Capítulo 1: Un mes antes
Si me hubieran dicho cómo iba a terminar ese mes, no lo habría creído.
Tengo 18 años y sigo durmiendo en mi cuarto de siempre, en la casa de mis padres. Nunca tuve un trabajo estable: probé un curso, después otro, y los dejé a la mitad. Mis amigas ya tienen departamento y planes. Yo tengo la sensación de que la vida arranca para todos menos para mí.
Primera semana. Vero apareció un viernes con un vestido negro.
—Hoy salís.
En el bar sentí una mirada clavada en la nuca: un hombre de unos treinta, camisa remangada, solo al final de la barra. Sostuvo los ojos en los míos un segundo de más, y ese segundo me recorrió entera.
Segunda semana. Volví. Él levantó su vaso hacia mí, apenas. Esa noche, en mi cuarto, con mis padres durmiendo al otro lado de la pared, me acaricié imaginando esa mirada, mordiendo la almohada para no hacer ruido. Acabé rápido y aun así me quedé con hambre.
Tercera semana. Por fin habló. Se llama Andrés, tiene 33. Me rozó la mano al pasarme un vaso y lo sentí en todo el cuerpo.
—Yo vengo los viernes —dijo, y se fue.
Cuarta semana. Esa noche me duché despacio y me miré desnuda en el espejo, sin apuro. Mido 1,68, tengo el pelo castaño oscuro hasta la mitad de la espalda y la piel trigueña y suave. Mis pechos son grandes, redondos y firmes, talla 95D, con los pezones claros, rosados, que se endurecen con el aire. Tengo la cintura marcada, las caderas anchas, la cola llena y los muslos que se rozan al caminar. Un cuerpo de mujer hecho para que lo miren, y hacía demasiado
Andrés estaba en su lugar. Esta vez se acercó.
—Hola, Lucía.
Caminamos diez cuadras sin hablar. En el ascensor me besó contra el espejo, con una mano en mi cintura y la otra hundida en mi pelo. Ya en su departamento me dio vuelta y me bajó el cierre del vestido con los dientes, despacio, besándome la espalda a medida que la tela caía. Me desabrochó el corpiño y me tomó los pechos con las dos manos, apretándolos, rozando los pezones con los pulgares hasta que se me escapó un gemido.
—Qué hermosa sos —murmuró contra mi cuello.
Me tiró sobre la cama y se arrodilló entre mis piernas. Me sacó la bombacha y me abrió los muslos con las manos. Su lengua me recorrió despacio, de abajo hacia arriba, y yo me arqueé con un grito ahogado, enredando los dedos en su pelo. Me lamió y me chupó hasta que me temblaron las piernas y acabé en su boca, con el cuerpo entero sacudido.
—Ahora vos —le rogué—. Te quiero adentro.
Se desnudó sin apuro. Lo vi duro, grueso, y sentí cómo me mojaba más solo de mirarlo. Buscó en el cajón y no encontró lo que buscaba.
—Tranquilo —dije, sin pensar—. Creo que estoy en un día seguro.
Se acomodó sobre mí y me penetró de una sola embestida lenta, hasta el fondo. Ahogué un grito contra su hombro. Se movió despacio al principio, saliendo casi por completo y volviendo a llenarme, mientras me besaba la boca, el cuello, los pechos. Le clavé las uñas en la espalda, rodeé su cintura con las piernas y lo pedí más fuerte. Empezó a embestirme con hambre, con el sonido húmedo de nuestros cuerpos y la cama golpeando la pared.
Me dio vuelta, me subió las caderas y me tomó desde atrás, con las manos en mi cintura y sus golpes llegando profundo. Enterré la cara en la almohada, gimiendo sin control, hasta que un segundo orgasmo me atravesó y me apreté a su alrededor.
—Lucía… no voy a aguantar —jadeó.
—Acabá adentro —dije, sin pensarlo, arrastrada por el calor.
Se hundió hasta el fondo con un gemido ronco y sentí cómo se vaciaba en mí, caliente, en oleadas, mientras me sostenía fuerte contra su cuerpo.
Nos quedamos quietos, respirando fuerte, con el sudor enfriándose sobre la piel y su semen tibio deslizándose despacio por mi muslo. Miré el techo desconocido con una sonrisa que no pude borrar.
Todavía no sabía que esa noche lo había cambiado todo.
