You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Vacaciones en Argentina. 02

Vacaciones en Argentina. 02
Cuando llegamos a la quinta el ambiente había cambiado. Estaban todos bastante más borrachos que cuando nos fuimos y alguno tenía esa cara de “sinusitis” que no engañaba a nadie. El calor seguía siendo insoportable, una ola de calor de esas que te pegan en la nuca.

Creí que nadie se había dado cuenta de mi erección, pero cuando estaba en una habitación cambiándome otra vez el bañador, la puerta se abrió. Entró Mariana. Morocha, pelo negro y abundante, ojos oscuros, piel ligeramente bronceada, esa belleza intensa de rasgos marcados y sonrisa espectacular. Estaba definitivamente colocada.

Se acercó sin decir nada y me agarró la polla por encima del bañador.

—Uy, qué palo tiene el español acá… —dijo con una risita pícara—. ¿Qué hicieron tanto tiempo por ahí, eh?

—Eso preguntáselo a tu amiga —contesté, dejando que me tocara un segundo más—. Y esta erección es por todas ustedes, que están tremendas y con demasiada poca ropa.

Mariana se rio, me apretó un poco más y salió cerrando la puerta.

—Andá a cambiarte tranquilo, que después te buscamos.

El calor era terrible. En cuanto me puse el bañador salí y nos metimos todos en la pileta. Había mucho toqueteo: manos que rozaban culos, pechos que se pegaban “sin querer”, risas, empujones. Nada más. Solo ese roce constante que mantenía a todos medio duros o húmedos.

Cuando se hizo de noche cenamos otro asado. Carne y más carne, como mandaba la tradición. En un momento los hombres se quedaron alrededor de la parrilla hablando de fútbol y a mí me aburrió soberanamente. Me acerqué a donde estaban las mujeres con las ensaladas.

Vacaciones en Argentina. 02


—Hola… —dije—. Esos están hablando de fútbol y eso me aburre. ¿Me puedo unir a la conversación? Mientras el tema no sea la obstetricia, me quedo.

Todas rieron. Me miraron como quien mira un buen bife y alguna hasta se relamió. Estaba claro que sabían perfectamente lo que habíamos hecho en el telo.

Mariana fue la primera en hablar, con esa sonrisa de quien ya está en confianza:

—Estábamos hablando de sexo, pero entre mujeres. Si venís vos nos cortamos. Por ejemplo, si hablamos de cómo nos gusta chuparla, vos no podés participar.

—¿Cómo que no? —contesté sin pensarlo—. Igual he chupado más pijas que ustedes.

Se quedaron mirándome. Lucía abrió los ojos:

—¿Sos puto?

Florencia, que estaba sentada a mi lado con la panza a la vista, soltó una carcajada:

—Ya te digo yo que no…

Todos nos reímos. El alcohol y la distancia de casa me soltaron la lengua.


—Soy bisexual —dije—. Y les confieso una cosa: a mí lo que más me gusta de chupar una pija es cuando se va poniendo dura. Saber que la estoy excitando, sentir cómo late y se pone cada vez más pesada en la boca… eso me encanta.

Hubo un silencio de dos segundos y después se soltaron todas.

Carolina, la rubia, se pasó la lengua por el labio:

—Ufff… a mí también. Esa sensación de que se te pone dura adentro de la boca es lo más.

Mariana asintió, más directa:

—Totalmente. Me gusta cuando el tipo empieza a gemir bajito y se te hincha entre la lengua. Ahí sabés que lo tenés.

Lucía se rio y agregó:

—Yo soy de las que disfrutan cuando te la meten hasta el fondo y te agarran del pelo. Pero sí, lo de sentirla ponerse dura es riquísimo.

Florencia, más suave pero con la misma tonada porteña, dijo:

—A mí me prende cuando la chupo despacio al principio, solo con la lengua, y de a poco se va poniendo pesada… y después ya no puedo parar.

Carolina sacó de no sé dónde un espejo grande y una bolsita.

—Ufff, necesito un tirito. ¿Te importa?

Puse cara seria un segundo. Todas se quedaron quietas. Entonces dije, muy serio:

—Solo me importa si no invitan.

Se rieron a carcajadas. Carolina armó cuatro rayas finas. Florencia, obviamente, no tocó nada. Nos las metimos. No era la mejor coca que probé en mi vida, pero hizo su efecto.

A partir de ahí la conversación se soltó del todo. Yo me incluí como “una más”.

—Cuando estoy con un tipo —seguí—, me gusta ser pasivo. Me encanta chuparla un buen rato y que después me la metan por el culo. Hasta una vez tuve un orgasmo anal… se me vino solo, sin tocarme la pija. Fue una sensación que no se parece a nada.

