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"Desde que estoy embarazada"

Capítulo 4: Mes 3
Ya no había manera de ignorarlo. El test seguía ahí, doblado en el cajón, y mi cuerpo dejó de dejarme fingir.
Primera semana. Las náuseas llegaron como un portazo. Me despertaba a las seis con el estómago dado vuelta, corría al baño y vomitaba en silencio, con la mano en la boca y el agua corriendo para tapar el ruido. El olor del café, del perfume de mi mamá, del shampoo de mi papá, todo me daba asco. Vero se apareció con galletitas de agua y jengibre.
—Vas a ir al médico, Lu. Ya.
Segunda semana. En el consultorio, la ginecóloga me pasó el ecógrafo por el vientre, que todavía se veía plano, aunque el jean ya no me cerraba. En la pantalla apareció un cuerpito diminuto, moviéndose. Y ese latido, rápido y firme.
—Diez semanas y cuatro días. Todo perfecto.
Lloré sin poder parar, de miedo y de otra cosa que no supe nombrar. Antes de irme pregunté, roja hasta las orejas, si estaba bien tener relaciones.
—Perfectamente bien —sonrió—. Muchas mujeres notan que el deseo aumenta.
No tenía idea de cuánto.
Tercera semana. Cuando pasaron las peores náuseas llegó el hambre de otra cosa. Mis pechos, ya 95F, con las areolas más anchas y las venitas azules dibujándose bajo la piel, pesaban y ardían. Los pezones seguían claros, pero tan sensibles que la ducha me hacía gemir. Me despertaba mojada, con la piel hirviendo, tocándome medio dormida.
El viernes le escribí a Ezequiel, 29, el del gimnasio que me venía tirando ondas hacía semanas. Esa noche estaba en su departamento. Me desvistió despacio, me miró los pechos y murmuró un "Dios mío". Los chupó con la boca caliente, lamiendo y succionando, y casi acabo solo con eso, con las piernas temblando y la mano enredada en su pelo.
Me tiró sobre la cama, me abrió los muslos y hundió la cara entre mis piernas. Me lamió con la lengua ancha y lenta, con dos dedos adentro curvándose justo donde hacía falta, hasta que arqueé la espalda y acabé con un grito que no pude tapar. Lo hice acostar, me subí encima y me deslicé sobre su pija despacio, sintiendo cada centímetro entrar. Lo cabalgué con las manos en su pecho y mis pechos rebotando, moviendo las caderas en círculos, hasta que un segundo orgasmo más largo y profundo que cualquiera de los anteriores me atravesó en oleadas. Me derrumbé sobre él, jadeando, con el pelo pegado a la cara.
A la mañana siguiente vomité en su baño. Le dije que algo me había caído mal.
Cuarta semana. El domingo, en la mesa, mi papá servía el asado y mi mamá hablaba de la vecina. Apoyé los cubiertos y respiré hondo.
—Tengo que decirles algo.
Se hizo un silencio pesado. Mi mamá dejó de masticar. Yo miré el mantel.
—Estoy embarazada. De tres meses.
Nadie habló. Mi papá se quedó mirando su plato. Mi mamá se llevó las manos a la boca, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿De quién? —preguntó al fin, con la voz rota.
—No importa. Es mío. Lo voy a tener.
Mi papá se levantó sin decir nada y se fue al patio. Mi mamá se quedó ahí, llorando en silencio, hasta que estiró la mano sobre la mesa y agarró la mía con fuerza.

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