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En casa de mis tíos

Este verano estaba siendo un infierno de calor y aburrimiento. Vivir en la ciudad tiene su encanto, pero a veces me siento atrapada en la rutina, deseando un cambio, un escape. Recordé entonces que mis tíos de Tequila, Jalisco, me habían dicho varias veces que podía visitarlos cuando quisiera, que su casa era como la mía. Así que decidí tomarles la palabra y emprendí mi viaje con permiso de mis papás.

El viernes por la noche hice la maleta con algunas cosas que siempre llevo conmigo: mis dildos favoritos jajaja, vibradores, tangas, lencería, lubricante y mi enema para limpiezas anales, porque para mí sentirme limpia es esencial cuando me masturbo, sobre todo cuando quiero disfrutar sin preocupaciones. También metí ropa fresca, perfecta para el calor del verano.
Cuando llegué a la casa de mis tíos, me recibieron con los brazos abiertos, me fuí sóla porque mis papás tenían que trabajar. La casa olía a limpio, a hogar, y me sentí al instante más tranquila, su casa es como una tipo casona muy linda tiene un patio central en la parte de en medio de la casa que conecta todas las habitaciones y es bastante grande su casa. Nos sentamos a platicar y a ponernos al día; ellos estaban encantados de verme y yo feliz de estar ahí, rodeada de ese aire relajado que sólo el campo puede dar.

Tipo así es su casa de ellos.


A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, se empezaron a escuchar ruidos fuertes desde la parte trasera de la casa. Mis tíos me contaron que estaban levantando una obra en la casa de al lado, pegada a la suya, y que unos albañiles llevaban ya varios días trabajando.

— Sofía—me dijo mi tía entre sorbos de café—, hija nosotros salimos temprano al médico y luego a hacer la despensa. ¿Quieres venir con nosotros o prefieres quedarte?

El sol ya calentaba mucho y la idea de salir no me atraía en absoluto. Además, saber que esos hombres estaban cerca me despertaba una extraña curiosidad obviamente no pensaba en terminar con ellos pero sí calentarlos un poco y luego acabar teniendo sexo con mis dildos.
—Creo que me quedo a ayudar con la casa —contesté con una sonrisa—. Puedo lavar ropa, hacer un poco de aseo y luego, si quieren, salgo con ustedes.

Mis tíos me miraron con confianza y me desearon que me cuidara. Salieron de la casa y me dejaron sola en ese espacio que pronto se sentiría mío por completo, mis tíos ya vivía solos en su casa porque sus hijos ya se habían independizado.

El silencio quedó, sólo roto por los sonidos de la construcción y el calor que ya pesaba en el aire. Estaba sola, con mis pensamientos y ese cosquilleo que empezaba a crecer dentro de mí.

Apenas mis tíos salieron y cerraron la puerta, un silencio delicioso invadió la casa. Por fin sola. Me senté un momento en el sofá, escuchando a lo lejos los sonidos de la construcción detrás, como un zumbido constante, metálico, algo que comenzaba a despertar en mí ese calorcito que llevaba tiempo acumulando. Me mordí el labio sin querer. No era casualidad que me hubiera quedado. Ya desde anoche, cuando llegué, la idea de saber que había hombres trabajando ahí, en plena obra, encuerados bajo el sol, me rondaba la cabeza. Y ahora tenía la casa para mí sola. Qué peligro.
Me levanté decidida y me fui directo al baño. Lo primero que hice fue poner música desde mi celular, algo suave pero con ritmo, como para entrar en ambiente. Me desnudé frente al espejo, contemplando mi figura al natural. Me gustaba lo que veía. Mi piel resaltaba más ahora que el sol empezaba a colarse por las ventanas. Mis pezones, erguidos por el ligero cambio de temperatura, parecían saludarme. Mi cintura, mis caderas marcadas, mis nalguitas firmes… sí, estaba lista para ponerme linda.

Abrí mi maleta y saqué lo que había traído a propósito: mis juguetes, mi lubricante favorito, y mi kit personal de limpieza anal. Sí, lo acepto, soy una ninfómana. Me encanta jugar, explorar, provocar. Y por supuesto, cuando planeo algo, lo hago bien. Esta no era la excepción.