Mariana abrió la boca:

—¡Pará! ¿En serio se te vino solo?

—En serio. Sentí cómo me subía desde adentro, una presión caliente que me apretó todo y se me escapó.

Lucía se tapó la cara un segundo y después dijo:


—Boludo… ahora me imaginé eso y se me mojó todo.

Carolina se rio y le pegó un suave codazo a Mariana:

—Mirá vos, el español no solo se la come a Flor… también le gusta que se la coman a él.

Florencia, que hasta ese momento había estado más callada, miró hacia los hombres que seguían hablando de fútbol y después bajó la voz:

—Y… ¿duele mucho la primera vez?

—Duele un poco al principio si no estás relajado —contesté—. Pero si sabés cómo hacerlo y usás lubricante, después se transforma en otra cosa. Es una presión profunda… como si te estuvieran llenando por dentro de una forma que no se puede explicar.

Mariana se acercó un poco más, los ojos brillantes por la coca y el alcohol:

—Che… ¿y te gusta que te insulten también cuando te la meten?

—No, para nada. Si me dejo dar por el culo es porque quiero y porque me gusta, no porque alguien me domine. De hecho alguna vez he parado para decirle al que me estaba enculado, que parara de decir chorradas, que eso me cortaba el rollo.

Lucía abrió la boca con una sonrisa pícara:

—Mirá vos… el español tiene sus reglas también.

Lucía soltó una risita:

—Estamos todas empapadas y los tipos allá hablando de si Messi es mejor que Maradona. Qué desperdicio de noche.

Carolina levantó la copa:

—Bueno… todavía es temprano. Y el español parece tener bastante para contar.

Florencia me miró de reojo, con esa sonrisa pícara que ya le conocía, y murmuró solo para que yo escuchara:

—Después me contás más… pero en privado.

La conversación seguía, cada vez más explícita, mientras el olor a carne asada y el calor de la noche argentina nos envolvían.
Mariana se acercó un poco más, los ojos brillantes por la coca y el alcohol:


Carolina se rio bajito y preguntó lo que todas querían saber:

—¿Y cómo te hiciste bisexual? ¿Cómo lo descubriste?

Me encogí de hombros y solté la verdad:




—La culpa la tiene internet.

Todas se rieron.

—En serio —seguí—. Yo era plenamente hetero. Los tipos no me decían absolutamente nada. Pero cuando llegó internet a casa, de lo primero que miré fue porno. Y me dio por meterme a ver transexuales. Esa mezcla de tetas y pija me tenía loco. Quería probar.

Lucía se inclinó hacia adelante, interesada de verdad:

—¿Y lo hiciste? ¿Qué sentiste?

—Sí, claro que lo hice.

Me quedé callado un segundo a propósito. Todas me miraron esperando.

—¡Contalo, boludo! —dijo Mariana.

—¡Dale! —insistió Carolina—. No nos podés dejar así.

Florencia, más suave pero igual de curiosa, agregó:

—Contá, total acá nadie va a decir nada.

Suspiré y seguí:

—Fue un tanto bizarro. Me daba mucha vergüenza que alguien se enterara, así que aproveché un viaje a otra ciudad, a casa de mi abuela. Mientras ella estaba en la playa, llamé a un anuncio de un periódico y pedí un servicio a domicilio.

Mariana levantó una ceja:

—¿Y cómo era? ¿Buena pija?

Me reí.

—No, y menos mal. Una pija más bien pequeña. Quise probarlo todo, así que se la chupé. Y me encantó eso… sentir cómo se iba poniendo dura en mi boca. En ese momento supe que chupar pijas me iba a gustar para siempre.

Lucía soltó un “uhhh” bajito.

—Ella me ofreció que la penetrara —continué—, pero yo quería probar recibir. Me puso en cuatro, me puso lubricante y me penetró. Dolió como su puta madre. Pero era tan morboso que me corrí. Ella no se dio cuenta y siguió penetrándome. Como yo ya me había corrido, cada embestida me dolía más. Le pregunté si se iba a correr y me dijo que ella solo se corría de pasiva. Nos aseamos y me preguntó que tal había sido la experiencia, porque antes de empezar le había confesado que era mi primera vez. Le dije que había sido morboso, pero que tampoco había sido la gran cosa y que no creía que lo volviera a hacer.

Hubo un silencio cargado. Carolina fue la primera en hablar, con esa sonrisa de quien ya está imaginando de más:

—Y mirá… al final sí lo volviste a hacer, ¿no?

—Sí —admití—. Varias veces más. Cada vez me fue gustando más.

Mariana se pasó la lengua por los dientes:

—Che, español… ahora todas nos estamos imaginando eso. Qué hijo de puta.

