You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Mamá puta y religiosa

CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR

Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6413572/Incesto-en-Rosario-mama-ya-no-se-esconde.html


Domingo a la mañana.


El sol de Rosario entraba fuerte por la ventana del cuarto. María se había despertado antes que el reloj. Todavía desnuda, se sentó al borde de la cama matrimonial y miró el crucifijo de madera oscura que colgaba sobre la cabecera desde el día de su boda. El mismo que le había regalado su madre. En la mesita de luz estaba el rosario de madera de olivo que usaba desde los quince, cuando entró a la Congregación de la Virgen de los Dolores.


Se arrodilló en el piso frío. Las tetas grandes le colgaban pesadas mientras juntaba las manos y empezó a rezar en voz baja:


—Padre nuestro que estás en el cielo…


Lucas la vio desde el umbral. Estaba en boxers, con la pija ya medio dura solo de mirarla así: desnuda, arrodillada, el culo redondo apoyado sobre los talones y la concha entreabierta. Se acercó sin hacer ruido y se arrodilló al lado de ella.


María no se detuvo. Terminó el rosario entero. Cuando se santiguó, habló sin mirarlo:


—Desde que naciste, m’hijo, todos los domingos hago lo mismo. Misa, Congregación, rosario. Tu abuela me lo enseñó. Yo te lo enseñé a vos. Y ahora me arrodillo y le pido a Dios que me perdone por lo que siento cuando te miro.


Lucas le tomó una mano.


—Yo también rezo, mamá. Anoche, después de correrme en tu boca, me quedé mirando ese mismo crucifijo y le pedí que no me odie. Pero también le pedí que no me saque las ganas de vos.


María cerró los ojos. Una lágrima le cayó sobre el pecho, justo donde tenía la medalla de la Virgen.


—Somos una familia de fe. Tu abuelo era de la Acción Católica. Yo fui catequista cuando eras chico. Te llevé a la primera comunión. Y ahora me tengo que tocar la concha pensando en mi propio hijo y después ir a comulgar como si nada.


Se levantaron. Ella se puso el vestido negro de misa, sin corpiño ni bombacha. Las tetas se le movían libres bajo la tela. Antes de salir le hizo la señal de la cruz en la frente a Lucas, exactamente igual que cuando tenía ocho años.


—Que el Señor te bendiga… aunque yo ya no sepa si merezco pedirle eso.


Salieron a las 9:40. Mientras caminaban las cuatro cuadras, María hablaba en voz baja, como comentando el calor:


—No me puse nada abajo… se me pega el vestido en la concha de lo mojada que estoy desde que me chupaste anoche.


Lucas casi se tropieza. Ella seguía mirando al frente y saludó con la mano a la vecina de la esquina como si nada.


En la puerta de la parroquia se encontraron con doña Hilda, la presidenta de la Congregación.


—¡María, qué linda que estás! ¿Y el nene? Cada día más hombre.


María le dio el beso de siempre y, sin mover los labios, le susurró a Lucas:


—Se me está abriendo sola solo de sentir tu olor…


Entraron. Se sentaron en el mismo banco de siempre, tercera fila del lado izquierdo. Durante las lecturas María abrió un poco las piernas, lo justo para que el vestido se le metiera entre los labios hinchados. Lucas lo notó. Ella, sin mirarlo, le rozó el muslo con los nudillos una caricia de menos de un segundo y después juntó las manos como si estuviera rezando.


Cuando se arrodillaron para la consagración, María se inclinó más de lo necesario. El escote se abrió y Lucas pudo ver el arranque de sus tetas y la medalla de la Virgen colgando entre ellas… todavía con un hilito seco de semen de la noche anterior que ella no se había limpiado a propósito.


En el momento de darse la paz, María le dio un beso perfectamente normal en la mejilla, pero le mordió suavemente el lóbulo de la oreja y le susurró tan bajo que nadie más oyó:


—Esta noche te voy a mamar la pija de rodillas frente al crucifijo… y voy a pedirle perdón a Dios mientras me la trago toda.


Lucas tuvo que quedarse sentado un rato más cuando todos se levantaron, disimulando con el misal sobre la entrepierna.


Cuando fueron a comulgar, María se arrodilló en el reclinatorio. El sacerdote le puso la hostia en la lengua. Ella la recibió con los ojos cerrados… y en ese mismo segundo apretó los muslos con fuerza. Un orgasmo silencioso la recorrió: solo un leve temblor en las piernas y un suspiro que cualquiera hubiera tomado por devoción. Lucas, detrás de ella, lo vio todo.


Al salir, mientras saludaban al padre y a las señoras, María conversó tres minutos con doña Hilda sobre la colecta. En un momento se acomodó el pelo y “sin querer” le rozó a Lucas la mano con los dedos húmedos… los mismos que se había metido un segundo entre las piernas, tapada por la gente.


En el camino de regreso, ya lejos de la iglesia, habló en voz alta:


—Qué linda estuvo la homilía hoy, ¿no?


Y después, bajito:


—Se me está escurriendo por las piernas. Si no llegamos rápido me voy a correr otra vez caminando.


Apenas cruzaron la puerta de calle, María empujó a Lucas contra la pared del pasillo y se arrodilló ahí mismo, todavía con el vestido de misa levantado hasta la cintura. Le bajó el jean de un tirón y se metió la pija entera hasta la garganta, mirándolo a los ojos, con la medalla de la Virgen golpeándole la barbilla.


—Perdóname, Señor… —murmuraba cada vez que subía, con la boca llena— …perdóname por ser la puta de mi hijo…


Lucas le agarró el pelo y le cojio la boca de pie, a dos metros de la puerta de calle, mientras afuera se escuchaban los pibes jugando al fútbol. Cuando le acabo, María se lo tragó todo, se limpió la boca con el dorso de la mano, se acomodó el vestido y dijo con voz tranquila:


—Ahora sí… podemos almorzar. Quedan milanesas en la heladera.


Fue a la cocina como si nada. Calentó las milanesas, puso la mesa y llamó a Lucas. Comieron los dos en silencio un rato, hasta que María habló como siempre había hablado con él:


—¿Y el parcial de la semana que viene? ¿Estudiaste algo o vas a dejar todo para último momento como siempre?


Lucas se rió, limpiándose la boca con la servilleta.


—Ya empecé, mamá. No seas pesada. El miércoles tengo la práctica y el viernes el teórico.


—Más te vale. Que yo no limpio casas para que después te echen por vago.


—Tranquila, que este cuatrimestre vengo bien.


María le sirvió más ensalada.


—¿Y la plata del colectivo? ¿Necesitás que te deje para la semana?


—Con lo que me diste el viernes me alcanza. Después si hace falta te aviso.


—Está bien. Ah, y no te olvides que el martes a la tarde no voy a estar: tengo la reunión de la Congregación. Dejo la comida hecha.


—Dale. Yo llego tipo siete.


Siguieron comiendo. Hablaron del calor, de que había que cambiar el foco del pasillo, de que el vecino del fondo otra vez tenía la música a todo volumen. Como cualquier madre e hijo un domingo al mediodía en Fisherton.


Cuando terminaron, María juntó los platos y le dijo desde la pileta, con total naturalidad:


—Después de lavar ayudo a ordenar un poco y me echo una siesta. Si querés estudiar en el comedor, no prendas el ventilador muy fuerte que me jode.


—Dale, mamá.


Y así quedó la casa otra vez en la rutina de siempre. Como si lo de la iglesia, lo del pasillo y lo de la culpa no hubiera pasado. Como si fueran simplemente madre e hijo.

0 comentarios - Mamá puta y religiosa