CONTINUACIÓN DEL RELATO ANTERIOR
Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6350789/Ya-no-disimulo-mas-Mama-me-recibe-en-bolas.html
Esa misma noche, después de comer las milanesas que María preparó, algo cambió definitivamente en la casa de Fisherton.
Ya no había vergüenza por estar desnudos. María decidió que, dentro de esas cuatro paredes, las reglas del afuera no existían. Se sacó toda la ropa después de lavar los platos y se quedó así, caminando por la casa con total libertad. Sus tetas grandes se balanceaban, su culo ancho se movía con cada paso, y su concha con pelo negro quedaba a la vista sin disimulo.
Lucas la miraba todo el tiempo, ya sin esconderse.
—Vení —le dijo María desde el sillón del living, abriendo las piernas sin pudor—. Sentate acá al lado.
Lucas se acercó desnudo también, la pija semi-dura balanceándose. Se sentó y María inmediatamente apoyó las piernas sobre las de él, exponiéndose completamente.
—Tocame —le pidió con voz baja pero firme—. Donde quieras, como quieras. Hoy quiero sentir que ya no hay límites entre nosotros.
Lucas empezó a acariciarle los muslos gruesos, subiendo hasta su concha. Le abrió los labios con dos dedos y miró cómo brillaba de humedad.
—Estás empapada otra vez, mamá…
—Porque ya no me aguanto las ganas —confesó ella—. Antes me tocaba a escondidas en la ducha pensando en vos. Ahora… ya no quiero esconderme.
Lucas metió dos dedos despacio, solo hasta la mitad, respetando todavía la regla. María soltó un gemido largo y cerró los ojos.
—Más adentro… solo un poco más —pidió.
Él obedeció, curvando los dedos mientras con el pulgar le frotaba el clítoris hinchado. María empezó a mover la cadera contra su mano, gimiendo sin vergüenza.
Después de un rato, se arrodilló en el sillón, apoyando el pecho contra el respaldo y ofreciéndole el culo.
—Vení. Frotate entre las nalgas otra vez… pero hoy quiero que me lamás también.
Lucas se arrodilló detrás y hundió la cara entre sus carnes. Le lamió el ano con devoción, pasando la lengua en círculos mientras le metía dos dedos en la concha. María gemía fuerte, agarrándose del sillón.
—Ay, Dios… lameme el culo, m’hijo… haceme sentir sucia… tu puta mamá…
La palabra “puta” salió de su boca por primera vez con total naturalidad. Eso excitó muchísimo a Lucas. Le chupó el ano con más fuerza, metiendo la lengua mientras le frotaba el clítoris.
María se corrió temblando, mojándole toda la mano y la cara.
Cuando bajó del orgasmo, se dio vuelta y lo miró con ojos brillantes.
—Ahora te toca a vos. Sentate.
Lucas se sentó en el sillón. María se arrodilló entre sus piernas y le agarró la pija gruesa con las dos manos.
—Mirá qué linda la tenés… tan gruesa y venosa —murmuró, casi con adoración—. Quiero aprender a mamártela mejor.
Empezó a chupársela con hambre nuevo: bajando profundo, babeando mucho, lamiéndole los huevos y volviendo a subir. De vez en cuando lo miraba a los ojos mientras tenía la pija en la boca. Lucas le agarraba el pelo con suavidad.
—Así, mamá… mamame toda… sos cada vez más puta.
María se sacó la pija de la boca un segundo, con hilos de saliva colgando.
—¿Te gusta que tu mamá sea puta para vos? —preguntó, provocándolo.
—Sí… me vuelve loco.
—Entonces decime lo que querés. Hoy estoy dispuesta a casi todo.
Lucas la hizo subir al sillón y la puso a cuatro patas. Le frotó la pija entre las nalgas otra vez, pero esta vez también le metió la cabeza entre los labios de la concha, sin penetrar, solo frotando de arriba abajo.
María empujaba hacia atrás, desesperada.
—Frotame la concha con la pija… así… bien fuerte.
Se pasaron casi una hora explorando: frotándose en diferentes posiciones, lamiéndose mutuamente, tocándose sin prisa. María se corrió dos veces más. Lucas le terminó en las tetas y después en la boca, y ella tragó todo mirándolo a los ojos.
Más tarde, ya en la cama de María, desnudos y abrazados, hablaron en voz baja mientras él le acariciaba la panza.
—Esto ya no es solo calentura —dijo María, seria pero tranquila—. Me estoy enamorando de vos de una forma que no debería. Me das miedo, Lucas. Miedo de que esto nos destruya… pero también miedo de que pare.
Lucas la abrazó más fuerte y le besó la frente.
—Yo ya estoy enamorado de vos hace rato, mamá. No solo de tu cuerpo. De todo. De cómo sos fuerte, de cómo te rompés el lomo por mí, de cómo gemís cuando te como… de todo.
María suspiró y le acarició la pija suavemente.
—Entonces vamos a seguir siendo libres acá adentro —susurró—. Vamos a hacer todo lo que nos dé ganas. Sin vergüenza. Pero afuera… seguimos siendo mamá e hijo. ¿Entendido?
—Entendido.
La noche seguía caliente en Rosario. Dentro de esa casa humilde, madre e hijo habían abierto una puerta que ya no querían cerrar. Cada día exploraban más sus cuerpos y sus deseos más oscuros, cada vez con menos límites y más complicidad.