Lucía soltó una carcajada baja:

—La verdad que sí. Contame una cosa… ¿te gusta más chuparla o que te la metan?

—Las dos cosas, pero de formas distintas. Chuparla me prende muchísimo. Que me la metan… es más intenso, más profundo. Es otra sensación. A veces al ser penetrado he sentido una sensación de completitud, como si por fin algo que faltaba estuviera en su sitio.

Florencia, que había estado escuchando en silencio, me miró de reojo y dijo con voz suave, casi confesional:

—Nunca había escuchado a un tipo contar esto con tanta naturalidad… y tan al detalle.

Carolina levantó la copa otra vez:

—Bueno… parece que el español vino a Argentina no solo a comer asado.

Todas se rieron, pero la mirada que me dedicaron ya no era solo de curiosidad. Era otra cosa.

Lucía se acomodó mejor en la silla, curiosa:

—¿Y con tipos sin tetas también lo has hecho?

—Sí, claro —contesté—. Al principio no me llamaba nada eso, de verdad. Pero un día una transexual amiga me llevó a una zona de cruising en un lago. Y me hizo chupársela a un tipo. En plan dominante. Muchas transexuales son muy dominantes y, aunque a mí eso no me gusta, se lo consiento para seguirle el juego.

Mariana levantó una ceja, interesada:

—¿Te hizo chupársela ahí nomás, en el lago?

—Ahí nomás. Y después con esa misma chica hice un par de tríos con clientes suyos. Pero decidí no hacerlo más porque eso es como ser puta y no me gusta.

Carolina soltó una risita baja:

—Mirá vos… el español tiene sus límites.

Lucía no soltó el tema:

—¿Y después? ¿Buscaste sexo con tipos vos solo?


—Sí. Alguna que otra vez. Cuando me agarraba el morbo, buscaba.

Florencia, que había estado escuchando en silencio con la mano sobre la panza, preguntó con suavidad:

—¿Y el amor? ¿Te enamorarías de un tipo?

Me quedé pensando un segundo.

—La verdad, no creo. Nunca lo he hecho. Sí he tenido alguna novia de la que he estado muy enamorado, pero de ningún tipo. Y alguna vez he creído estar enamorado de una transexual…

Lucía inclinó la cabeza:

—¿Por qué lo decís así? ¿“He creído”?

—Porque las transexuales con las que me he relacionado eran profesionales del sexo. Y si ven oportunidad de sacar dinero, te dicen que te quieren… y eso falsea la relación. Nunca sabés qué es real y qué es negocio.

Mariana asintió despacio, como quien entiende de lo que habla.

Lucía sonrió de medio lado:

—Sos muy putero, ¿cierto?

Me reí sin negarlo.

—Bueno… en una época sí lo fui. Y aprendí bastantes cosas.

Florencia me miró de reojo y soltó, con una sonrisa pícara:

—De eso doy fe… jajajaja.

Todas se rieron. Yo también.

—Pero ya no —añadí—. Ahora no me siento cómodo si la otra persona no lo hace porque quiere. Si siento que hay obligación, plata de por medio o que está forzando la situación… se me baja todo. Prefiero que sea de verdad, aunque sea una sola vez.

Carolina levantó la copa y la chocó suavemente contra la mía:

—Bien ahí, español. Eso se respeta.

Mariana se recostó hacia atrás, mirándome con esa sonrisa intensa que tenía:

—Igual… contás todo esto con una naturalidad que da un poco de envidia. La mayoría de los tipos se mueren antes de decir la mitad.

Lucía asintió:

—Tal cual. Acá los hombres o se hacen los machitos o directamente no hablan. Vos venís y nos tirás todo el dossier.

Florencia bajó un poco la voz, casi solo para el grupo:

—Y encima lo cuenta sin asco… eso prende, ¿no?

Hubo un silencio corto, cargado. Las cuatro me miraban de una forma que ya no era solo curiosidad. El olor a asado todavía flotaba en el aire y, a lo lejos, los hombres seguían discutiendo de fútbol sin tener la menor idea de la conversación que estábamos teniendo.
Por fin trajeron el asado y la conversación se cortó de golpe. Después de cenar recogimos todo entre bromas y risas. Florencia y Sebastián se fueron en el coche; él iba bastante tomado. Antes de subir, Florencia se me acercó y me dijo al oído, con esa tonada porteña:

—Mañana traigo a mi amiga… Bombachita Rápida. Guardá fuerzas, español.

Lucía y Pablo vivían cerca y se fueron caminando. Al ver mi cara de extrañeza, Lucía me aclaró:

—Es una zona re tranquila, no pasa nada. Se puede caminar de noche sin problema.

Los anfitriones se quedaron con su habitación y Mariana y su marido ocuparon la otra. A mí me organizaron una cama en un cobertizo de herramientas. Con la borrachera y el calor que hacía, no me importó lo más mínimo.

