CAPÍTULO 1

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El rey Agamenón lanzó un alarido de dolor que retumbó por toda la sala. La angustia deformó su rostro y, un instante después, el grito se convirtió en un chillido desgarrador, agudo y desesperado, mientras la espada giraba lentamente dentro de la herida. mientras su hijo gira su espada y, con voz suave, pero sin miedo ni arrepiento, dice.
- Lo reclamo todo, padre! Todo lo que fue tuyo ahora me pertenece....!!!! - declaró con una convicción implacable.
Sin apartar la espada, volvió la vista hacia su progenitora. El rostro de la reina perdió todo color al contemplar la sangre de su esposo extendiéndose sobre el estrado.
Él esbozó una sonrisa fría. - Todo... me oyes, padre? Tu trono!! Tu reino!! Tu corona!! Y hasta la reina....!!! Todo aquello por lo que viviste... ahora me pertenece.
El hijo príncipe Leónidas le devuelve la sonrisa con amargura. Empieza a subir los escalones.
- Y lo tenías, padre. Te habría dado mi vida de buena gana si me lo hubieras pedido. Pero esta vil traición... y solo para prolongar tu miserable vida!! Leo me lo contó todo!! Tus planes... el ritual... la hechicería que pretendías desatar sobre mí!! -
El príncipe mira a su madre, que está de rodillas, mirándolo con incredulidad.
- Y mi sangre? - continuó con una mezcla de furia y decepción. - Pensaban derramar la sangre de su propio hijo para devolverle la juventud a un rey que ya había agotado su tiempo?
Leónidas se acerca a su padre en el estrado.
- Jamás tendrás mi sangre, viejo - espetó con un desprecio helado. - Morirás sabiendo que tus ambiciones terminan aquí... conmigo.
Ante el insulto los ojos del rey se llenan de ira desquiciada y se abalanza sobre su hijo, la espada cortando el aire con una velocidad que desmiente su edad y vigor debilitados, siseando.
- Hijo de.... una bruja ramera, tenias que morir!!
El joven príncipe simplemente se aparta y, antes de que el rey se recupere, su hijo clava su propia espada profundamente en el negro corazón del rey Agamenon.
Leónidas vuelve a girar su espada, el sonido de carne y músculo desgarrándose resuena húmedo por la habitación y el último grito de negación y rabia del rey Agamenon
muere, ahogado en un chorro de sangre que brota de su boca.
Leónidas suelta una risa áspera y arranca bruscamente su espada del cuerpo aún en pie de su padre. Mira fijamente los ojos ahora sin vida del rey Agamenón y con desprecio, empuja el cadáver inerte del estrado, que cae con un golpe seco.
Leónidas observa a su padre rey muerto con satisfacción, sus ojos se posan en la espada que Agamenón aún sostiene y luego en el aro de oro enjoyado que descansa torcido sobre su cabeza.
El joven príncipe se volvió hacia la reina!! Sus ojos no dejaban espacio para la duda, y su voz retumbó en el gran salón con la autoridad de quien ya se sabía vencedor.
- Madre! Tráeme mi espada... y mi corona. -
No fue una petición, sino una orden absoluta.
Acto seguido ascendió los últimos escalones del estrado y se dejó caer sobre el trono con un lento suspiro de satisfacción, como si reclamaran un lugar que siempre les hubiera pertenecido.
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
- Al fin... - murmuró con firmeza. - El trono ha encontrado a su verdadero rey.
La mujer, con las manos entrelazadas sobre sus obesos pechos, solo puede mirar a su hijo con asombro por un instante antes de apartar la vista. Intenta ignorar la mirada franca e interesada de su hijo mientras camina hacia su difunto esposo. caminó hacia el cuerpo sin vida de su esposo. Sus pasos eran ligeros y silenciosos, pero cada uno parecía cargar el peso de un reino que acababa de derrumbarse.
Ya había sentido su mirada hambrienta antes... la suya entre miles de personas que la habían contemplado con toda la lujuria del mundo.
Esa mirada la reconocía entre un millar de ojos que alguna vez se habían posado sobre ella con deseo, fascinación o simple codicia. Era una mirada imposible de ocultar, intensa y persistente.
Sus imponentes, enormes y magníficas tetas se agitan con fuerza bajo las escasas vendas de seda, con pezones muy grandes, demasiado llamativos, del tamaño de joyas, ahora erectos y visibles a través de la tela transparente.
Su vientre plano y desnudo, junto con sus muslos bien formados, dejan entrever su belleza tonificada y en forma.
Sus ojos oscuros, que la delatan como princesa de las lejanas tierras de ese reino, se dirigen una y otra vez a su hijo, incapaz de sostener su penetrante mirada.
