Capítulo 10: Mes 9
Primera semana. Ya no me reconocía. Los pechos habían llegado a 110H, enormes y venosos, con los pezones de un marrón muy oscuro que goteaba leche amarillenta y manchaba lo poco que me quedaba de ropa. La panza estaba tirante, con estrías violáceas hasta las costillas. Pero el resto de mi cuerpo se caía a pedazos: las piernas flacas y las muñecas afiladas, la piel seca y grisácea, el pelo opaco y quebradizo, con mechones que se me quedaban en el peine.
Hacía semanas que no me lavaba los dientes de verdad. Las encías me sangraban al masticar y una muela se había puesto negra. Una mañana, mordiendo un pan duro, sentí un crujido y algo suelto en la boca: la muela se me había caído entera. Me quedé mirándola en la palma de la mano, con sangre y un gusto metálico que no se iba. Unos días después se me aflojó un diente de arriba, al costado de la sonrisa, y terminó cayéndose también, dejando un hueco que la lengua no paraba de buscar. Después vino otro. Ya no sonreía; me tapaba la boca con la mano al hablar. Tenía las uñas rotas, los labios partidos, ojeras tan hondas que parecían moretones.
Dormía donde podía: en una estación, en un portal, en el sillón de una conocida que me dejaba quedarme si le pagaba algo. Olía a humedad, a ropa sucia, a alcohol rancio, y me daba cuenta por la forma en que la gente se corría al pasar.
Segunda semana. La calle tenía sus reglas, y la panza cambiaba todo, para bien y para mal. Una señora me dejó una bolsa con ropa y un sándwich sin decir una palabra. Un chofer de colectivo me dejó subir sin pagar. En el comedor comunitario me pasaron adelante en la fila, y una enfermera voluntaria me dio vitaminas y me preguntó, con cuidado, si tenía dónde parir. Le mentí.
Pero cada gesto de compasión venía con una mirada de juicio. Me negaron el baño en dos bares. Un policía me pidió los documentos, me miró la panza y dijo "andá a un hospital antes de que te pase algo". Una mujer me gritó desde una ventana qué clase de madre era. Y el frío me entraba por los huesos, con los pies tan hinchados que ya no me entraban las zapatillas.
Los temblores empezaron cuando bajé el consumo por miedo. Sudaba de noche, vomitaba, sentía hormigas bajo la piel, y en el fondo del estómago la culpa me mordía sin descanso. Cuando el cuerpo pedía, cedía. Me odiaba cada vez.
Tercera semana. La plata se acababa y volví a buscar. El embarazo, en ese mundo, era una moneda rara. Algunos hombres pagaban más precisamente por eso, con una mezcla de curiosidad y hambre que me daba náuseas. Otros me miraban de arriba abajo y se iban con una mueca de asco al ver los moretones viejos y la piel áspera. Una noche, un tipo se echó atrás en cuanto la nena pateó con fuerza. "Me da impresión", dijo. Otro me miró la boca cuando me reí, vio los huecos y frunció la nariz. "Con esos dientes no", dijo, y se dio vuelta. Me quedé un rato con la lengua en el hueco, sintiendo el sabor a sangre vieja, mientras el frío me subía por las piernas.
Otra vez, un hombre pagó de más, me dio un abrigo y una botella de agua, y me pidió perdón al irse, sin mirarme.
Y hubo noches malas. Un cliente se negó a pagar y amenazó con dejarme en la calle si abría la boca. Otro me agarró del cuello mientras la panza se endurecía con una contracción. Salí de ahí con las piernas temblando, sin plata, con la certeza de que un día no iba a poder salir.
No cuento lo que pasó dentro de esos cuartos. Cuento el dinero, y el cuerpo que se apagaba cada vez un poco más.
Cuarta semana. Una madrugada de lluvia, sentada en el umbral de un local cerrado, sentí un tirón brutal en la espalda baja. Después otro, más fuerte, que me cortó la respiración. Miré entre mis piernas y vi el charco tibio en el suelo.
Intenté ponerme de pie. Las contracciones me doblaron. Quise gritar y solo salió un sonido ronco. Una mujer que pasaba con un paraguas se detuvo, me miró y sacó el celular del bolsillo sin decir nada.
—Ya viene la ambulancia, ya viene —repetía, agachada a mi lado, con la mano en mi hombro.
Ahí, mojada, sucia, con el labio partido y los dientes que me faltaban, pensé en mi mamá con el cuaderno de nombres, en mi papá lijando la cuna. Me di cuenta de que, entre las nubes de humo y las botellas y los billetes arrugados, nunca había dejado de esperar que alguien viniera por mí.
—Mamá —murmuré—. Quiero a mi mamá.
Las luces azules aparecieron al fondo de la calle.
