Laura se despertó con el cuerpo todavía sensible y un calor insistente entre las piernas. Se quedó un rato mirando el techo hasta que se obligó a levantarse. Se duchó con agua fría. Esta vez, en vez del malla enteriza, abrió el cajón y sacó el bikini que había traído “por si acaso” y nunca se había animado a usar: un dos piezas casi de hilo, negro, con triángulos chicos adelante y tiras finas que se le metían entre las nalgas. Se lo puso. Se miró en el espejo del baño.

y sintió un vuelco raro en el estómago. Se veía demasiado. Las tetas se le marcaban enteras, el culo quedaba casi descubierto. Se puso una camisa abierta por encima y bajó.
En la cocina ya estaban los tres. Mateo revolvía el café. Nico tomaba mate. Tomás estaba apoyado en la mesada. Cuando Laura entró, los dos levantaron la vista al mismo tiempo. Esta vez la mirada se les quedó un segundo más largo. Tomás se pasó la lengua por el labio casi sin disimular. Nico apartó la vista, pero no del todo.
—Buen día, ma.
—Buen día.
Laura cebó mate en silencio. El ambiente estaba cargado. Mateo, ajeno, hablaba de la playa. Ella contestaba corto, consciente de que debajo de la camisa solo tenía ese bikini mínimo.
A media mañana fueron a la playa. Cuando Laura se sacó la camisa, el silencio se hizo denso. El bikini casi de hilo le dejaba la mayor parte del culo al aire y las tiras se le metían entre las nalgas. Las tetas se movían apenas cuando caminaba. Mateo no dijo nada, ya estaba acostumbrado a verla en malla. Pero Nico y Tomás se quedaron mirando un segundo de más antes de apartar la vista.
Laura extendió la toalla un poco más lejos. Se sentó. Mateo y Tomás se metieron al agua. Nico se quedó en la toalla de al lado.
Ella sacó el protector. Se untó brazos, pecho, panza. Cuando llegó a la espalda, extendió el tubo hacia Nico sin mirarlo.
—¿Me ayudás?
Él se arrodilló detrás. Las manos bajaron por sus hombros, por la columna. Cuando llegaron a la parte baja, los pulgares se metieron por debajo de las tiras del bikini y se quedaron ahí, quietos, rozando la piel sensible de arriba del culo. Laura se tensó. No dijo nada de inmediato. Dejó que las manos estuvieran varios segundos, sintiendo el calor de las palmas y el roce de los dedos contra la tira fina. El corazón le latía fuerte. Después habló, con la voz baja:
—Hasta ahí… listo.
Nico retiró las manos, pero al levantarse dejó que el dorso de los dedos rozara toda la curva de su culo desnudo, despacio, casi acariciando la tira que se le metía. Fue deliberado. Laura no se movió. Él se fue al agua sin disculparse.
Más tarde, cuando Laura salió del mar, el bikini estaba empapado y las tiras se le habían hundido todavía más. Se agachó a juntar la toalla. Tomás venía detrás. Al llegar a su altura se detuvo. Apoyó las dos manos en sus caderas desnudas y la sostuvo un segundo mientras ella estaba agachada. Los dedos se abrieron sobre la piel mojada, apretando las nalgas, rozando las tiras del hilo.

—Se te hundió todo —dijo, muy bajo, cerca de su oreja. La voz le vibró en el cuello.
Laura se quedó congelada, con las manos en la toalla y el cuerpo de él pegado atrás. Sintió la respiración caliente, el pecho contra su espalda, la ingle rozándole el culo casi desnudo. Pasaron varios segundos largos. Después se enderezó de golpe y él retiró las manos despacio, rozando toda la curva al hacerlo, tirando un poco de la tira del bikini.
Ella no dijo nada. Solo se acomodó las tiras con las manos temblando y se fue a sentar. El lugar donde la había tocado le quemaba.
Al mediodía volvieron a la casa. Mateo anunció que se iba a dormir la siesta y cerró la puerta de su pieza. El silencio que quedó fue espeso.
Laura se metió en la cocina a lavar los platos, todavía con el bikini puesto y la camisa abierta. Nico entró detrás. Esta vez se colocó justo detrás de ella, pegó el cuerpo completo al suyo y apoyó las dos manos en su cintura desnuda, firmes. Laura se quedó quieta, con las manos dentro del agua. Sintió la respiración de él en el cuello, el pecho duro contra su espalda, la ingle presionando su culo apenas cubierto por el hilo.