Se agacha con cuidado, largas hebras de seda cubren su bello sexo, pero se ajustan a su caliente vulva, revelando la forma y plenitud de su monte venus a su máxima expresión! Le quita la corona a su esposo y luego le arrebata la espada de la mano. Lentamente sube los escalones hasta el pie del trono del rey Agamenon, ahora el de su hijo rey Leónidas. Le ofrece la corona y la espada.
Leónidas resopla y dice con voz llena de burla.
- Arrodíllate ante tu Rey, madre!!
Ella respira hondo y lentamente se arrodilla, sabiendo perfectamente que le ofrece a su hijo una vista espléndida de su morboso y generoso escote ero imposible ocultar esos pechos tan obesos.
Obvio no puede evitar sonrojarse ante la mirada de su crío, sobre todo al darse cuenta de que está casi cara a cara con una prominente protuberancia en abdomen de su hijo. Leónidas le quita la espada, levanta la cabeza y grita.
- Guardias del rey, se les ordena entrar en el Salón!
Como si esperaran su señal, las grandes puertas se abren y la compañía de la Guardia Real, recién disuelta, entra marchando acompañada por tres hombres con ricas y lujosas túnicas, color dorado.
Los guardias se dispersan y retoman sus puestos mientras su capitán se acerca al trono. La reina Amalia comienza a levantarse, pero recibe una sola orden.
- Quédate como estás, madre. - dijo y la mantiene arrodillada ante el.
Leónidas asiente con la cabeza al soldado que se acerca y el capitán de la guardia se detiene y se arrodilla.
- Capitán Félix, sabía usted del plan de mi padre para matarme??
Félix levanta la cabeza y se quita el casco, su corto cabello gris casi se ha vuelto blanco. A pesar de su avanzada edad, Leónidas lo reconoce como un guerrero hábil y letal. Sin dudarlo, responde.
- Sí, majestad. Lo sabía.
Leónidas asiente y luego se vuelve hacia los recién llegados, quienes, con los ojos muy abiertos, contemplan el cadáver ensangrentado de su rey.
- Ministros, señores, sabían del complot del rey para matarme??! - dice con autoridad y cada hombre palidece, mira a los demás, sacude la cabeza y gritan.
- No!! - contestan los 3 Ministros.
Leónidas asiente, observando la reacción del Capitán Félix y la de los consejeros más cercanos de su padre. Ve algo en los ojos del Capitán Félix que no ve en los demás.
- Capitán Félix, a quién sirve?!?!
El anciano asiente y responde.
- Sirvo al Rey!
- Soy yo el rey?? - pregunta Leonidas.
De nuevo, el viejo oficial asiente y contesta.
- Lo eres, por derecho de nacimiento y por derecho de desafío legal.
- Te creo! Continuarás siendo mi Capitán de la Guardia Real??
Algo parecido a un destello de fuego aparece en los ojos del anciano, quien sonríe con amargura y dice.
- Mi vida es tuya, señor!
Leónidas sonríe, con una sonrisa fría y severa, y responde.
- Levántate, capitán Félix. Prepárate para servir!!!! - Se vuelve de nuevo hacia los consejeros. - Caballeros, a quién sirven??
Los tres hombres se postran y balbucean...
- A Usted, majestad, estamos a sus órdenes! - Se miran entre sí con cierta expresión de alivio.
Leónidas sonríe y dice.
- Muy bien. Por favor, tírense por esa ventana. - Señala la misma ventana por la que su padre miró apenas unos minutos antes. - Es mi voluntad que salten al vacío!
El mayor de los tres consejeros, albucea.
- Señor? Está bromeando?? - Cuando Leónidas niega con la cabeza, el consejo se endereza. - Mi Rey... soy su Guardián del Tesoro. No puede ordenarme que salte por una ventana y muera. Soy... soy... IMPORTANTE! - Los demás consejeros asienten con la cabeza.
- No, eres mío para hacer contigo lo que me plazca. Capitán, ayúdalos.
Félix responde.
- Como usted ordene, majestad. - Unas pocas señales sencillas y sus hombres se ponen en marcha y uno a uno, los consejeros que gritan y protestan son arrojados por la ventana, sus gritos se desvanecen antes de fusionarse en tres explosiones húmedas y crujientes.
Todos regresan a sus puestos y luego, al unísono, gritan!
- Ya, Rey Leónidas!
Leónidas sonríe y luego vuelve a prestar atención a su sensual y voluptuosa Reina madre.
- Madre, yo también soy tu rey??
Su madre finalmente lo mira a los ojos.
- Oh, sí, hijo mío... mi Rey!! Soy tuya, dame órdenes.
Leónidas sonríe y dice.