Me acosté recordando toda la conversación de la noche y se me puso dura al instante. Estaba a punto de hacerme una paja cuando la puerta del cobertizo se abrió y entró Carolina. Sin decir casi nada se me echó encima.



argentinas

—¿Y tu marido? —le pregunté—. ¿No se va a enterar?

—Cuando quiere parar después de consumir se toma una pastilla para dormir que no se despierta ni con un terremoto —contestó, ya bajándome el bañador—. Estoy re cachonda y quiero cogerte.

Se puso a chupármela como una loca, profunda, babosa, sin ninguna delicadeza. La giré para hacer un 69 y le comí todo por detrás: el coño empapado, los labios, el clítoris y también el culo. Le metí la lengua lo más adentro que pude mientras ella seguía tragándome la polla.

Carolina levantó la cabeza un segundo, jadeando:

—¿Me vas a hacer el orto? Creí que por ahí te gustaba recibir…

—Y darles a las mujeres también —le contesté.

Paramos un momento. Ella me miraba con la boca brillante de saliva.

—Sé que es contradictorio —le expliqué—, pero si bien no me gusta encular a un tipo, me encanta hacerle el culo a una mujer.

Volvimos a chuparnos. Noté que Carolina me empezaba a dedear el culo con suavidad.

—Chúpate el dedo y metémelo a fondo, si querés —le dije.

Lo hizo. Se lo metió bien profundo y eso la puso todavía más caliente. Se corría de solo sentir cómo le abría el culo con la lengua mientras ella me dedeba.

—Puedés ir metiendo más dedos si quierés…

Poco a poco fue sumando. Dos, tres, cuatro… hasta que logró meter ocho dedos, todos menos los pulgares. Me tenía el culo completamente abierto. Carolina flipaba. Se corrió en mi boca con un gemido ahogado, apretándome la cabeza contra su coño. Seguí comiéndoselo un rato más hasta que me empujó suavemente.

—Pará… pará un toque… se me va a salir el corazón.

Se separó, se quedó sentada recuperando el aliento. Yo pasé a modo suave: la besé despacio, le acaricié las tetas, le chupé los pezones. Poco a poco volvió a ponerse cachonda.

—Por cómo se te dilataba el culo —le dije—, eso es que lo das. ¿Me lo das a mí?

Por toda respuesta se puso en cuatro sobre el colchón improvisado, abrió las nalgas con las manos y dijo:

—Métemela de una… que ese dolor de la enculada me encanta.

Se la clavé de un solo embate. El culo se le cerró alrededor de mi polla como un puño caliente. Empecé a cogerla así, en cuatro, bien profundo. Esa posición permite entrar hasta el fondo y agarrarla fuerte de las caderas para controlar el ritmo. Cada vez que empujaba, su culo hacía un ruido húmedo y ella gemía contra el colchón.

Después la hice recostarse de lado, levantándole una pierna. Así el ángulo cambia: la penetración es más rasante, roza más la próstata femenina (o el punto P) y permite ir más despacio sin perder intensidad. Le besaba el cuello mientras le metía la polla completa y ella se tocaba el clítoris.

—Así… más lento… que se sienta todo —susurraba.

Más tarde la puse boca arriba, con las piernas abiertas y dobladas hacia el pecho. Esa postura es perfecta para mirarla a la cara y ver cómo se le contrae el vientre cada vez que llegas al fondo. Además permite estimular el clítoris con la mano al mismo tiempo. La cogí así un buen rato, mirándola a los ojos, hasta que se corrió otra vez con el culo apretándome la polla en oleadas.

Por último la volví a poner en cuatro, pero esta vez más baja, con el pecho pegado al colchón y el culo bien arriba. Es la posición más profunda y la que más control da al que penetra. Le di fuerte, sin piedad, agarrándola del pelo. Las contracciones de su ano cuando se corrió por tercera vez me arrastraron a mí también. Me vine dentro, profundo, sintiendo cómo su culo me ordeñaba la polla.

Nos quedamos abrazados un rato, sudados, sin hablar. El calor del cobertizo y el cansancio hicieron el resto: nos dormimos así, enredados.

Por la mañana nos despertó Mariana abriendo la puerta de golpe y soltando, con tono de bronca argentina bien marcada:

—¡La puta madre, Carolina! ¿En serio te garchaste al español en el cobertizo? ¡Sos una hija de puta! ¿Y si te veía tu marido, qué?

La regañina fue tan intensa y tan a lo argentino que, a pesar de la erección matutina que tenía, se me bajó al instante.

2 comentarios - Vacaciones en Argentina. 02

metalchono
Ouch. El miedo debió ser terrible.