—Laura… —murmuró Nico contra su pelo.
Ella cerró los ojos. El cuerpo le pedía empujarse hacia atrás. La cabeza le gritaba que parara. Las manos de Nico subieron despacio por debajo de la camisa abierta, rozando la piel desnuda de su panza. Los dedos se detuvieron justo debajo de las tetas, sin llegar a tocarlas del todo. Los pulgares dibujaron círculos lentos. Después una de las manos bajó y rozó la tira del bikini en la cadera, tirando un poco de ella. Laura respiraba agitada. Las piernas le temblaban. Pasaron varios segundos en los que no dijo nada.
Después habló, con la voz ronca:
—Nico… sacá las manos. Ahora.
Él las sacó despacio, rozando la piel al retirarlas, y dio un paso atrás. Laura no se dio vuelta. Escuchó cómo él salía. Se quedó temblando, con el agua corriendo y el cuerpo entero sensible, los pezones duros contra la tela mojada del bikini.
Un rato después estaba en el living doblando toallas. Tomás apareció en el pasillo. Se detuvo frente a ella, la miró a los ojos y le pasó una mano por la cintura desnuda, acercándola. El cuerpo de él quedó pegado al de ella de frente. Laura sintió la erección clara contra su vientre bajo, solo separada por la tela fina del short de él y el hilo de ella. Él bajó la cabeza y le rozó la mejilla con la nariz, después la comisura de los labios, casi buscando la boca.
—Decime que pares y paro —susurró.
Laura tuvo el corazón en la garganta. Los labios de él estaban a un centímetro. Por un segundo no dijo nada. Por un segundo dejó que el calor de él la envolviera, que la mano en su cintura la apretara, que la erección se presionara contra el hilo del bikini. Sintió el impulso de abrir la boca. Después puso las dos manos en su pecho y lo empujó con más fuerza.
—Pará. En serio.
Tomás se apartó de inmediato. Levantó las manos. Asintió. Se fue sin insistir. Laura se quedó en el medio del living, con las piernas flojas y la respiración descontrolada.
La tarde se hizo larga. Mateo dormía. Laura se sentó en el patio con el libro abierto y las piernas cruzadas. El bikini se le seguía marcando. Nico y Tomás la miraban de vez en cuando desde la pileta.
A la noche comieron poco. Laura casi no hablaba. Después de cenar se levantó temprano.
—Me voy a dormir.
Laura cerró con llave, se sacó el bikini todavía húmedo y se puso el pantalón de dormir fino y una remera vieja. Se metió en la cama con el cuerpo sensible y la cabeza llena de las manos de Nico debajo de la camisa, de los dedos tirando de las tiras del hilo, de la erección de Tomás presionándole el vientre. Se tocó una vez más, rápido y con rabia, se corrió mordiendo la almohada y después se quedó quieta, agotada. Se dio la vuelta de espaldas a la puerta y se quedó dormida.
No sabía qué hora era cuando un ruido la despertó.
Fue un sonido bajo, rítmico. Como tela rozando tela. Como respiración entrecortada.
Laura abrió los ojos apenas, sin mover la cabeza. La pieza estaba en penumbra. La luz de la luna entraba por la ventana y le daba justo a la zona de la puerta. Y ahí, de pie a pocos metros de la cama, estaba uno de ellos.
Era Tomás.
Estaba en boxers, el pene afuera, duro, agarrado con una mano. Se la estaba haciendo despacio, mirándola. La respiración le salía pesada, contenida. La otra mano la tenía apoyada en el marco de la puerta, como si necesitara sostenerse. No había forzado la cerradura: Laura se dio cuenta de que, en la apuración de tocarse, había dejado la llave puesta pero sin girar del todo. La puerta estaba entreabierta.
Ella se quedó completamente inmóvil. Cerró los ojos otra vez hasta dejar solo una rendija. El corazón le golpeaba tan fuerte que tenía miedo de que se escuchara. Tomás seguía masturbándose, la mirada fija en su cuerpo tapado por la sábana fina. De vez en cuando bajaba la vista a las piernas de ella, a la curva de la cadera, al pecho que subía y bajaba.
Laura se hizo la dormida. Respiró lento, profundo, forzando el ritmo. Sintió cómo él se acercaba un paso más. El sonido de la mano sobre la piel se volvió más húmedo, más rápido. Tomás soltó un gemido muy bajo, casi un suspiro, y aceleró.
Laura seguía con los ojos apenas abiertos, fingiendo dormir. Tomás estaba al borde de la cama, todavía con el pene duro y brillante de semen. Respiraba agitado. En vez de irse, se quedó mirándola un segundo más. Después se acercó del todo.
Laura sintió el colchón hundirse un poco cuando él apoyó una rodilla. El corazón le dio un vuelco violento. No se movió. Siguió con la respiración lenta y profunda, aunque por dentro estaba en pánico.
Tomás le bajó un poco la sábana del pecho. Después pasó la mano por su mejilla, despacio, y con el pulgar le abrió un poco los labios. Laura se obligó a no reaccionar. Dejó la boca entreabierta, suave, como si realmente estuviera profundamente dormida.
Él acercó la punta de la pija a su boca. Primero solo rozó los labios. Después presionó un poco más y la cabeza se le metió entre ellos. Laura sintió el sabor salado, el calor, el grosor. No chupó. No cerró la boca. Solo dejó que él la empujara un poco más adentro, unos centímetros, mientras ella seguía inmóvil, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso.

