Laura abrió los ojos cuando ya había luz. El ventilador seguía girando. La sábana estaba enredada entre sus piernas y la remera se le había subido hasta debajo de las tetas. Se quedó quieta un momento, mirando el techo, y de inmediato le volvió todo: las manos, el roce en el abdomen, los dedos cerca de la ropa interior, el silencio después. El orgasmo a escondidas. La vergüenza.
Se sentó en el borde de la cama. Tenía la boca seca y un nudo en el estómago. Se pasó las manos por la cara y se obligó a levantarse. No podía quedarse pensando.
Se cambió despacio. Eligió el malla enteriza negro de siempre y encima una pollera liviana y una remera holgada. Se miró un segundo en el espejo del baño. La cara estaba normal. No se le notaba nada. O al menos eso quería creer.
Bajó.
La casa olía a café y a pan tostado. Mateo estaba en la cocina en boxers y remera. Nico sentado en la mesa, pelo mojado. Tomás todavía no aparecía.
—Buen día, ma.
—Buen día.
Laura fue directo a la pava. Las manos le temblaban un poco y las escondió apoyándolas en la mesada. Nico levantó la vista. La miró un segundo. No dijo nada. Solo asintió y volvió al teléfono.
Tomás bajó un rato después, bostezando. Se dejó caer en una silla y miró a Laura de reojo mientras ella cebaba mate.
—Buen día, Laura.
—Buen día.
La voz le salió normal, casi seca. Tomás no insistió. Agarró una tostada y se puso a hablar con Mateo. Laura se quedó de pie, tomando mate, sintiendo el nudo que no se iba.
Desayunaron sin apuro. Decidieron ir a la playa a media mañana.
Caminaron las dos cuadras. El sol ya pegaba. Laura eligió el lugar cerca de las rocas. Extendió la toalla, se sacó la pollera y la remera. El malla se le pegó a la piel. Mateo y Tomás se metieron al agua de inmediato. Nico se quedó un rato más en la toalla de al lado.
Laura sacó el protector. Se puso en los brazos y hombros. Cuando llegó a la espalda dudó. Nico, sin que ella pidiera nada, le alcanzó la mano.
—¿Te paso?
Ella dudó un segundo de más esta vez. Al final asintió, sin mirarlo.
—Dale. Pero rápido.
Él se arrodilló detrás. Las manos eran las mismas de anoche. Empezaron por los hombros, circulares, cuidadosas. Bajaron por la columna. Cuando llegaron al borde del malla se detuvieron. Laura sintió el calor de las palmas y el recuerdo de la noche anterior se le subió a la garganta.
—Hasta ahí —dijo ella, más corta de lo que quería.
Nico paró. Pero no retiró las manos de inmediato. Las dejó un segundo apoyadas en la parte baja de su espalda, los pulgares rozando apenas el borde del malla. Después se levantó.
—Listo.
Se fue al agua. Laura se quedó sentada con la espalda sensible. El lugar donde habían estado las manos le quemaba.
Más tarde, cuando salió del agua, el malla se le había subido un poco de atrás. Se agachó a juntar la toalla. En ese momento Tomás pasó detrás de ella para agarrar su propia toalla.

Al pasar, su cuerpo rozó el de ella. No fue un golpe. Fue un arrimón corto, de frente a espalda, el pecho de él contra su espalda y la ingle apenas rozándole el culo. Duró un segundo. Tal vez menos.
—Perdón —dijo él, bajo, ya alejándose.
Laura se enderezó de golpe. El corazón le latía rápido. No dijo nada. Solo se acomodó el malla y se fue a sentar otra vez. Tomás no insistió. Se metió al agua como si no hubiera pasado nada. Pero el roce le había quedado grabado. El calor de su cuerpo. La presión breve.
Volvieron a la casa al mediodía. El calor era pesado. Almorzaron lo que había. Después cada uno se retiró un rato. Mateo se tiró en el sillón. Tomás dijo que iba a dormir una siesta. Nico se quedó en el patio.
Laura se metió en la ducha. El agua fría no le bajó del todo el calor. Se miró en el espejo. Se tocó la espalda donde habían estado las manos de Nico y después la parte baja de la espalda donde había sentido el cuerpo de Tomás. Sacó las manos enseguida. Se puso un short limpio y una remera holgada.
La tarde fue lenta. Laura se sentó en una reposera con un libro que no avanzaba. Nico estaba del otro lado de la pileta. Se cruzaban miradas y las apartaban. En un momento Laura se levantó a buscar agua a la cocina.