- Levántate, reina Amalia. - Mira a los soldados presentes. - Soy el nuevo rey Leónidas, por derecho de nacimiento y por derecho de desafío. La mismísima reina de mi traicionero padre jura lealtad y ahora coloca la corona sobre mi frente! - Asiente y su madre se acerca, colocándose detrás de él, tan cerca que puede oler su perfume delicioso, sudor y algo más. Siente sus enormidades de pechos, demasiado carnosos y voluptuosos, rozan su espalda mientras ella coloca suavemente la corona sobre su cabeza.
Se quedó completamente inmóvil, con cada fibra de su cuerpo concentrada en el contacto. El peso de la corona era nada comparado con el peso de sus chichotas grandisimas sobre él, un calor que lo quemaba a través de la tela.
Amalia se inclinó, y sus labios rozaron su oreja. Su voz era un soplo caliente, y le dice muy despacio en la oreja.
- Felicidades mi rey! mi niño!
Ella retrocede y grita.
- El rey Leónidas ha muerto! Viva el rey Leonidas!! - Su grito resuena en la sala. Intenta alejarse, pero el brazo de Leónidas se extiende y la agarra de la muñeca con una fuerza.
- Madre, sabías del plan de mi padre?? - La gira bruscamente y la hace caer al pie de su trono.
La violencia de su acción deja al descubierto su enorme tetota derecha, mega carnoso, y para una mujer de al menos 40 años, maravillosamente firme y erguido, sin rastro de flacidez.
Su respiración se cortó. No era un pecho, era una obra de arte, una montaña de carne perfecta, un desafío a la gravedad y al tiempo.
La reina Amalia reprime un repentino impulso de suplicar, y con los ojos algo de vergüenza, asiente rápidamente y responde.
- Sí, hijo mío, perdóname. - Ella no se cubrió. Al contrario. Arqueó la espalda, presentando su gordisima tetota como un trofeo, como una ofrenda. Con una sonrisa de poder y lujuria.
El rey Leónidas resopla con desdén y dice.
- Capitán Felix, haga que escolten a mi madre a la habitación de mi padre... JA!... a mis aposentos y vigílela bien mientras decido su destino.
Dos guardias aparecieron a ambos lados de Renata y la sujetaron con firmeza por los brazos. Procuraban mantener la vista al frente, evitando fijarse en el estado en que había quedado tras el forcejeo. Pero era obvio que de reojo si veían esa gordisima teta.
Ella ya no decía una sola palabra. estuvo en silencio no suplicó, no protestó ni opuso resistencia mientras se la llevaban.
Una vez que ella se marchó, Leónidas dio más instrucciones a su capitán.
- Convoca al Alto Consejo. Infórmales que nos reuniremos mañana al medio día. Difunde por toda Agosta la noticia de que he matado a mi padre en un combate retado y he reclamado el trono. Que quien quiera desafiarme presente su reclamación mañana.
Se pone de pie y baja del estrado, con la espada aún en sus manos.
- Llamen a los capitanes Príamo y Noah del frente de batalla, que los magos los traigan. Los quiero aquí cuando despierte mañana por la mañana.
Félix asiente y responde:
- Como usted ordene, majestad.
Leónidas pasa por encima del cadáver de su padre y sale de la habitación a grandes zancadas, seguido por dos de sus guardias, deteniéndose solo para gritar por encima del hombro:
- Dejen el cadáver de ese miserable donde yace. - Después se va a la habitación de su padre.
Cuando ya esta ahi en el pasillo enorme que une muchas habitaciones del castillo, se detiene frente a las habitaciones de sus padres. Dos guardias ya están allí.
- No me molesten ni a mí ni a la reina hasta mañana!!! - ordena mientras los guardias toman posición. Sonríe con malicia, haciendo que los guardias traguen saliva y suden. - No importa lo que oigan.
Leónidas abre las puertas de golpe y las cierra tras de sí. Velas aromáticas esparcidas por la habitación iluminan el espacio. La opulenta cama cubierta de pieles, suaves satenes y sedas está vacía.
La habitación está repleta de recuerdos y trofeos de toda una vida, correspondientes al reinado de casi sesenta años de su difunto padre. Un gran tapiz divide una pequeña parte de la habitación del resto, él se acerca y, agarrando firmemente la antigua pieza, la arranca al suelo, revelando la parte de la habitación que pertenecía a la Reina, su guarida cuando el Rey la había despedido de su lecho, pero quería tenerla cerca.
Una cama pequeña pero lujosa se encuentra frente a un pequeño tocador con espejo plateado, apoyado contra la pared exterior. Delante de él, su madre, la reina Amalia, está sentada con la mirada baja. Sin alzar la vista, susurra!!
- Mi rey, qué deseas de mí?? Para que soy útil??
Leónidas siente que su corazón se hincha con una tormenta de emociones encontradas que lo impulsan a actuar con furia.