Antes de bañarme, me dirigí al baño secundario con todo lo necesario. Ahí, con la puerta bien cerrada, me hice una limpieza anal completa usando el enema que siempre llevo conmigo. Agua tibia, tranquilidad, paciencia… lo hice como siempre, asegurándome de quedar totalmente limpia por dentro. Sabía que si todo salía como lo imaginaba, no quería dejar ningún detalle al azar.
Después de eso, me metí a la regadera. Dejé que el agua cayera por todo mi cuerpo, deslizándose por mis senos, mi vientre, mi espalda. Me lavé con un jabón suave, perfumado. Me tomé mi tiempo. Me depilé con cuidado: axilas, piernas, y por supuesto, toda mi zona íntima. Quedé suave, lisa, perfecta. Cuando salí, me sequé con una toalla y apliqué crema humectante en todo mi cuerpo, masajeando lentamente desde los tobillos hasta el cuello, sintiendo cada curva, cada centímetro. Me encantaba prepararme así. Me daba poder. Me daba antojo de carne y sed de semen.

Fui al tocador y me arreglé el cabello, me lo solté completamente. Me maquillé con lo justo: labios ligeramente rojos, un delineado fino, un poco de rubor. Y me vestí con lo que ya sabía que iba a usar desde antes de venir a este viaje: un shortcito de mezclilla diminuto que dejaba a la vista la mitad de mis pompis, una blusita blanca de tela ligera de tirantes y escote, muy corta, que dejaba ver mi ombligo y transparentaba un poco. Debajo, me puse un conjunto negro de encaje: brasier y tanguita y un plug anal en mi colita con perla en forma de corazon. Para completar, unos Converse blancos. Me miré al espejo. Perfecta. Así era más o menos mi short como el que tengo en la foto de abajo pero más corto.
En casa de mis tíos


Antes de salir al patio, fui a la cocina y me serví cuatro caballitos de tequila. No quería emborracharme, solo soltarme, fluir. Me los tomé uno tras otro, sintiendo el calorcito recorrerme el pecho, la garganta, la entrepierna. Ya estaba cachonda y lubricando de excitación.
Con jabón, suavizante, ropa sucia y todo lo necesario, salí al patio trasero. Ahí estaba la gran pileta con el lavadero, y junto a ella, la lavadora automática. Me sentí emocionada. De fondo, los ruidos metálicos de los albañiles seguían presentes, cada vez más nítidos.

Comencé a separar la ropa: blanca por un lado, de color por otro. Encontré pantalones, camisas, ropa interior de mis tíos… y mientras lo hacía, me agachaba y me movía con naturalidad, sabiendo exactamente lo que estaba mostrando. Mi tanguita se marcaba claramente por debajo del short, y la blusa dejaba ver el encaje de mi brasier al menor movimiento. No hacía falta exagerar, yo ya sabía cómo provocaba sin siquiera mirar.

Sabía que me observaban. Lo sentía. Desde una de las ventanas podía ver el reflejo de lo que pasaba al otro lado: los albañiles habían bajado el ritmo, hacían pausas largas, hablaban entre ellos en voz baja, soltaban risas. Estaban atentos a cada paso mío. Y yo, fingiendo que no me daba cuenta, disfrutaba el efecto que causaba. La ropa giraba en la lavadora, y mientras tanto, yo tendía lo que ya estaba limpio. Mis movimientos eran lentos, sugerentes. Levantar los brazos, agacharme, ajustar mi blusa... todo era parte del juego.
Sabía que en cualquier momento alguno de ellos se animaría a decir algo. Y ese momento, lo estaba esperando con ansias.

El calor de Tequila no daba tregua. Me sentía húmeda por dentro y por fuera, pero no era solo el clima… era la mezcla de tequila en mi sangre, la soledad de la casa, y las miradas que sabía que se clavaban en mí desde la construcción trasera. Ellos pensaban que yo no notaba nada, pero cada vez que pasaba cerca del lavadero, escuchaba los murmullos, los silencios incómodos, las risitas ahogadas. Sabía perfectamente que les gustaba lo que veían.