Nico entró detrás, casi al mismo tiempo. La cocina era chica. Al pasar, él se arrimó más de lo necesario para agarrar un vaso del estante de arriba. El pecho le rozó la espalda de ella. Una mano se apoyó un segundo en su cintura, como para no empujarla.
—Perdón —murmuró él.
Laura se quedó quieta. No se apartó de inmediato. El contacto duró un segundo más de lo accidental. Después él se retiró, llenó el vaso y salió sin decir nada más. Ella se quedó con las manos apoyadas en la mesada, respirando despacio. El lugar donde había sentido la mano le quemaba.
Más tarde, cuando Mateo estaba en la ducha, Laura estaba en el living acomodando unas cosas. Tomás pasó cerca para ir a la cocina. Al pasar, su mano rozó la parte de atrás de su muslo, por encima del short. No fue un agarre. Fue un roce lento, casi como si midiera. Laura se tensó y dio un paso al costado.
Tomás no dijo nada. Siguió de largo. Pero el roce le había dejado la piel sensible.
A la noche comieron pizza. Mateo se durmió temprano otra vez en el sillón. Laura, Nico y Tomás se quedaron un rato más en el living terminando el vino. La conversación era cuidadosa, casi tensa. En un momento Laura se levantó a llevar los vasos a la cocina. Tomás se levantó también, como para ayudar. En el pasillo estrecho entre el living y la cocina se cruzaron. Él no se corrió del todo. El cuerpo de él se arrimó al de ella de frente, pecho contra pecho, un segundo. Ella sintió la respiración de él cerca de su cara. Él bajó la mirada a su boca un instante y después se apartó.
—Perdón —dijo otra vez, bajo.
Laura no contestó. Siguió a la cocina con el corazón golpeándole la garganta. Las manos le temblaban mientras dejaba los vasos. No había sido un accidente completo. Ninguno de los roces de ese día lo había sido del todo. Y ella no había gritado. No había empujado. Solo se había quedado quieta un segundo de más cada vez.
Volvió al living. Se sentó lejos. Un rato después se levantó.
—Me voy a dormir.
—Buenas noches.
Laura cerró la puerta de su pieza y giró la llave. El click se escuchó claro en el silencio de la casa. Se quedó un segundo apoyada contra la madera, escuchando. No había pasos. Nadie se acercó. Solo el ventilador de techo y, muy lejos, el ruido de las olas.
Se cambió despacio. Se sacó el short y la remera, se puso el pantalón de dormir fino y una remera vieja. Se metió en la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Apagó la luz de la mesita y se quedó mirando el techo en la penumbra.
El cuerpo le pedía algo desde hacía horas. Los roces del día se le habían quedado pegados a la piel: el arrimón de Tomás en la playa, la mano de Nico en la cintura en la cocina, el pecho de Tomás contra el suyo en el pasillo, el calor de las palmas en la espalda mientras le ponía el protector. Cada uno había durado poco. Cada uno se había quedado ahí. Y ella no había empujado a nadie.
Se dio la vuelta sobre el costado. Se quedó quieta un rato, intentando no hacer nada. El intento duró poco.
Se metió la mano debajo del pantalón de dormir. La tanga estaba húmeda. Pasó los dedos por encima de la tela primero, despacio, sintiendo el calor. Después corrió la tanga hacia un costado y tocó la piel directa. Estaba resbaladiza. Se mordió el labio inferior y cerró los ojos.

Empezó con movimientos lentos, circulares, apenas rozando. La imagen de las manos de anoche le volvió fuerte: los dedos en su abdomen, el pulgar en el pezón, la presión en la cadera. Después el arrimón de Tomás, el cuerpo duro contra el suyo. La mano de Nico sosteniéndole la cintura. El roce deliberado en el muslo.

