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Juanito, el caballo

Juanito, el caballo


Catalina estaba sentada en la mesa del departamento con su cuaderno abierto, rodeada de papeles universitarios. Sus compañeras Ana y Laura estaban a cada lado, tecleando en sus laptops. El trabajo de la clase de literatura comparada era de esos que se terminan cuando uno se aburre y quiere salir de ahí ya. El sol de la tarde entraba por las cortinas y las tres iban ganando tiempo, pero de repente se escucharon risas y golpes en la puerta. Eran los novios de Ana y Laura, más ese gordito que amigo suyo. El gordito, que se llamaba Juanito, se quedó parado en la entrada con cara de que no sabía qué hacer.
 
—¡Holaaa, mis amores! —gritó el novio de Ana, un tipo al toque olía a cerveza—. ¿Se puede o no se puede?
 
Catalina soltó una risa nerviosa. Juanito entró y se sentó en el sillón más cercano, se cruzó de piernas y empezó a mirar para todos lados. El departamento ya no era solo de ellas. Las risas subían de volumen. Ana y su novio empezaron a besarse en la sala, lenguas y todo. Catalina apartó la vista rápido, pero no pudo evitar ver cómo las manos de él le apretaban el culo a ella. Laura y el suyo se fueron directo a la habitación de la chica, cerraron la puerta y se escucharon gemidos instantes después.  Ana y el novio también se fueron a la habitación de ella. Juanito se quedó solo con Catalina en la sala.
 
—Ay, mierda, qué incómodo —murmuró ella, cerrando su laptop—. Yo me voy. Tú también, ¿no?
 
Juanito asintió, bajando la cabeza.
 
—Claro, yo también me largo. Esto es una mierda, estar solo sabiendo lo que están haciendo cada pareja en la habitación. Me da cosas.
 
Salieron los dos juntos, la sala del departamento quedó vacío. En la calle, Juanito le dio una palmada suave en el hombro a Catalina.
 
—Oye, ¿quieres que vayamos a tomar algo en ese saloncito de la esquina? Hay cervezas y unas empanadas bien ricas. Me hace falta comer algo después de clases.
 
Catalina se rio, todavía con la cabeza caliente de lo que había escuchado en el departamento.
 
—Está bien, Juanito. Vamos.
 
Se sentaron en la mesa de afuera. El saloncito tenía luces rojas y música suave de fondo. Pidieron dos cervezas frías y dos empanadas. Mientras comían, Catalina se relajó un poco y le preguntó directo al gordito.
 
—Oye, Juanito, ¿es cierto que te dicen el caballo?
 
Él bajó la cabeza, avergonzado, pero sonriendo.
 
—Sí, loca… me dicen así. No me preguntes por qué.
 
Catalina insistió, riéndose.
 
—Dale, cuéntame. ¿Es por algo bueno o qué?
 
Juanito suspiró, mirando el vaso de cerveza, todavía mirando bajo y algo nervioso.
 
—Bueno… es que… mi verga es larga, como de dieciséis centímetros. Dos chicas con las que me acosté lo contaron a alguien y así se me fue haciendo la fama de “el caballo”. Ahora todos mis amigos me dicen así cuando me ven. Es incomodo frente a la chicas.
 
Catalina sintió un calorcito subirle por la barriga. Se imaginó cómo sería esa verga dentro de ella, larga y gruesa. Se estaba calentando solo de pensarlo, imaginando a sus dos compañeras teniendo sexo en sus habitaciones. Se acercó más a la mesa.
 
—Juanito… ¿y si te invito a mi departamento para que me demuestres si es verdad? Yo también estoy caliente hoy.
 
Él se quedó callado dos segundos, luego sonrió de oreja a oreja.
 
—Está bien, loca. Vamos.
 
Catalina vivía sola en un departamento chiquito pero bonito, en el piso dos de un conjunto. El ascensor tardó y mientras subían ella no paraba de mirar a Juanito de reojo. Cuando llegaron, abrió la puerta y entraron. El departamento olía a su perfume de vainilla.
 
—Ponte cómodo —dijo ella, quitándose los zapatos.
 
Juanito se sentó en el sillón y ella se sentó al lado. Primero se miraron. Luego empezó la cosa. Se besaron suave al principio, labios contra labios, luego más profundo. Catalina sintió la lengua de Juanito. Le acarició el pecho por encima de la camisa. Él le bajó la blusa despacito, le chupó los pezones mientras los pellizcaba. Catalina gemía bajito.
 
—Ay, pana… qué rico…
 
Juanito le bajó el jean y las bragas de un tirón, dejándola desnuda. Le abrió las piernas y le metió la cara entre ellas. Empezó a chuparle la vagina despacito, luego más fuerte. Catalina le agarró el pelo y se movió contra su boca. Juanito metió dos dedos primero, después tres, sintiendo cómo ella se mojaba toda. Catalina temblaba.
 
 
—Joder… así, bien rico…
 
Cuando sintió que estaba lista, él se levantó, se quitó la camisa y el pantalón. Se quedó solo en bóxer. Catalina le bajo el bóxer y miró. Esa verga era larga, gruesa, de dieciséis centímetros fácil, venosa y dura como piedra.
 
—Dios mío… —susurró ella, excitada.
 
Se arrodilló y empezó a chupársela. Primero despacito, lamiendo la punta. Luego metió la boca toda, subiendo y bajando. Juanito gruñía.
 
—Ay, mierda, Catalina… qué boca tienes…
 
Ella lo chupó rico, saliva corriendo por todo. Se lo metió hasta la garganta, tragando la cabeza. Juanito la agarraba del pelo suave.
 
Juanito la desnudó completa. Le besó los pechos, le chupó los pezones hasta que quedaron duros. Esta vez le metió la lengua en la vagina sin piedad. Catalina gritaba de placer.
 
—Joder, qué rico… no pares…
 
Le metió los dedos otra vez mientras la chupaba. Cuando sintió que estaba a punto, se paró, buscó un condón en su billetera, se lo puso y la penetró despacito. Al principio no le entró todo. Catalina se quedó quieta.
 
—Espera… duele un poquito…
 
Juanito se quedó quieto, dándole tiempo.
 
—Tranquila, mi amor. Despacio…
 
Poco a poco empezó a meterse. Catalina sintió cada centímetro, caliente y apretada. Cuando la verga ya estaba toda adentro, soltó un gemido largo.
 
—Ay, Juanito… qué rico se siente.
 
Empezó a moverse. Se movía arriba, abajo, sintiendo cómo la llenaba. Sus tetas saltaban, él le agarraba el culo y la guiaba. Empezó a jadear fuerte.
 
—Más duro… fóllame rico…
 
Juanito la puso en cuatro. Se puso detrás y la penetró más profundo todavía. Catalina gritaba de placer.
 
—Ahí… así, papi… métemela toda…
 
La cama hacía ruido contra la pared. Él la agarraba de las caderas y la embestía fuerte. Catalina se corrió primero, temblando toda, mojándose en la verga.
 
—Joder… me vengo…
 
Juanito siguió moviéndose rápido. Luego la puso de rodillas otra vez frente a él.
 
—Catalina… me voy a correr…
 
Se retiró el condón. Ella abrió la boca y él le soltó todo en la cara, chorros calientes. Catalina se lamió los labios, contenta.
 
—Qué rico, que rico…
 
Se quedaron abrazados en el sofá, riendo bajito. Juanito la besó en la frente.
 
—Oye, ya ves porque me dicen caballo,
 
Catalina se rio y le besó con ganas de más.

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