Si no leíste la parte de anoche, hacelo primero:
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Esa misma noche, después de comer las milanesas que María preparó, algo cambió definitivamente en la casa de Fisherton.
Ya no había vergüenza por estar desnudos. María decidió que, dentro de esas cuatro paredes, las reglas del afuera no existían. Se sacó toda la ropa después de lavar los platos y se quedó así, caminando por la casa con total libertad. Sus tetas grandes se balanceaban, su culo ancho se movía con cada paso, y su concha con pelo negro quedaba a la vista sin disimulo.
Lucas la miraba todo el tiempo, ya sin esconderse.
—Vení —le dijo María desde el sillón del living, abriendo las piernas sin pudor—. Sentate acá al lado.
Lucas se acercó desnudo también, la pija semi-dura balanceándose. Se sentó y María inmediatamente apoyó las piernas sobre las de él, exponiéndose completamente.
—Tocame —le pidió con voz baja pero firme—. Donde quieras, como quieras. Hoy quiero sentir que ya no hay límites entre nosotros.
Lucas empezó a acariciarle los muslos gruesos, subiendo hasta su concha. Le abrió los labios con dos dedos y miró cómo brillaba de humedad.
—Estás empapada otra vez, mamá…
—Porque ya no me aguanto las ganas —confesó ella—. Antes me tocaba a escondidas en la ducha pensando en vos. Ahora… ya no quiero esconderme.
Lucas metió dos dedos despacio, solo hasta la mitad, respetando todavía la regla. María soltó un gemido largo y cerró los ojos.
—Más adentro… solo un poco más —pidió.
Él obedeció, curvando los dedos mientras con el pulgar le frotaba el clítoris hinchado. María empezó a mover la cadera contra su mano, gimiendo sin vergüenza.
Después de un rato, se arrodilló en el sillón, apoyando el pecho contra el respaldo y ofreciéndole el culo.
—Vení. Frotate entre las nalgas otra vez… pero hoy quiero que me lamás también.
Lucas se arrodilló detrás y hundió la cara entre sus carnes. Le lamió el ano con devoción, pasando la lengua en círculos mientras le metía dos dedos en la concha. María gemía fuerte, agarrándose del sillón.
—Ay, Dios… lameme el culo, m’hijo… haceme sentir sucia… tu puta mamá…
La palabra “puta” salió de su boca por primera vez con total naturalidad. Eso excitó muchísimo a Lucas. Le chupó el ano con más fuerza, metiendo la lengua mientras le frotaba el clítoris.
María se corrió temblando, mojándole toda la mano y la cara.
Cuando bajó del orgasmo, se dio vuelta y lo miró con ojos brillantes.
—Ahora te toca a vos. Sentate.
Lucas se sentó en el sillón. María se arrodilló entre sus piernas y le agarró la pija gruesa con las dos manos.
—Mirá qué linda la tenés… tan gruesa y venosa —murmuró, casi con adoración—. Quiero aprender a mamártela mejor.
Empezó a chupársela con hambre nuevo: bajando profundo, babeando mucho, lamiéndole los huevos y volviendo a subir. De vez en cuando lo miraba a los ojos mientras tenía la pija en la boca. Lucas le agarraba el pelo con suavidad.
—Así, mamá… mamame toda… sos cada vez más puta.
María se sacó la pija de la boca un segundo, con hilos de saliva colgando.
—¿Te gusta que tu mamá sea puta para vos? —preguntó, provocándolo.
—Sí… me vuelve loco.
—Entonces decime lo que querés. Hoy estoy dispuesta a casi todo.
Lucas la hizo subir al sillón y la puso a cuatro patas. Le frotó la pija entre las nalgas otra vez, pero esta vez también le metió la cabeza entre los labios de la concha, sin penetrar, solo frotando de arriba abajo.
María empujaba hacia atrás, desesperada.
—Frotame la concha con la pija… así… bien fuerte.
Se pasaron casi una hora explorando: frotándose en diferentes posiciones, lamiéndose mutuamente, tocándose sin prisa. María se corrió dos veces más. Lucas le terminó en las tetas y después en la boca, y ella tragó todo mirándolo a los ojos.
Más tarde, ya en la cama de María, desnudos y abrazados, hablaron en voz baja mientras él le acariciaba la panza.
—Esto ya no es solo calentura —dijo María, seria pero tranquila—. Me estoy enamorando de vos de una forma que no debería. Me das miedo, Lucas. Miedo de que esto nos destruya… pero también miedo de que pare.
Lucas la abrazó más fuerte y le besó la frente.
—Yo ya estoy enamorado de vos hace rato, mamá. No solo de tu cuerpo. De todo. De cómo sos fuerte, de cómo te rompés el lomo por mí, de cómo gemís cuando te como… de todo.
María suspiró y le acarició la pija suavemente.
—Entonces vamos a seguir siendo libres acá adentro —susurró—. Vamos a hacer todo lo que nos dé ganas. Sin vergüenza. Pero afuera… seguimos siendo mamá e hijo. ¿Entendido?
—Entendido.
La noche seguía caliente en Rosario. Dentro de esa casa humilde, madre e hijo habían abierto una puerta que ya no querían cerrar. Cada día exploraban más sus cuerpos y sus deseos más oscuros, cada vez con menos límites y más complicidad.
1 comentarios - Incesto en Rosario: mamá ya no se esconde