Tomás soltó un gemido bajo. Empezó a moverse despacio, empujando apenas, usando sus labios como si fueran un agujero caliente y pasivo. La saliva de ella se mezcló con el semen que todavía tenía. Cada embestida corta hacía que la punta le rozara la lengua. Laura sentía el corazón desbocado y la humedad creciente entre las piernas, pero no hacía nada. Se hacía la dormida. Dejaba que la usara.

Él aceleró un poco. Una mano se apoyó en la cabecera de la cama, la otra le sostenía la mandíbula con suavidad para que no se cerrara. Jadeaba más fuerte. Laura notó cuando se ponía más duro, cuando las embestidas se volvían más cortas y urgentes.
—La puta madre… —susurró él, casi sin voz.
Se sacó de la boca de golpe. Laura sintió el aire frío en los labios humedecidos. Tomás se corrió sobre su cara. El semen caliente le cayó en la mejilla, en los labios, un poco en la nariz y el párpado. Algunos chorros le llegaron a la boca entreabierta. Ella no se movió. No se limpió. No abrió los ojos. Solo quedó ahí, con la cara manchada, respirando despacio, sintiendo el líquido espeso resbalarle por la piel.

Tomás se quedó un segundo mirándola, todavía jadeando. Después se acomodó el boxer, dio un paso atrás y salió de la pieza con el mismo cuidado de antes. La puerta se cerró casi en silencio.
Laura contó hasta treinta. Hasta sesenta. Cuando estuvo segura de que no volvía, abrió los ojos.
Tenía la cara sucia de semen. El sabor le llenaba la boca. Se quedó quieta un momento, temblando, con una mezcla de vergüenza, shock y una excitación sucia que odiaba sentir. Después levantó una mano y se tocó los labios. Estaban pegajosos. Pasó un dedo por el semen y lo miró en la penumbra.
Se limpió la cara con la sábana, despacio. Después se metió la mano entre las piernas. Estaba empapada. Se tocó con rabia y se corrió en menos de un minuto, mordiendo la almohada, mientras el sabor de Tomás todavía le quedaba en la lengua.
Cuando terminó, se quedó tirada, mirando el techo, con el corazón todavía descontrolada
Había dejado que le metiera la pija en la boca.
Había dejado que le acabara en la cara.
Y otra vez… no había hecho nada para detenerlo.