Se acerqué a ella lentamente, con la pesada coraza de su nuevo poder resonando con cada paso. Se de tuvo frente a ella, obligándola a levantar la vista para verlo. Con una voz que era un murmullo de acero y deseo, le responde.
- Bruja, ojalá lo supiera...!! - Se abalanza sobre ella, agarrándola por un puñado de su cabello y la levanta bruscamente. Ella grita mientras él la lanza al otro lado de la habitación, derribando una mesa de teca y haciendo añicos una botella de vino fino contra el frío suelo de piedra.
Amalia lanza un grito y se pone de pie, con las rodillas raspadas. Leónidas se abalanza sobre ella, alzando su espada y rozando la garganta de su madre con la punta.
- Debería matarte ahora, madre?! - sisea, con la voz temblorosa de rabia. - Habrías realizado el hechizo para él? Habrías usado mi sangre, la sangre de tu propio hijo, para devolverle la juventud y el vigor a mi padre?!?! -
Se acerca, presionando con la punta de su espada lo suficiente como para perforar ligeramente la piel de su madre, provocando que un hilo de sangre corra por su larga y delgada garganta. Acerca sus labios a su oído y susurra.
- Extrañabas y deseabas tanto el pene de tu marido que matarías a tu propio hijo para recuperarlo?? Lo añorabas tanto... que habrías sacrificado a tu propio hijo por traerlo de vuelta?? Así de poco valía mi vida para ti...
Amalia tiembla pero no de miedo, las últimas palabras de su hijo provocan una reacción casi de ira.
- NO! - grita. Lleva las manos al rostro de Leónidas y le dice. - Eres mi hijo. Te amo y no soy una hechicera mala.
Yo...!!! cómo puedes siquiera pensar en algo así?
Leónidas retrocede un paso y gruñe.
- Lo sabías! Por tu propia confesión sabías lo que quería papá y no hiciste nada para detenerlo!! - Su brazo derecho se tensa como si se preparara para atravesar a su madre con su espada.
Las lágrimas corren por el rostro de su madre mientras solloza.
- Él era rey, no podía traicionarlo!! - Intenta extender la mano y acariciar el rostro de s hijo de nuevo, pero él coloca su mano contra sus pechos y le impide moverse. Ambos se estremecen instintivamente cuando su piel toca la de ella, sus pechos suaves y firmes bajo su palma. Amalia reprime un gemido diciendo.
- Habría cumplido sus órdenes como su esposa y luego me habría suicidado por mis actos....!!!
Ahora eres mi rey, hijo!! Cree lo que quieras y haz lo que quieras, pero debes saber que siempre te he amado. - De nuevo, ella se estremece cuando su mano se hunde en su carnoso pecho mientras la punta de su espada araña la suave piel de su garganta.
Amalia gime al sentir la mano de su hijo apretando, desgarrando la tela de seda de su chal. Su hijo gruñe diciendo.
- Creo que eres una perra malvada... a parte de bruja!!! - Su voz se torna más ronca mientras le aprieta la teta, la seda cede y sus manos, aún manchadas con la sangre de su padre, rozan su piel. - No sé qué hay realmente en tu corazón, madre. -
Amalia gime mientras su fuerte agarre en su cuello le produce placer y dolor a la vez. Leónidas respira con dificultad.
La piel clara de Amalia se oscurece al sonrojarse de vergüenza y excitación, sus gigantescos pechos muy pesados y firmes rebotan ligeramente mientras tiembla y no de miedo, otras emociones casi animalescas.
Sus pezones demasiado notorios y gruesos se hinchan, tal vez por el aire frío, tal vez por algo más. Entre sus piernas, siente cómo el miembro su rey se oprimía con sus piernas.
- Lo único que queda en mi corazón es... amor - susurró Amalia.
Su hijo la obligó a arrodillarse con un gesto firme, sin apartar la mirada de ella.
- Amor por mi hijo... y por el hombre que tuvo el valor de liberarme de la crueldad de un tirano. -
Con manos temblorosas, Amalia se aferró a la tela de su capa, justo por debajo de la rodilla, como quien busca un último punto de apoyo.
- Dime qué debo hacer, hijo mío... mi rey. Cómo puedo demostrarte que mi lealtad te pertenece por completo? - Mira fijamente los ojos tormentosos de su hijo mientras habla, deslizando ligeramente la mano hacia arriba.
Leónidas se lame los labios y dice en voz baja.
- Yo soy el rey y tú eres mía, puedo hacer contigo lo que quiera, estás de acuerdo?? - Su capa se mueve notablemente a medida que su pantalon se hincha más.
No me dejo subir completo el capitulo dice que limite de caracteres. Completo esta en patreon.
CONTINÚA
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