguía acariciando el muslo y me apretaba el pecho por encima del top.

"Quítale el top", dijo el de la barba, y el otro me lo subió por el pecho y me lo sacó por la cabeza. Me quedé con las tetas al aire, con el collar solo, y el de las trenzas se quedó un momento viéndolas como si fueran la primera vez que ve unas, y luego me tomó una en la boca, me lamió el pezón, me lo chupó y me lo mordió, y yo gemí con la verga adentro y la vibración lo hizo gemir a él también. Me pellizcó el otro pezón con los dedos, lo apretó, lo jaló, y me lo retorció hasta que me salió un chillido.
Se me estaban comiendo viva entre los dos.
Me sacó la verga de la boca y me la volvió a poner, y otra vez hasta el fondo, y otra vez, y otra, y ya me estaba lagrimeando. Me la sacó, me la pasó por la cara mojada y me dijo "mírame". Lo miré. Me limpié la saliva con el dorso del guante de red y él se rió y me dijo "así, bien despeinada". El de las trenzas, mientras, ya me había metido la mano bajo la falda y me estaba moviendo la tanga a un lado, y sentí sus dedos en la panocha, resbalando, untándose, y me metió dos dedos de golpe. Me los metió y los movió, y yo arqueé la espalda y se los apreté. Estaba empapada. Se me oía. Se oía el ruidito de sus dedos entrando y saliendo y él lo comentó, se rió y le dijo al otro "está bien mojada, brother, escucha", y yo me puse roja de la vergüenza y del gusto.


Me sacó los dedos, se los llevó a la boca, se los chupó y dijo "sabe rica". Y luego me tomó de las caderas y me dio la vuelta, me puso en cuatro sobre la cama. Me subió la falda hasta la cintura y me dejó el culo al aire, con la tanga nada más, y me lo apretó con las dos manos, me lo abrió, me lo separó y se quedó viéndome el ano. Yo sentí su aliento ahí, caliente, y luego su lengua, plana, pasándome de arriba abajo, y casi me caigo de cara en el colchón.
Me lamió el ano largo, con calma, con la lengua dura, dando vueltas, empujando un poquito, y mientras me lamía me tenía la mano en la panocha, con los dedos adentro, moviéndolos despacio. Yo tenía la cara hundida en la colcha y gemía como una tonta, con el culo arriba, con los tacones todavía puestos, con los guantes de red clavados en la tela. El de la barba se puso enfrente de mí, se subió a la cama y se sentó contra el respaldo, y me tomó de la cabeza y me la bajó a su verga otra vez. Y así estuve un rato: con la boca llena por delante y la lengua de él en el culo por detrás, sin poder pensar, sin poder hacer otra cosa que dejarme.
Cuando ya no aguantaba más, cuando ya se me estaba formando el nudo en el vientre y sentía que me iba a venir solo con eso, el de atrás se levantó, se escupió en la mano, se la pasó por la verga y me la puso en la panocha. Me la pasó por los labios, arriba y abajo, untándose de lo mío, y luego me la empezó a meter.


Y ahí sí. Ahí se me olvidó todo. Me la metió despacio, centímetro por centímetro, y yo sentí cómo me abría, cómo me estiraba, cómo me llenaba de una forma en la que Daniel no me llena, y cuando ya la tenía toda adentro los dos nos quedamos quietos un segundo, yo con la boca abierta y la verga del otro apoyada en la mejilla, y luego él empezó a moverse.
Y qué manera de moverse. Me daba duro, con la cadera, con todo el cuerpo, y en cada embestida me empujaba hacia adelante y yo me tragaba la verga del de adelante hasta la garganta. Era un ritmo, un vaivén, me empujaban de un lado y del otro y yo era el punto donde se juntaba todo. Me agarró de la cadera con las dos manos, me la clavó hasta el fondo y me la dejó ahí, moviéndose en círculos, y yo sentí la punta pegándome en el fondo y me vino una sacudida por todo el cuerpo.


"¿Te gusta así, mami?", me preguntó, y yo intenté decir que sí pero tenía la boca llena. "¿Te gusta que te den duro?". Movió la cadera, me la metió hasta el tope otra vez, y yo solté un alarido con la verga adentro y el de adelante se rió y me dijo "dile, dile que te gusta". Me sacó de la boca y yo dije "sí, sí me gusta, no pares" y me la volvió a meter.


