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"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 9: Mes 8
Primera semana. El miedo llegó de golpe. Empecé a ver videos de partos que no debí ver, a leer historias de desgarros y cesáreas de urgencia. Soñaba que no podía pujar, que la nena no salía, que me quedaba sola en una sala blanca. Me despertaba a las tres de la mañana con el corazón desbocado y la panza dura, y no había manera de dormir de nuevo.
Mi mamá había convertido el cuarto de al lado en un nido: cuna, ropita doblada, móviles de animales. Yo entraba, tocaba todo y sentía que me ahogaba.
Una noche, en la pieza de Ramiro, me temblaban las manos.
—Tomá —me dijo, alcanzándome un vaso—. Es solo un poco de vino. Te va a aflojar.
Sabía que no debía. Me lo tomé de todos modos. El alivio fue inmediato, tibio, casi dulce. A los pocos días, un vaso ya no alcanzaba, y un amigo suyo apareció con unas pastillas "para dormir" y algo más fuerte que prometía apagar la cabeza. Dije que no la primera vez. Y la segunda. La tercera dije que sí, y esa noche dormí por primera vez en semanas. Al despertar, sentí la culpa y también la certeza de que iba a repetirlo.
Segunda semana. Ramiro empezó a cambiar. Primero fueron detalles: me revisaba el celular "por curiosidad", se ponía de mal humor cuando nombraba a Vero, se quedaba callado cuando volvía tarde. Después llegaron los comentarios.
—Ya no tenés a nadie más que a mí. Tu familia te dio la espalda.
—No es cierto.
—¿Ah, no? ¿Y quién te aguanta así, con esa panza?
Tomaba cada vez más y se ponía cada vez más oscuro. Después de una discusión me abrazaba llorando y pedía perdón, y yo le creía, porque necesitaba creerle. Me alejé de Vero con excusas. A mis padres les decía que estaba cansada. Cada vez estaba más sola, más asustada, más dependiente.
Tercera semana. Una tarde le dije que quería ir a la ecografía con mi papá. Ramiro tenía los ojos rojos y el aliento a alcohol.
—Vas a ir a donde yo te diga.
—Soltame.
Me agarró del brazo con tanta fuerza que me dejó marcas. Cuando traté de zafarme, me empujó contra la pared. La cabeza me golpeó, el aire se me fue, y antes de entender qué pasaba tenía su mano abierta sobre mi cara. Me cubrí la panza con los dos brazos, encogida, sin gritar, sin poder respirar.
Después, el silencio. Ramiro se dejó caer al piso, llorando.
—Perdoname, Lu. No sé qué me pasa. Perdoname.
Me levanté con las piernas temblando, agarré mi abrigo y salí sin decir una palabra. En la calle, sola, con el labio partido y la panza dura, me di cuenta de que ya no sentía a la nena moverse. Me apoyé contra una pared con el pánico creciendo, hasta que sentí una patada suave, casi tímida. Lloré de alivio y de vergüenza.
En casa, mi papá me vio la mejilla hinchada. Le dije que me había caído. Me miró un largo rato, con una furia contenida, y no dijo nada.
Cuarta semana. Lo dejé, o eso creí. Dejé de contestarle, bloqueé su número. Pero el miedo a estar sola, a que llegue el parto sin nadie, me pisaba los talones. Empecé a tomar cada noche en el cuarto, con la puerta trabada, y a buscar en la calle a quien me vendiera lo que necesitaba para no pensar.
Mis padres encontraron las botellas. Mi mamá lloró, mi papá gritó por primera vez en años, y yo respondí cosas que no quería decir. Agarré una mochila y me fui esa misma noche, sin plan, sin dinero, con ocho meses de embarazo.
Dormí dos noches en la casa de una conocida. Después me quedé sin lugar. Debía plata, tenía hambre, y un tipo que conocí en un bar me dijo, con voz suave, que había hombres dispuestos a pagar por estar con una mujer como yo.
Dije que no. Dije que no dos veces. La tercera semana sin comer, dije que sí.
No voy a contar lo que pasó dentro de ese cuarto. Voy a contar que salí con dinero en la mano, me senté en el baño de una estación, con la panza contra las rodillas, y me quedé mirando los billetes hasta que la nena se movió, despacio, como preguntando qué estábamos haciendo.
—No sé —le susurré—. No sé, mi amor.

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