y sintió un vuelco raro en el estómago. Se veía demasiado. Las tetas se le marcaban enteras, el culo quedaba casi descubierto. Se puso una camisa abierta por encima y bajó.
En la cocina ya estaban los tres. Mateo revolvía el café. Nico tomaba mate. Tomás estaba apoyado en la mesada. Cuando Laura entró, los dos levantaron la vista al mismo tiempo. Esta vez la mirada se les quedó un segundo más largo. Tomás se pasó la lengua por el labio casi sin disimular. Nico apartó la vista, pero no del todo.
—Buen día, ma.
—Buen día.
Laura cebó mate en silencio. El ambiente estaba cargado. Mateo, ajeno, hablaba de la playa. Ella contestaba corto, consciente de que debajo de la camisa solo tenía ese bikini mínimo.
A media mañana fueron a la playa. Cuando Laura se sacó la camisa, el silencio se hizo denso. El bikini casi de hilo le dejaba la mayor parte del culo al aire y las tiras se le metían entre las nalgas. Las tetas se movían apenas cuando caminaba. Mateo no dijo nada, ya estaba acostumbrado a verla en malla. Pero Nico y Tomás se quedaron mirando un segundo de más antes de apartar la vista.
Laura extendió la toalla un poco más lejos. Se sentó. Mateo y Tomás se metieron al agua. Nico se quedó en la toalla de al lado.
Ella sacó el protector. Se untó brazos, pecho, panza. Cuando llegó a la espalda, extendió el tubo hacia Nico sin mirarlo.
—¿Me ayudás?
Él se arrodilló detrás. Las manos bajaron por sus hombros, por la columna. Cuando llegaron a la parte baja, los pulgares se metieron por debajo de las tiras del bikini y se quedaron ahí, quietos, rozando la piel sensible de arriba del culo. Laura se tensó. No dijo nada de inmediato. Dejó que las manos estuvieran varios segundos, sintiendo el calor de las palmas y el roce de los dedos contra la tira fina. El corazón le latía fuerte. Después habló, con la voz baja:
—Hasta ahí… listo.
Nico retiró las manos, pero al levantarse dejó que el dorso de los dedos rozara toda la curva de su culo desnudo, despacio, casi acariciando la tira que se le metía. Fue deliberado. Laura no se movió. Él se fue al agua sin disculparse.
Más tarde, cuando Laura salió del mar, el bikini estaba empapado y las tiras se le habían hundido todavía más. Se agachó a juntar la toalla. Tomás venía detrás. Al llegar a su altura se detuvo. Apoyó las dos manos en sus caderas desnudas y la sostuvo un segundo mientras ella estaba agachada. Los dedos se abrieron sobre la piel mojada, apretando las nalgas, rozando las tiras del hilo.

—Se te hundió todo —dijo, muy bajo, cerca de su oreja. La voz le vibró en el cuello.
Laura se quedó congelada, con las manos en la toalla y el cuerpo de él pegado atrás. Sintió la respiración caliente, el pecho contra su espalda, la ingle rozándole el culo casi desnudo. Pasaron varios segundos largos. Después se enderezó de golpe y él retiró las manos despacio, rozando toda la curva al hacerlo, tirando un poco de la tira del bikini.
Ella no dijo nada. Solo se acomodó las tiras con las manos temblando y se fue a sentar. El lugar donde la había tocado le quemaba.
Al mediodía volvieron a la casa. Mateo anunció que se iba a dormir la siesta y cerró la puerta de su pieza. El silencio que quedó fue espeso.
Laura se metió en la cocina a lavar los platos, todavía con el bikini puesto y la camisa abierta. Nico entró detrás. Esta vez se colocó justo detrás de ella, pegó el cuerpo completo al suyo y apoyó las dos manos en su cintura desnuda, firmes. Laura se quedó quieta, con las manos dentro del agua. Sintió la respiración de él en el cuello, el pecho duro contra su espalda, la ingle presionando su culo apenas cubierto por el hilo.