Me cogió así un buen rato, con la mano abierta en mi nalga, dejándome la marca de los dedos, y yo ya estaba a punto, ya estaba ahí, ya se me estaba subiendo todo y de pronto me metió el pulgar mojado en el ano, me lo movió y me vine. Me vine con un grito que seguro se oyó abajo, con la panocha apretándole la verga a chorros, con las piernas temblándome, con la cara hundida en el colchón. Y él no paró. Siguió dándome durante todo el orgasmo, siguió mientras yo me estremecía y temblaba, y cuando por fin aflojé me sacó la verga y me dejó ahí, escurriendo, jadeando, con el culo todavía abierto.
Me dejé caer de lado. Estaba temblando. Tenía las piernas como gelatina y el corazón como un tambor. El de las trenzas se acostó a mi lado y me besó, me pasó la mano por el pelo sudado y me dijo "respira, tranquila". Y me dejó respirar unos segundos. Unos segundos nada más. Porque luego se levantó, fue a su pantalón, sacó un condón, se lo puso, y volvió a la cama.
El de la barba también se puso uno. Y yo los vi a los dos parados ahí, con las vergas envueltas y brillantes, y supe lo que iba a pasar antes de que lo dijeran.
"¿Has hecho doble antes?", me preguntó el de las trenzas.
"Sí", dije, y era verdad, una vez, con Daniel y un amigo suyo, una sola vez y me había encantado.
"¿Y te gustó?".
"Mucho".
Se miraron y sonrieron. "Entonces sabes cómo va", dijo el de la barba. Me puso la mano en la espalda, me incorporó, me puso otra vez en cuatro, pero esta vez no se puso atrás: se puso enfrente, se sentó contra el respaldo y se llevó la mano a la verga para que yo me sentara encima. Me subí a horcajadas, me tomé de sus hombros y me bajé despacio, y sentí cómo me entraba, cómo me abría otra vez, y me quedé sentada hasta el fondo con un gemido largo.
Y luego sentí los dedos del otro en el ano, dos, untados con lubricante frío, y me moví un poquito, apretándome, impaciente. Me los movió, me los sacó, me puso la punta de la verga y me la empezó a empujar. Y ahí se me cortó la respiración. Ahí se me puso todo el cuerpo tenso, porque por más que lo esperara, por más que ya lo hubiera hecho, se siente igual: se siente como si te partieran en dos, como si no te cupiera, como si el cuerpo tuviera que reorganizarse alrededor de eso.
"Respira", me dijo el de abajo, y me puso las manos en la cintura. "Flójita, mami, flójita".
Respiré. Empujé un poco hacia atrás. Y la verga entró.
Me quedé quieta, con las dos adentro, con la boca abierta y los ojos cerrados, sintiendo cómo me latía todo, cómo el cuerpo se me iba acomodando, cómo el dolor se me iba volviendo otra cosa. "Ya", dije al rato, con la voz ronca. "Ya, muévanse".
Y se movieron.
Al principio despacio, alternándose, uno entrando cuando el otro salía, y yo sentí la pared que los separaba, sentí las dos vergas moviéndose juntas, rozándose a través de mí, y me dio un espasmo tan fuerte que se me doblaron los brazos. Me sostuvieron entre los dos. Me agarraron de la cintura y de los hombros y me sujetaron, y luego empezaron a ir más rápido, y el ritmo se fue sincronizando, y ya no se alternaban: entraban los dos a la vez, me llenaban los dos a la vez, y yo me quedaba sin aire en cada golpe.


Ahí ya no era una persona. Era un agujero. Era un par de agujeros, mejor dicho, y era de ellos, y me encantaba serlo. Me movía con ellos, buscando, con las caderas, con la espalda arqueada, con las tetas rebotando, con el collar apretándome el cuello cada vez que echaba la cabeza atrás. El de abajo me tomó las tetas, me las apretó, me pellizcó los pezones y me los retorció hasta hacerme chillar. El de atrás me jaló del pelo, me echó la cabeza atrás, me puso la boca en el cuello y me mordió.
"¿Quién es es una puta?", preguntó el de la barba.
"Yo", dije, y apenas me salió la voz.
"¿Quién?".
"Yo, soy su puta", y lo dije más fuerte, y me gustó decirlo, me gustó más de lo que esperaba.
"Eso, mi amor, eso", dijo él, y me la clavó más duro, y el de atrás hizo lo mismo, y yo me quedé sin aire otra vez.

Me cogieron así hasta que se me empezó a formar otra vez el nudo. Y esta vez fue más grande, más hondo, me subió desde los pies, me subió por las piernas, me subió por la espalda, y cuando llegó arriba me partió en dos. Me vine gritando, con la cara en el hombro del de adelante, mordiéndolo, con todo el cuerpo sacudiéndose, con la panocha apretando y el culo apretando, y ellos siguieron, siguieron, siguieron, y el orgasmo no se acababa, se estiraba, se me salía de los bordes y me corría por los muslos y me dejaba temblando como un animal.

Cuando por fin aflojé, el de atrás se sacó. Sentí el hueco, el aire frío entrando, y me quedé con la verga del otro nada más, escurriendo por el ano. Me bajó de encima, me puso boca arriba en la cama, me dobló las piernas contra el pecho y me la volvió a meter en la panocha. El de las trenzas se puso de rodillas junto a mi cara y me tomó la boca, y así, con las piernas dobladas, con la verga entrando y saliendo, con la otra en la boca, me quedé mirando el techo, ida, con los ojos húmedos y la cara deshecha.
Ya no sabía cuánto llevábamos. Ya no me importaba.
El de las trenzas se sacó de mi boca, se quitó el condón y se empezó a mover la mano encima, rápido, mirándome. "¿Dónde lo quieres?", me preguntó.
"En la cara", dije. "En mi cara, por favor".