Aceleró un poco. Dos dedos entraron con facilidad. El pulgar buscó el clítoris y lo presionó en círculos cortos. La respiración se le entrecortó. Levantó un poco las caderas y abrió más las piernas, todavía de costado, escondiendo la cara contra la almohada.
Se tocó con más fuerza. Los dedos entraban y salían mojados. El pulgar no paraba. Sentía el calor subiéndole por la panza hasta el pecho. Los pezones le raspaban la remera. Apretó los ojos con fuerza y se dejó llevar por las imágenes que no quería tener: las manos ajenas, los cuerpos cerca, el hecho de que no había dicho que pararan del todo.
El orgasmo llegó de golpe, seco y fuerte. Se arqueó un poco, mordió la almohada para no hacer ningún ruido y se quedó temblando mientras las contracciones la atravesaban. Los dedos siguieron moviéndose solos un segundo más hasta que tuvo que sacarlos porque era demasiado.
Se quedó tirada, respirando agitada, con la mano todavía entre las piernas y la cara caliente de vergüenza. El silencio de la casa volvió a llenar todo. Solo el ventilador. Solo las olas lejos.
Sacó la mano. Se acomodó la tanga y el pantalón. Se bajó la remera. Se dio la vuelta de espaldas a la puerta, se tapó hasta los hombros y cerró los ojos con fuerza.
Esta vez no esperó a que nadie entrara.
Solo se quedó quieta, con el cuerpo todavía sensible y la cabeza llena de cosas que no quería nombrar, hasta que el cansancio pudo más y se quedó dormida.
Parte 3?
Se sentó en el borde de la cama. Tenía la boca seca y un nudo en el estómago. Se pasó las manos por la cara y se obligó a levantarse. No podía quedarse pensando.
Se cambió despacio. Eligió el malla enteriza negro de siempre y encima una pollera liviana y una remera holgada. Se miró un segundo en el espejo del baño. La cara estaba normal. No se le notaba nada. O al menos eso quería creer.
Bajó.
La casa olía a café y a pan tostado. Mateo estaba en la cocina en boxers y remera. Nico sentado en la mesa, pelo mojado. Tomás todavía no aparecía.
—Buen día, ma.
—Buen día.
Laura fue directo a la pava. Las manos le temblaban un poco y las escondió apoyándolas en la mesada. Nico levantó la vista. La miró un segundo. No dijo nada. Solo asintió y volvió al teléfono.
Tomás bajó un rato después, bostezando. Se dejó caer en una silla y miró a Laura de reojo mientras ella cebaba mate.
—Buen día, Laura.
—Buen día.
La voz le salió normal, casi seca. Tomás no insistió. Agarró una tostada y se puso a hablar con Mateo. Laura se quedó de pie, tomando mate, sintiendo el nudo que no se iba.
Desayunaron sin apuro. Decidieron ir a la playa a media mañana.
Caminaron las dos cuadras. El sol ya pegaba. Laura eligió el lugar cerca de las rocas. Extendió la toalla, se sacó la pollera y la remera. El malla se le pegó a la piel. Mateo y Tomás se metieron al agua de inmediato. Nico se quedó un rato más en la toalla de al lado.
Laura sacó el protector. Se puso en los brazos y hombros. Cuando llegó a la espalda dudó. Nico, sin que ella pidiera nada, le alcanzó la mano.
—¿Te paso?
Ella dudó un segundo de más esta vez. Al final asintió, sin mirarlo.
—Dale. Pero rápido.
Él se arrodilló detrás. Las manos eran las mismas de anoche. Empezaron por los hombros, circulares, cuidadosas. Bajaron por la columna. Cuando llegaron al borde del malla se detuvieron. Laura sintió el calor de las palmas y el recuerdo de la noche anterior se le subió a la garganta.
—Hasta ahí —dijo ella, más corta de lo que quería.
Nico paró. Pero no retiró las manos de inmediato. Las dejó un segundo apoyadas en la parte baja de su espalda, los pulgares rozando apenas el borde del malla. Después se levantó.
—Listo.
Se fue al agua. Laura se quedó sentada con la espalda sensible. El lugar donde habían estado las manos le quemaba.
Más tarde, cuando salió del agua, el malla se le había subido un poco de atrás. Se agachó a juntar la toalla. En ese momento Tomás pasó detrás de ella para agarrar su propia toalla.

Al pasar, su cuerpo rozó el de ella. No fue un golpe. Fue un arrimón corto, de frente a espalda, el pecho de él contra su espalda y la ingle apenas rozándole el culo. Duró un segundo. Tal vez menos.
—Perdón —dijo él, bajo, ya alejándose.
Laura se enderezó de golpe. El corazón le latía rápido. No dijo nada. Solo se acomodó el malla y se fue a sentar otra vez. Tomás no insistió. Se metió al agua como si no hubiera pasado nada. Pero el roce le había quedado grabado. El calor de su cuerpo. La presión breve.
Volvieron a la casa al mediodía. El calor era pesado. Almorzaron lo que había. Después cada uno se retiró un rato. Mateo se tiró en el sillón. Tomás dijo que iba a dormir una siesta. Nico se quedó en el patio.
Laura se metió en la ducha. El agua fría no le bajó del todo el calor. Se miró en el espejo. Se tocó la espalda donde habían estado las manos de Nico y después la parte baja de la espalda donde había sentido el cuerpo de Tomás. Sacó las manos enseguida. Se puso un short limpio y una remera holgada.
La tarde fue lenta. Laura se sentó en una reposera con un libro que no avanzaba. Nico estaba del otro lado de la pileta. Se cruzaban miradas y las apartaban. En un momento Laura se levantó a buscar agua a la cocina.