Si me hubieran dicho cómo iba a terminar ese mes, no lo habría creído.
Tengo 18 años y sigo durmiendo en mi cuarto de siempre, en la casa de mis padres. Nunca tuve un trabajo estable: probé un curso, después otro, y los dejé a la mitad. Mis amigas ya tienen departamento y planes. Yo tengo la sensación de que la vida arranca para todos menos para mí.
Primera semana. Vero apareció un viernes con un vestido negro.
—Hoy salís.
En el bar sentí una mirada clavada en la nuca: un hombre de unos treinta, camisa remangada, solo al final de la barra. Sostuvo los ojos en los míos un segundo de más, y ese segundo me recorrió entera.
Segunda semana. Volví. Él levantó su vaso hacia mí, apenas. Esa noche, en mi cuarto, con mis padres durmiendo al otro lado de la pared, me acaricié imaginando esa mirada, mordiendo la almohada para no hacer ruido. Acabé rápido y aun así me quedé con hambre.
Tercera semana. Por fin habló. Se llama Andrés, tiene 33. Me rozó la mano al pasarme un vaso y lo sentí en todo el cuerpo.
—Yo vengo los viernes —dijo, y se fue.
Cuarta semana. Esa noche me duché despacio y me miré desnuda en el espejo, sin apuro. Mido 1,68, tengo el pelo castaño oscuro hasta la mitad de la espalda y la piel trigueña y suave. Mis pechos son grandes, redondos y firmes, talla 95D, con los pezones claros, rosados, que se endurecen con el aire. Tengo la cintura marcada, las caderas anchas, la cola llena y los muslos que se rozan al caminar. Un cuerpo de mujer hecho para que lo miren, y hacía demasiado
Andrés estaba en su lugar. Esta vez se acercó.
—Hola, Lucía.
Caminamos diez cuadras sin hablar. En el ascensor me besó contra el espejo, con una mano en mi cintura y la otra hundida en mi pelo. Ya en su departamento me dio vuelta y me bajó el cierre del vestido con los dientes, despacio, besándome la espalda a medida que la tela caía. Me desabrochó el corpiño y me tomó los pechos con las dos manos, apretándolos, rozando los pezones con los pulgares hasta que se me escapó un gemido.
—Qué hermosa sos —murmuró contra mi cuello.
Me tiró sobre la cama y se arrodilló entre mis piernas. Me sacó la bombacha y me abrió los muslos con las manos. Su lengua me recorrió despacio, de abajo hacia arriba, y yo me arqueé con un grito ahogado, enredando los dedos en su pelo. Me lamió y me chupó hasta que me temblaron las piernas y acabé en su boca, con el cuerpo entero sacudido.
—Ahora vos —le rogué—. Te quiero adentro.
Se desnudó sin apuro. Lo vi duro, grueso, y sentí cómo me mojaba más solo de mirarlo. Buscó en el cajón y no encontró lo que buscaba.
—Tranquilo —dije, sin pensar—. Creo que estoy en un día seguro.
Se acomodó sobre mí y me penetró de una sola embestida lenta, hasta el fondo. Ahogué un grito contra su hombro. Se movió despacio al principio, saliendo casi por completo y volviendo a llenarme, mientras me besaba la boca, el cuello, los pechos. Le clavé las uñas en la espalda, rodeé su cintura con las piernas y lo pedí más fuerte. Empezó a embestirme con hambre, con el sonido húmedo de nuestros cuerpos y la cama golpeando la pared.
Me dio vuelta, me subió las caderas y me tomó desde atrás, con las manos en mi cintura y sus golpes llegando profundo. Enterré la cara en la almohada, gimiendo sin control, hasta que un segundo orgasmo me atravesó y me apreté a su alrededor.
—Lucía… no voy a aguantar —jadeó.
—Acabá adentro —dije, sin pensarlo, arrastrada por el calor.
Se hundió hasta el fondo con un gemido ronco y sentí cómo se vaciaba en mí, caliente, en oleadas, mientras me sostenía fuerte contra su cuerpo.
Nos quedamos quietos, respirando fuerte, con el sudor enfriándose sobre la piel y su semen tibio deslizándose despacio por mi muslo. Miré el techo desconocido con una sonrisa que no pude borrar.
Todavía no sabía que esa noche lo había cambiado todo.
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