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En EL Saler

**Capítulo 12: El Saler**


Brian llegó a casa un viernes por la tarde con la furgoneta ya cargada. Una manta, una nevera con cervezas y agua, y esa sonrisa que ya conocía: la de las grandes ocasiones.


—Sube —dijo—. Nos vamos al Saler.


El Saler es una pinada al sur de Valencia, a diez kilómetros, un bosque de pinos y dunas junto a la playa. De día van familias. De noche, cuando cae el sol, se convierte en otra cosa. La gente aparca escondido entre los árboles, y a veces aparecen mirones que se masturban junto a las ventanillas. Si son del agrado de la pareja, se bajan las ventanillas y desde dentro se comen las vergas de los que están fuera. Y si la cosa se anima, se abren las puertas y se folla como locos. Últimamente habían empezado a aparecer negros por allí, y tenían un éxito tremendo, porque sus vergas eran enormes, y las mujeres se ponían en el asiento trasero a cuatro patas, con el coño hacia una puerta y la boca hacia la otra, ensartadas entre dos vergas como un pollo al ast.


Llegamos casi de noche. Brian aparcó al fondo de un camino de tierra, entre dos pinos, con el morro hacia el bosque. Apagó el motor y las luces. Solo quedó el silencio de los grillos y el olor a pino y a mar.


Empezamos a magrearnos. Brian me comía las tetas, me chupaba los pezones hasta hacerme gemir, y yo le desabrochaba la camisa, le metía la mano por el pantalón. Ya había movimientos entre los matorrales. Siluetas que se acercaban despacio, con pasos quedos, midiéndonos.


Brian levantó la cabeza.


—Hay gente.


—Ya lo veo.


—¿Abrimos?


—Abre.


Bajó su ventanilla y la mía. El aire de la pinada entró, fresco, con olor a resina. Las siluetas se acercaron más. Podía oír el sonido de cremalleras, de manos sobre carne. Se estaban masturbando, como había dicho Brian. Mirones.


Me giré hacia la ventanilla de Brian, y entonces lo vi. Un hombre negro, alto, apoyado en el marco, con la polla fuera. Y qué polla. Le sobresalía por encima de la ventanilla, negra y gruesa, con el glande enorme, brillante de precum, a la altura de mis ojos. El hombre tenía los ojos fijos en mí, sin sonreír, sin hablar, solo masturbándose despacio, ofreciéndomela.


—Dios mío —susurré.


—¿Te gusta lo que ves? —dijo Brian al oído.


—Sí.


—Pues cómetela.


Me incliné sobre el regazo de Brian, saqué la cabeza por su ventanilla, y abrí la boca. El hombre empujó. Tuve que abrir las mandíbulas al máximo para que el cipote entrara, y aun así entró con dificultad, estirándome los labios, llenándome la boca entera. El sabor me golpeó: sal, tabaco, sudor. Gemí alrededor de la polla y el hombre gruñó.


—Chupa —dijo—. Chupa bien, blanca.


Chupé. Le metí todo lo que pude, hasta la garganta, y él empezó a empujar, agarrándome del pelo, follándome la boca con un ritmo lento y profundo. Detrás de él, otras siluetas se acercaron. Otra polla apareció por mi ventanilla, al otro lado. Otro negro, más joven, con una verga curvada hacia arriba.


—La otra también —dijo Brian, y me empujó hacia allí.


Me giré y me metí la segunda polla en la boca. Luego volví a la primera. Y así, alternando, con una en cada ventanilla, con Brian metiéndome mano por debajo de la falda, con los dedos en mi coño, mientras yo chupaba a dos desconocidos por las ventanillas de mi propia furgoneta.


No tardaron en aparecer más. Un tercero se acercó a la puerta trasera y la abrió. Un cuarto, la otra. El quinto se subió al capó y se sentó, mirando. Eran cinco. Cinco negros, todos con la polla fuera, todos enormes.


—Sal —dijo el primero, el de la ventanilla—. Fuera.