—Laura… —murmuró Nico contra su pelo.
Ella cerró los ojos. El cuerpo le pedía empujarse hacia atrás. La cabeza le gritaba que parara. Las manos de Nico subieron despacio por debajo de la camisa abierta, rozando la piel desnuda de su panza. Los dedos se detuvieron justo debajo de las tetas, sin llegar a tocarlas del todo. Los pulgares dibujaron círculos lentos. Después una de las manos bajó y rozó la tira del bikini en la cadera, tirando un poco de ella. Laura respiraba agitada. Las piernas le temblaban. Pasaron varios segundos en los que no dijo nada.
Después habló, con la voz ronca:
—Nico… sacá las manos. Ahora.
Él las sacó despacio, rozando la piel al retirarlas, y dio un paso atrás. Laura no se dio vuelta. Escuchó cómo él salía. Se quedó temblando, con el agua corriendo y el cuerpo entero sensible, los pezones duros contra la tela mojada del bikini.
Un rato después estaba en el living doblando toallas. Tomás apareció en el pasillo. Se detuvo frente a ella, la miró a los ojos y le pasó una mano por la cintura desnuda, acercándola. El cuerpo de él quedó pegado al de ella de frente. Laura sintió la erección clara contra su vientre bajo, solo separada por la tela fina del short de él y el hilo de ella. Él bajó la cabeza y le rozó la mejilla con la nariz, después la comisura de los labios, casi buscando la boca.
—Decime que pares y paro —susurró.
Laura tuvo el corazón en la garganta. Los labios de él estaban a un centímetro. Por un segundo no dijo nada. Por un segundo dejó que el calor de él la envolviera, que la mano en su cintura la apretara, que la erección se presionara contra el hilo del bikini. Sintió el impulso de abrir la boca. Después puso las dos manos en su pecho y lo empujó con más fuerza.
—Pará. En serio.
Tomás se apartó de inmediato. Levantó las manos. Asintió. Se fue sin insistir. Laura se quedó en el medio del living, con las piernas flojas y la respiración descontrolada.
La tarde se hizo larga. Mateo dormía. Laura se sentó en el patio con el libro abierto y las piernas cruzadas. El bikini se le seguía marcando. Nico y Tomás la miraban de vez en cuando desde la pileta.
A la noche comieron poco. Laura casi no hablaba. Después de cenar se levantó temprano.
—Me voy a dormir.
Laura cerró con llave, se sacó el bikini todavía húmedo y se puso el pantalón de dormir fino y una remera vieja. Se metió en la cama con el cuerpo sensible y la cabeza llena de las manos de Nico debajo de la camisa, de los dedos tirando de las tiras del hilo, de la erección de Tomás presionándole el vientre. Se tocó una vez más, rápido y con rabia, se corrió mordiendo la almohada y después se quedó quieta, agotada. Se dio la vuelta de espaldas a la puerta y se quedó dormida.
No sabía qué hora era cuando un ruido la despertó.
Fue un sonido bajo, rítmico. Como tela rozando tela. Como respiración entrecortada.
Laura abrió los ojos apenas, sin mover la cabeza. La pieza estaba en penumbra. La luz de la luna entraba por la ventana y le daba justo a la zona de la puerta. Y ahí, de pie a pocos metros de la cama, estaba uno de ellos.
Era Tomás.
Estaba en boxers, el pene afuera, duro, agarrado con una mano. Se la estaba haciendo despacio, mirándola. La respiración le salía pesada, contenida. La otra mano la tenía apoyada en el marco de la puerta, como si necesitara sostenerse. No había forzado la cerradura: Laura se dio cuenta de que, en la apuración de tocarse, había dejado la llave puesta pero sin girar del todo. La puerta estaba entreabierta.
Ella se quedó completamente inmóvil. Cerró los ojos otra vez hasta dejar solo una rendija. El corazón le golpeaba tan fuerte que tenía miedo de que se escuchara. Tomás seguía masturbándose, la mirada fija en su cuerpo tapado por la sábana fina. De vez en cuando bajaba la vista a las piernas de ella, a la curva de la cadera, al pecho que subía y bajaba.
Laura se hizo la dormida. Respiró lento, profundo, forzando el ritmo. Sintió cómo él se acercaba un paso más. El sonido de la mano sobre la piel se volvió más húmedo, más rápido. Tomás soltó un gemido muy bajo, casi un suspiro, y aceleró.
Laura seguía con los ojos apenas abiertos, fingiendo dormir. Tomás estaba al borde de la cama, todavía con el pene duro y brillante de semen. Respiraba agitado. En vez de irse, se quedó mirándola un segundo más. Después se acercó del todo.
Laura sintió el colchón hundirse un poco cuando él apoyó una rodilla. El corazón le dio un vuelco violento. No se movió. Siguió con la respiración lenta y profunda, aunque por dentro estaba en pánico.
Tomás le bajó un poco la sábana del pecho. Después pasó la mano por su mejilla, despacio, y con el pulgar le abrió un poco los labios. Laura se obligó a no reaccionar. Dejó la boca entreabierta, suave, como si realmente estuviera profundamente dormida.
Él acercó la punta de la pija a su boca. Primero solo rozó los labios. Después presionó un poco más y la cabeza se le metió entre ellos. Laura sintió el sabor salado, el calor, el grosor. No chupó. No cerró la boca. Solo dejó que él la empujara un poco más adentro, unos centímetros, mientras ella seguía inmóvil, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso.