Ya había terminado de tender la ropa de mis tíos, pero la camiseta blanca y el shortcito de mezclilla que llevaba puestos estaban algo húmedos por haberme salpicado, así que tuve la excusa perfecta para quitármelos y enjuagarlos también. Lo hice con toda la intención, claro. Despacio. Sensual. Me deslicé la blusita por encima de la cabeza, y luego bajé el short dejando que rozara suavemente mis muslos, dejando ver mi lencería negra de encaje. Me encantaba cómo contrastaba con mi piel, cómo se marcaba mi cintura, mis nalgas respingadas, y cómo se notaban mis pezones a través del brasier ajustado.
Apenas me quedé así, escuché la reacción inmediata.

—¡Mamacita! —soltó uno, sin disimulo.

—¡Güey, ven, asómate! —gritó otro—. ¡No mames, tienes que ver esto!

Yo fingí que no los escuchaba. Me acerqué al lavadero con mi ropita en las manos, jugué un poco con el agua, la espuma… y me mojé más a propósito. El encaje empezó a pegarse a mi piel. El brasier ya estaba más mojado que seco, y eso lo transparentaba aún más. Sentía las miradas quemándome la espalda, y eso me excitaba como no tienen idea.

Entonces, simulando un poco de titubeo antes de quitarme el sostén, volteé hacia la entrada de la casa para asegurarme que no viniese nadie y, después, me desabroché el sostén y lo dejé caer. Me quedé de espaldas, pero sabía que al menor giro, ellos lo verían todo. Y lo hice. Me giré, de lado, dejando ver mis senos al natural, firmes, pequeños, con los pezoncitos duros por el contraste del agua y el deseo.

Un silencio lleno de tensión se apoderó del ambiente. Y para coronarlo, deslicé lentamente mi tanguita hacia abajo, quedando completamente desnuda bajo el sol. Mi cuerpo brillaba, entre el agua, el sudor y el deseo. Me dirigí sin prisa al tendedero, colgando cada prenda mientras movía las caderas con naturalidad, dejando que mis curvas hablaran por mí.
Entonces, decidí mirar. Levanté la vista hacia ellos, con una sonrisita traviesa en los labios y los ojos entrecerrados. Me hice la tímida, cubriéndome apenas con mis manos con una mis tetas y con otra mi vagina.

—¿Qué tanto miran? —dije, divertida.

Uno de ellos soltó una risa nerviosa.

—Perdón, señorita… es que… está muy bonita.

—¿Sí? —dije, fingiendo sorpresa—. ¿Les gusta lo que ven?

Los tres asintieron sin dudar. Sus ojos me recorrían con hambre, y sus rostros no ocultaban nada.

—Pues si les gustaría divertirse un rato… estoy solita —les dije, ladeando la cabeza, mordiéndome el labio—. Si se animan, solo toquen el portón… y yo les abro, la verdad no pensé que se atrevieran muchas veces cuando eres directa se cohiben.

No hubo que repetirlo. Desaparecieron en segundos y, poco después, escuché los toquidos en la entrada.

Caminé desnuda por el pasillo, segura, sintiendo cómo cada paso me encendía más.
Abrí el portón sintiendo el calor del metal en mi zona intima, quemaba ligeramente mi cuerpo, mostrando la mitad de mi silueta con vista a la calle. Ellos estaban ahí, cuatro figuras fornidas que me miraban como bestias hambrientas, con ojos llenos de morbo y ansias contenidas.

Me recorrieron de arriba a abajo, devorándome con la mirada, mientras sus respiraciones se hacían más pesadas y sus cuerpos se tensaban con un deseo primitivo.

Sin decir una palabra, los invité a entrar con una sonrisa pícara y una mirada cargada de promesas. Mis caderas se movían con una lentitud provocativa, cada paso un desafío, cada gesto una invitación al fuego que ya sentía arder dentro de mí. Ellos me siguieron con pasos seguros, respiraciones agitadas, y manos ansiosas que no tardaron en rozar mi piel.

Estaba yo a merced de esos cuatro sujetos. El primero alto, de hombros anchos y brazos marcados por el trabajo duro; el segundo, más bajo pero fornido, con una mirada que devoraba. El tercero lucía una barba espesa y desordenada, y el cuarto, con un tatuaje en el pecho bajo su camiseta sucia y sudada, tenía algo salvaje en la forma en que me miraba.

Al llegar a la pileta del patio, me recargué en ella y comencé a tocar mis senos y pezones duritos, mientras les preguntaba provocándolos:

—¿¡y entonces, solamente me van a ver o me van a coger!?

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