¿Qué más, mi gente de Poringa? Soy yo de nuevo.
Han pasado dos años desde que mi esposo tuvo esa "genial" idea de regalarme a su papá para el cumpleaños, y la verdad... bendito el día en que se le ocurrió semejante locura. Hoy no les vengo a contar el cuento viejo de cómo empezó todo; los que llevan siguiendo la historia ya saben los cimientos de esta casa. Hoy les vengo a mostrar cómo opera esta complicidad en la que se convirtió nuestra rutina. Ya aquí nadie se esconde de nadie, y el descaro se volvió nuestro pan de cada día.
La confianza llegó a un punto tan enfermo que la verdadera fiesta empieza desde antes de que caiga la noche estamos los tres en la sala, sentados cenando o viendo televisión como si fuéramos una familia de bien ante los ojos de cualquiera. Pero por debajo de la mesa, la realidad es otra muy distinta. Con una naturalidad que a cualquiera le daría derrame cerebral, mi suegro me arrima una mano pesada por el muslo, me aprieta un glúteo con fuerza y me mete los dedos por debajo de la licra... ¡y todo al frente de mi esposo!
¿Y qué hace mi marido? Lejos de molestarse, se le dibuja una sonrisa perversa en los labios, me mira con lujuria, y hasta le alcahuetea el juego al viejo acariciándome el otro seno por encima de la blusa. Verlos a los dos coordinados, disfrutando de tenerme a su disposición, me moja antes de que siquiera empiece lo bueno.
Cuando llega la noche y mi suegro se queda a dormir en la casa . Mi esposo, con la mayor tranquilidad del mundo, me mira de reojo mientras recogemos la mesa y me suelta la orden con una sonrisa socarrona:
—Amor, vaya y le da las buenas noches a mi papá a la habitación... no me lo vaya a dejar con insomnio.
Y claro, yo obedezco encantada, sintiendo cómo se me acelera el pulso. Cruzo el pasillo a oscuras, empujo la puerta de la habitación de invitados y el viejo ya me está esperando con los ojos inyectados de deseo, sentado en la orilla de la cama con el pantalón medio abrochado.
—Venga acérquese, mamita, que el viejo la está esperando —me manda con esa voz ronca que me pone los pezones al rojo vivo apenas la escucho.
Apenas me acerco, no hay preámbulos. Mi suegro me agarra del pelo, me tira a la cama y me arranca la blusa de un tirón. ¡Rrrás! Las tetas se me escapan de inmediato, duras y chorreantes. El viejo me entierra la boca en el cuello, me muerde hasta dejarme la marca y se me mete entre las piernas sin quitarme las bragas, rompiéndomelas de un solo golpe.
—¡Ay, carajo, viejo de mierda...! —alcanzo a gemir, ahogada en la almohada.
¡Plas, plas, plas! Las nalgadas resuenan en la oscuridad de la pieza mientras mi suegro me abre las piernas a la fuerza. Me empapa la cuca con sus propias babas antes de dejarme caer la verga de golpe. ¡Chuc, chuc, chuc!

Cada embestida es seca, profunda, con esa maña de viejo lobo de mar que sabe exactamente dónde tocar para sacarme los gritos. Me pasa de la cama a la pared de la habitación, apoyándome contra el frío ladrillo mientras me clava las estocadas sin piedad. Yo me cojo de sus hombros, arqueando la espalda, sintiendo cómo se me estremece todo el cuerpo mientras el viejo me agarra de las caderas y me acelera el ritmo.
—¡Eso, póngase en cuatro, perra! —me gruñe al oído, volviéndome a tirar a la cama. ¡Uff, uff, ahhh...! Los golpes de su pelvis contra mis nalgas suenan huecos en el silencio de la casa.


Me vengo chorreando, empapándole las sábanas y apretándole la verga con las paredes de la matriz, mientras el viejo ruge, me da tres últimos empujones salvajes y se vacía dentro de mí con un chorro caliente que me quema por dentro.


Lo más salvaje de todo ocurre un par de horas después. Me levanto de la cama de mi suegro, con las piernas temblando y oliendo a su sudor, y camino de regreso a mi alcoba. Al entrar, mi esposo me está esperando despierto, con los ojos oscuros de la emoción. No me regaña, no me pregunta nada; al contrario, me atrae hacia él, me huele el cuello y los senos con desesperación, absorbiendo los rastros de su propio padre en mi piel, y me besa en los labios con una devoción enfermiza.
—Cuénteme... ¿cómo se la tiró el viejo? —me susurra al oído con la respiración entrecortada, antes de metérseme con una rabia y un morbo indescriptible, haciéndome el amor sobre los mismos jugos que su padre me dejó adentro.