Me sacaron de la furgoneta. Brian también salió. Me tumbaron sobre la manta que había en el suelo, entre los pinos, y me desnudaron a tirones. El primero se puso entre mis piernas, me escupió en el coño, y me penetró de una embestida. El dolor fue inmediato, glorioso. Era enorme, más que la mayoría, y entraba hasta el fondo golpeando el cuello uterino con cada embestida.


—¡Ah! —grité, y el bosque se tragó el grito.


—Cállala —dijo uno—. Que no despertemos a las familias.


El segundo se arrodilló junto a mi cabeza y me metió la polla en la boca. Y así empezó todo: follada por dos a la vez, en el suelo de la pinada, con los otros tres mirando y masturbándose, esperando su turno.


Brian, a mi lado, estaba de rodillas. El quinto, el que había estado en el capó, se acercó por detrás, le bajó los pantalones, y lo penetró. Brian gritó y se agarró a la manta. El negro lo folló sin miramientos, agarrándolo de las caderas, y yo, desde el suelo, con la polla del segundo en la boca, lo veía todo.


—Míralo —dijo el primero, sin dejar de embestir—. Mira cómo follan a tu marido.


Lo miré. Brian tenía la cara contra la manta, los ojos apretados, y gemía. El negro lo embestía con fuerza, y Brian se agarraba a la tierra con los dedos. Nunca lo había visto tan rendido.


El primero se corrió dentro de mí y se retiró. El tercero ocupó su lugar, y el cuarto el de mi boca. Y entonces el segundo, el que tenía la polla en mi garganta, me levantó y me puso a cuatro patas.


—Así —dijo—. Como el pollo al ast.


Y me ensartó. Uno por el coño, desde atrás, y otro por la boca, desde delante, y yo entre los dos, atravesada, sin poder moverme. El tercero se puso debajo de mí y me lamió el clítoris, y el cuarto se masturbó junto a mi cara hasta que se corrió en mi pelo.


Brian, a mi lado, fue tumbado también. Dos lo usaron a la vez, uno por delante y otro por detrás, y lo ensartaron igual que a mí, y yo los veía desde mi propia posición, los dos a cuatro patas, los dos follados, los dos usados como animales.


—¿Te gusta? —me preguntó Brian entre jadeos.


—Sí —gemí alrededor de la polla—. Mucho.


Follamos así durante horas. Los cinco se turnaban, se cambiaban, se corrían y volvían a empalmarse. Nos usaron en todas las posiciones: a cuatro patas, boca arriba, de pie contra los pinos, sentados en el capó de la furgoneta. Nos corrieron en la cara, en los pechos, en la espalda, en el culo. A Brian lo llenaron dos veces por detrás, y a mí me llenaron el coño y el culo hasta desbordar.


Cuando empezó a clarear, estábamos los dos tendidos en la manta, cubiertos de semen y de agujas de pino, rotos, temblando. Los cinco estaban sentados alrededor, fumando, con las pollas todavía fuera y semierectas.


—Nos los llevamos a casa —dijo Brian con voz ronca.


—¿A casa? —pregunté.


—Sí. A terminar la fiesta.


Los cinco se rieron. Nos ayudaron a levantarnos, nos metieron en la parte de atrás de la furgoneta, y Brian condujo los diez kilómetros de vuelta a Valencia, desnudo, con los cinco negros en la parte de atrás conmigo.


En casa, continuaron hasta media mañana. Nos usaron en la cama, en el salón, en la cocina, en el suelo del baño. A Brian lo hicieron correrse tres veces más, y a mí me hicieron correrse tantas que perdí la cuenta. Cuando por fin se fueron, a mediodía, con las camisetas sudadas y las sonrisas anchas, la casa olía a pino, a sexo y a sudor.


Nos quedamos en el suelo del salón, abrazados, sin fuerzas para movernos.


—Cinco —dijo Brian—. Cinco tíos nos han usado toda la noche.


—Y nos han dejado la furgoneta llena de agujas de pino.


—Y la casa llena de semen.


—Y a mí el coño como un puente colgante.


Brian se rio, con la cara pegada a mi hombro.


—Selena, ¿hasta dónde vamos a llegar?


—Hasta donde nos dejen —respondí, cerrando los ojos—. Y después, un poco más.

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