Eran las once de la mañana y mi esposo ya se había ido a trabajar. Yo andaba en short y una camiseta sin nada debajo cuando escuché el portón. Era el albañil otra vez… pero esta vez no venía solo. Traía a su chalán, un hombre de unos cincuenta y cinco, más gordito, peludo, con cara de pocos amigos y esa mirada de quien ya se imagina lo que va a pasar.
Los dejé entrar. El albañil me miró con esa sonrisa de quien ya me había partido el día anterior y me dijo:
—Le traje ayuda. Hoy terminamos más rápido… o más despacio, como usted quiera.
No dije nada. Solo me di la vuelta, me bajé el short hasta los muslos y me apoyé de manos en la mesa de la cocina, abriendo bien las piernas. Sentí cómo se me abría el culo y se me veía todo el coño. Estaba ya un poco mojada solo de pensar en lo que venía.


Escuché los cinturones. Cuando me volteé un poco vi las dos vergas: la del albañil, gruesa y venosa como la recordaba, y la del chalán, más corta pero bien gorda, con las bolas pesadas. Me dió un cosquilleo en la panza.
El albañil se puso detrás de mí y de un solo empujón me la enterró hasta el fondo. Solté un gemido bien rico. Al mismo tiempo el chalán se me acercó por delante, me agarró la cabeza y me empujó su verga contra la boca. Abrí y me la empecé a tragar, babeando, mientras el otro me follaba fuerte por detrás. Me sentía tan puta… y me encantaba.
Me cogían sin piedad. El albañil me agarraba de las caderas y me daba duro, haciendo que mi culo le rebotara. El chalán me jalaba el pelo y se la metía hasta la garganta. Yo solo gemía y chupaba, sabiendo que mi esposo estaba en el trabajo mientras yo me dejaba usar por estos dos hombres maduros.
Después me subieron a la cama. Me pusieron de lado. El albañil se me metió por el coño y el chalán me escupió en el culo, me abrió con los dedos y después me empujó su verga ahí. Grité, pero no les dije que pararan. Me quedé temblando, recibiendo las dos al mismo tiempo: una abriéndome el coño y la otra reventándome el culo. Se sentía tan lleno… tan rico.



Me volteaban como querían. Me montaban sobre uno mientras el otro me llenaba la boca, me daban nalgadas, me escupían en las tetas, me jalaban el pelo. Me corrí varias veces, el coño y el culo chorreándome, la cara llena de saliva. Cuando el chalán se vino en mi boca me lo tragué casi todo. El albañil se vino adentro de mí, caliente y espeso, y sentí cómo me llenaba.









Al final me dejaron tirada en la cama, las piernas abiertas, el coño y el culo abiertos y goteando el semen de los dos. Yo seguía respirando agitadita, con los dedos metidos en mi propia raja, saboreando lo que me habían dejado adentro.



El albañil se limpió la verga con mi camiseta y me dijo:
—Mañana regresamos… si quiere que le terminemos la remodelación.
Yo solo asentí, todavía temblando, con una sonrisa de puta bien satisfecha.
Y lo peor… o lo mejor… es que ya estoy deseando que lleguen otra vez.
Los dejé entrar. El albañil me miró con esa sonrisa de quien ya me había partido el día anterior y me dijo:
—Le traje ayuda. Hoy terminamos más rápido… o más despacio, como usted quiera.
No dije nada. Solo me di la vuelta, me bajé el short hasta los muslos y me apoyé de manos en la mesa de la cocina, abriendo bien las piernas. Sentí cómo se me abría el culo y se me veía todo el coño. Estaba ya un poco mojada solo de pensar en lo que venía.


Escuché los cinturones. Cuando me volteé un poco vi las dos vergas: la del albañil, gruesa y venosa como la recordaba, y la del chalán, más corta pero bien gorda, con las bolas pesadas. Me dió un cosquilleo en la panza.
El albañil se puso detrás de mí y de un solo empujón me la enterró hasta el fondo. Solté un gemido bien rico. Al mismo tiempo el chalán se me acercó por delante, me agarró la cabeza y me empujó su verga contra la boca. Abrí y me la empecé a tragar, babeando, mientras el otro me follaba fuerte por detrás. Me sentía tan puta… y me encantaba.
Me cogían sin piedad. El albañil me agarraba de las caderas y me daba duro, haciendo que mi culo le rebotara. El chalán me jalaba el pelo y se la metía hasta la garganta. Yo solo gemía y chupaba, sabiendo que mi esposo estaba en el trabajo mientras yo me dejaba usar por estos dos hombres maduros.
Después me subieron a la cama. Me pusieron de lado. El albañil se me metió por el coño y el chalán me escupió en el culo, me abrió con los dedos y después me empujó su verga ahí. Grité, pero no les dije que pararan. Me quedé temblando, recibiendo las dos al mismo tiempo: una abriéndome el coño y la otra reventándome el culo. Se sentía tan lleno… tan rico.



Me volteaban como querían. Me montaban sobre uno mientras el otro me llenaba la boca, me daban nalgadas, me escupían en las tetas, me jalaban el pelo. Me corrí varias veces, el coño y el culo chorreándome, la cara llena de saliva. Cuando el chalán se vino en mi boca me lo tragué casi todo. El albañil se vino adentro de mí, caliente y espeso, y sentí cómo me llenaba.









Al final me dejaron tirada en la cama, las piernas abiertas, el coño y el culo abiertos y goteando el semen de los dos. Yo seguía respirando agitadita, con los dedos metidos en mi propia raja, saboreando lo que me habían dejado adentro.



El albañil se limpió la verga con mi camiseta y me dijo:
—Mañana regresamos… si quiere que le terminemos la remodelación.
Yo solo asentí, todavía temblando, con una sonrisa de puta bien satisfecha.
Y lo peor… o lo mejor… es que ya estoy deseando que lleguen otra vez.
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