Al día siguiente nos levantamos todos a desayunar como si nada hubiera pasado. Vivo rodeada de dos hombres que me adoran, que me comparten y que me convirtieron en la reina indiscutible de su propio infierno. Y que digan lo que quieran los puritanos... yo no cambio esta vida por nada del mundo.
Han pasado dos años desde que mi esposo tuvo esa "genial" idea de regalarme a su papá para el cumpleaños, y la verdad... bendito el día en que se le ocurrió semejante locura. Hoy no les vengo a contar el cuento viejo de cómo empezó todo; los que llevan siguiendo la historia ya saben los cimientos de esta casa. Hoy les vengo a mostrar cómo opera esta complicidad en la que se convirtió nuestra rutina. Ya aquí nadie se esconde de nadie, y el descaro se volvió nuestro pan de cada día.
La confianza llegó a un punto tan enfermo que la verdadera fiesta empieza desde antes de que caiga la noche estamos los tres en la sala, sentados cenando o viendo televisión como si fuéramos una familia de bien ante los ojos de cualquiera. Pero por debajo de la mesa, la realidad es otra muy distinta. Con una naturalidad que a cualquiera le daría derrame cerebral, mi suegro me arrima una mano pesada por el muslo, me aprieta un glúteo con fuerza y me mete los dedos por debajo de la licra... ¡y todo al frente de mi esposo!
¿Y qué hace mi marido? Lejos de molestarse, se le dibuja una sonrisa perversa en los labios, me mira con lujuria, y hasta le alcahuetea el juego al viejo acariciándome el otro seno por encima de la blusa. Verlos a los dos coordinados, disfrutando de tenerme a su disposición, me moja antes de que siquiera empiece lo bueno.
Cuando llega la noche y mi suegro se queda a dormir en la casa . Mi esposo, con la mayor tranquilidad del mundo, me mira de reojo mientras recogemos la mesa y me suelta la orden con una sonrisa socarrona:
—Amor, vaya y le da las buenas noches a mi papá a la habitación... no me lo vaya a dejar con insomnio.
Y claro, yo obedezco encantada, sintiendo cómo se me acelera el pulso. Cruzo el pasillo a oscuras, empujo la puerta de la habitación de invitados y el viejo ya me está esperando con los ojos inyectados de deseo, sentado en la orilla de la cama con el pantalón medio abrochado.
—Venga acérquese, mamita, que el viejo la está esperando —me manda con esa voz ronca que me pone los pezones al rojo vivo apenas la escucho.
Apenas me acerco, no hay preámbulos. Mi suegro me agarra del pelo, me tira a la cama y me arranca la blusa de un tirón. ¡Rrrás! Las tetas se me escapan de inmediato, duras y chorreantes. El viejo me entierra la boca en el cuello, me muerde hasta dejarme la marca y se me mete entre las piernas sin quitarme las bragas, rompiéndomelas de un solo golpe.
—¡Ay, carajo, viejo de mierda...! —alcanzo a gemir, ahogada en la almohada.
¡Plas, plas, plas! Las nalgadas resuenan en la oscuridad de la pieza mientras mi suegro me abre las piernas a la fuerza. Me empapa la cuca con sus propias babas antes de dejarme caer la verga de golpe. ¡Chuc, chuc, chuc!

Cada embestida es seca, profunda, con esa maña de viejo lobo de mar que sabe exactamente dónde tocar para sacarme los gritos. Me pasa de la cama a la pared de la habitación, apoyándome contra el frío ladrillo mientras me clava las estocadas sin piedad. Yo me cojo de sus hombros, arqueando la espalda, sintiendo cómo se me estremece todo el cuerpo mientras el viejo me agarra de las caderas y me acelera el ritmo.
—¡Eso, póngase en cuatro, perra! —me gruñe al oído, volviéndome a tirar a la cama. ¡Uff, uff, ahhh...! Los golpes de su pelvis contra mis nalgas suenan huecos en el silencio de la casa.


Me vengo chorreando, empapándole las sábanas y apretándole la verga con las paredes de la matriz, mientras el viejo ruge, me da tres últimos empujones salvajes y se vacía dentro de mí con un chorro caliente que me quema por dentro.


Lo más salvaje de todo ocurre un par de horas después. Me levanto de la cama de mi suegro, con las piernas temblando y oliendo a su sudor, y camino de regreso a mi alcoba. Al entrar, mi esposo me está esperando despierto, con los ojos oscuros de la emoción. No me regaña, no me pregunta nada; al contrario, me atrae hacia él, me huele el cuello y los senos con desesperación, absorbiendo los rastros de su propio padre en mi piel, y me besa en los labios con una devoción enfermiza.
—Cuénteme... ¿cómo se la tiró el viejo? —me susurra al oído con la respiración entrecortada, antes de metérseme con una rabia y un morbo indescriptible, haciéndome el amor sobre los mismos jugos que su padre me dejó adentro.


Al día siguiente nos levantamos todos a desayunar como si nada hubiera pasado. Vivo rodeada de dos hombres que me adoran, que me comparten y que me convirtieron en la reina indiscutible de su propio infierno. Y que digan lo que quieran los puritanos... yo no cambio esta vida por nada del mundo.
0 comentarios - Feliz cumpleaños (Que paso después )