Y se vino. Se vino con un gruñido y me cayó en la mejilla, en la boca, en la barbilla, y luego en el cuello y en el pecho, y yo abrí la boca y saqué la lengua como una puta agradecida. Él siguió hasta que se vació todo, y luego se quedó ahí, respirando fuerte, con la mano todavía encima, mirándome la cara llena.

Y el de la barba seguía adentro. Seguía dándome, más duro, más rápido, con las manos en mis rodillas. "Yo me vengo adentro", dijo, más como un aviso que como una pregunta.
"Sí", dije, con la leche del otro corriéndome por la cara. "Sí, adentro, no te salgas".
Me dio unas cuantas más, hondas, y luego se hundió hasta el fondo, temblando, y se vino. Sentí cómo se vaciaba, cómo me llenaba, cómo el calor me subía por dentro, y él se quedó ahí, encima, con los ojos cerrados, hasta que se le pasó. Cuando se sacó, la leche me escurrió por el ano y por la panocha y cayó en la colcha.
Me quedé tirada, abierta, sin cerrar las piernas. Los tres respirando fuerte en el cuarto. La música de la fiesta seguía abajo, igual de lejos, igual de ajena.
El de la barba se quitó el condón, lo tiró, y me puso la mano en el muslo. "Estás bien?", me preguntó. Yo asentí con la cabeza, con la cara todavía brillante. El de las trenzas me trajo un poco de papel del buró y me limpió la cara con una ternura que no encajaba con nada de lo que acabábamos de hacer. Me limpió la mejilla, la boca, el cuello, y me dijo "qué buena estás, Hanna". Y luego me ayudó a sentarme.
Y ahí me cayó el veinte de golpe, como un balde de agua: Daniel. Daniel abajo. Daniel esperándome. Daniel que me iba a ver.
Me levanté de un salto, todavía temblando. "Tengo que bajar", dije. "Mi novio".
Los dos se rieron. "Uy", dijo el de las trenzas, "el novio". Y el de la barba me dio una palmada en la nalga cuando me agaché a buscar mi top.
Me vestí a la carrera. Me puse el top y me lo acomodé, pero no servía de nada: los pezones seguían durísimos y se me marcaban en las tiras, y tenía una mancha de leche en el borde. Me subí la falda y me di cuenta de que la tanga estaba torcida y empapada, y que la correa se me había metido entre las nalgas. La acomodé como pude. Las medias de red estaban corridas y rotas en dos puntos de la rodilla. Los guantes, manchados. Me pasé la mano por el pelo y no quedó mejor.
Me vi en el reflejo de la ventana y me reí de mí misma. Tenía la cara de alguien a quien acaban de coger entre dos. La boca hinchada, el rímel corrido, el cuello marcado, el rojo de los labios borrado por completo. Y todavía escurría.
Me puse los tacones, me jalé la falda hacia abajo con las dos manos y me quedé un segundo parada en la puerta. "¿Me veo bien?", pregunté.
"Te ves como una puta", dijo el de las trenzas, con cariño.
"Perfecto", dije, y abrí la puerta.
Bajé las escaleras con las piernas todavía flojas, agarrándome del barandal, y sentí la leche saliéndome en cada escalón. La sentí moverse, caliente, y en el segundo piso ya se me estaba escurriendo por el muslo por debajo de la falda. Me la sentí en el borde de la media. Me la sentí llegar a la rodilla.
Encontré a Daniel en la cocina, con un vaso en la mano, hablando con un amigo suyo. Levantó la vista, me vio y sonrió. "¡Ahí estás! Te andaba buscando, ¿dónde te metiste?".
"En el baño", dije. "Había mucha fila".
Se me acercó, me abrazó de la cintura y me dio un beso. Yo le puse las manos en el pecho y me dejé besar, con el corazón todavía a mil, y cuando se separó me miró la cara y me dijo: "¿Y ese rímel? ¿Estás bien?".
"Es que hacía mucho calor", dije. "Me lavé la cara".
Me creyó. Claro que me creyó. Me puso la mano en la cintura, me la apretó y me dijo "estás bien guapa, en serio, te quedó increíble el disfraz". Y yo sonreí, y sonreí de verdad, y en ese momento, mientras él me hablaba del amigo que había venido de Puebla, sentí una gota de leche bajarme por dentro del muslo, pasar la media de red y detenerse en el borde de la rodilla.
Me apreté las piernas. Daniel me volvió a abrazar. Y yo, con la cara en su hombro, sentí cómo se me escurría lo que no era suyo.
Bonusssss dejen puntos y subire algo mejor mis amore les gusta mi cosplay??



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