Nico entró detrás, casi al mismo tiempo. La cocina era chica. Al pasar, él se arrimó más de lo necesario para agarrar un vaso del estante de arriba. El pecho le rozó la espalda de ella. Una mano se apoyó un segundo en su cintura, como para no empujarla.
—Perdón —murmuró él.
Laura se quedó quieta. No se apartó de inmediato. El contacto duró un segundo más de lo accidental. Después él se retiró, llenó el vaso y salió sin decir nada más. Ella se quedó con las manos apoyadas en la mesada, respirando despacio. El lugar donde había sentido la mano le quemaba.
Más tarde, cuando Mateo estaba en la ducha, Laura estaba en el living acomodando unas cosas. Tomás pasó cerca para ir a la cocina. Al pasar, su mano rozó la parte de atrás de su muslo, por encima del short. No fue un agarre. Fue un roce lento, casi como si midiera. Laura se tensó y dio un paso al costado.
Tomás no dijo nada. Siguió de largo. Pero el roce le había dejado la piel sensible.
A la noche comieron pizza. Mateo se durmió temprano otra vez en el sillón. Laura, Nico y Tomás se quedaron un rato más en el living terminando el vino. La conversación era cuidadosa, casi tensa. En un momento Laura se levantó a llevar los vasos a la cocina. Tomás se levantó también, como para ayudar. En el pasillo estrecho entre el living y la cocina se cruzaron. Él no se corrió del todo. El cuerpo de él se arrimó al de ella de frente, pecho contra pecho, un segundo. Ella sintió la respiración de él cerca de su cara. Él bajó la mirada a su boca un instante y después se apartó.
—Perdón —dijo otra vez, bajo.
Laura no contestó. Siguió a la cocina con el corazón golpeándole la garganta. Las manos le temblaban mientras dejaba los vasos. No había sido un accidente completo. Ninguno de los roces de ese día lo había sido del todo. Y ella no había gritado. No había empujado. Solo se había quedado quieta un segundo de más cada vez.
Volvió al living. Se sentó lejos. Un rato después se levantó.
—Me voy a dormir.
—Buenas noches.
Laura cerró la puerta de su pieza y giró la llave. El click se escuchó claro en el silencio de la casa. Se quedó un segundo apoyada contra la madera, escuchando. No había pasos. Nadie se acercó. Solo el ventilador de techo y, muy lejos, el ruido de las olas.
Se cambió despacio. Se sacó el short y la remera, se puso el pantalón de dormir fino y una remera vieja. Se metió en la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Apagó la luz de la mesita y se quedó mirando el techo en la penumbra.
El cuerpo le pedía algo desde hacía horas. Los roces del día se le habían quedado pegados a la piel: el arrimón de Tomás en la playa, la mano de Nico en la cintura en la cocina, el pecho de Tomás contra el suyo en el pasillo, el calor de las palmas en la espalda mientras le ponía el protector. Cada uno había durado poco. Cada uno se había quedado ahí. Y ella no había empujado a nadie.
Se dio la vuelta sobre el costado. Se quedó quieta un rato, intentando no hacer nada. El intento duró poco.
Se metió la mano debajo del pantalón de dormir. La tanga estaba húmeda. Pasó los dedos por encima de la tela primero, despacio, sintiendo el calor. Después corrió la tanga hacia un costado y tocó la piel directa. Estaba resbaladiza. Se mordió el labio inferior y cerró los ojos.

Empezó con movimientos lentos, circulares, apenas rozando. La imagen de las manos de anoche le volvió fuerte: los dedos en su abdomen, el pulgar en el pezón, la presión en la cadera. Después el arrimón de Tomás, el cuerpo duro contra el suyo. La mano de Nico sosteniéndole la cintura. El roce deliberado en el muslo.

Aceleró un poco. Dos dedos entraron con facilidad. El pulgar buscó el clítoris y lo presionó en círculos cortos. La respiración se le entrecortó. Levantó un poco las caderas y abrió más las piernas, todavía de costado, escondiendo la cara contra la almohada.
Se tocó con más fuerza. Los dedos entraban y salían mojados. El pulgar no paraba. Sentía el calor subiéndole por la panza hasta el pecho. Los pezones le raspaban la remera. Apretó los ojos con fuerza y se dejó llevar por las imágenes que no quería tener: las manos ajenas, los cuerpos cerca, el hecho de que no había dicho que pararan del todo.
El orgasmo llegó de golpe, seco y fuerte. Se arqueó un poco, mordió la almohada para no hacer ningún ruido y se quedó temblando mientras las contracciones la atravesaban. Los dedos siguieron moviéndose solos un segundo más hasta que tuvo que sacarlos porque era demasiado.
Se quedó tirada, respirando agitada, con la mano todavía entre las piernas y la cara caliente de vergüenza. El silencio de la casa volvió a llenar todo. Solo el ventilador. Solo las olas lejos.
Sacó la mano. Se acomodó la tanga y el pantalón. Se bajó la remera. Se dio la vuelta de espaldas a la puerta, se tapó hasta los hombros y cerró los ojos con fuerza.
Esta vez no esperó a que nadie entrara.
Solo se quedó quieta, con el cuerpo todavía sensible y la cabeza llena de cosas que no quería nombrar, hasta que el cansancio pudo más y se quedó dormida.
Parte 3?
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