Tomás soltó un gemido bajo. Empezó a moverse despacio, empujando apenas, usando sus labios como si fueran un agujero caliente y pasivo. La saliva de ella se mezcló con el semen que todavía tenía. Cada embestida corta hacía que la punta le rozara la lengua. Laura sentía el corazón desbocado y la humedad creciente entre las piernas, pero no hacía nada. Se hacía la dormida. Dejaba que la usara.

Él aceleró un poco. Una mano se apoyó en la cabecera de la cama, la otra le sostenía la mandíbula con suavidad para que no se cerrara. Jadeaba más fuerte. Laura notó cuando se ponía más duro, cuando las embestidas se volvían más cortas y urgentes.
—La puta madre… —susurró él, casi sin voz.
Se sacó de la boca de golpe. Laura sintió el aire frío en los labios humedecidos. Tomás se corrió sobre su cara. El semen caliente le cayó en la mejilla, en los labios, un poco en la nariz y el párpado. Algunos chorros le llegaron a la boca entreabierta. Ella no se movió. No se limpió. No abrió los ojos. Solo quedó ahí, con la cara manchada, respirando despacio, sintiendo el líquido espeso resbalarle por la piel.

Tomás se quedó un segundo mirándola, todavía jadeando. Después se acomodó el boxer, dio un paso atrás y salió de la pieza con el mismo cuidado de antes. La puerta se cerró casi en silencio.
Laura contó hasta treinta. Hasta sesenta. Cuando estuvo segura de que no volvía, abrió los ojos.
Tenía la cara sucia de semen. El sabor le llenaba la boca. Se quedó quieta un momento, temblando, con una mezcla de vergüenza, shock y una excitación sucia que odiaba sentir. Después levantó una mano y se tocó los labios. Estaban pegajosos. Pasó un dedo por el semen y lo miró en la penumbra.
Se limpió la cara con la sábana, despacio. Después se metió la mano entre las piernas. Estaba empapada. Se tocó con rabia y se corrió en menos de un minuto, mordiendo la almohada, mientras el sabor de Tomás todavía le quedaba en la lengua.
Cuando terminó, se quedó tirada, mirando el techo, con el corazón todavía descontrolada
Había dejado que le metiera la pija en la boca.
Había dejado que le acabara en la cara.
Y otra vez… no había hecho nada para detenerlo.
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