Primera semana. Ya no me reconocía. Los pechos habían llegado a 110H, enormes y venosos, con los pezones de un marrón muy oscuro que goteaba leche amarillenta y manchaba lo poco que me quedaba de ropa. La panza estaba tirante, con estrías violáceas hasta las costillas. Pero el resto de mi cuerpo se caía a pedazos: las piernas flacas y las muñecas afiladas, la piel seca y grisácea, el pelo opaco y quebradizo, con mechones que se me quedaban en el peine.
Hacía semanas que no me lavaba los dientes de verdad. Las encías me sangraban al masticar y una muela se había puesto negra. Una mañana, mordiendo un pan duro, sentí un crujido y algo suelto en la boca: la muela se me había caído entera. Me quedé mirándola en la palma de la mano, con sangre y un gusto metálico que no se iba. Unos días después se me aflojó un diente de arriba, al costado de la sonrisa, y terminó cayéndose también, dejando un hueco que la lengua no paraba de buscar. Después vino otro. Ya no sonreía; me tapaba la boca con la mano al hablar. Tenía las uñas rotas, los labios partidos, ojeras tan hondas que parecían moretones.
Dormía donde podía: en una estación, en un portal, en el sillón de una conocida que me dejaba quedarme si le pagaba algo. Olía a humedad, a ropa sucia, a alcohol rancio, y me daba cuenta por la forma en que la gente se corría al pasar.
Segunda semana. La calle tenía sus reglas, y la panza cambiaba todo, para bien y para mal. Una señora me dejó una bolsa con ropa y un sándwich sin decir una palabra. Un chofer de colectivo me dejó subir sin pagar. En el comedor comunitario me pasaron adelante en la fila, y una enfermera voluntaria me dio vitaminas y me preguntó, con cuidado, si tenía dónde parir. Le mentí.
Pero cada gesto de compasión venía con una mirada de juicio. Me negaron el baño en dos bares. Un policía me pidió los documentos, me miró la panza y dijo "andá a un hospital antes de que te pase algo". Una mujer me gritó desde una ventana qué clase de madre era. Y el frío me entraba por los huesos, con los pies tan hinchados que ya no me entraban las zapatillas.
Los temblores empezaron cuando bajé el consumo por miedo. Sudaba de noche, vomitaba, sentía hormigas bajo la piel, y en el fondo del estómago la culpa me mordía sin descanso. Cuando el cuerpo pedía, cedía. Me odiaba cada vez.
Tercera semana. La plata se acababa y volví a buscar. El embarazo, en ese mundo, era una moneda rara. Algunos hombres pagaban más precisamente por eso, con una mezcla de curiosidad y hambre que me daba náuseas. Otros me miraban de arriba abajo y se iban con una mueca de asco al ver los moretones viejos y la piel áspera. Una noche, un tipo se echó atrás en cuanto la nena pateó con fuerza. "Me da impresión", dijo. Otro me miró la boca cuando me reí, vio los huecos y frunció la nariz. "Con esos dientes no", dijo, y se dio vuelta. Me quedé un rato con la lengua en el hueco, sintiendo el sabor a sangre vieja, mientras el frío me subía por las piernas.
Otra vez, un hombre pagó de más, me dio un abrigo y una botella de agua, y me pidió perdón al irse, sin mirarme.
Y hubo noches malas. Un cliente se negó a pagar y amenazó con dejarme en la calle si abría la boca. Otro me agarró del cuello mientras la panza se endurecía con una contracción. Salí de ahí con las piernas temblando, sin plata, con la certeza de que un día no iba a poder salir.
No cuento lo que pasó dentro de esos cuartos. Cuento el dinero, y el cuerpo que se apagaba cada vez un poco más.
Cuarta semana. Una madrugada de lluvia, sentada en el umbral de un local cerrado, sentí un tirón brutal en la espalda baja. Después otro, más fuerte, que me cortó la respiración. Miré entre mis piernas y vi el charco tibio en el suelo.
Intenté ponerme de pie. Las contracciones me doblaron. Quise gritar y solo salió un sonido ronco. Una mujer que pasaba con un paraguas se detuvo, me miró y sacó el celular del bolsillo sin decir nada.
—Ya viene la ambulancia, ya viene —repetía, agachada a mi lado, con la mano en mi hombro.
Ahí, mojada, sucia, con el labio partido y los dientes que me faltaban, pensé en mi mamá con el cuaderno de nombres, en mi papá lijando la cuna. Me di cuenta de que, entre las nubes de humo y las botellas y los billetes arrugados, nunca había dejado de esperar que alguien viniera por mí.
—Mamá —murmuré—. Quiero a mi mamá.
Las luces azules aparecieron al fondo de la calle.
0 comentarios - "Desde que estoy embarazada"